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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-01-2011

El quinto da del pueblo tunecino
Pues eso: revolucin

Alma Allende
Rebelin

Fotos de Ainara Makalilo


Bajo un cielo gris que empieza a ajustarse al calendario, despus de un pequesimo remanso, Tnez vuelve a la lucha. No acepta apaos ni la idea del calcetn reversible ni la transicin a la espaola. La nueva dimensin -con sus angustias nocturnas y sus tiendas cerradas, pero preada de esperanzas- no quiere absorberse de nuevo en su gemela falsa. Del pasado no se quiere conservar nada, salvo el futuro que sin saberlo llevaba dentro.

A las 10 de la maana parece haber un poco ms de trfico y Hemda expresa su alivio: Nunca pens que iba a alegrarme de ver un embotellamiento. Algunos supermercados han abierto, como el lunes, y en la avenida de la Libertad las severas persianas metlicas se alternan con puestos de zumos y pequeos quioscos que despachan tabaco y frutos secos. Pero la ilusin se desvanece al acercarnos a Lafayette. Como el da anterior, una pequea manifestacin est subiendo por la avenida de Pars, gritando consignas contra el RCD y el gobierno de coalicin. No parece en todo caso una gran protesta y seguimos por la calle de la Repblica hasta el extremo del bulevar de la avenida Bourguiba, en una de cuyas calles adyacentes, junto a la embajada francesa, dejamos el coche. El acceso en automvil a la Bourguiba est cortado por todos los lados; alambradas de espinos, tanques, retenes militares y policiales, junto con furgonetas de todos los cuerpos imaginables, se suceden en la arboleda hasta donde alcanza la vista.

La tensin parece aletear en el aire. Omos enseguida, en la callecita paralela por la que subimos, voces excitadas y vemos algunos metros ms arriba un grupo de unas treinta personas que ocupan la calzada. Dos de ellas discuten a gritos sobre el nuevo gobierno, con un acaloramiento que exige la intervencin de los compaeros, mientras dos hombres invitan a la gente a encaminarse hacia la sede central del RCD, el partido del dictador depuesto.

Entramos en la avenida Bourguiba y la recorremos por la acera derecha, subiendo hacia el ministerio del Interior. La va principal de la ciudad, con el hermoso Teatro Municipal, la catedral, sus hoteles y cafs -centro habitual de encuentro de turistas y nativos- aparece aplastada y obscenamente desnuda. Como si le hubieran pasado por encima un cepillo de pas. Nadie circula por el bulevar central, cortado en tiras por el ejrcito y la polica, aunque grupitos susurrantes comienzan a coagular en las esquinas. Algunos periodistas estn sentados en las terrazas, aguardando acontecimientos cuyo embrin se forma a ojos vista y crece en direccin a la plaza 7 de noviembre. Es extraa, por lo dems, esa contigidad en el espacio del ejrcito y la polica, como dos especies distintas de las que la gente aguarda tambin distintas reacciones. La polica da miedo. En algunos de los tanques los ciudadanos han depositados ramos de flores.


Muy cerca de la plaza 7 de Noviembre, en la avenida Mohammed V, se levanta el colosal edificio del partido RCD, uno de los ms altos de la ciudad, construido hace cinco aos por Ben Al y smbolo avasallador de la fortaleza de la dictadura. Hacia all se dirige la gente con consignas escritas en folios de papel: Fuera el RCD, Pan y agua, RCD no (jubz wa ma, tayamu' la); se corean eslganes imperativos: Tnez Tnez libre libre, RCD fuera fuera. Son las mismas que llevaron al derrocamiento del dictador el viernes pasado, pero que ahora piden la disolucin inmediata del partido y la formacin de un gobierno de transicin sin lastres del pasado. Hay algunos abogados con toga, profesores, artistas, empleados de banca. Est Munir Trudi, un conocido cantante, que defiende con calor su posicin frente a algunas objeciones de Hemda: Llevamos das demostrando en los barrios que somos perfectamente capaces de organizarnos. No necesitamos ninguna tutela. No podemos alcanzar libertad y democracia a travs de un gobierno corrupto y criminal. Que se vayan ya.

Son pocos por el momento, unas cien personas que alzan sus puos y sus consignas frente al edificio mientras los militares, muy prximos, parecen contener a la polica, apostada al otro lado de la avenida. Hay mucha tensin, muchos gritos, mucha obstinacin. De pronto suenan tres disparos y el grupo se dispersa. Pero enseguida se forma de nuevo y vuelve sobre sus pasos. Vuelven a gritar, a exhibir sus carteles, a reclamar la disolucin de partido. Un rumor sobrevuela las cabezas y se convierte en un grito de alegra y en una salva de aplausos: se difunde la noticia de que Mohammed Ghanoushi, el primer ministro de Ben Al, el primer ministro del gobierno de coalicin, ha dimitido. Es una buena seal, una pequea victoria.

Poco despus, un hombre con bigote y gorra de lana, con aspecto de militante de izquierdas, reclama silencio. Los militares le han pedido la disolucin inmediata de la manifestacin: Dicen que ya nos hemos expresado y que debemos dispersarnos en cinco minutos. Obedecemos mansamente.

