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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-06-2012

Reinterpretando la Primavera rabe

Manuel Navarrete
Rebelin


Sesgo analtico

Si hay algo que la izquierda debera tener meridianamente claro es que los medios de comunicacin son multinacionales y, en consecuencia, construyen sus noticias en funcin de los intereses de las multinacionales.

Sorprende, por tanto, ver que para muchos autoconsiderados anticapitalistas las revueltas en los pases rabes seran, al igual que para la prensa o la televisin burguesas, concentraciones pacficas de indignados convocadas por facebook o twitter en contra dictadores populistas y en pos de instaurar una democracia burguesa.

Una visin tan tremendamente sesgada (y antimarxista) slo puede provenir de la misma ingenua autocomplacencia que lleva a muchos al frvolo pacifismo, a tratar de convencer a la polica de nuestra inmaculada benevolencia, a idealizar la manifestacin (convertida en un paseo folklrico y guay ms propio de Carlinhos Brown que de obreros realmente preocupados por su dramtica situacin) como el nico mtodo de lucha posible.

El nico? No. Tambin est el circo electoral, al que muchas capillas tratan de presentarse. Y todo ello en un momento en el que, precisamente, las masas empiezan a comprender que lo llaman democracia y no lo es, que no nos representan y que, en suma, votar qu partido te machacar desde el parlamento no es democracia. Olvidando, por tanto, el papel que debe tener una organizacin de vanguardia. Retrasando el nivel de conciencia de las masas. Reforzando su alienacin poltica y sus ilusiones democrtico-burguesas.

Causas profundas

Tal vez porque todo est interrelacionado, clarificar lo acaecido en el mundo rabe puede ayudarnos a mejorar nuestro diagnstico sobre las tareas pendientes aqu, en la metrpoli del imperio. Y es que, desde una perspectiva marxista (o simplemente seria) las races de las revueltas rabes no deben buscarse en la escasa divisin de poderes o en las imperfectas Constituciones de esos pases, sino en la dependencia econmica y financiera de esos pases, el enorme endeudamiento inmobiliario de los hogares, la geopoltica de los hidrocarburos y el intervencionismo de los distintos bloques imperialistas.

No estamos ante movimientos espontneos, sino ante dinmicas populares de larga duracin, que hunden sus races en las Revueltas del Pan de los aos 70 y 80, que fueron provocadas por los programas de ajuste estructural o, por emplear la nomenklatura actual, por los planes de austeridad del FMI.

A finales de 2010 se volvi a producir un repunte histrico de los precios mundiales de los productos alimenticios. Esta fue la chispa que haca falta para desencadenar el proceso. Pero si las causas no son las que nos deca la tele, tampoco lo fueron los mtodos. El sabotaje, el bloqueo de carreteras, la huelga y el enfrentamiento directo con las fuerzas del orden fueron la verdadera cara de la primavera rabe, ms all de pacifismos idealizados que olvidan que si el golpe lo recibes solamente t la violencia no desaparece, sino que perpeta la injusticia, y que la India posterior a Gandhi sigui y sigue siendo una sociedad de castas.

Adems, la oleada huelgustica en Egipto, por ejemplo, se desarroll contra la voluntad de la Federacin Nacional de Sindicatos Egipcios, que representa algo similar a las CC OO y UGT del Estado espaol. En Tnez sucedi casi exactamente igual: las huelgas fueron promovidas por los trabajadores, totalmente al margen de la Unin General de Trabajadores Tunecinos, que las rechaz explcitamente. Lo mismo podra decirse en el caso de Argelia: la Unin General de Trabajadores Argelinos era conciliadora y opuesta a las movilizaciones. Esto es algo de lo que muchos autodenominados anticapitalistas, con su insistencia en seguir dentro de los sindicatos del rgimen (CC OO y UGT) para cambiarlos desde dentro, deberan aprender.

Carencias organizativas

La primavera rabe ha carecido de lderes o actores polticos claros. Nada ms fcil de idealizar para un sector ingenuo del Movimiento 15-M. Sin embargo, ha sido esa carencia de estructuras claras que funcionaran como el germen de un nuevo Poder Popular el que ha hecho naufragar los procesos. Incluso en aquellos casos en los que los gobiernos han sido tumbados, como en Tnez y Egipto, ha sido imposible evitar que la gobernanza sea conquistada por hombres de negocios que ahora se reparten los cargos en los ministerios y aceleran las privatizaciones.

