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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-08-2012

Utopa y descolonizacin

Rafael Bautista S.
Rebelin


Un proyecto poltico degenera cuando su horizonte utpico desaparece. Si se renuncia al horizonte propuesto, entonces toda lucha se reduce a incluirse a lo ya establecido. Lo que se pretenda revolucionario se vuelve conservador. Si no hay horizonte, tampoco hay proyecto, la lucha se pierde en el puro clculo poltico. Esta devaluacin de la poltica tiene que ver con la prdida de horizonte; sin esta referencia, el nico criterio posible es el poder. La lucha es ahora lucha por ganar el poder. Pero si la nica garanta es el poder, entonces hasta el proyecto mismo se vuelve una mediacin ms para mantener el poder; de ese modo desaparece el proyecto y su horizonte, y todo se circunscribe a lo inmediato. Aparece el mentado realismo poltico; el revolucionario se hace reformista. Perdido el horizonte, su poltica se reduce al puro clculo de intereses; ahora lucha por el poder, el proyecto que proclamaba se diluye en pura retrica.

El realismo que abraza es su propia trampa, porque ese realismo es un puro sofisma conservador. Cuando el realismo es negacin de toda utopa, el realismo es lo ms irreal que pueda haber; porque lo utpico no es lo opuesto a lo real. Lo que no hay es siempre apetencia, deseo, esperanza; aquello que pone en movimiento a lo que s hay. La ausencia hace acto de presencia y hace que el presente se ponga en movimiento. Hay futuro porque hay deseo presente. Sin esa capacidad fecundadora del presente, el futuro es una pura inercia del tiempo lineal. No hay historia. Por eso, sin utopa no hay historia, ni realidad.

Cuando desaparece el componente utpico en la lucha poltica, toda lucha pierde horizonte; por eso lo nico que aparece como programa viable es su rpida inclusin en el orden establecido. Si su horizonte se diluye en ste, entonces su lucha pierde toda trascendencia. No sabe ir ms all de los lmites que le son permitidos por el orden actual; pierde iniciativa, imaginacin y, lo que es peor, pierde coherencia. Lo que produce ya no es lo nuevo, sino lo mismo de siempre.

Por eso el Estado plurinacional recompone el carcter colonial del Estado. Cuando se evidencia esta situacin regresiva, cuando el propio proceso de cambio empieza a recomponer un nuevo ciclo estatal del mismo Estado seorial, entonces se hace necesario repensar en aquello que ha sido desdeado hasta por la tradicin marxista (supuestamente revolucionaria): la tematizacin acerca de las utopas.

No en vano se pone de moda Walter Benjamin (alguien mal visto no slo por los ortodoxos sino hasta por la propia Escuela de Frankfurt). Tampoco Ernst Bloch es bien visto por los marxistas. Por lo general la izquierda latinoamericana es profundamente jacobina; prejuiciados por la modernidad, se han credo el cuento de que la poltica es racional porque es cientfica y, porque es cientfica, no tiene nada que ver con la teologa. Pero una tematizacin acerca de las utopas o los modelos ideales no puede prescindir de aquel mbito de reflexin. Porque los modelos ideales tienen que ver con los ltimos sentidos de referencia de toda racionalidad y estos no son precisamente racionales, sino mticos.

Los griegos ya saban aquello: el mito es el fundamento del lgos. El supuesto reino de la razn, la modernidad, tiene tambin sus mitos; para que se imponga y se expanda su economa, tiene tambin que imponer y expandir sus valores. Cuando estos valores constituyen ya objetivamente a la propia sociedad moderna, entonces la ciencia moderna declara que sta ya no tiene nada que ver con los valores, slo con los hechos. Esto lo hace Weber y veda al quehacer cientfico de pronunciarse siquiera con respecto al modelo ideal que presupone el capitalismo, es decir, el mundo moderno. Toda la espiritualidad contenida en las mercancas modernas despiertan los deseos de los consumidores porque estos ya se entienden a s mismos desde los valores que impone el modelo ideal de la modernidad; por eso los productos no son simples productos sino comprimidos de un sistema de vida que penetra en la subjetividad para aduearse de sta. El afn de poseer ms y ms es un afn cultural que patrocina una forma de vida que se expande a medida que destruye lo que garantiza ese apetito desmedido: la humanidad y la naturaleza. Pero no se trata de un simple afn materialista sino de toda una espiritualidad fetichizada que es capaz de resignificar hasta a las mismas religiones en torno a la consagracin del mercado y el capital, como los verdaderos dolos de este mundo.

