1 de junio de 2002

La diversidad cultural es el espejo de la diversidad natural

Rigoberta Menchú Tum
Revista Memoria

Ofrecemos a nuestros lectores la intervención de Rigoberta Menchú Tum, Premio Nobel de la Paz, en la Sesión Inaugural del Foro Global Ministerial del Ambiente, 7ª Sesión Especial del Consejo de Gobierno del PNUMA.

Dr. Andrés Pastrana, Presidente de la República de Colombia,
Señor Presidente del Consejo,
Señores Ministros,
Señor Director Ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente,
Señoras y señores:
Agradezco al Director Ejecutivo del PNUMA por la gentil invitación que me hiciera para dirigirme a este singular Foro, deseando que sus deliberaciones sean fructíferas y sus recomendaciones permitan ir más allá de los tímidos resultados preliminares alcanzados hasta ahora en el proceso preparatorio de la próxima Conferencia Mundial para el Desarrollo Sostenible.
Espero que esta reunión contribuya a un cambio de rumbo en el camino recorrido desde la Cumbre de la Tierra hace 10 años, plasmando la voluntad política y la energía espiritual, que permitan poner un alto a la voracidad incontenible que, hasta ahora, ha impuesto sus designios depredadores, con una irrecuperable secuela de la destrucción y muerte.
En nuestra cosmovisión maya, cada pueblo, cada cultura, es el espejo del mundo natural en el que vive. Nadie puede imaginar a un oso polar en la amazonía como es difícil imaginar que el pueblo Masai se traslade a Groenlandia. La diversidad cultural es el espejo de la diversidad natural. La Creación es la unidad de la diversidad en donde coexisten todas las vidas en armonía. Cada vez que se arrasa un bosque, se violenta una forma de vida, se pierde una lengua, se corta una forma de civilización, se comete un genocidio.
Por milenios, los pueblos indígenas hemos aprendido de la naturaleza a vivir en armonía con todos sus elementos constitutivos. La tierra no nos pertenece, somos parte de ella y de los equilibrios que hacen posible la vida en su seno. La madre tierra nos da energías, vivimos de ella y a ella le damos vida. Tomamos de ella lo que necesitamos y se lo devolvemos con sabiduría para que el calor del fuego de la vida no se apague nunca, para que el reloj anual de las aguas mantenga puntualmente nuestros ciclos estacionales, para que la fuerza de los vientos ayude a los insectos y los pájaros a llevar el polen de las flores y a todos los seres de la creación a garantizar una comunión respiratoria universal.
Por siglos, los pueblos indígenas hemos vivido manteniendo esos equilibrios y aquellos equilibrios aún mayores que nos relacionan con todo el universo y que nos hacen corresponsables del acontecer del inframundo y el supramundo, como en el árbol de la vida que heredamos de nuestros abuelos, donde el follaje no se puede entender sin conocer las raíces, el tallo y las ramas.
Estas relaciones, vastas y complejas, encierran para nosotros la más profunda sabiduría y espiritualidad, por eso son inviolables. Así lo han entendido nuestros pueblos a través de los siglos y así pareció entenderlo la comunidad de naciones hace 10 años en Río, al reconocer la interconexión y dependencia recíproca de todos los elementos que hacen posible la sustentabilidad del desarrollo y la vida.
