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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-01-2011

Dcimo da del pueblo tunecino
Las vastas afueras toman la ciudad

Alma Allende
Rebelin

Fotos de Ainara Makalilo


Una revolucin, se puede convertir sencillamente en una costumbre? Es compatible esa costumbre con las tareas normales de gobierno, la reproduccin de la vida cotidiana, el desfallecimiento natural de las fuerzas? El gobierno espera lo que los manifestantes temen: el cansancio. Pero en este domingo de transicin hacia el primer da de normalidad, en el que habr que poner a prueba la capacidad del pueblo para quebrarla de nuevo, la avenida Bourguiba sigue efervescente bajo una luz tan pura, tan radical, que los edificios y los rboles parecen desnudos y hasta sin piel. Lo que sorprende estos das en Tnez es que las cosas se repitan; la costumbre de seguir movilizados, gritando, coreando consignas, protestando. Ah estn los corros asamblearios, los cafs convertidos en comisiones parlamentarias, los grupos de manifestantes que, como en un carilln, dan vueltas una y otra vez al bulevar. Ah siguen los policas, vestidos o no con sus chalecos blancos, acompaados de sus mujeres, enarbolando sus pancartas y proclamando a gritos su inocencia de los crmenes del benalismo; y ah estn las familias ociosas que, en lugar de ir al Lac o al Belvedere, van con sus hijos a fotografiarse delante de los tanques. Manifestarse se ha convertido en un loisir , dice uno de los nuevos peridicos viejos de Tnez. A falta de turistas, los tunecinos hacen turismo a los smbolos de su revolucin an incierta.

Pero en algn sentido la realidad ha llegado a la capital y la convoca a su alrededor. Los cientos de trabajadores, desempleados, campesinos, que salieron ayer de distintos pueblos y ciudades del centro-oeste (el Kef, Jendouba, Sidi Bou Sid, Regueb, Siliana) han llegado muy temprano a Tnez y, tras reunirse en la avenida Bourguiba, se han desplazado a la Qasba para seguir protestando delante de la sede del primer ministro. Hoy otra vez todo ha cambiado all. La multitud es un caleidoscopio cuya composicin social se modifica de hora en hora, de da en da. Predominan ahora los rostros tostados por el sol, las mujeres fuertes, los anchos burnus de lana ruda. Algunos jvenes vencidos por las fatigas de la noche duermen amontonados contra el muro del ministerio de Finanzas, buscando el solecito dominical, con barras de pan y botellas de agua entre las piernas. Las consignas son las mismas, tambin los gritos, los cnticos, las banderas: Itizam i'tizam hata iusqut el-nitham (movilizacin movilizacin hasta derribar el rgimen). Y los discursos son tan variados que es difcil encontrar ah un aglutinante comn, fuera de este impulso democrtico inmediato y radical.

Un joven trepa a una farola y despliega la efigie del Che Guevara estampada en un bandera roja.

Un campesino bigotudo grita viva el ejrcito al paso de dos soldados.

Mahmud Behlali tiene 50 aos y ha llegado desde Sidi Buruis, en Siliana, junto a otros trescientos compaeros. Su carnet de identidad, que me ensea, dice que es 'amel yaumi, es decir jornalero. Se dedica a la construccin y, cuando hay trabajo, gana 12 dinares al da (6 euros). Tiene tres hijos y despus de pagar el alquiler, el agua y la luz -me dice- no le queda nada. El gobierno es un puado de canallas, insiste una y otra vez mientras me hace leer en voz alta, para comprobar que realmente la entiendo, la consigna escrita en rabe que enarbola en un cartn: Derroquemos el gobierno que quiere abortar nuestra revolucin. Le pregunto si pertenece a algn partido o algn sindicato y responde que slo confa en el ejrcito. Me pide el cuaderno donde he escrito su nombre para estampar debajo su firma, con el doble orgullo del que sabe escribir y est dispuesto a comprometer su palabra.

Shidli Adaili, 45 aos, padre de cinco hijos, ha venido desde Jendouba y ha hecho parte del recorrido (setenta kilmetros) a pie. Est en paro, lo mismo que el hijo de 25 aos que lo acompaa. Doscientos ms han llegado con l y exigen la inmediata disolucin de un gobierno que les ha privado de sus recursos y que ha disparado contra sus hermanos. Tampoco pertenece a ningn partido, pero cuenta que los sindicalistas les han apoyado desde el principio.

Est tambin Mehdi, tpico exponente de la pequea burguesa radical de la capital. Delgado y severo, envuelto en un abrigo negro, su voz no puede ocultar un cierto resentimiento. Ha hecho dos carreras y un doctorado, habla cuatro lenguas y malvive gracias al exiguo salario de su mujer, tambin licenciada, que es maestra de escuela.

- No te equivoques -me dice sealando la imagen del Che. - Yo era de izquierdas pero ya no lo soy. Esta es una revolucin musulmana y no comunista. Lo que necesitamos es un Che Guevara musulmn.