Cuando la ciencia no se pronuncia al respecto, es cuando pierde sentido crtico y slo se reduce a describir lo dado, como lo que es y no se puede cambiar (los analistas reflejan esta devaluacin de la ciencia). Cuando la poltica parte de este prejuicio, se amputa la posibilidad de trascender lo dado; porque para trascenderlo necesita de otra referencia, un ms all de lo posible para el sistema, es decir, otro modelo ideal.

Ahora bien, los modelos ideales no son invenciones sino actualizaciones de los contenidos potenciales de los propios mitos. Nadie parte de s sino de su propia historia; si esto es as, todo proyecto poltico se circunscribe tambin a su historia propia, por eso se dice: la esperanza es una memoria que desea. Walter Benjamin lo dice de este modo: slo una humanidad redimida es receptora de la totalidad de su pasado, lo que significa que slo para una humanidad redimida el pasado es convocable en todos sus momentos. Entonces, el horizonte utpico es posible por esa re-conexin con nuestra historia, lo que hace que el presente se redima y se reencauce a su verdadero tiempo: el pachakuti.

Pero los jacobinos no creen esto, por eso ciegamente replican todo lo que critican; porque sus cabezas no son libres del Estado que critican, por eso no pueden negarlo, porque a partir de ste se interpretan a s mismos; por eso luchan por incluirse en ste y restituirlo bajo nuevas banderas. Por eso no pueden transformar el sentido mismo del Estado sino desplegar un nuevo ciclo estatal. Sin horizonte utpico real todo se circunscribe a lo que hay, lo que hay es lo que ven, lo que pueden contar, medir, manipular, usar, en la medida de sus intereses primordiales, lo que s ven: el poder.

Pero lo que no se ve tambin existe y su existencia tiene, muchas veces, ms consistencia que lo visto. Y esto que no se ve es lo que mueve a un pueblo: el espritu de liberacin. Si el poltico no sabe captar esto, no ha captado la esencia de lo poltico. Lo que hace que uno de la vida por el otro no es el clculo ni el inters sino la abnegacin o, lo que deca el Che, el amor. Este amor no se ve pero se ve sus efectos; del mismo modo, en la lucha no se ve el espritu utpico pero se ve lo que produce. Situarse en ese espritu slo es posible tambin de modo espiritual. Se trata de situarse desde la perspectiva del sujeto que encarna y proyecta ese espritu. Pero si anulo al sujeto anulo tambin el horizonte emprico de referencia y la lucha poltica que emprendo se vaca de contenido. Desde all me corrompo. Como dice Zavaleta: cuando desaparece la cosa sagrada de la poltica, slo queda el clculo poltico. As como no existe un individuo sin sueos ni aspiraciones, tampoco un pueblo lucha por luchar. Pero si el horizonte utpico que contiene no se clarifica, podr tener futuro su lucha poltica? Ahora bien, qu tiene esto que ver con la descolonizacin?

La tematizacin de los modelos ideales tiene que ver con la reflexin acerca del horizonte utpico que contiene un proyecto poltico determinado, es decir, en ltima instancia, un proyecto de vida; por eso, en resumidas cuentas, un proyecto poltico tiene que ver con el todo de la vida, de lo contrario, no puede pretenderse revolucionario; tampoco el reformismo es un proyecto. Un proyecto poltico se asume como tal cuando se asume como un nuevo proyecto de vida, como consecuencia lgica de que el sistema de vida actual es ya insostenible.