El arsenal teórico y normativo emergente de Río constituye el más significativo avance intelectual y político que el cambiante debate sobre el desarrollo ha producido en la historia contemporánea. Río marcó un punto de inflexión definitivo en los conceptos, dándole al desarrollo un enfoque englobante que establece la interrelación entre las dimensiones económica, social, ambiental y cultural; en los instrumentos vinculantes y en la insustituible herramienta metodológica de la Agenda 21. Sus insuficiencias mayores fueron, acaso, las dimensiones institucional y financiera, que han dejado este proceso a merced de la voluntad política de las instancias correspondientes para alcanzar los resultados que se esperaban. Sin embargo, Río fue diferente por el impresionante marco participativo en que se dio la Conferencia, el mismo que selló su legitimidad y abrió una nueva era para que "Nosotros los pueblos..." seamos realmente protagonistas en la definición de las políticas globales que nos afectan.
No hay, pues, nada nuevo bajo el sol, salvo lo que se ha olvidado.
No desconozco los avances que, particularmente en materia legislativa y normativa, se han dado en los últimos 10 años a nivel nacional, regional y global, así como la riqueza de las múltiples experiencias locales que se han desarrollado a la luz de los resultados de Río.
Sin embargo, observando lo ocurrido en los últimos 10 años, me pregunto si la historia avanza necesariamente hacia delante; me pregunto cuántas desgracias aún tendrán que acontecer, cuántas guerras tan soberbias como innecesarias, cuántos desplantes y denuncias de instrumentos internacionales que garantizan no sólo la paz sino la vida, antes de aceptar que la "civilización" a nombre de la que se han cometido tantos errores e injusticias, no es un camino unívoco para la humanidad.
La Cumbre de Río fue un pacto ético y político para redistribuir el poder, los recursos y las oportunidades dentro de los países y entre ellos. Sin embrago, estos son algunos de los datos de la realidad y sus tendencias:
-La mitad de los 6 mil millones de habitantes del planeta viven con menos de 2 dólares diarios, 1.200 millones viven con menos de 1 dólar y las tres cuartas partes de los pobres viven en áreas rurales.
-Uno de cada tres niños menores de 5 años está desnutrido.
-Los 20 países más poderosos tienen hoy un ingreso promedio 37 veces mayor al de los 20 países más pobres. Esta diferencia se ha duplicado en los últimos 40 años.
-En la ronda Uruguay, los países industrializados se comprometieron a disminuir los subsidios a la agricultura, sin embargo, desde entonces estos crecieron de 275
a 326 mil millones de dólares, representando una afectación de más de 700 mil millones de dólares a los potenciales ingresos por exportaciones para los países en desarrollo.
-El consumo diario de agua por habitante en Kenya es de 4 lts. mientras que en Francia es de 150 a 250 lts. y en Nueva York es de 680 lts.
-El 40 por ciento de la población mundial no tiene electricidad, incluyendo mi pequeña aldea Chimel donde nací hace 42 años.
-Estados Unidos sólo tienen petróleo para satisfacer sus actuales necesidades energéticas por cuatro años, mientras la atmósfera sólo es capaz de absorber la tercera parte del dióxido de carbono que se produce.
-A pesar de ello, del 0.7 por ciento de transferencias comprometidas para la cooperación al desarrollo, actualmente ellas sólo llegan 0.22 por ciento, mientras que la ayuda a la agricultura se ha reducido en la última década en dos tercios.