Las revueltas han atacado la parte visible de los sistemas polticos, como por ejemplo las familias en el poder. Pero no han arremetido contra el entramado de dispositivos de rapia econmica tejido por esas y otras familias. De este modo, las legtimas revueltas populares parecen haber sido derrotadas, al ser aprovechadas por una oligarqua que, adems, ha agravado las divisiones confesionales y etno-culturales existentes, aparte de acordar con el imperialismo la seguridad de las inversiones extranjeras y la de Israel, as como el control de la emigracin o las privatizaciones deseadas por las multinacionales.

Visto esto, y a despecho de mucho indignado, nadie serio puede decir que la ausencia de actores polticos claros y de liderazgos ha sido positiva en pos de la consecucin de los objetivos de estos movimientos.

Manipulaciones imperialistas

Tambin habra que hablar de Bahrein, cuyo levantamiento fue sofocado por una intervencin militar saud, sin recibir la menor solidaridad por parte de una progresa europea (y, lo que es peor, a menudo europesta) que, tal vez, esperaba a que la tele le avisara de que deba condenar estos actos perpetrados por un pas amigo del rey y de las petroleras.

Pero, sin embargo, el punto ms polmico de este asunto atae a lo acaecido en Libia y Siria. Comienzan aqu las curiosidades. A diferencia de lo sucedido en Tnez, Egipto, Argelia, Marruecos o Bahrein, los gobiernos de los pases imperialistas s se han pronunciado inmediatamente para apoyar a los rebeldes libios y sirios. Otro dato significativo es que, a diferencia de en el resto de pases, en Libia y Siria el movimiento obrero no ha tenido ningn protagonismo en esta revuelta (los comunistas sirios, directamente, han advertido de una operacin organizada desde el exterior y similar a la de Libia).

Santiago Alba Rico nos ha recordado que no debemos simplificar las cosas haciendo, automticamente, lo contrario de lo que hagan nuestros gobiernos o medios de comunicacin. Y es cierto. Sin embargo, tampoco debemos caer en los siguientes peligros:

1) El orientalismo de creer que todo lo que ocurra en todos los pases rabes va a ser exactamente lo mismo, analizando realidades tan complejas como una simple unidad.

2) El error de considerar que los procesos son simples, es decir, que no pueden tener fases sucesivas en las que se modifiquen sus actores o su carcter de clase.

Este segundo error es particularmente preocupante, porque imposibilita entender lo acaecido. Y es que el proceso libio ha tenido dos fases clarsimas, que, sorprendentemente, parecen haber pasado inadvertidas a los ms complejos pensadores:

a) En un primer momento, se produjeron una serie de protestas en la Cirenaica, realmente reprimidas por el gobierno libio (aunque, s, dicha represin fuera ostentosamente exagerada por la prensa capitalista).

b) Pero pronto se entr en una segunda etapa: con la resolucin 1974 de la ONU se cre una zona de exclusin area, que supona, hablando en plata, bombardear a las tropas libias, supuestamente para frenar la represin. Sin embargo, inmediatamente, los bombardeos de la OTAN se desviaron hacia un objetivo muy diferente y no autorizado por la resolucin: derrocar al gobierno y reemplazarlo por un gobierno basado en los tteres del Consejo Nacional de Transicin.

Es decir, dentro del proceso libio existen dos fases sucesivas: la primera, poda ser apoyada por la izquierda, en tanto que legtima movilizacin popular. Pero la segunda, al ser liderada por el reaccionario CNT, y adems en alianza con la OTAN (que no tiene en su agenda apoyar procesos emancipadores), no puede ser defendida por nadie que se considere de izquierdas.

Confusiones sembradas

Sin embargo, la confusin fue sembrada por intelectuales como Gilbert Achcar, vinculado al NPA francs, que defendi que, en este excepcional caso, la OTAN trataba de salvar vidas, ya que la represin de Gadafi era para este intelectual ms letal que la propia OTAN. Eso mismo afirmaban preocupados unos medios de comunicacin que, no tan apocalpticos, han silenciado durante dcadas las atrocidades cometidas por el Estado terrorista de Israel contra la poblacin palestina.

No faltaron tampoco partidos trotskistas como el antiguo PRT (que ahora ha usurpado las siglas de Corriente Roja) insistiendo en la idea de que cualquier posicin anti-injerencista implicaba alinearse con un dictador como Gadafi, a pesar de que ellos mismos mostraran una postura anti-injerencista slo unos aos antes, cuando se perpetr la invasin contra el Irak de Sadam Hussein (tirano donde los hubiera y represor del pueblo kurdo).

Por suerte, los sectores ms sanos de la izquierda comprendieron enseguida que el apoyo al proceso era sencillamente inadmisible para alguien de izquierdas, a la vista del carcter de clase del movimiento realmente existente tras el inicio de la segunda fase del proceso libio. Un movimiento golpista armado con armamento pesado por la OTAN, como escisin del poder de Gadafi, liderado por antiguos colaboradores (e incluso ex ministros) de ste, adems de por los fundamentalistas reaccionarios de Al Qaeda, y lejos de corresponder a unos partidarios de cualquier tipo de democracia popular.

Las tribus del Este iban conquistando territorios en detrimento de las del Oeste y, a diferencia de lo sucedido en Egipto y Tnez, ninguna fuerza obrera o al menos civil ha representado un contrapoder frente al CNT. La poblacin negra del sur de Libia y los trabajadores inmigrantes del frica subsahariana han sido masacrados por los rebeldes. El CNT ha acordado con los pases de la OTAN implicados en la invasin y el derrocamiento de Gadafi la prioridad en los futuros contratos del petrleo y el gas libios (una riqueza natural evaluada en 400 mil millones de dlares). La Sharia o Ley Islmica ha sido instaurada, sin esperar a ninguna consulta popular.

Inexistentes rectificaciones

Pero, eso s, nadie en la izquierda ha visto la necesidad de rectificar. Lejos de rectificar, muchos se empean en caer por segunda vez en la misma piedra, defendiendo el carcter buclico y revolucionario del CNS (Consejo Nacional Sirio), a todas luces similar al CNT libio. Y todo parece indicar que harn lo propio en Irn o cualquier otro pas cuando la prensa y la OTAN lo requieran.

Y, sin embargo, por supuesto Libia no era Cuba. No era un modelo a seguir. Llevaba aos abriendo sus puertas a las multinacionales extranjeras. El gobierno era autoritario. Pero no debe olvidarse un hecho: los medios de comunicacin buscaron seales de miseria en Libia para tratar de explicar la revuelta que se estaba produciendo. Fue en vano.

Estamos hablando del que era el pas con mayor nivel de vida de frica. Un pas que contaba con fuertes polticas sociales (en agua, electricidad, vivienda), numerosos crditos (a menudo a fondo perdido) y generosas subvenciones estatales, posibilitadas por unos grandes ingresos petroleros para una poblacin no muy numerosa. Se piense lo que se piense de Gadafi, la desaparicin de todas esas polticas sociales que ha conllevado la llegada al poder del CNT es una noticia catastrfica desde una perspectiva revolucionaria.

Conclusiones

Pero lo s: muchos pensarn que no debera haber introducido el prrafo anterior. No faltar el listo que diga que eso implica apoyar dictadores. Debera estar acomplejado, por oportunismo y cobarda poltica. Debera silenciar realidades sociales por miedo a lo que digan de m. Sin embargo, creo que, al menos, tendr que admitirse que el hecho de que la poblacin viviera con dignidad puede emplearse como irrefutable argumento de que esa rebelin popular de la Cirenaica, impotente y minoritaria, slo pudo ser catapultada al poder desde el exterior.

Por otro lado, desde el Estado espaol, poco podamos hacer por provocar una deseable revolucin que acabara con Gadafi e instaurara un poder socialista en Libia para profundizar las conquistas sociales. Sin embargo, s podamos generar una corriente de opinin pblica opuesta a las aventuras imperialistas del ejrcito espaol y de la OTAN, en pos de detener sus inmisericordes bombardeos, de impedir la salida de los aviones. Acaso lo hicimos?

Las lecciones que podemos extraer de las revueltas rabes, de sus derrotas y de sus instrumentalizaciones estn claras. No debemos emplear los poderes del sistema, incluyendo a sus sindicatos vendidos, sino que debemos generar nuestro propio contrapoder popular. No debemos contentarnos con acabar con las manifestaciones ms odiosas y superficiales del sistema, dejando el poder vaco, sino que debemos ocupar el poder y transformarlo. No debemos confiar en las revoluciones de colores que promueva el imperialismo, sino tener un criterio propio e independiente de los medios de comunicacin.

Hemos hablado de derrotas, pero el mundo es una caldera. Tal vez vayamos perdiendo, pero no hemos perdido. Tal vez no sean tiempos tan malos para los revolucionarios. Los poderes tiemblan ante unas masas que comienzan a despertar, a comprender que las cartas estn marcadas, que hay que romper la baraja.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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