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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-02-2012

Hablemos del conflicto social y armado colombiano

Jos Antonio Gutirrez D.
Rebelin


Colombia es un pas bastante curioso. Todo el mundo habla de paz en abstracto, mientras la guerra y las ms variadas violencias son pan de cada da y lo nico tangible para las comunidades ms marginadas del pas. Sin embargo, mientras todos hablan de paz en abstracto, hablar de paz en trminos concretos ha sido prcticamente criminalizado. El propio presidente Santos ha dicho que nadie ms que su gobierno puede inmiscuirse en temas de paz, que slo l tiene la dichosa llave de la paz[1]. Cualquier persona que aborda de manera seria el estudio de los procesos de dilogo fallidos del pasado (La Uribe, San Vicente del Cagan), cualquier persona que aborda de manera seria el estudio de las fuentes de la violencia en Colombia, las causas estructurales de sta, y que ms an, propone transformaciones sociales para lograr una paz orgnica (a diferencia de, digamos, la paz de los cementerios) es inmediatamente tachada de ulico del terrorismo. Cualquier persona que llega a la conclusin honesta de que sin justicia social no habr paz, que ste es el prerrequisito para una coexistencia civilizada es inmediatamente estigmatizada desde los crculos dominantes. Cualquier persona que busca el dilogo poltico, es inmediatamente sealada por intentar dar oxgeno a la guerrilla. Si, todos hablan de paz en abstracto pero cualquier movimiento efectivo para lograr algn avance hacia una paz orgnica, con justicia social, efectiva, es criminalizado.

A raz de los comunicados del comandante de las FARC-EP Timolen Jimnez en los cuales llama en trminos bien concretos a retomar el dilogo, proponiendo como punto de partida la agenda inconclusa del Cagan, el tema del dilogo poltico ha sido puesto nuevamente en la agenda poltica[2]. Desde luego, la mayora de los medios han reaccionado histricamente contra la propuesta de la insurgencia, aunque las voces crticas ya han comenzado a hacerse notar, demostrando que existen fisuras en el consenso militarista impuesto a sangre y fuego desde la larga noche uribista.

Dos voces a favor del militarismo y el establecimiento

Todava, un sector importante del establecimiento alucina con la victoria militar[3]. Varios opinlogos han salido a oponerse abiertamente a la perspectiva del dilogo y las invitaciones de Timolen Jimnez aduciendo, por una parte, que la victoria militar es posible y, por otra, que no hay nada que dialogar con la guerrilla. Humberto de la Calle, afirma en El Espectador que En el plano militar, derrotar a las Farc equivale a desvertebrar su ejrcito, afectar su unidad de mando, disminuir significativamente sus ingresos, aislar sus frentes y perturbar de manera importante sus comunicaciones. Ello es posible. No habr una batalla final, no vendr un Waterloo de las Farc. Pero s un proceso de desintegracin que es igual a una derrota militar. Cosa distinta es que no bastan las armas. Es posible competir con la economa de la coca, arrebatarle sus bases campesinas, recuperar la poblacin que es el oxgeno de la guerrilla. [4]

La derrota militar es improbable, pero no imposible. Ahora, el costo humano sera pavoroso, como lo demuestra el caso de la derrota de los Tigres Tamiles (LTTE) por el Ejrcito de Sri Lanka: en poco ms de una semana, se masacr a ms de 25.000 civiles y hoy, tres aos despus, 300.000 tamiles siguen internos en campos de concentracin[5]. Desde luego, el costo humano en Colombia sera muchsimo ms alto, pues a diferencia de los guerrilleros tamiles, los insurgentes colombianos no estn concentrados en una playa. La topografa y la extensin territorial, por nombrar slo dos factores, hacen que cualquier campaa comparable sea una autntica carnicera. Pero sabemos que al rgimen no le tiembla la mano para practicar el genocidio, como lo ha demostrado en repetidas ocasiones en la historia de Colombia aunque De la Calle, en otro artculo anterior, hacindose eco de la visin fantasiosa que la oligarqua colombiana tiene de s misma, insista que en Colombia el poder ha estado en manos de repblicos moderados, capaces de ir soltando pedacitos de poder en funcin de las circunstancias y Ejrcito, brazo armado del establecimiento, mostr ferocidad comparable a la de algunos de nuestros vecinos [6].

Cito esta columna, porque De la Calle es muchsimo ms claro que otros autores en la necesidad que el rgimen tiene de atacar a la poblacin civil para adelantar su guerra contrainsurgente. Lo que significa que las violaciones masivas a derechos humanos por parte de los aparatos represivos del Estado (la llamada fuerza pblica), no son un aspecto incidental, responsabilidad de unas cuantas manzanas podridas, sino parte de una estrategia de Estado en la lucha contrainsurgente. Podramos leer de otra manera su llamado a arrebatar las bases campesinas de la insurgecia, en un pas con cinco millones de desplazados y decenas de miles de desaparecidos olvidados en el fro de las fosas comunes? Desde luego De la Calle no se pregunta por qu un sector importante del campesinado, en vastas regiones, tiene ese vnculo histrico con la insurgencia, por qu hay poblacin que le sirve de oxgeno. Hacerse esas preguntas debera llevar a entender que la solucin al conflicto social y armado pasa por cambios de fondo, y no por la mera desmovilizacin unilateral. A eso es a lo que se refiere Timolen Jimnez cuando expresa que este conflicto no tendr solucin mientras no sean atendidas nuestras voces [7].

Tambin existe otra posicin que se ventila desde los grandes medios que, superficialmente, puede parecer opuesta a la de De la Calle, pero en realidad es su complemento. Su ms visible defensor es Len Valencia, quien en Semana pone la negociacin como alternativa a la poltica de liquidacin de la guerrilla. Pero su versin de negociacin no es distinta a la versin de negociacin que en ltima instancia defiende Santos (y que defendi a su momento Uribe), es decir, sellar la derrota militar en una mesa donde no se d ninguna discusin poltica de fondo, salvo los trminos de la desmovilizacin. El llamado de Valencia a la negociacin no tiene por fin democratizar al pas ni mucho menos efectuar los cambios estructurales que la sociedad colombiana necesita y que son los que, en ltima instancia, deben eliminar los problemas que determinan la continuidad del conflicto. Su llamado a la negociacin es una manera de defender al status quo , de defender los privilegios de una nfima lite que vive a sus anchas mientras los colombianos de a pie siguen empobrecindose y Colombia sigue firme en el tercer puesto mundial en desigualdad social. Segn l, es el mejor momento del Estado para negociar. La guerrilla afronta una derrota estratgica() Tiene poder de negociacin, pero la disminucin considerable de sus filas no le da para exigir demasiado [8]. O sea, olvdense de reforma agraria, distribucin de la riqueza, democratizacin de la sociedad, desmonte del paramilitarismo, educacin y salud de calidad y gratuita para todos, etc. Valencia hace parte de la triste y larga lista de arrepentidos y trnsfugas que se han convertido en los mejores defensores de la ltima repblica oligrquica de Amrica del Sur.

La suerte variable de las armas

Desde los medios se plantea que la insurgencia buscara la negociacin porque est acorralada, desesperada y debilitada. Sin embargo, la guerra arrecia en todo el pas, sobretodo en el Cauca (donde no se materializaron las deserciones masivas esperadas despus del asesinato de Alfonso Cano el 4 de Noviembre) y en el Catatumbo (donde se desplaza el eje central de la ofensiva militar despus de que el comandante Timolen Jimnez fuera nombrado sucesor de Cano). Las acciones militares de la insurgencia han aumentado en el mes de Enero en un 40% respecto al 2011, y en un 300% respecto al 2008[9]. La realidad del conflicto desmiente estas apreciaciones del discurso oficialista: la insurgencia ha logrado, en medio de la mayor ofensiva militar de toda la historia, la cual ha costado la vida de varios de sus dirigentes en bombardeos pavorosos, mantener sus estructuras, recuperar incluso terreno, adaptarse eficazmente a las nuevas condiciones de la guerra y golpear de manera creciente y sostenida durante los ltimos aos. Esto sin considerar la importancia militar de la convergencia que se est dando entre las estructuras guerrilleras -ELN, FARC-EP y en ciertas regiones como el Norte de Santander, incluso del EPL.

Si la insurgencia da un salto audaz y habla de retomar la agenda de dilogo del Cagun, lo hace porque sabe que no llegarn en condiciones de debilidad a la mesa de negociacin. Pese a la propaganda oficialista, el gobierno tambin lo sabe: por eso se niega al dilogo y sigue pidiendo condiciones imposibles. No quepa ninguna duda, que si el llamado de Timolen Jimnez fuera hecho desde la derrota irreversible (militar o poltica), el gobierno tomara gustosamente la oferta.

Conflicto social y lucha de clases

Valencia se equivoca en su apreciacin sobre la derrota estratgica de la insurgencia, y su error se desprende de una comprensin parcial del conflicto como si fuera solamente un conflicto armado y no un conflicto eminentemente social. Frecuentemente los anlisis de la insurgencia y del conflicto, dejan de lado convenientemente el hecho de que sta es expresin de ciertas dinmicas de resistencia, con hondas races en ciertas comunidades rurales. Un reciente artculo en Semana recordaba esta cuestin sobre la relacin de la lucha armada y sus expresiones orgnicas, con las comunidades: Estos grupos tienen alto poder social e influencia en las zonas donde tienen presencia. Tienen sus cunas y sus poblaciones, incluso si no nos gusta admitirlo. Cierta informacin del suroccidente del pas seala que las FARC estn trabajando ms con las comunidades donde tienen presencia, tratando (con ms y menos xito segn la comunidad) de (re)establecer las relaciones del pasado que por lo menos no eran tan violentas como las actuales y en que haba muchas veces una convivencia importante para la poblacin y la guerrilla. [10].

Tambin se equivoca Valencia al pensar que la insurgencia colombiana va a negociar una derrota y desmovilizacin, renunciando a las banderas polticas que le han dado razn de ser por medio siglo. Esto ltimo fue expresado de manera meridianamente clara por Boris Salazar:

El gobierno y los expertos aspiran a que las Farc se rindan sin muchas condiciones. Quizs la restitucin de los derechos polticos perdidos, y algunas garantas de seguridad para los combatientes reinsertados constituiran la oferta del gobierno. No mucho ms () Claro, las Farc no aspiran a la simple supervivencia. Quieren cambiar la sociedad colombiana. Al menos a transformar sus condiciones estructurales () Sin movilizacin popular, sin oposicin poltica, con una sociedad civil silenciada, o atada a la poltica electoral ms degradada, y con una ideologa conservadora extendida, la discusin del orden poltico, del modelo econmico o de la inclusin social, y mucho menos de las relaciones con los Estados Unidos, no es ni siquiera pensable.[11]

Salazar da en el clavo cuando plantea que la fuerza que efectivamente pude romper el nudo gordiano en Colombia es la movilizacin popular. A fin de cuentas, el conflicto armado es una expresin, distorsionada si se quiere, de la dinmica de la misma lucha de clases en el pas ms desigual del continente. En el conflicto social y armado colombiano, lo social sigue siendo prioritario. Efectivamente, ms relevante an que la revitalizada capacidad militar de la insurgencia, es el auge de un nuevo ciclo de luchas sociales y populares en todo el pas. Las demandas del pueblo que protesta cada da ms por las calles de toda Colombia son en gran medida, demandas o compartidas por la insurgencia, o las cuales pueden ser articuladas en su proyecto. Por el contrario, el bloque dominante no puede absorver estas demandas sin desnaturalizarlas por completo, como lo demuestra el debate en torno a la ley de vctimas y de restitucin de tierras.

Valencia, en su columna, confunde el consenso poltico del bloque dominante, del pas poltico, con una medida de la fortaleza del gobierno de Santos. La iniciativa poltica la pierde el santismo en medio de las dificultades crecientes para implementar la ms mnima de sus propuestas demaggicas y ante el extraamiento de un pas que despierta lentamente del embrujo autoritario: el estrepitoso fracaso de la marcha de la guerra, el 6 de Diciembre[12], demuestra que el bloque dominante, pese a tener un nivel importante de consenso detrs de la figura de Santos, es incapaz de movilizar al pueblo. Con el respaldo de casi todo el pas poltico y con el apoyo de la propaganda incesante de los medios (todos los cuales estn alineados con el rgimen), sencillamente no lograron sacar gente a la calle.

La poltica tras el fusil

Es en el terreno poltico donde la insurgencia est principalmente jugndose las cartas en la actual coyuntura[13]. Los comunicados de Timolen Jimnez (sobretodo su respuesta al acadmico Medfilo Medina) han logrado empezar a romper el cerco meditico en torno a las propuestas polticas y la estrategia de la insurgencia. Si Cano, como comandante mximo de las FARC-EP, jug un rol fundamental a la hora de adaptar exitsamente la estrategia insurgente, tanto en lo militar como en lo poltico, a las nuevas condiciones del Plan Colombia, revirtiendo la tendencia de casi una dcada de avance del Ejrcito, Jimnez est jugando un rol fundamental como un comunicador consistente de las propuestas y apuestas del movimiento insurgente.

A las demandas histricas de la insurgencia (tierra, relacin con EEUU, democracia, etc.), estos comunicados aaden demandas de las luchas actuales que comprometen a estudiantes y otros sectores movilizados, por ejemplo, contra el modelo agroindustrial y minero-extractivo santificado en el Plan de Desarrollo Nacional[14]. El mensaje es claro sobre la necesidad de un dilogo nacional abierto, en el cual el bloque de los oprimidos y de los sectores sociales subalternos, independientemente de las divergencias existentes entre sus tcticas de lucha o resistencia, formen una agenda comn frente al aejo bloque en el poder. La capacidad de articular demandas actuales con su propio proyecto histrico demuestra, adems, que la insurgencia no se qued en un mundo de hace sesenta aos atrs, como lo machacan los idelogos del rgimen, sino que tiene capacidad de interlocutar sobre los problemas actuales del pas.

El gobierno, por su parte, tambin libra una ofensiva en el plano poltico, pero es incapaz de abordar de manera sustancial los problemas que enfrenta el pueblo. El gobierno entiende que el conflicto, al ser fundamentalmente agrario, requiere de polticas que sirvan para quitar piso a la insurgencia entre el campesinado. La demagogia santista en torno a la revolucin agraria que significara la ley de restitucin de tierras[15] sera apenas un chiste de mal gusto si no fuera por los 53 lderes desplazados reclamantes de tierras asesinados por los testaferros del rgimen en el marco de sus demandas. Aparte de que slo pretende la restitucin de 2 millones de hectreas de los ms de 6,5 millones robados en las ltimas dos dcadas por el paramilitarismo; como ya empez el asesinato de reclamantes, no es de esperar que mucha gente d el paso adelante, sobretodo si se considera que esos territorios siguen en guerra y muchos continan bajo el dominio de estructuras paramilitares que operan en connivencia con el ejrcito y polica. Si el reclamante no quiere correr el riesgo de volver a su tierra, entonces podr ser indemnizado por los contribuyentes y no por los que lo desplazaron. Peor an, si se demuestra que los ocupantes son de buena fe y tienen inversiones agroindustriales, el reclamante tendr que pactar con ellos. Como la demagogia da para todo, Santos ha mentido descaradamente diciendo que se han restituido 852.000 hectres a 33.000 familias, cuando en realidad lo que se ha hecho es titular tierras baldas, formalizar tierras comunitarias, regularizar posesiones en parques y humedales. A los desplazados apenas se les han restituido alrededor de 10.000 hectreas[16]. Esto, sin mencionar que la restitucin no afecta el principal problema del campo colombiano, identificado por el ltimo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)[17], que es la obscena concentracin de tierras la cual solamente puede ser enfrentada mediante una demanda histrica de la insurgencia, como es la reforma agraria. Esta ley ser un fiasco peor que la ley de Justicia y Paz: en el mejor de los casos, servir para modernizar el agro segn los requerimientos de la agroindustria; en el peor, servir para legalizar el despojo.

Por otra parte, junto a las medidas cosmticas y demaggicas de derechos humanos, el rgimen ha logrado avanzar bastante en la cooptacin de aquellas organizaciones sociales ms oenegizadas y burocratizadas (ciertas organizaciones sindicales e indgenas), a la par que desarrolla una campaa de revisionismo histrico y de confusionismo sin precedentes: se comenz con el cuestionamiento desvergonzado de la Masacre de Mapiripn (y por extensin de abogados defensores de derechos humanos)[18], sigui con los ataques a los desplazados de Las Pavas a los cuales sin ninguna base llamaron falsos desplazados[19], han hablado sin ningn fundamento sobre supuestas alianzas entre la insurgencia y sus tradicionales enemigos paramilitares[20], y ahora les dio con que supuestamente Tirofijo, lder histrico de las FARC-EP, era un terrateniente[21] Esta obsesin con la amnesia, el revisionismo y el confucionismo histrico tienen por nico objetivo el ataque a los movimientos sociales y de derechos humanos, as como la satanizacin de la insurgencia. En ello el gobierno ha demostrado ser bastante eficaz, a la vez que se ha demostrado completamente incompetente para dar respuestas reales a las necesidades de un pueblo que se empobrece da a da.

Cagan, el no-retorno

La sola mencin de la insurgencia de retomar dilogo poltico donde se interrumpi la Agenda del Cagan, hizo que Santos inmediatamente saliera al paso a decir que se olvidaran de un segundo Cagun[22], dejando en claro que la estrategia planificada desde el 2011 de profundizacin de la estrategia militar sigue en pie y sigue siendo el elemento dominante de la poltica de Santos. Esto, an cuando est conciente de que existe una necesidad de comenzar a explorar marcos para una eventual negociacin, en un futuro distante y siga hablando demaggicamente de la llave de la paz y otras vainas. Mientras tanto, habr que dejar que la sangre siga corriendo y buscar debilitar a la insurgencia lo ms posible antes de sentarse a dialogar para evitar cualquier cambio de fondo a la poltica colombiana. Eso lo buscan con el militarismo, pero tambin con iniciativas como el Marco Jurdico para la Paz que busca estimular la desmovilizacin, la fragmentacin territorial y el quiebre de la unidad en las filas insurgentes (creando escenarios para negociaciones regionales), amen de la impunidad para los paramilitares.

Pero la insurgencia no est sola en su demanda de una negociacin poltica que ataque las causas de fondo del conflicto. El encuentro El Dilogo es la Ruta de Barrancabermeja en Agosto pasado, fue un importante y significativo escenario que articul importantes expresiones del movimiento campesino, indgena y popular, con la idea de un dilogo nacional abierto para solucionar el conflicto no slo armado, sino social[23]. An ms, se oyen voces disidentes en los medios. Con mucho mayor sentido que el de Santos y su gobierno, una columna decembrina en Semana, escrita por Rafael Antonio Balln, insista que:

el Estado y la insurgencia armada deban ordenar el cese inmediato al fuego y comenzar una negociacin de paz. Sin embargo, antes de iniciar conversaciones con la insurgencia, quienes representan los distintos intereses del establecimiento deben ponerse de acuerdo en qu van a negociar con la guerrilla. En relacin con los temas de negociacin, debe partirse de la Agenda comn acordada entre Pastrana-Farc, porque los puntos contenidos en ese acuerdo, son los que se debatieron durante veinte aos de procesos de paz (1982-2002). En cuanto al procedimiento de la negociacin debe haber cese bilateral del fuego, participacin del Ejrcito en los dilogos, acompaamiento de la comunidad internacional y concluir con una asamblea constituyente que protocolice los acuerdos alcanzados en la mesa de negociacin.[24]

Lo ms relevante en estos momentos es que ciertos sectores del establecimiento parecen estar tambin concientes de la necesidad de retomar la Agenda Comn del Cagun, an cuando de fondo no crean en ella y solamente la vean como una manera de superar el imps militar, ojal con el menor impacto poltico posible. Una entrevista al ex presidente Andrs Pastrana, quien impuls la frustrada negociacin del Cagun con las FARC-EP publicada hace unas semanas es bastante reveladora de la erosin de la confianza militarista que se impuso con el uribismo. En ella recuerda que los compromisos asumidos en ese proceso de negociacin no son compromisos asumidos por la administracin Pastrana sino por el Estado colombiano[25].

Se habla mucho del Sndrome Cagun en los medios colombianos. Ello lo que busca es justificar el guerrerismo, militarismo y la violencia del rgimen en un supuesto consenso social contra el dilogo con las fuerzas guerrilleras. Digamos que tal consenso es una fabricacin meditica, martillada da y noche, por la prensa ms servil al poder que se conozca en el hemisferio occidental, mientras se criminaliza toda iniciativa de bsqueda de dilogo. El supuesto consenso es manufacturado en funcin de una estrategia militarista preconcebida (el Plan Colombia se negoci desde 1998), y luego el efecto se busca convertir, convenientemente, en la causa.

No es este el espacio para entrar en demasiados detalles sobre el fallido proceso del Cagun. Basta con sealar que un dilogo de paz, sin cese de hostilidades y negociando con las fuerzas guerrilleras por separado[26], estaba probablemente destinado al fracaso, como lo ha reconocido el mismo Pastrana. Lo que s vale la pena mencionar, es que frecuentemente se menciona que la insurgencia fariana utiliz el proceso para fortalecerse militarmente, como una treta para ganar tiempo para la paz, que no negoci de buena fe. An cuando desde el lado de la insurgencia se hayan indudablemente cometido varios errores y actos irresponsables que los medios se encargan de sealar como si fueran los nicos responsables del fracaso del dilogo, es indudable que negociaron de buena fe, al menos con mucha mejor fe que el gobierno. Incluso, hasta podra decirse que negociaron con demasiada inocencia y que hasta perdieron, de la manera ms candida, el sentido histrico, olvidndose que negociaban con la oligarqua ms brutal del continente. Nuestro amigo Javier Orozco, ex dirigente sindical que particip como representante de la sociedad civil en los dilogos del Cagun, recuerda que se convers sobre las posiblidades de paz negociada, y la actitud de Ivn Ros y Ral Reyes era que se abra una puerta a la esperanza, ellos estaban convencidos, me impresion mucho, Ral estaba eufrico, tena muchas esperanza de que podan hablar () Joaqun Gmez estaba muy contento tambin, con todo lo parco que es. Fue un escenario en el que uno pens que la cosa iba en serio, no slo por el calibre de las personalidades que fueron, sino porque hubo disposicin de la guerrilla a escuchar al pas, pas mucha gente que dijo lo que quiso, articularon diferentes propuestas no es que se fueron para el monte y no queran esuchar a nadie () Fueron muy flexibles [27].

Pero los medios que satanizan a la insurgencia y que la responsabilizan del fracaso de los dilogos del Cagun, olvidan la enorme parte de responsabilidad que tuvo el Estado en el fracaso de esa negociacin. Es ms, olvidan de que fue el Estado, ms que la insurgencia, el que utiliz la negociacin como una estrategia para recuperar el aliento y ganar fuerza. Recordemos que en paralelo a la negociacin de paz con la insurgencia, se negociaba el Plan Colombia con los Estados Unidos, que profundiz la presencia norteamericana en el pas, que moderniz al ejrcito contrainsurgente y que ampli el pie de fuerza de 200.000 efectivos militares a 450.000 todo ello, en medio de una campaa coordinada para desprestigiar a la insurgencia como un mero cartel de narcotraficantes, confundiendo la lucha contrainsurgente con lucha antinarcticos. Por otra parte, mientras el Estado colombiano hablaba de paz con la insurgencia y llamaba a la participacin de la sociedad civil, por la noche, en medio de una estrategia de noche y niebla, armaba, entrenaba y coordinaba la peor maquinaria de muerte de todo el conflicto colombiano, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) que daba a los diversos ejrcitos privados paramilitares del pas un mando nico nacional, con el pleno respaldo del ejrcito y polica. Utilizando la infraestructura del ejrcito, realizaron una masacre cada tres das en el perodo 1998-2002, dejando un reguero de 175.000 vctimas declaradas y desplazando a millones de campesinos. As, mientras se llamaba a participar a la sociedad civil se asesinaba, desapareca, desplazaba, amenazaba y torturaba a dirigentes sociales y populares, a activistas polticos (de izquierda o comprometidos con los derechos humanos). La poltica de exterminio que sigui a los llamados a la participacin cvica se volvi a repetir de manera no muy diferente a los genocidios de la UP, A Luchar y del Frente Popular algunos aos antes, una guerra sucia mucho ms grave que cualquiera de los errores que haya podido cometer la insurgencia.

Eso por no mencionar como el gobierno de Pastrana desconoci sistemticamente los acuerdos alcanzados en las mesas de dilogo (acuerdos que no eran slo gobierno-insurgencia, sino que involucraron a miles de representantes de la llamada sociedad civil) impulsando medidas neoliberales como una reforma laboral y al sistema pensional regresiva, junto a mltiples ataques a los derechos a la salud y la educacin. Javier Orozco, dijo que muchos fuimos engaados, pensando que el Estado sera serio para negociar. Apenas se pas de la fase de cmo vamos a hablar a qu vamos a discutir, ah se quebraron las negociaciones porque la guerrilla plante problema sobre la propiedad, y eso no se toca para el gobierno, ese es el coco . En palabras de la senadora Gloria Ins Ramrez: Un examen objetivo de diversos hechos demuestra que, contrario a lo que se cree, hubo un permanente saboteo por parte del gobierno y la ultraderecha para impedir que el proceso avanzara [28].

El conflicto profundo y las falsas ilusiones en torno a la paz

No hay ninguna razn para creer que el Estado y el bloque dominante colombiano hoy negociarn de mejor fe que en el Cagun. De hecho, hoy su arrogancia se ve fortalecida, en plena poca de Guerra contra el Terrorismo por la creciente criminalizacin, en el contexto internacional, del derecho de los pueblos a la rebelin (a menos, lgicamente, que se trate de rebeldes amigos de los EEUU a los cuales s se les puede ayudar con armas y hasta con bombardeos). Estructuralmente, hoy la clase dominante colombiana es an ms dependiente del imperialismo norteamericano que en pocas del Cagun: el Plan Colombia ha aumentado la intervencin norteamericana (y europea e israel) en el conflicto colombiano, y tanto el ejrcito como la lite local ao tras ao realizan toda clase de contorsiones indignas para mendigar algunos dlares ms. Adems, el modelo econmico colombiano, santificado en el Plan de Desarrollo Nacional, depende de actividades extractivistas que en un contexto como el colombiano se traducen necesariamente en militarizacin y despojo violento de comunidades, lo cual alimenta al conflicto social y armado.

No hay que hacerse falsas ilusiones: ni el gobierno, ni ningn sector del bloque en el poder, tienen ninguna intencin de conversar en realidad de la solucin poltica al conflicto, pues eso pondra en cuestin el modelo poltico-econmico consolidado a sangre y fuego en casi quince aos. Eso se desprende an de las palabras del mismo Pastrana (sin lugar a dudas el poltico ms propicio al dilogo en el establecimiento) cuando dice en la citada entrevista que Lo nico que nos falta a los colombianos es la paz. Aqu podremos tener crecimiento econmico, inversin extranjera, recursos naturales, bajo desempleo, mejor educacin... Es decir, lo nico que hay que conversar es la paz, sin cuestionar las razones de por qu existe el conflicto. Todos los problemas de Colombia se desprenden del conflicto esta no es sino una versin blanda de la mxima uribista que desde siempre culp de todos los males del pas a la insurgencia. Por el contrario, la guerra, a lo sumo, agrava problemas pre-existentes de la sociedad colombiana que son los que estn en la raz del conflicto social y armado: la respuesta represiva como respuesta refleja y natural a las demandas sociales ms tibias; el aniquilamiento de formas de oposicin que amenacen intereses estratgicos de una lite autoritaria y mafiosa; un modelo econmico fundamentado en el despojo violento de los campesinos y las comunidades, y en el control paramilitar de la poblacin.

La paz es buena y necesaria, independiente del hecho de que por este concepto a veces entendamos cosas radicalmente distintas[29]. Pero lo fundamental, antes de hablar de paz, es hablar del conflicto. Entender el conflicto y sus dinmicas. Saber por qu al menos tres generaciones de campesinos en Colombia vienen alzndose en armas. Saber por qu en Colombia se asesina a los dirigentes populares, se destruye el tejido social de las comunidades, se desaparece a las personas molestas para algunos, por qu se hacen limpiezas sociales, por qu la riqueza en Colombia se acumula con fusil y machete. Se ha convertido en un lugar comn decir que la guerra en Colombia es una guerra absurda. Y en realidad no hay nada absurdo en la guerra colombiana. Hay una lgica fra y profunda que emana de un determinado modelo poltico econmico, hay resistencias por otra parte, hay dinmicas comunitarias que se han nutrido a la sombra de la violencia. Hay toda una historia que no tiene nada de absurda, que ser macabra y trgica si se quiere, pero no absurda. La violencia en Colombia solamente aparece como algo absurdo cuando se ocultan los mecanismos sociales que la activan y cuando la amnesia histrica se ha impuesto y borrado de la memoria la larga cadena de infamias que se han concatenado desde el asesinato de Jorge Eliecer Gaitn, pasando por Marquetalia, hasta llegar a las 3.000 fosas comunes que horadan la conciencia del pas. Tenemos que comprender primero por qu la gente muere y mata, antes de hablar de paz.

Cuando en 1962 Fals Borda, Guzmn Campos y Umaa Luna escribieron su monumental libro La Violencia en Colombia, las heridas abiertas por el primer ciclo de violencia en los 40 y 50 todava derramaban sangre a borbotones mientras tanto, se incubaban los sntomas del segundo ciclo abierto con las agresiones a las comunidades campesinas de Guayabero, El Pato, Marquetalia, etc. Este no fue un tratado con altisonantes llamados a la paz, sino que fue una radiografa desoladora de la violencia, en la cual comprendieron las fuerzas sociales que la alimentan, los intereses que sirve y las dinmicas sociales que genera. Demostraron que hasta la ms irracional de las violencias tiene una racionalidad subyacente. Hoy en da faltan esfuerzos de esta magnitud para comprender la realidad colombiana. En cambio, el servilismo al poder reina entre los opinlogos, la repeticin de lugares comunes es la norma y los violentlogos y pazlogos copan el espacio poltico de debate en torno al conflicto con ideas dogmticas y preconcebidas sobre resolucin de conflictos y construccin de paz.

Faltan esfuerzos intelectuales en torno al conflicto desde la intelectualidad, la cual est mayoritariamente cooptada y domesticada (salvo muy notables excepciones, que escriben a sabiendas del riesgo que corren por su defensa de visiones alternativas a las oficiales). Pero por lo mismo, la tarea de pensar y hablar del conflicto debe ser una tarea asumida por el conjunto del movimiento popular, de la misma manera que varias expresiones populares no han esperado la arrogante autorizacin del gobierno para asumir la discusin de la agenda de paz. Es el pueblo, que vive el conflicto en carne y hueso, que pone los muertos y los desaparecidos, los presos polticos, el que debe discutir del conflicto para disputar el espacio a ese discurso descontextualizado sobre la paz, como si fuera un asunto de mera voluntad de una de las partes. Tal discurso de paz en abstracto se convierte en un argumento ms de la guerra, en una manera de naturalizar la violencia de clase de ms de medio siglo con que los poderosos han sofocado toda forma de protesta.

Si la oligarqua no tiene voluntad de discutir y solucionar los temas de fondo, que subyacen al conflicto, el pueblo debe movilizarse y constituirse en un poder alternativo capaz de imponer su agenda poltica. Ac no hay espacio para falsas ilusiones. No existe una oligarqua racional, que piensa en los intereses superiores del pas; hay una oligarqua de lo ms venal, entreguista y mezquina, capaz de asesinar a la mitad del pas con tal de conservar los privilegios absolutos que cuatro linajes de sangre azul gozan desde la fundacin de la Repblica. Como hemos dicho, an Pastrana no est dispuesto a cuestionar los pilares del actual sistema colombiano, como cuando habla de retomar la Agenda del Cagun, pero recomienda no tocar los temas econmicos y el tema social, donde hay posturas ideolgicas, como su firme rechazo [ie. de las guerrillas] a los TLC [30]. Es decir, esperan una solucin poltica que no sea ms que lo mismo que hemos tenido en el pasado: desmovilizacin y reformas cosmticas que no van a lo medular de los problemas que afectan a Colombia. Con todas sus limitaciones, la Agenda del Cagun tiene como ventaja para ser un punto de partida (no de llegada) a la solucin poltica el plantear soluciones estructurales a las races del conflicto, a la vez que fue una propuesta poltica amplia, participativa y con un decidido respaldo popular, particularmente de las expresiones histricas tradicionales del pueblo organizado.

La solucin poltica no ser una amena charla de amigos al calor de un tintico. Ser la confrontacin de dos visiones de pas radicalmente diferentes, una construida desde abajo, la otra defendida por los de arriba. Ser la expresin mxima de una aguda lucha poltica, popular, de masas, librada en la calle y los campos, un ejercicio en el cual se vuelva a pensar un pas diferente. El cncer no se cura con aspirina y los problemas de Colombia requieren de cambios estructurales inaceptables para la oligarqua. Solamente una amplia y enconada movilizacin popular, por parte de masas que se conciban como poder alternativo, como proyecto de futuro radicalmente diferente al presente, podr torcer el brazo a los dueos de Colombia. Y para ello, es necesario que empecemos a hablar del conflicto, de la resistencia, de la rebelin para entender cmo superarlo.



NOTAS:

[1] http://www.elespectador.com/noticias/paz/articulo-323909-santos-no-acepta-intermediarios-hablar-de-paz  

[2] Los comunicados centrales son tres: Carta a Medfilo Medina http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142984 Sin mentiras Santos, sin mentiras http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142757 y As no es Santos, as no es http://www.rebelion.org/noticia.php?id=139723 . Hay dos cartas ms que ha escrito, una al general Valencia Tovar http://www.rebelion.org/noticia.php?id=141206 y otra a los Marchantes del 6 y a los que no salieron http://www.rebelion.org/noticia.php?id=141050  

[3] El mismo Alvaro Uribe Vlez ha hecho declaraciones a ese efecto en ms de una ocasin http://www.semana.com/mundo/uribe-llamo-acabar-terrorismo-negociacion/171776-3.aspx  

[4] http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-322223-cuantas-operaciones-aguanta-el-perro  

[5] Este no es el espacio para desarrollar el caso de Sri Lanka, pero en la revista CEPA se encuentran dos artculos de autora del doctor Jude Lal Fernando sobre el particular, los cuales son particularmente esclarecedores: Los Tamiles en Sri Lanka, las ms recientes vctimas del imperialismo (CEPA, Ao V, Vol. I, No. 10, Marzo-Mayo 2010) y La resistencia tamil, las vctimas indefenesas y las potencias globales (CEPA, Cuadernillo Internacionalista, Agosto 2011).
 
[6] http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-319870-utopia-iracunda
 
[7] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142757  

[8] http://www.semana.com/opinion/negociacion-liquidacion-guerrilla/171104-3.aspx  

[9] http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-324753-guerra-el-sur  

[10] http://www.semana.com/opinion/meses-violentos/171642-3.aspx
 
[11] http://razonpublica.com/index.php/conflicto-drogas-y-paz-temas-30/2678-inegociar-con-las-farc-el-inutil-retorno-de-lo-mismo.html  

[12] http://anarkismo.net/article/21349
 
[13] No estoy entendiendo, de manera maniquea, lo poltico como un polo opuesto a lo militar. La insurgencia siempre se ha definido como un movimiento de carcter poltico-militar. La confrontacin militar Estado-insurgencia es una confrontacin de carcter fundamentalmente poltico (por ello no puede hablarse de una guerra absurda, aunque volver a ese punto ms adelante). Si hago una distincin de lo poltico, la cual asumo puede ser un tanto artificial, es para referirme a los aspectos que tienen que ver con la movilizacin social y no con aspectos de la movilizacin militar.  

[14] Ver sobretodo http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142984
 
[15] http://www.elespectador.com/noticias/politica/articulo-323501-farc-se-oponen-restitucion-porque-les-quitamos-el-discurso  

[16] http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-324475-el-gobierno-de-los-campesinos Ver tambin la intervencin del senador Jorge Robledo sobre el tema de tierras http://prensarural.org/spip/spip.php?article7168  

[17] http://pnudcolombia.org/indh2011/index.php/el-informe/resumen-ejecutivo/31  

[18] http://www.anarkismo.net/article/20919
 
[19] http://prensarural.org/spip/spip.php?article7397  

[20] Segn el investigador Mauricio Romero, de la Universidad Javeriana, esas fabricaciones tienen por objetivo criminalizar a las FARC y torpedear cualquier negociacin con la guerrilla. http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/02/110217_colombia_bacrim_ao.shtml  

[21] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-322262-farc-robaron-cerca-de-90-mil-hectareas-de-tierras-santos  

[22] http://www.semana.com/nacion/olviden-nuevo-caguan-santos-farc/170157-3.aspx  

[23] http://anarkismo.net/article/20391  

[24] http://www.semana.com/opinion/como-terminar-nuestra-guerra/169380-3.aspx  

[25] http://www.eltiempo.com/politica/dilogo-con-las-farc-debe-ser-afuera-y-en-secreto-andrs-pastrana_10946420-4  

[26] En esa poca, se hablaba de dar una zona desmilitarizada el ELN en la Serrana de San Lucas, en el Sur de Bolvar. Finalmente la iniciativa no prosper. Por su parte, tanto el ELN como las FARC-EP negociaban por separado. Hoy la coordinacin entre ambas organizaciones les da una mayor fortaleza poltica y simplificara el proceso.
 
[27] Comunicacin personal.  

[28] http://www.senadoragloriainesramirez.org/index.php/2012/02/las-vicisitudes-de-la-salida-negociada-al-conflicto-interno/  

[29] Para un debate sobre este tema ver http://www.anarkismo.net/article/20115
 
[30] http://www.eltiempo.com/politica/dilogo-con-las-farc-debe-ser-afuera-y-en-secreto-andrs-pastrana_10946420-4 Esto es notable, porque el reconocimiento de las diferencias y posiciones ideolgicas ante temas tan sensibles como son la economa, plantean la falacia del discurso oficialista sobre las guerrillas sin propuestas de pas, como meros narcotraficantes que buscan justificar polticamente sus actividades delictivas.


(*) Jos Antonio Gutirrez D. es militante libertario, residente en Irlanda donde participa en los movimientos de solidaridad con Amrica Latina y Colombia, colaborador de la revista CEPA (Colombia) y El Ciudadano (Chile), as como del sitio web internacional www.anarkismo.net. Autor de "Problemas e Possibilidades do Anarquismo" (en portugus -Faisca ed., 2011) y coordinador del libro "Orgenes Libertarios del Primero de Mayo en Amrica Latina" (Quimant ed. 2010).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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