Pero entonces, mientras caminamos en paralelo a la avenida Bourguiba, cuando parece haber acabado todo, con la duda ya sobre la renuncia de Ghanoushi, que no logramos confirmar, se despejan todas las incertidumbres sobre lo que verdaderamente importa. Es la revolucin. A medida que caminamos hacia la avenida de Pars nos vamos contando y cada vez somos ms; todos los grupsculos desperdigados por el centro, cristalizados al azar, aglutinados por una ambicin compartida, afluyen desde las calles laterales, decenas, centenares, luego algunos miles de personas que cantan el himno nacional: namutu namutu wa yahi al-watan. Un camarero, de pie en la calle, a punto de cerrar el local, se une a los gritos contra el RCD, insulta al gobierno, vocifera su Tnez libre libre (Tunis jurra jurra); desde un tranva con el que nos cruzamos los pasajeros levantan el pulgar y hacen el signo de la victoria. En la avenida de Pars se unen los artistas convocados por la maana al teatro Le Quatrieme-Art para discutir la situacin. Llegan noticias de manifestaciones semejantes en Sfax, en Sidi Bouzid, en Qasserin. La decisin est tomada: es, en efecto, la revolucin. Ni apaos ni calcetines reversibles ni transicin a la espaola.

Y llega, claro, la carga policial. Se oyen las primeras detonaciones y por encima de la muchedumbre se elevan las parbolas humeantes de las bombas lacrimgenas. Hay que correr evitando las trampas de las callejuelas, alejndonos del lugar donde dos horas antes dejamos el coche. Se impone un largo rodeo por la Medina. Caminamos al lado de dos jvenes guapsimos que nos agradecen la solidaridad; un viejo elegante tocado con shashia nos detiene, nos explica fervoroso lo que est pasando y exige una amnista general.

La calle de las Salinas, bajo el cielo plomizo, recoge parte de la tensin. Los tenderetes de fruta, an abiertos, comienzan a cerrar. Pero la tensin ya no es un cepillo de pas sino una vibracin de fiesta, de poder, de decisin. All, al volver un recodo, nos encontramos en la recoleta plaza de Mohammed Al Al-Hammi, bullente de sindicalistas reunidos delante de la sede de la UGTT, la Unin General de Trabajadores, el histrico sindicato tunecino. La atmsfera es de excitacin, pero ms bien jubilosa. No es Mohammed Ghanoushi el que ha dimitido, nos aclaran, sino los tres miembros del sindicato que haban aceptado formar parte del gobierno. Slo empezando de cero podemos realmente empezar, dice Saida Sharif, presidenta de la Federacin de Cineclubs. Con el RCD en el poder no habr ningn cambio. Todos estn de acuerdo en que no se puede participar en un gobierno del que forme parte el aparato del partido corrupto y criminal que ha gobernado Tnez en las ltimas dcadas. La UGTT se ha plegado a la determinacin del pueblo y sus afiliados. Se habla abiertamente de revolucin. Los nasseristas y los Patriotas Democrticos (una escisin del PCT) reparten panfletos en rabe llamando a la movilizacin.

Nos desplazamos hasta la Place Pasteur, a la calle de Alain Savary, sede de la Unin General de Trabajadores del Maghreb Arabe, donde la UGTT ha convocado una rueda de prensa. Abdelsharif Badawi, ministro adjunto al primer ministro, est razonando ante los medios de comunicacin all presentes la decisin de dimitir del gobierno provisional: UGTT aceptar responsabilidades de gobierno en un gabinete distinto. La revolucin del pueblo no puede ser confiscada por el RCD. El comunicado oficial, ledo por Abdel Salim Jedar, secretario general de la organizacin, anuncia la dimisin de todos los cargos de la UGTT de todas las instituciones del Estado, locales y nacionales, rechaza toda injerencia externa en el proceso y llama a la formacin de un "consejo constituyente" elegido en elecciones libres y democrticas. Es una gran noticia. La dimisin de los ministros de la UGTT 24 horas despus de aceptar sus cargos indica la fuerza de las movilizaciones de este da y tambin -y no menos importante- la conciencia por parte de la UGTT, tantas veces ambigua cuando no colaboracionista, de que realmente se puede emprender un camino al margen de las amenazas del aparato del Partido/Estado de Ben Al. Junto a la noticia del regreso a Tnez de Moncef Marzouki, opositor histrico del Congreso por la Repblica, quien reclama un gobierno de unidad nacional con todos los partidos excepto el RCD, la decisin del sindicato tunecino deja claro que el pueblo de Tnez puede gobernarse a s mismo.

Las manifestaciones de hoy parecen reproducir la dinmica de la semana pasada, cuando a las concesiones de Ben Al se responda con nuevas protestas. El gobierno de coalicin ha durado 24 horas, tumbado por la voluntad del pueblo. Al volver a casa, leo la noticia de la dimisin de Ghanoushi, en efecto, pero no del gobierno sino de sus cargos en el partido; y leo tambin la noticia de que el partido ha expulsado a Ben Al y otros siete miembros seeros. Nada puede ser ms surrealista: el partido se descontamina expulsando al dictador y el primer ministro se descontamina salindose del partido. Pueden seguir pensando, tras este mes de insobornable lucha, que estn tratando con nios o con idiotas? Maana los tunecinos respondern de nuevo en la calle.

Ms preocupante es que los medios occidentales, y algunos usuarios de facebook, relacionen de nuevo las manifestaciones de hoy con los islamistas del Nahda. Puede que hubiera alguno en las protestas y habr que acostumbrase, por lo dems, a que forman parte legtima de la opinin pblica tunecina; pero lo cierto es que slo la manipulacin ms interesada puede localizar un sello religioso en la nueva marejada. El que afirme haber odo una consiga o un haber visto un smbolo islamista miente. Una vez ms el himno nacional y la bandera del pas, rescatados de la ignominia, eran las nicas enseas que unan a todos los presentes.

A las 17:30 un vecino me pide ayuda para arrastrar un tronco y cerrar nuestra calle. Va a comenzar otra noche de toque de queda, angustiosa, llena de murmullos y de tiros, con el irritante helicptero tranquilizador sobre nuestras cabezas. Los peligros son muchos. Pero el pueblo sigue defendiendo los barrios y nadie puede decir ya que no hay una alternativa poltica al terror.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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