Pues bien, el sistema de vida actual, es el que por 500 aos ha ido dominando al planeta, globalizndose como sistema-mundo y, consecuentemente, excluyendo y aniquilando toda posible alternativa que pueda desafiar su pretendido carcter providencial. Entonces, si lo que constatamos, de modo hasta emprico, es la insostenibilidad de un sistema de vida que slo sabe satisfacer el derroche de los ricos del planeta a costa de la humanidad y la naturaleza, lo que se deduce, hasta lgicamente, es la produccin de nuevas alternativas.

Pero, abrazar una nueva alternativa slo es posible si previamente ha ocurrido una toma de conciencia de la imposibilidad de seguir como hasta ahora. Se trata entonces de un trnsito. Ante la crisis multiplicada que origina el sistema-mundo moderno, un mundo nuevo ya no se hace slo posible sino necesario. Lo posible (la utopa: un mundo nuevo, ms digno y ms justo) es lo imposible para este mundo; pero ese imposible es el verdadero realismo. Lo que no hay pone en su lugar a lo que hay. Desde lo que hay no puede haber transformacin alguna; slo desde lo que no hay la transformacin se hace inevitable. Si no transformamos el mundo, nos morimos todos.

Tomar conciencia de esta situacin implica transitar de una forma de vida a otra, pasar de un modelo ideal a otro: abandonar mis creencias antiguas y proponerme nuevas. Transitar quiere decir desarrollar un proceso. Proponerme una nueva forma de vida quiere decir: partir de nuevas certezas; para que mi existencia tenga un nuevo sentido, debo clarificarme el sentido de la vida. La clarificacin es producto del conocimiento que produzco en el mismo proceso. La descolonizacin cobra entonces importancia, porque se trata de un proceso de desmontaje sistemtico del conocimiento que ha hecho casi imposible nuestra libre y soberana autodeterminacin. Es decir, para producir algo nuevo, debo desmontar previamente el conocimiento que imposibilita mi reconstitucin en cuanto sujeto productor de lo nuevo.

Las instituciones no son lo que se ve; sus estructuras no lo determinan la piedra y el cemento sino la normatividad que organiza sus funciones; esa normatividad es conocimiento que determina y desarrolla el sentido mismo de la institucionalidad. Cuando el cambio es slo nominal o formal, cambia slo la apariencia, dejando intocado el sentido mismo de las instituciones; por eso los nuevos actores ya no son nuevos sino simples relevos de un nuevo ciclo de lo mismo. Si, a nombre de descolonizacin, se cree que el simple cambio de apariencia deja atrs al Estado colonial, lo que se muestra es la ms clara afirmacin colonial: el relevo se basta a s mismo, aunque cargue consigo las mismas taras y prejuicios; por eso no desmonta la estructura colonial del Estado sino que la afirma todava ms.

Ese desmontaje no es automtico y no quiere decir un simple cambio de actores; es un desmontaje que requiere pasar de la conciencia a la autoconciencia, es decir, del deseo de cambio al cambio efectivo; ya no se trata de destruir sino de construir. Por eso, cuando de construir se trata, nos encontramos con que lo que producimos es lo mismo que queramos superar, entonces se hace inevitable reflexionar acerca del modelo ideal que nos presupone. Es cuando nos percatamos que nuestro horizonte de referencia sigue siendo el mismo que sostiene a la economa que tanto criticamos. Por eso seguimos midiendo nuestras expectativas con los indicadores que produce el primer mundo, para verificar que tan bien se porta nuestro pas para seguir transfiriendo plusvalor a los centros desarrollados, para as ser premiados por incrementar la acumulacin de capital global (siempre a expensas nuestras, pero ahora s, con nuestro propio consentimiento). Entonces, qu es lo que ha pasado con el proceso de cambio?

