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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-01-2012

Manuel Fraga y la Transicin espaola
Paradojas de la legitimidad

Miguel Len
Rebelin


Manuel Fraga ha muerto

Manuel Fraga muri el domingo por la noche, de viejo, en su casa. Sin que una sola gota de la sangre derramada y de la que l es en diverso grado responsable haya manchado su impecable perfil de demcrata, de lder poltico audaz y con un fuerte sentido del deber, de padre de la Constitucin Espaola de 1978...

Todo esto se ha dicho sobre Fraga hoy, en la prensa y seguramente en los pasillos, pero tambin se ha dicho mucho acerca de toda esa sangre derramada que no mancha el expediente pero que s mancha el recuerdo de una porcin sustancial de los ciudadanos espaoles y de quienes son ciudadanos de otros sitios porque tuvieron que huir de la brutal represin franquista.

Nada hay que reprochar, desde luego, a esas manifestaciones de disenso, que contribuyen a reforzar la idea, hoy ms importante que nunca, de que el orden sociopoltico espaol es ya un cadver y de que la apertura de un proceso constituyente, uno de verdad, es una necesidad imperiosa. Sin embargo, hay un cierto aire extrao en todo esto que nos gustara compartir a travs de esta reflexin pblica:

Manuel Fraga fue profesor de la Facultad de Ciencias Polticas y Sociologa, lo cual haca previsible (as lo pensamos ayer) que hoy se organizara de urgencia un acto en honor al ilustre poltico y conocido profesor. Si no es en virtud de lo primero, no debera caber duda en cuanto a lo segundo. Y sin embargo no ha sido as.

El minuto de silencio que ha tenido lugar a las tres de la tarde ha sido por las vctimas del franquismo de las que Manuel Fraga fue de alguna forma responsable, y la discusin que ha podido haber hoy en torno al suceso ha estado sin duda monopolizada por las crticas al muerto y la decepcin de que haya conseguido evadir el proceso judicial que mereca (l y tantos otros, algunos de ellos con carreras tanto o ms despreciables que la suya).

Puede haber muchas explicaciones para este hecho: lo precipitado de organizar una ceremonia solemne un lunes (tal vez la veremos maana o pasado), que los exmenes estn ya cerca, que la correlacin de fuerzas hara de un acto as una provocacin directa para suscitar una reaccin... Pero en cualquier caso hemos participado en los eventos de esta maana con la sensacin incmoda de que estbamos haciendo un ejercicio de contestacin a una posicin oficial que de hecho no se ha manifestado.


El problema de la legitimidad

Se puede decir que las manifestaciones de disenso de esta maana, en la prensa y en la Facultad de Ciencias Polticas de la UCM, han tenido como propsito denunciar, una vez ms, la ilegitimidad de la Transicin espaola y, en consecuencia, del orden poltico vigente (o, viceversa, la ilegitimidad del orden poltico vigente, que est en crisis, y debido a ello la ilegitimidad del proceso de configuracin de dicho orden). Sin embargo, nos gustara plantear la posibilidad de que precisamente denunciar hoy, de esta manera, la ilegitimidad del orden poltico significa ratificar, de hecho, que ste sigue siendo suficientemente legtimo como para resistir nuestras embestidas. Todo depende de lo que entendamos por legitimidad.

Legtima es, de acuerdo con su acepcin comn en el lenguaje de la movilizacin poltica, la institucin que ejerce su poder sobre una poblacin determinada con el consentimiento, la aceptacin positiva, de dicha poblacin. Una institucin sera en ese sentido tanto ms ilegtima cuanto mayor fuera el nmero de individuos que se negaran a consentir el ejercicio del poder de dicha institucin. El problema es, claro, decidir qu significa negar el consentimiento, y qu significa que una institucin ejerza su poder sobre nosotros.

La definicin weberiana de la institucin legtima es algo distinta a esta acepcin vulgar del trmino. Para Max Weber, un ordenamiento es legtimo cuando, producido por una institucin poltica (cuyo medio especfico es la violencia), consigue determinar la accin social de los individuos sobre los cuales el ordenamiento es aplicable. Que determina la accin social significa que el actor toma la(s) norma(s) como punto de referencia en su comportamiento, pero no necesariamente que la(s) acate. Weber pone el ejemplo de un ladrn que infringe la ley y roba, y luego infringe la ley y huye, se esconde, evita que le atrapen; para Weber, el ladrn est reconociendo la norma como legtima al infringirla porque acta sabiendo que la infringe y asumiendo que al hacerlo se convierte en objeto de la punicin correspondiente [1].

De acuerdo con el sentido vulgar del trmino legitimidad, la violacin de la norma por parte del ladrn sera sntoma (al menos potencial) de que el ladrn cuestiona la legitimidad del orden vigente. Tambin se pondra en cuestin la legitimidad del orden vigente al denunciar pblicamente el da siguiente a su fallecimiento la gravsima responsabilidad poltica de Manuel Fraga. Pero qu sucede si asumimos el trmino en su sentido weberiano?


Orden, legitimidad y libertad

El ladrn, dira Weber, cuestionara la legitimidad del orden vigente si, en vez de atracar un banco con la cara tapada y huir en un coche, lo hiciera a cara descubierta y saliera de la sucursal paseado plcidamente mientras cuenta los fajos de billetes que ha conseguido. Evidentemente el ladrn sera con toda probabilidad detenido en el acto, pero su accin habra puesto en duda la legitimidad de la norma.

El hecho de que legitimar un orden no sea apoyarlo explcitamente sino simplemente actuar de acuerdo con las posibilidades determinadas de antemano por l, hace evidentemente mucho ms difcil, pero tambin ms bello, el acto de contestacin poltica.