Est Firas, un joven estudiante de primer curso de empresariales, ms acomodado, usuario de facebook, al que tenemos que reprimir para que abandone el ingls y vuelva al rabe o al francs. Est escandalizado con la posicin de la UE y con la corrupcin del rgimen de Ben Al.

- Sabes por qu no hay McDonald's ni Starbuck's en Tnez? -me pregunta. -Porque la familia Trabelsi quera la mitad de los beneficios.

Est tambin Saddam, bello como un gran ngel de barro, sonriente, feliz, dientes y ojos rutilantes, envuelto en una bandera con el retrato del Che Guevara. Es la segunda que vemos. Saddam tiene 26 aos y est, como casi todos, en paro. Ha venido de Regueb y cuando le pregunto por la gestin de la vida cotidiana en su ciudad me responde que todos los das hay una concentracin y que se ha formado un Consejo de Defensa de la Revolucin en colaboracin con el sindicato y otras fuerzas polticas hasta ahora prohibidas y reprimidas. Levanta la nariz y abre bajo ella los dedos cerrados en un gesto casi de bailarn: Respiramos la libertad. Un compaero suyo interviene excitado para decirme que Consejos como el de Regueb se estn creando en todos los pueblos y ciudades prximas.

Y est Sameh, una mujer robusta y sencilla de aspecto inteligente y bonachn. Interviene vivazmente en todas las conversaciones, citando una y otra vez el precio del avin personal de Ben Al: cuatro mil millones de dinares! Trabajaba de secretaria en una empresa del Lac, pero como no la consideraban moderna ni elegante la despidieron hace seis meses. Desde entonces hace pequeos trabajos de informtica en casa. Entre ella y su marido, jefe de una imprenta, ganan 900 dinares al mes (450 euros), la mitad de los cuales se va en el pago del alquiler. No soporta la idea de que los cambios sean slo formales o beneficien de nuevo nicamente a unos pocos.

Se me acerca luego un hombretn de aspecto triste. Lleva un nio sobre los hombros y otros dos de la mano. Su abatimiento contrasta con la alegra de uno de sus hijos, de unos 5 aos, que corea las consignas contra el gobierno y baila al ritmo de las voces. El hombre se llama Atf y me pide que cuente esta historia: el da 14 de enero, fecha de la huida de Ben Al, l y 23 personas ms fueron detenidas, conducidas a la comisara de la Qasba y fichadas por pertenecer a un partido ilegal (lo que niega con firmeza) antes de ser encerradas en los stanos, donde durante cinco das fueron golpeadas (con piedras, asegura) y privadas de agua y alimentos. Segn su testimonio, fueron liberadas finalmente gracias a la intervencin del ejrcito, ante el cual han presentado una denuncia. Qu piensa entonces de las manifestaciones de policas? Cree que son sinceros? Niega tajantemente, con miedo y rabia, y aade que slo se fa del ejrcito.

A continuacin se me acerca Azzedin Fatnazi, padre de tres hijos sin trabajo desde hace 8 aos. Es un hombre delgado y tambin melanclico que sostiene un papelito en la mano. No entiendo enseguida de qu se trata. Luego, mientras l cuenta acalorado su historia, me percato de que es una peticin de subsidio social firmada en el ao 2003. Nunca se lo concedieron porque se neg a pagar un soborno al funcionario. Me insiste para que cuente que en Tnez, bajo el rgimen que Ghanoushi quiere maquillar y mantener, nadie consigue trabajo si no es a cambio de dinero. Est prohibido ser honrado, proclama.


Este es el Tnez real, sofocado, oculto bajo el teatro de flores del turismo y la avalancha de mercancas del Carrefour y el Geant. Una revolucin de jazmines? Nada ms banal y romntico que este clich forjado por los medios occidentales -y la embajada de los EEUU- para despuntar la aspereza de una revuelta de humillados y ofendidos que ha sobrevivido, se ha organizado, ha ido tomando forma a espaldas de los tres barrios de la capital que los extranjeros y los ricos llamaban Tnez. Es la revolucin del 14 de enero. La revolucin del pueblo roto. La revolucin de un pas completamente desconocido.

Uno tiene la impresin de que va a ser muy difcil contenerla y muy difcil dirigirla, hasta tal punto es pacfica e irregular. Naci en las vastas afueras sin aurora y se contagi de barri en barrio, de villa en villa, hasta alcanzar la capital. Pero ahora quiere tambin tomarla, la capital. Mientras escribo estas lneas nuevos manifestantes llegan a la Qasba desde Kasserine y cientos de personas, alimentadas y abrigadas por la solidaridad de los vecinos, de los sindicatos, de los parientes, se preparan para violar el toque de queda y pasar la noche ante la puerta del Primer Ministerio. Tnez ya no existe; empieza Tnez.

Maana las escuelas deben recomenzar su actividad; maana comienza tambin una huelga indefinida convocada por el sindicato de enseanza. Podr soportar el gobierno esta obstinada costumbre de luchar?

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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