Portada :: frica :: Revueltas en el norte de frica
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-01-2011

Primera semana del pueblo tunecino
Siempre adelante

Alma Allende
Rebelin

Fotos de Ainara Makalilo


Qu es una revolucin? Una situacin en la que se est ms seguro, ms tranquilo, ms vivo, ms protegido, mejor acompaado en la calle que en casa. Es quizs por eso por lo que todo el mundo, una y otra vez, todos los das, sin desfallecimiento ni retroceso, se lanza a las calles y se mantiene en ellas cuatro, cinco, ocho horas, resistindose a abandonar ese gran refugio abierto en el que se ha convertido la ciudad. A partir de hoy, no tenemos miedo, exhiba una mujer un cartel por encima de su cabeza. Y qu hermosura de gente, qu hermosura de rostros sin miedo, qu embellecimiento inaudito el de unas miradas repentinamente liberadas de las legaas de la sumisin.

Como el agua que cae en cascada, como los fuegos de artificio que estallan abrindose en cadena en el cielo, como el frenes de la percusin, como la multiplicacin de los panes y los peces, venan de aqu y de all, uno y luego otro y ms tarde otro, pequeos grupos organizados -reunidos al azar en las calles y coordinados a travs de los telfonos mviles- para concentrarse esta vez en la avenida Mohammed V, frente al ignominioso edificio de vidrio ciego del RCD, protegido por el ejrcito. En esta ocasin los manifestantes han cortado esta gran arteria de la capital, ocupando por completo la calzada y aislando el centro del trfico rodado. La polica observa ceuda y los soldados sonren. La consigna ms coreada esta vez es: El pueblo quiere derrocar al gobierno (ashaab iurid isqat al khukuma).

Seguimos hasta el final de la avenida, contra la corriente que llega, para acercarnos a la avenida Bourguiba. En la plaza 7 de Noviembre, el tanque de ayer tiene ms ramos de flores, uno que le ha crecido en la boca del can, como un disparo de jacintos y amapolas. A las 12 del medioda hay aqu mucha ms presencia militar y menos policial; dentro de la alambrada de espino otras tres tanquetas y numerosos soldados se suceden frente al ministerio del interior, en el centro del bulevar. Pero es increble. Porque ya no se puede hablar de una manifestacin sino de un desparramamiento (mucha cosa feliz desparramada por toda la ladera, que dira lvaro de Campos), de una expansin y asentamiento por todas las calles del centro. En el bulevar se forman corros -cuento hasta quince- de hombres y mujeres que discuten y tratan de establecer programas y estrategias. Son verdaderas asambleas populares cuyos miembros toman la palabra con un cierto desorden, alzando la voz, reclamando libertad de palabra. Es llamativa la mayor presencia hoy de mujeres de todas las edades y con un papel protagonista. En una de estas asambleas improvisadas en medio del bulevar, cuando la discusin impide escucharse, son precisamente dos mujeres -una velada y con aspecto de islamista, la otra claramente laica e izquierdista- las que imponen silencio recordando que no hay ms que un pueblo y todos forman parte de l.

Es en estas asambleas donde queda ms clara una cierta fractura que est por resolver, que se est resolviendo. Las direcciones de los partidos y sindicatos se renen hoy en Bab-al-Asal; los abogados se manifiestan frente al Palacio de Justicia; y la llamada sociedad civil, esa vaga constelacin de artistas, intelectuales, activistas por los derechos humanos, trata de reestructurar y liberar las organizaciones oficiales en las que haban quedado atrapados, como moscas en mbar. Aqu en la calle, son los jvenes, los empleados, los trabajadores manuales -el pueblo- los que toman la palabra en estas asambleas pedestres, porque las forman gente de a pie, en las que voces enfervorizadas de lderes voltiles insisten en el gran descubrimiento de sus vidas: Esta es la revolucin del pueblo, dice un joven ceido en una falsa chaqueta de cuero, de rostro decidido y bien tallado, y no estamos dispuestos a entregrsela a ningn lder. Y aade en medio de los aplausos: Todos los cuadros del CDR, de los secretarios al presidente, tienen que ser depurados.

Lo importante -lo impresionante- es que todos estn organizndose sin esperar a tener un gobierno. Por la maana leo la iniciativa de un grupo de ciudadanos que propone la creacin de un Frente de Liberacin Popular de Tnez, al margen de los partidos pero que tambin los interpela, para expresar algunas reivindicaciones comunes a todos: llamamos a continuar la creacin de comits populares sobre todo el territorio tunecino y en el extranjero y a su coordinacin, a fin de organizar la lucha del pueblo y alcanzar su derecho legtimo: el acceso al poder. El comunicado llama tambin a la defensa del pas por parte de estos mismo comits en colaboracin con el ejrcito -al que invita a reforzar la confianza del pueblo- al mismo tiempo que pide la disolucin del gobierno, de la polica poltica y del RCD, la nacionalizacin de los bienes del partido y del clan Ben Al y el juicio de todos los responsables del saqueo de la nacin. Ms importante que todo esto: en el interior del pas se forman ya consejos que gestionan las vidas de los pueblos. En Qasserine, uno de los smbolos de la revolucin tunecina, tumba de mrtires, cuna del nuevo da, una verdadera Comuna formada por sindicatos, partidos de izquierdas y clulas juveniles, han pasado a dirigir el gobernorado, devolviendo a las fuerzas del orden a sus cuarteles. Aqu y all todos reclaman la disolucin del RCD y el gobierno provisional y el establecimiento de una asamblea constituyente.