Desde esta perspectiva, lo que realmente ha hecho el Movimiento 15M para denunciar la ilegitimidad del orden poltico no ha sido tanto el No nos representan o el Lo llaman democracia y no lo es sino el haber tenido la habilidad o la intuicin de actuar, no contestando al orden, sino como si el orden no existiera. Ha hecho el 15M algo as? Desde luego. Es actuar como si el orden no existiera manifestarse el da de la jornada de reflexin y tambin despus de la medianoche, y sobre todo hacerlo como si la polica no tuviese la obligacin y la funcin de evitar ese hecho. Es actuar como si el orden no existiera crear espacios de debate y participacin en barrios, municipios y centros de trabajo, y sobre todo hacerlo hacerlo como si no hiciera falta que las decisiones colectivas tengan rango de ley y estn protegidas por la amenaza de un aparato represivo.

En el caso de la Transicin, como en cualquiera que se quiera abordar desde esta perspectiva inusual, la discusin se complica. Nuestra percepcin es que nuestra Transicin es ejemplar en la medida en que ha conseguido establecer un orden normativo legtimo (en parte consuetudinario, en parte escrito) que es capaz de definir no slo la postura oficial sino tambin la de oposicin pblica sin que los fundamentos del orden mismo estn en peligro.

Un ejemplo paradigmtico puede ser el de la Ley de Memoria Histrica en lo que atae a monumentos, smbolos y manifestaciones pblicas (como nombres de calles) del franquismo. La discusin se ha dado, y se da, en torno a si se aplica o no la Ley promulgada, de acuerdo con la cual honrar la memoria de los represaliados consiste, entre otras cosas, en acabar con toda esa simbologa. Pues bien, nosotros entendemos que lo que esa Ley hace en definitiva es confirmar, en tanto que compensacin oficial a quienes haban sido represaliados, el fundamento mismo y principal de la Transicin: que lo pasado, pasado est.

Creemos que borrar las huellas pblicas del franquismo contribuye a convertir la dictadura en una etapa nebulosa de nuestra historia, a dulcificarla a travs de los relatos sentimentales. Por qu deberamos pedir, por ejemplo, que la madrilea Calle del General Yage cambie su nombre? No contribuir eso ms a olvidar quin fue ese individuo que a mantener vivo el recuerdo de sus atrocidades? La decisin inaceptable, la que habra roto con todo consenso, habra tenido que implicar ms bien la creacin de placas explicativas; Calle del General Yage, volvemos al ejemplo, Esta calle fue nombrada as por decisin del gobierno dictatorial del General Franco para reconocer los mritos del General Yage, conocido como el Carnicero de Badajoz por ser el responsable de la ejecucin de 4000 personas en la plaza de toros de dicha localidad entre el 14 y el 15 de Agosto de 1936.

Si volvemos al caso que ha dado pie a esta reflexin, qu podemos decir al respecto? Es significativa la reaccin espontnea, por parte de todos los que nos hemos pronunciado hoy o ayer de alguna manera, ante la muerte de Manuel Fraga. Todos sabamos que hoy se sucederan las manifestaciones pblicas de respeto, admiracin y pesar; es lo que legtimamente corresponde a la muerte de un hombre de Estado. Y todos sentimos la necesidad de hacer precisamente lo que se esperaba de nosotros: que contestramos. Tanto se esperaba, que en un sitio como la Facultad de Ciencias Polticas y Sociologa no hubo ni intencin de convocar a un minuto de silencio por Manuel Fraga, sino que nosotros mismos hicimos un acto de contestacin institucionalmente innecesario porque se trataba de responder a un gesto ni siquiera insinuado.

Volviendo al problema de la legitimidad, todos nosotros hemos contestado hoy lunes a los panegricos con crticas, hemos contestado incluso a panegricos no pronunciados. Como el ladrn que infringe la ley y huye del polica, hemos escrito hoy contra Manuel Fraga porque hoy era el da legtimo para hacerlo, porque de los hombres de Estado se habla los das que siguen a su muerte.

Creemos que en ese acto fallido, en ese descuido automtico que nos ha llevado a comportarnos como se esperaba de nosotros, hemos perdido un poco de nuestra libertad poltica, o, ms bien, hemos tenido la prueba de que todava no nos hemos hecho libres.

En uno de los textos ms brillantes escritos hoy para dar cuenta crtica del historial de Manuel Fraga, se dice que siguen murindose en el anonimato espaoles y espaolas que se jugaron todo por defender la democracia [2]. El texto dice que es el hecho de que Fraga sea el ensalzado nos obliga a criticarle, pero lo que nos obliga no es eso, sino la certeza inconsciente de que es legtimo que hoy se hable de Fraga, bien o mal, porque fue un hombre de Estado y no un annimo demcrata.

No hemos podido hacer como si Fraga no fuera nadie, como si ya hubisemos dicho tanto sobre l que fuese ms importante recuperar el rostro y la vida del annimo demcrata, como si ser hombre de Estado no significara ya nada... como si furamos polticamente libres y no tuviramos que decicir entre opciones fijadas de antemano.

Pero an no lo somos, y por eso es necesario este artculo.

 

Notas

[1] Cf. Max Weber, Economa y sociedad, FCE, 2002 p. 26

[2] Juan Carlos Monedero, Manuel Fraga, un franquista. En http://blogs.publico.es/juan-carlos-monedero/2012/01/16/manuel-fraga-un-franquista/


* Miguel Len es estudiante de Ciencias Polticas y de la Administracin en la Universidad Complutense de Madrid.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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