EL GOLPE AL PROCESO DE CAMBIO

Un proceso no tiene sentido si no se lo atraviesa; ser parte de ste no quiere decir contemplarlo como un algo que no tiene nada que ver con uno mismo. Slo se puede dar razn de ste cuando uno mismo es autor en la realizacin de sus contenidos. Cuando se encarna el proceso, su objetivo mismo se manifiesta. Por eso no se puede provocar su desenlace, es decir, instalarse en el fin del proceso y adjetivarlo desde algn presunto conocimiento logrado. Lo que un proceso reclama es que su adherencia sea fiel; construir el camino que aparece en su atravesar es lo que produce el conocimiento que d cuenta del proceso mismo. Ese es el camino de la ciencia: el concepto es el testimonio de la transformacin del sujeto; en el concepto aparece comprimido el conocimiento que ha adquirido el sujeto en su propia transformacin. Por eso hace ciencia no por puro afn especulativo. Hace ciencia para producir autoconciencia de lo que est siendo. Despus de ese atravesar ya no es el mismo. Ms aun cuando se trata de ir de una forma de vida a otra. La autoconciencia de ese atravesar es la reconstitucin de su propia subjetividad. El hombre nuevo nace de ese modo.

Pero para quien el proceso es slo un recurso retrico y se sita, en consecuencia, fuera de ste, no tiene sentido ser parte de aquello. Si tiene todo definido, entonces no parte de la historia, parte de su conciencia solipsista, encerrada en sus propias certidumbres. Quien parte de esta conciencia escindida, ha desplazado a la historia como mero teatro de la razn. Su referencia a la historia es slo alegrica. Pero sin historia el presente se queda hurfano. Si el presente pretende procrear algo, entonces tiene que ponerse en movimiento; el presente se hace proceso como la necesidad que tiene de desandar su fatalidad (ser lo puro deducido del pasado) y proponerse una nueva finalidad (ser novedad histrica).

El proceso de cambio que nos habamos propuesto contena la radicalidad de ser un proceso constituyente; por eso era lgicamente concebible la constitucin de un nuevo Estado, el Estado plurinacional; por eso la Asamblea Constituyente representaba la efectivizacin de un proyecto de vida comn. El horizonte propuesto ya estaba definido hasta en el prembulo de la nueva Constitucin. Pero hechos recientes, sobre todo el conflicto a propsito del TIPNIS, ha desnudado la reposicin del carcter seorial del nuevo Estado; adems de ciertas leyes que ya entran hasta en contradiccin con la propia Constitucin. Entonces, qu es lo que ha sucedido?

El carcter regresivo que ha ido adquiriendo el proceder estatal, a nombre del proceso mismo, requiere volver la mirada un poco atrs. Es cierto que el MAS no fue el abanderado de la nacionalizacin, tampoco de la Asamblea Constituyente; pero opt por aquello. En ese optar se jug la vida.

Pero no siempre se opta por conviccin, tambin se puede optar por clculo poltico. Cuando los principios emanados de las marchas de Tierras Bajas y, posteriormente, de la guerra del agua y la guerra del gas, encarnaron en la mdula de las demandas populares, se hizo cuasi imposible no asimilarlos en el nuevo lenguaje poltico. Los nuevos actores de izquierda no podan prescindir de las demandas nuevas que, adems, gracias a la memoria larga, despertaba, lo que llam Zavaleta, el modo de insercin del campesinado en la poltica: la forma comunidad.

El vivir bien se constitua como el horizonte utpico de una forma de vida comunitaria que, las luchas del presente, actualizaban en las demandas de nacionalizacin y Asamblea Constituyente. La eleccin del primer presidente indgena tena sentido al interior del despertar de esta memoria. Por eso la apuesta fue contundente. El 54% del 2005 fue la constatacin de que algo haba empezado, ese algo se propona ser un proceso, en el cual se traduca el nuevo desidertum: restaurar la lgica de una forma de vida que habamos negado, por nuestro carcter colonial, pero que se mostraba, ahora s, ante la decadencia de la forma de vida moderna, como ms digna y ms racional (ante los desequilibrios que ocasiona la vida moderna, nos proponamos restaurar un nuevo equilibrio). Lo cual pasaba por transformar el Estado mismo (como la mediacin necesaria para la realizacin del nuevo proyecto de vida propuesto). Por eso la Asamblea Constituyente se reclamaba soberana y originaria, porque el proceso inaugurado tena carcter cualitativo: la refundacin del sentido mismo de nacin. El carcter plurinacional de ese nuevo sentido, no significaba solamente el reconocimiento de la diversidad sino que: el sentido mismo de unidad slo poda ser produccin comn. Ser comunidad quera decir: que las decisiones nacionales no pueden ser privativas de nadie, lo que implicaba, necesariamente, la democratizacin del mbito de las decisiones (sobre todo, a los siempre negados: las naciones indgenas).

La resistencia conservadora fue por eso sauda; el golpe cvico-prefectural fue testimonio de aquello. Pero lo que no logr la oligarqua en ese golpe fallido, lo pudo el estamento poltico: someter al sujeto plurinacional constituyente al orden constituido. La Constitucin aprobada en Oruro (el 2008) fue abierta en La Paz, donde con la connivencia del gobierno los partidos tradicionales y el MAS, le privaron de su carcter soberano y originario. En ese momento, no slo la Constitucin, sino el proceso y el sujeto de ese proceso se despotenciaba de su carcter constituyente. El orden constituido se haba recompuesto por sobre el propsito fundacional de la misma Asamblea. Se haba negociado la potencia del poder constituyente, es decir, se haba excluido y negado al sujeto constituyente. Esto quiere decir: el proceso de cambio haba sido asaltado por el orden constituido.

El Estado seorial tramitaba, de ese modo, su reposicin, bajo nuevas banderas. Quitndole su carcter soberano al proceso constituyente, lo que se haca, en definitiva, era quitarle ese carcter de soberana al sujeto creador del proceso: el sujeto plurinacional. La transformacin misma del Estado era puesta en suspenso desde el momento en que el poder constituido repona sus condiciones institucionales, con las cuales subsuma la potencia de ese poder constituyente, en una domesticacin sutil que el supuesto nuevo Estado asuma comedidamente. La colonizacin naturalizada haba encontrado una nueva forma para su reproduccin: el Estado plurinacional dejaba en la letra muerta su carcter comunitario y asuma, como tarea inmediata, su propia modernizacin (es decir, asuma que para ser deba ser, otra vez, a imagen y semejanza del Estado liberal, confirmando los valores modernos como los valores que este Estado deba encarnar y desarrollar; o sea, otra vez, argumentar contra s mismo, por eso su estructura normativa no sufre ni siquiera modificaciones, tampoco la preeminencia tecnocrtica de su administracin).

Esta nueva forma de reproduccin de una lgica que pervive aun en una conciencia que se asume revolucionaria pero sin que eso signifique tener conciencia nacional y menos conciencia plurinacional, manifiesta que los prejuicios seoriales perviven como, lo que llamaba Zavaleta, creencias innegociables que abrazan los nuevos seores, en una nueva reposicin de la paradoja seorial: su jurada superioridad frente al indio. El indio ya no es ms horizonte emprico de referencia, anulada su condicin de sujeto se clausura su potencia constituyente como mero prembulo de un nuevo ciclo estatal.

Otra vez, la razn de Estado no aparece para resolver las contradicciones sino que el Estado mismo se asume como la resolucin de todas las contradicciones. Ese es el fin de las utopas; si todas las contradicciones se han resuelto en el Estado, entonces ya no tiene por qu haber contradicciones y, si aparecen conflictos, estos slo pueden ser fiel al modelo neoliberal distorsiones del proceso; entonces, si aparecen distorsiones, hay que eliminarlas. El Estado mismo se haba propuesto como sujeto nico, desplazando al sujeto real plurinacional, cuando decreta la conclusin del proceso constituyente. En ese momento, el proceso de cambio ya no tena sentido. Este sujeto sustitutivo haba declarado, sin proponrselo, un estado de excepcin: si en el nuevo Estado se han resuelto todas las contradicciones, entonces se ha vuelto auto-referente, ya no hay lugar para la crtica, tampoco para el sujeto plurinacional, porque ahora, ese sujeto, es el Estado mismo.