Puntos muy parecidos incluye el comunicado de la Coalicin de cineastas libres que se celebra en esos momentos -a las 13 h.- en la Maison de la Culture Ibn Khaldun, ocupada por los trabajadores de la imagen para una asamblea de urgencia. En ella se declara suspendida de hecho la censura y, tras acaloradas discusiones (en las que se usan las sillas como tribunas) y la lectura del acuerdo, que pide una proceso constituyente y elecciones libres, la asamblea se disuelve para sumarse a la calle: Los cineastas somos ciudadanos como cualesquiera otros, dice un enrgico sesentn de bigote amarillento, y tenemos que unirnos al pueblo. Bajamos todos las blancas escaleras de estilo colonial para volver a la calle.

El pueblo sigue frente al edificio de la RCD, donde se han producido algunos cambios. Sobre la verja de entrada un gran cartel declara: Casa de la revolucin del pueblo. Y arriba, a sesenta metros de altura, figuras humanas diminutas trabajan en el desmantelamiento de las letras que componen el nombre del partido. Consiguen arrancar la palabra tayamua (Rassemblement) y desde ese montaa de injusticia la dejan caer; se precipita arrugndose en el aire para quedar prendida en un alero en medio de los vtores y aplausos de la multitud. Pero eso no basta. An queda, encima de la gran puerta de cristal roto por las piedras, en el pretencioso dintel, el nombre rimbombante del partido grabado sobre el mrmol. Los jvenes situados en primera lnea empujan la verja para entrar en el recinto y los militares, que hasta entonces han permanecido impasibles, disparan al aire tres descargas nutridas de fusil. La muchedumbre se dispersa, pero lo hace como si estuviese unida por muchas gomas a un centro invisible que tirase de los extremos. Tras el minuto de pavor, se vuelve hacia el edificio del RCD. Mientras regresamos por una callecita lateral un joven soldado, verdaderamente bello, nos dice sonriendo con picarda, el arma inclinada hacia el suelo:

- Bueno, basta por hoy. Volved maana.

Pero volvemos hoy. La vanguardia de la manifestacin, de nuevo pegada a la verja, negocia con los militares del interior, que dejan pasar a cinco o seis personas. Unos minutos ms tarde se asoman por las ventanas, por encima del dintel, y dejan caer unos cables entre la pared y las letras en relieve que componen el nombre en rabe del partido. Debajo espera una camioneta. Despus de varias tentativas fallidas, entre el fervor de la gente, las letras van siendo arrancadas, junto a losas de mrmol, de la pared. Ya no existe el RCD; es realmente la Casa de la Revolucin del Pueblo, un futuro hospital infantil -se reclama a gritos- en una ciudad que slo tiene uno.

Luego, de acuerdo con los militares, la multitud se va alejando por Mohammed V, pero slo para reencontrarse -desde diversos afluentes- en la calle Bourguiba, donde ahora domina la presencia policial, seal quizs de una inminente carga dispersiva. Pero an se recorre varias veces la avenida, arriba y abajo, en dos grupos procedentes de direcciones inversas que se encuentran en el centro. Se canta de nuevo el himno nacional. Jvenes se suben a las farolas enarbolando banderas y consignas. Pasa una familia con cinco nios que exhiben carteles denunciando el horror del rgimen y exigiendo la disolucin del gobierno. No es revuelta, no, ni protesta ni gritero. Es revolucin.

En casa, por la noche, bajo el toque de queda, compartimos la casa con Amn, Ainara, Mohammed e Ins. No tenemos ya ni vino ni cerveza, pues en estos das no puede comprarse, pero s un resto de orujo gallego y unos puros cubanos. Festejamos el da, los das venideros. Ins cuenta que los asaltos de la noche pasada en algunos barrios populares respondan a la tentativa de las milicias negras de interrumpir el abastecimiento de verduras y alimentos en la ciudad. Mohamed, profesor de Bellas Artes y ex militante del Partido del Trabajo Democrtico Patritico, de filiacin marxista, enumera todas las iniciativas en marcha destinadas a consolidar un recambio institucional a partir de la ya embrionaria coalicin entre la UGTT, los partidos de oposicin y los consejos juveniles surgidos en estos das.

- La izquierda escondida, reprimida durante aos, ha salido a la luz -dice-. Ha estallado. Y si queda mucho camino por recorrer antes de depurar el aparato del Estado, y muchos peligros que conjurar, hay ya un recambio. Hay una estructura preparada para dar realmente el poder al pueblo.

Ins canta una cancin que habla de la hija de la luna, enamorada de un extranjero exiliado que ama su pas. Y escuchamos La Estaca de Lluis Llach. Nos emocionamos. Pero nos emocionamos sobre todo viendo un vdeo domstico rodado estas noches atrs en Jebel Lakhmar, una autntica favela de la periferia de la capital, foco de reyertas y delitos donde hasta hace unos das nadie se atreva a entrar. En l se ve a decenas y decenas de jvenes armados con cuchillos y machetes en medio de la noche, tocados con pauelos blancos, distintivo de los comandos de defensa. Cantan y bailan e interpelan a la cmara: Mirad, no somos peligrosos, nos amamos; defendemos nuestro barrio y nuestro pas. Estamos orgullosos de ser tunecinos. All, como en otros barrios populares de la ciudad, se han invertido los papeles y los jvenes, en sus retenes de control, han parado a la polica que los paraba siempre a ellos, les han hecho salir del coche, les han pedido los papeles, les han registrado con las manos en alto y luego, con una educacin exquisita, les han dejado pasar.

La noche esta noche no cae. Extiende su manto.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter