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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-03-2012

Ms all del problema del paro: capitalismo y marginacin sistmica

Arturo Borra
Rebelin


1) Un desplazamiento de problemtica: del paro a la marginacin

Producir una interpretacin crtica del presente reclama ante todo desplazarse de unas problemticas y unas categoras de anlisis que, a fuerza de circulacin, tienden a instalarse como obvias. Es esa obviedad de las lecturas la que dificulta la posibilidad de la crtica. La repeticin dogmtica y omnipresente de un discurso de la crisis, con su centramiento excluyente en el problema del paro, omite una problemtica comparativamente ms grave en las sociedades europeas actuales: el crecimiento acelerado y constante de la pobreza y de la exclusin social. Aunque la cuestin del desempleo es sin dudas relevante, tal como es construido en el discurso hegemnico produce un efecto de oscurecimiento con respecto a un drama mayor, que es el nmero creciente de personas que no acceden a una cobertura satisfactoria de sus necesidades vitales ms elementales, con todas las consecuencias psquicas y sociales que ello acarrea.

Incluso una tasa de paro inaceptable como la actual -que en Espaa se acerca ya al 25 %- resulta insuficiente para reconstruir un diagnstico crtico del presente. La tasa de desempleo no representa de forma suficiente la magnitud de la catstrofe social, producto de unas polticas pblicas que han recortado drsticamente el gasto social y de una economa que estructuralmente no slo no est en condiciones de garantizar el pleno empleo, sino que expulsa a una parte cada vez ms relevante de la poblacin activa.

En estas condiciones, el actual sistema poltico-econmico produce un excedente que no tiene ninguna probabilidad de inclusin laboral (de la misma manera que tambin dificulta su acceso a la vivienda, a servicios pblicos crecientemente restrictivos como la educacin escolar y la sanidad, a la participacin en proyectos culturales autnomos o a consumos culturales que no se agoten en la estereotipia normalizante de los massmedia y de la industria cultural dominante).

La lgica de lo urgente posterga la reflexin sobre lo que, en este contexto, podra ser otra forma de existencia social. El hueso del paro convertido en un significante vaco que explicara todos nuestros males presentes- impide siquiera pensar en las condiciones econmicas, polticas y culturales determinantes que han provocado esta situacin. Difcilmente podremos desarticular ese discurso hegemnico si no cuestionamos el modo y los trminos en que construye los problemas que luego promete resolver de forma falaz. Para formular la pregunta en la terminologa asptica al uso: qu posibilidad de reinsercin laboral tienen los parados de larga duracin, pertenecientes a colectivos especialmente vulnerables en riesgo de exclusin social en las condiciones del presente? La respuesta es evidente: ninguna. Constituyen un sobrante de vidas humanas de las que puede prescindir sin dificultad alguna.

Dicho lo cual, seguir insistiendo en resolver el problema del paro sin inscribir esa problemtica en un contexto histrico-poltico concreto resulta una necedad. Si bien una alta tasa de paro sigue resultando funcional al disciplinamiento social -garantizando la cada del salario real, modalidades precarias de contratacin, condiciones laborales inaceptables y creciente desindicalizacin-, resulta ilusorio suponer que la inclusin estadstica en esa tasa de paro podra equivaler, sin ms y de forma general, a la posibilidad de una reinclusin laboral de todas las categoras de parados. Dicho de otra manera, en nuestro presente resulta cada vez ms ntida la segmentacin de los parados, en la que algunas de sus categoras ni siquiera cuentan como ejrcito de reserva: forman parte estructural de la periferia interior del capitalismo; el punto muerto de una economa del excedente que en su derroche necesita desechar ingentes masas de seres humanos no-reciclables, esto es, definitivamente no-empleables.

En ese sentido, podra hablarse de una suerte de desacople entre lo simblico y lo real en el discurso hegemnico: por una parte, una tecnologa estadstica y unos medios masivos que a la vez de garantizar la hipervisibilidad de unas cifras de desempleo absolutamente desmesuradas, impiden conocer las condiciones que las producen; por otro, unos cuerpos sufrientes que slo son incluidos en su equivalencia econmica general (como desempleados), pero no en la singularidad irrepresentable de su drama vital.

Por su parte, las actuales polticas econmicas en Espaa (aunque la referencia podra extenderse a otros pases europeos) no hacen ms que agravar esta situacin estructural con medidas y decretos-ley que ahondan la opcin de las contrarreformas laborales y el ensanchamiento de la desigualdad, esto es, el camino de la universalizacin del precariado: congelamiento salarial, ampliacin de jornadas laborales, incremento de la temporalidad, aumento de la movilidad geogrfica y funcional, abaratamiento del despido y ampliacin de las causas objetivas para hacerlo procedente (incluyendo la disminucin de ingresos en tres trimestres consecutivos), facilidad para descolgarse de los convenios colectivos por parte de las empresas, incremento de la desigualdad en los trminos de la negociacin colectiva, deterioro de los derechos en materia de salud de los trabajadores, etc. No es mi objetivo analizar la reforma laboral sancionada recientemente; me contentar con sealar, como ya lo han hecho en otras ocasiones precedentes, que esa reforma agravar ms an el problema del desempleo y constituye una poltica regresiva que concede poderes absolutos al empresariado, consolidando la asimetra en unas relaciones laborales ya de por s desequilibradas.

Sin embargo, el autntico pnico moral ante la posibilidad del paro (1) no debera hacernos olvidar algo ms fundamental: I) que empleo no equivale en absoluto a una garanta en la cobertura de las necesidades bsicas ni mucho menos a un presunto ascenso social e, inversamente, II) que el desempleo no equivale, en trminos sociales, a pobreza de forma invariante. En otras palabras, el acceso al empleo no equivale a salir de una situacin de pobreza. La categora de trabajadores pobres, sin embargo, mantiene el equvoco, por sugerir la posibilidad de que un trabajador podra no serlo: la idea de un trabajador rico es una contradiccin en los trminos. En efecto, las social-democracias europeas han construido la promesa de una mejora de las condiciones econmicas de vida mediante el trabajo asalariado. No es mi propsito negar algunas conquistas al respecto asociadas al estado de bienestar, pero en esta fase histrica es claro que esas conquistas estn siendo literalmente demolidas por las propias polticas de estado. El brutal expolio sistmico al que estn siendo sometidas las clases trabajadoras -por ms dispositivos ideolgicos de legitimacin que se desplieguen para sostener lo contrario y a pesar de la omnipresente maquinaria de propaganda masiva que trabaja para reconvertir simblicamente el expolio en oportunidad de empleo- no deja margen de duda. La poltica de mejoras salariales (cuestionada por Marx por no apostar a la abolicin de las actuales relaciones de produccin) se revela finalmente como ilusoria: la precarizacin de todas las categoras de trabajadores implica un nuevo lazo entre trabajo asalariado y carencia, incluso si no todas esas categoras sociolaborales estn similarmente afectadas por la precarizacin.

Si por una parte empleo no significa a secas inclusin social, inversamente, desempleo no significa necesariamente pobreza en la medida misma en que las prestaciones sociales del estado de bienestar minusvlido por lo dems- sean preservadas y potenciadas. No es difcil advertir que tambin ese dique de contencin est siendo dinamitado, abriendo la ltima compuerta para la sobreproduccin de nuevos pobres. Con el giro neoliberal europeo (un giro que en Espaa se produce explcitamente a partir de mayo de 2010, aunque con antecedentes indiscutibles) el comn denominador entre trabajadores asalariados y parados ser crecientemente un rgimen de carencias estructurales (potenciado por una cultura consumista que produce una intensificacin de deseo que termina arrasando al propio sujeto deseante).

La tesis marxiana de la paulatina proletarizacin de la sociedad adquiere hoy otro sentido: remite no ya a un crecimiento relativo de trabajadores asalariados (dado el aumento porcentual del paro y la disminucin global de trabajadores en el aparato productivo), sino al incremento de la prole en situacin de miseria o, en mayor medida, en condiciones deficientes de vida (con independencia a si el sujeto accede o no a los mercados de trabajo). En la raz etimolgica de trmino est contenida esta doble significacin. Como es sabido, en El manifiesto comunista, proletario equivale a miembro de la clase obrera, o ms ampliamente, de la clase asalariada: en contraposicin a la burguesa como propietaria de los medios de produccin, proletario es aquel que no puede vender sino su fuerza de trabajo. En las condiciones actuales, la raz del trmino adquiere una nueva resonancia: proletarii es aquel que no puede aportar ms que prole a una formacin que los deshecha. No cuentan ni siquiera como fuerza de trabajo. Se trata, pues, de la produccin por parte del capitalismo financiero de una ciudadana de segunda mano global afectada por la pauperizacin de sus condiciones de vida y slo tangencialmente vinculada al mundo de la produccin (econmica).

Aunque se insista en el carcter cclico de la economa capitalista (con sus momentos contractivos y expansivos) y se enfatice la necesidad de reconversin o reciclaje (y el trmino ya es un sntoma) de los perfiles laborales para mejorar la empleabilidad, lo que est en juego no es la inclusin universal de los otros en igualdad de condiciones, sino el trazado poltico-cultural que establece la frontera entre los sujetos que pueden acceder a algn tipo de trabajo en condiciones de creciente deterioro material y los que no tienen la ms mnima posibilidad de ser reincluidos en ese campo, ni siquiera en sectores donde la explotacin laboral adquiere visos ms esclavizantes an.

Abogar por un desplazamiento de problemtica equivale a dejar de situar el desempleo como causa de la pobreza, para pensar la produccin de las carencias estructurales incluyendo el paro- como consecuencias necesarias del capitalismo financiero (avalado tanto por los estados nacionales vigentes como por las instituciones polticas y financieras internacionales). Si bien esta produccin de carencias es consustancial al capitalismo mucho ms, tras el derrumbe del Muro en 1989-, la centralizacin del sistema financiero en su fase actual y la primaca mundial de las grandes corporaciones trasnacionales acrecienta de forma drstica estas condiciones en el ncleo mismo de la economa del excedente. La liquidacin de millones de puestos de trabajo, el desajuste entre mano de obra excedentaria y necesidades productivas y el desguace de un fallido estado de bienestar conducen en este punto al incremento porcentual de la poblacin en esta situacin marginal. Si la promesa del pleno empleo constituye una imposibilidad estructural en este modo de produccin, en las actuales condiciones (y no slo en Europa) esta imposibilidad consolida la realidad de la carencia expandida en cientos de millones de personas, declaradas tcnicamente prescindibles.

La conclusin es drstica: desde la perspectiva del capital, esos millones de vidas humanas carecen absolutamente de relevancia, tanto desde la dimensin de la produccin como del consumo. El problema queda restringido a la gestin de esta masa marginal. Se trata de una ciudadana de segunda mano, cada vez ms extendida, tratada en la prctica como deshecho humano (por usar los trminos de Zygmun Bauman), esto es, como excedente que hay que reciclar en cierta medida (2). Apenas somos suficientemente conscientes de lo que supone construir el planeta como una poderosa y descontrolada fbrica de residuos. La naturalizacin de una cultura de los residuos carece de precedentes. Ante el horroroso espectro de la desechabilidad (3), incluso quienes sern los prximos en la lista prefieren frecuentemente cerrar los ojos o desviarse hacia un centro comercial, soando con hacerse indispensables a partir de unos mritos con fecha de caducidad.

Desde una perspectiva sistmica, lo que cuenta no es ya la existencia misma de esas vidas sino meramente su tratamiento: su gestin como residuos. Si por un lado la falta absoluta de reciclaje podra conducir a riesgos ms o menos imprevisibles (terrorismo, criminalidad, trata de personas, etc.), la inversin que supone el reciclaje (formacin para el empleo, subsidios, ayudas a la vivienda, programas de reinsercin laboral, ayudas para la cooperacin y el codesarrollo, etc.), en la actual ecuacin basada en el rendimiento, no puede ser ms elevada que el costo de desecharlos completamente. De modo peridico, la economa poltica del reciclaje deber decidir hasta qu medida recicla.

No hay ningn significado estable en ese cierta medida. Si el lmite de la social-democracia era la indigencia (reciclar para evitar la miseria o pobreza extrema dentro de las fronteras nacionales), el neoliberalismo no parece tener un lmite intrnseco: las nicas razones para el reciclaje residen en la gestin del riesgo, esto es, en regular la aparicin de la amenaza terrorista, el incremento de la delincuencia y la aparicin de movimientos sociales con potencial subversivo (identificados, en ltima instancia, como una variante local del terrorismo global [4]). En el contexto de la globalizacin capitalista, no es la evitacin de la muerte de millones lo que importa sino la gestin de un excedente de supervivientes que hay que mantener bajo control. La constitucin del capitalismo en una mquina biopoltica fascista, ligada a regulaciones culturales especficas, no es ninguna metfora: cada da, por medios diferentes, confina y elimina flujos humanos tcnicamente prescindibles.


2) La problemtica de la marginacin sistmica

Aunque el alcance de las tesis precedentes rebasa cualquier realidad nacional, algunas informaciones empricas al respecto, atinentes a la situacin en Espaa, ilustran la realidad de esta catstrofe evitable. Segn el ltimo informe disponible realizado por la Red de lucha contra la pobreza y la exclusin social EAPN (5), ya en 2010 haba en Espaa 11.666.827 de personas en situacin de pobreza, un milln ms que en 2009. A pesar del compromiso formal con la estrategia comn de la Unin Europea de reducir para el 2020 en un 25% la pobreza en los propios pases miembros, la tendencia (no slo a nivel nacional) es exactamente la contraria. La conclusin del informe es inequvoca: La diferencias entre los datos de 2009 y 2010 muestran un avance claro de la pobreza y la exclusin social, que las medidas y estrategias no han logrado detener, menos an disminuir. 

La medicin del riesgo de pobreza y exclusin social se basa en el indicador propuesto por la Unin Europea, denominado AROPE (At Risk Of Poverty and/or Exclusion) e incluye los factores de la Renta, la Privacin Material Severa (PMS) y la Intensidad de trabajo. La resultante es que en el ao 2010, el ndice de pobreza y exclusin social para Espaa es del 25,5%. Esto significa que ya en 2010 uno de cada cuatro residentes era pobre. Siguiendo el informe, incluso en los momentos de prosperidad econmica de la ltima dcada no se redujo en absoluto la pobreza y la exclusin. Contra cualquier fabulacin ligada a una teora del derrame, se puede corroborar estadsticamente la hiptesis contraria: el crecimiento econmico es perfectamente compatible con el crecimiento de la pobreza.

Por su parte, en la estimacin del INE se plantea una variacin de poco menos del 5 %. Segn el Instituto Nacional de Estadstica, en 2011, el 21,8% de la poblacin residente en Espaa est por debajo del umbral de riesgo de pobreza (situndolo en 2010 en el 20,7% [6]). Aunque la medicin segn el AROPE sera ostensiblemente superior para 2011, en cualquier caso los resultados son de por s suficientemente graves como para advertir un crecimiento de la pobreza que las actuales polticas neoliberales no harn sino agravar de forma vertiginosa, tal como ocurri en el contexto latinoamericano en la dcada de los 90 del siglo pasado.

Si bien no es mi propsito iniciar en este contexto una discusin tcnica sobre las mediciones de la pobreza, es importante sealar que () hablar de pobreza hoy en da significa aproximarse a un complejo mosaico de realidades que abarcan, ms all de la desigualdad econmica, aspectos relacionados con la precariedad laboral, los dficit de formacin, el difcil acceso a una vivienda digna, las frgiles condiciones de salud y la escasez de redes sociales y familiares, entre otros (7), lo que exige, segn estos autores, introducir un concepto ms amplio de exclusin social, que contempla mecanismos de marginacin ms complejos y multifacticos que los considerados en el concepto de pobreza.

Si comparamos estas informaciones con las macrotendencias mundiales se puede comprobar que los ndices de pobreza nacionales se aproximan a la tasa de pobreza mundial. Sin embargo, mientras organismos como el Banco Mundial prevn una disminucin de la pobreza extrema en el mundo, organismos como la OCDE prevn su aumento en Espaa. Los altos ndices de pobreza y exclusin social que en otros perodos histricos se atribuan, de forma eufemstica, a los pases en vas de desarrollo, corresponden hoy a una buena parte de los pases presuntamente desarrollados. Por lo dems, si bien hay sobradas razones para anticipar un crecimiento de la pobreza en Espaa en los prximos aos, hay tambin buenas razones para poner en duda el optimismo eufrico que organismos como el Banco Mundial muestran con respecto a la disminucin de la pobreza extrema o pobreza absoluta a nivel mundial en el perodo 2005-2010. El problema de esta medicin es doble: no slo precede a la recesin o desaceleracin de los pases centrales y a la crisis financiera mundial (los ltimos datos refieren a 2008), sino que no establecen ninguna correlacin entre diferentes polticas econmicas y las variaciones significativas en la distribucin geogrfica de la pobreza. Segn los datos aportados, la tasa de pobreza disminuy del 52% de la poblacin mundial en 1981 al 42% en 1990 y al 25% en 2005 (unos 1400 millones de personas), lo que probara que el mundo est bien encaminado. Sobre la base de esas estadsticas, el BM estima que para 2015 la poblacin en situacin de pobreza extrema ser de 883 millones de personas (correspondientes a un 15 % de la poblacin mundial [8]). Sin embargo, no tenemos ninguna razn para tomar en serio estas proyecciones tranquilizadoras: su base estadstica es invlida, en tanto omite los efectos de la debacle iniciada en 2008 sobre la poblacin mundial.

La fantasa de un mundo bien encaminado hace indiscernible la pregunta acerca de qu pases han logrado disminuir la pobreza extrema y cules no. La conclusin es ntida: en el grupo en que la pobreza extrema se ha reducido se sitan diferentes pases latinoamericanos y asiticos, mientras que en el grupo en el que ha aumentado, se encuentran diferentes pases europeos y EEUU, entre otros. Es vlido, por tanto, extraer conclusiones contrarias a las del BM: los pases que han mejorado sus ndices de pobreza extrema son precisamente aquellos que se han negado a aplicar los recetarios neoliberales que este organismo financiero prescribe. En este sentido, su euforia infundada no permite dimensionar en lo ms mnimo la magnitud del desastre en trminos de un empobrecimiento social generalizado que, sin llegar al lmite de la miseria o la pobreza extrema, viven en situacin permanente de riesgo de exclusin social. Basta mencionar el Indicador de Pobreza Multidimensional (IPM), elaborado por la ONU y la Universidad de Oxford, para poner en duda las estimaciones del Banco Mundial. Segn este IPM, en 2011 a nivel mundial hay ms de 1.700 millones en situacin de pobreza extrema, es decir, un tercio de la poblacin mundial, plantendose graves privaciones en salud, educacin o nivel de vida (9).

En sntesis, la hiptesis del declive de la pobreza extrema no hace sino ocultar la creciente desigualdad socioeconmica a nivel mundial y el aumento de personas que se mueven entre la lnea de la pobreza relativa y la absoluta. Es suficientemente sintomtico que 4.000 millones vivan con una renta per cpita anual inferior a los 1.500 dlares (aunque desde luego el poder adquisitivo real vare segn los pases) y que el 20% de la poblacin ms rica acapare ms del 85% del consumo mundial. Aunque podramos seguir ahondando en estos aspectos, lo antedicho alcanza para concluir que Espaa est afectada por un proceso de precarizacin generalizada que no es en absoluto indito en la historia del capitalismo, sino uno de sus axiomas fundamentales: la marginacin sistmica como condicin de su reproduccin ampliada.


3) El mundo como vertedero

La nocin misma de exclusin social no debe inducir a engaos. Dar cuenta del umbral en el que vivimos supone no perder de vista dos realidades yuxtapuestas que aqu no puedo ms que mencionar grosso modo. La primera puede conceptualizarse bajo el concepto de inclusin subordinada, en la que cabe analizar bajo qu modos jerrquicos y subalternizantes se produce la inclusin de las personas no slo en el campo laboral sino, en general, en la vida social y cultural tanto en los pases centrales como en los perifricos. Ms que reforzar la dicotoma entre inclusin y exclusin, se trata de analizar qu tipo de inclusin se produce con respecto a determinados colectivos y el modo en que se producen las periferias interiores de los pases centrales. El ejemplo de los colectivos de inmigrantes, en el plano de los mercados de trabajo, es claro. Adems de ser una de las poblaciones que ms padece la exclusin laboral directa (en Espaa superan en ms de 13 puntos el porcentaje de parados locales), es uno de los colectivos que ms afectado est por este tipo de inclusin segregada, confinados en unos pocos sectores econmicos de baja cualificacin, con salarios ms desfavorables con respecto a los trabajadores locales, con mayor nivel de temporalidad, en puestos subalternos y otros perjuicios sistmicos (10). La tranquilizadora idea de inclusin oculta la desigualdad radical en la que diferentes sujetos participan en un campo especfico, sea el econmico, el poltico o el cultural. Habr que recordar, pues, que la inclusin no basta si no incluye, como principio constitutivo, la igualdad material.

La segunda nocin que resulta central considerar es la de exclusin inclusiva, acuada por Agamben, que remite a lo que es incluido como excepcin por el sistema y que, sin embargo, no pertenece a l o, dicho de otra manera, el ser incluido a travs de una exclusin (11). Extraer todas las implicaciones que suponen estas categoras rebasa estas pginas, pero lo dicho es suficiente para advertir que los excluidos son reincluidos de mltiples formas, bajo la marca de su estigma. Son objeto de mltiples polticas, situados fuera de una normalidad construida a partir de un poder normalizante (12) que desplaza de un anlisis econmico a un anlisis institucional que implica lo poltico y lo cultural: los anormales ms que meramente abandonados, tanto para el estado como para el mercado y la industria cultural de masas, son portadores de una peligrosidad que debe controlarse de forma ms o menos minuciosa y someterse a estrictas regulaciones que incluyen desde una poltica de reciclaje hasta una poltica de encierro, sin excluir mecanismos de excepcin como la criminalizacin, el asesinato selectivo, la guerra franca o la propagacin planificada de hambrunas y enfermedades endmicas.

Aunque los anormales, estudiados por Foucault en otro contexto, no pueden ser identificados de manera vlida con este ejrcito de sujetos marginados (lo que Bauman denomina parias de la modernidad), tambin es cierto que este ejrcito bien podra constituir en la actualidad una de sus especies. Producto de una marginacin sistmica que adquiere modalidades diferentes ligadas al eje inclusin/ exclusin, la formacin capitalista actual produce categoras identitarias de lo monstruoso que, no obstante asignarle un estatuto de excepcionalidad, tiende a convertirlas en regla.

Es precisamente esa regularidad de la excepcin lo que se insina en un sistema-mundo convertido en un inmenso vertedero humano, en el cual inclusin exclusiva, inclusin subordinada y exclusin social no slo no se excluyen mutuamente, sino que se articulan en relaciones de contigidad. De forma ms visible que en otras variantes del capitalismo, la alianza neoconservadora entre economa de mercado, estado policial y cultura de masas lanza con fuerza renovada el interrogante acerca de la reconstitucin del fascismo en nuestra sociedad globalitaria.

Notas:

  1. Para una reflexin sobre el efecto disciplinario del paro, remito a Cuatro tesis sobre el trabajo en el capitalismo en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=139608.

  1. BAUMAN, Zygmunt (2005): Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, trad. Pablo Hermida Lazcano, Paids, Barcelona.

  1. BAUMAN, Zygmunt, op.cit., p. 168.

  1. La regulacin de estos riesgos no equivale en absoluto a su supresin: el riesgo controlado es condicin necesaria para la reproduccin de la industria blica y del extraordinario negocio de la seguridad. Tomando datos oficiales aportados por SIPRI, solamente bajo el rubro de gasto militar, en 2010 EEUU invirti el 4,8% de su PIB, Israel el 6,5 %, Iraq el 6%, Jordania el 5,2%, Emiratos rabes el 5,4%, Arabia Saudita el 10,4 % y Rusia el 4 %, por mencionar algunos pases que encabezan el gasto, muy por delante de China (2%) e India (2,4%) (http://datos.bancomundial.org/indicador/MS.MIL.XPND.GD.ZS/countries). A pesar de la crisis financiera y el endeudamiento invocados de forma permanente para justificar medidas de excepcin y recorte, la amplia mayora de los pases han incrementado el gasto mundial en armamento, tal como informa el Instituto Internacional de Estudios para la Paz (SIPRI). A nivel global se han gastado 1,5 billones de dlares (1,2 billones de euros), lo que muestra una tendencia en aumento con respecto al ao 2000 (http://www.dw.de/dw/article/0,,5643326,00.html). Si EEUU supera los 660 mil millones de dlares de gasto anuales, China le sigue con 100 mil millones de dlares y Francia con ms de 60000 millones de dlares. Aunque a menudo impliquen desajustes econmicos importantes para los estados, la alta rentabilidad de las guerras es incontestable, del mismo modo que lo es la venta de armamento o la industria de la seguridad.

  1. Dicho informe puede consultarse en : http://www.accem.es/ficheros/documentos/pdf_varios/IMPACTOS_DE_LA_CRISIS._Seguimiento_AROPE_2009-2010.pdf.

  1. Para consultar el informe de prensa, http://www.ine.es/prensa/np680.pdf. Es claro que las variaciones metodolgicas inciden en la medicin. En este caso, el umbral de pobreza es medido en este caso por la distribucin de los ingresos por unidad de consumo de las personas, fijado el umbral en el 60% de la media. De lo anterior se desprende fcilmente que la medicin del INE se realiza sobre un indicador que contempla menos factores y, con ello, no es de extraar que algunas situaciones reales de carencia no sean detectadas. An as, dicha investigacin plantea que el 35,9% de los hogares no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos (op. cit).

  1. Me remito aqu al estudio de Joan Subirats (director), Clara Riba, Laura Gimnez, Anna Obradors, Maria Gimnez, Ddac Queralt, Patricio Bottos y Ana Rapoport: Pobreza y exclusin social. Un anlisis de la realidad espaola y europea, en  http://obrasocial.lacaixa.es/StaticFiles/StaticFiles/f28d31d9615d5210VgnVCM1000000e8cf10aRCRD/es/vol16_es.pdf

  1. Para consultar los datos presentados por el BM, puede consultarse: http://web.worldbank.org/WBSITE/EXTERNAL/BANCOMUNDIAL/NEWSSPANISH/0,,contentMDK:20550455~menuPK:1074643~pagePK:64257043~piPK:437376~theSitePK:1074568,00.html

  1. Para consultar el resumen de la pobreza multidimensional en 2011: http://hdr.undp.org/es/centrodeprensa/resumen/pobreza/

  1. He procurado hacer un abordaje ms sistemtico de esta problemtica en La discriminacin en el mercado laboral espaol: crisis capitalista y dualizacin social, en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=133998.

  1. Remito al respecto a AGAMBEN, Giorgio (2010): Homo Sacer. El poder y la nuda vida trad. Antonio Gimeno Cuspinera, Pretextos, Valencia, p. 35 y ss.

  1. La genealoga de ese poder normalizante ha sido investigada por Michel Foucault en diversos textos, especialmente en Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisin, trad. Aurelio Garzn del Camino, S.XXI, Argentina, 1989.

Blog del autor: http://arturoborra.blogspot.com


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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