Me han pedido hablar de valores éticos y el aporte de la diversidad cultural pero, ante estos datos, es difícil no perder la paciencia.
Estoy convencida, sin embargo, de que eso no es lo peor. Hace 10 años se hizo un pacto por el desarrollo y la equidad. Desde hace unos meses, el concepto de seguridad parece haber sustituido a estos y a todos los demás valores que inspiraron los pactos que la comunidad de naciones ha forjado desde su nacimiento, colocando la diversidad como su principal amenaza.
Como es de su conocimiento, el Artículo 8j del Convenio sobre Diversidad Biológica obliga a reconocer y aprender de la riqueza y diversidad de nuestros sistemas de conocimientos y prácticas, sin embargo, parece estar ignorado. Ha prevalecido la vieja lógica del despojo, la soberbia y el desprecio coloniales que han subestimado la sabiduría de nuestros ancestros y han negado a los pueblos indígenas el Derecho al bienestar.
Se reclama seguridad, pero no se trata de la seguridad que ansían todos los pueblos e individuos, de la estabilidad fundada en la justicia. Se trata de algo más explícitamente mezquino: como sentenció el Sr. Paul O'Neil, Secretario del Tesoro del país más poderoso de la tierra hace 10 días ante el Foro Económico Mundial, culpando a Dios por no haber creado "un mundo de riqueza ilimitada", para justificar las desigualdades como consustanciales a la humanidad y el presidente Bush, en el nuevo presupuesto militar que ha enviado al Congreso la semana pasada, que es superior a la suma de los presupuestos de las otras quince mayores potencias militares del orbe, incluyendo a Rusia y China.
Seguridad es para nosotros, los pueblos indígenas, reconocimiento de nuestro derecho a la libre determinación, en los mismos términos que los pactos internacionales de derechos humanos lo reconocen a todos los pueblos del mundo. Es el acceso, control integral y disfrute de los recursos de nuestros territorios ancestrales. Es el respeto por el carácter sagrado de toda la tierra y, en particular, el de nuestros territorios y lugares sagrados.
Me dirijo a este foro ministerial en su calidad de máximo órgano de gobierno del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente para llamar su atención y urgirle a ejercer su responsabilidad política de la que depende la gobernabilidad ambiental del planeta y con ella, la paz mundial. Estos 10 años nos han mostrado la insuficiencia de los diagnósticos precisos e incluso la de los instrumentos normativos y lineamientos de acción. Es preciso renovar una voluntad política que restituya el valor del pacto fundacional de nuestras acciones y, sobre todo, establecer con claridad la responsabilidad que compete a cada uno de los actores.
No podemos continuar contemplando paralizados los datos de la realidad. No podemos continuar encubriendo con eufemismos la gravedad de la situación actual y el agravamiento de las tendencias de las que tenemos perfecta conciencia. Hay que cambiar radicalmente el ritmo y la dirección de esta convivencia complaciente con el desastre y la crueldad. Hay que recuperar la dignidad, el sentido más profundo del compromiso con la vida, con las vidas, con la supervivencia de las especies, de las civilizaciones. Hay que convertir el pacto de Río en un Código de convivencia en un mundo que ha provocado tantos muertos desde la última conflagración mundial como los que ella produjo, que ha generado hoy más de 23 millones de refugiados y nadie sabe cuántos desplazados. Hay que consumar el mandato de descolonización con que nació la ONU y poner fin al sufrimiento de los pueblos saharawi, timorense, kurdo, tibetano y palestino.
Así como el libre comercio no puede continuar destruyendo las economías en un munco de mercados desiguales, la seguridad no puede continuar siendo el pretexto para la agresión, ni la guerra puede continuar siendo la locomotora de la economía y el conocimiento. El fundamento de un nuevo orden mundial no puede ser el hambre y la desesperación de las cuatro quintas partes de la población mundial que soporten la opulencia y el derroche que caracterizan el modelo de vida, producción y consumo de la quinta parte restante.
Nuestras palabras no pueden ser interpretadas como un reclamo reivindicativo. Nuestra invitación a vivir con austeridad inteligente tiene la mirada puesta en el futuro común de nuestra humanidad. Buscamos defender los derechos de nuestras futuras generaciones, como los derechos de los hijos y nietos de quienes hoy toman decisiones para que mañana continúe habiendo un mundo para todos. En síntesis, el debate sobre el desarrollo hoy es sobre la vida de mañana, la sordera de hoy será el camino de la autodestrucción en el que parecemos haber entrado irreversiblemente.
El momento de la corresponsabilidad efectiva ha llegado. La suerte del pacto de Río no puede quedar limitada a acciones de gabinete. Los avances logrados hasta ahora deben ser llevados a la práctica por medio de la más amplia movilización de la energía social. La masiva participación social que abrió en Río el cauce del protagonismo de la sociedad civil en las decisiones del sistema de las Naciones Unidas, con el impulso de la infinidad de nuevos actores que se han construido en los últimos 10 años en la militancia por la vida, debe ser la tónica que garantice el reencauzamiento del pacto por la justicia.
La globalización no significa el fin de las soberanías ni las responsabilidades particulares de los Estados. Ellas se están diluyendo y, a la vez, complementando con el protagonismo emergente de actores sociales e institucionales globales y locales.
Hago eco de las voces del Foro Social Mundial y traigo el mandato de la Iniciativa Indígena por la Paz para urgir a este magno evento la ampliación consistente y comprometida del marco de participación de los movimientos sociales y las organizaciones civiles en los trabajos preparatorios y en la propia realización de la Cumbre de Johannesburgo. Abrigo la esperanza de que esta apertura sea un componente permanente e institucionalizado de la búsqueda de los caminos que hagan posible alcanzar los objetivos propuestos. En esta empresa por la dignidad y el compromiso con la vida y el futuro, nadie sale sobrando. Lo sabemos todos, lo reclama la sangre maya derramada por el genocidio en Guatemala y lo reclama, aquí, la sangre colombiana derramada en los últimos 40 años.
Muchas gracias.
Cartagena, Colombia, 13 de Febrero de 2002


Rebelin: Opinin
O P I N I ?N

de de 2002

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