As se rapta la soberana: lo fundado es ahora el fundamento; la sede del poder soberano ya no es el pueblo, por eso ya no tiene sentido obedecerle, menos consultarle. La creencia seorial se reedita en un nuevo seoro que no es oligrquico, pero tiene las mismas aspiraciones; por eso hasta la dirigencia campesina de la CSUTCB declaraba: que los indios del TIPNIS dejen de ser salvajes y se modernicen. Entonces, el horizonte de referencia ya no es el horizonte del vivir bien sino aquel que sostiene al capitalismo: el sistema-mundo moderno. Por eso lo indio es, de nuevo, el obstculo natural para una inmediata modernizacin. Por eso se le exige civilizarse, para dar lugar al progreso y el desarrollo modernos.

Cuando el cacique Seattle deca que para conocer al hombre blanco, debamos conocer de qu estn hechos sus sueos, lo que nos deca era que, si descubramos sus ltimas creencias y mitos que le sostienen, podamos llegar a comprender por qu acta como acta. Ahora sabemos, por historia, que su ms profunda creencia es el mito de su superioridad, que el racismo estructura su racionalidad y cosmovisin propia. Por ello podemos afirmar que, si todava nos empecinamos, en mirarnos desde su ptica euro-norteamericano-cntrica, siempre apareceremos como inferiores, irracionales y salvajes; de modo que nuestra nica esperanza sea la de civilizarnos, o sea, modernizarnos, es decir, ser como ellos, superiores, es decir, dominadores. Por eso nos condenamos siempre a replicar su dialctica maldita: para ser libres tenemos que buscar siempre a quin dominar. Si desde aquella ptica aparecemos siempre como inviables, se entiende que quienes no son capaces de salir existencialmente de esa perspectiva, apuesten noms por incluirse en este mundo, que aparece como lo nico viable, renunciando a toda otra alternativa, condenada por los prejuicios modernos siempre como lo imposible.

Por eso la Asamblea no poda ser originaria y soberana; por eso la potencia constituyente deba de subordinarse al orden constituido: el Estado moderno-liberal. Porque desde la ptica eurocntrica, que adopta el colonizado, lo nico viable es el modelo moderno; lo nuestro o lo que pueda emerger de nosotros es, por naturaleza, inferior. Por eso ahora la propia Constitucin aparece, hasta para el gobierno, como incmoda, lo cual nos conduce a presagiar que no falta mucho para que se la declare inviable y se proponga su reforma, o la suspensin indefinida de sus postulados (el asunto sobre la consulta indgena, ya mostraba lo incmoda que resulta la propia Constitucin para quien pretende decidir todo por cuenta propia, expropiando la decisin como patrimonio exclusivamente suyo).

Si el proceso de cambio no contiene la radicalidad de ser un proceso constituyente, entonces no tiene sentido; acaba siendo un episodio ms en el drama de recomposicin del Estado mismo (por eso la reaccin ante toda crtica es tambin dramtica: son enfermos infantiles o desviados ideolgicos). Cuando se decreta la conclusin del proceso constituyente, lo que se decret, en realidad, fue el desplazamiento del sujeto constituyente; el proceso de cambio haba llegado a su fin, despus de aprobada la Constitucin, podan las naciones irse a sus casas, la poltica ahora quedaba en manos de los profesionales. Aquella nueva disponibilidad plurinacional, al ser despotenciada, fue suprimida. Ese asalto fue un coup dEtat. Por eso, en su ltimo mensaje a la nacin, nuestro vicepresidente define a la soberana como nica, absoluta y no compartida, es decir patrimonio exclusivo del nuevo sujeto sustitutivo. Nadie puede disputarle esa soberana. Eso se llama fetichismo del poder: ya no se entiende el mandato como el ejercicio delegado del poder soberano de la comunidad sino que ahora se cree que quien manda es la sede absoluta y soberana del poder. Por eso se recompone el Estado colonial, al recomponer su carcter seorial: para mandar se requiere obedientes.

El orden constituido repone para s sus condiciones institucionales, desde las cuales har posible su inmediata reposicin. Entonces aquel optar (del partido gubernamental) fue producto del clculo poltico. Si negoci al sujeto constituyente, entonces tena que ponerse a s mismo como el sujeto sustitutivo del proceso ya subsumido por la reposicin del Estado seorial. Ahora el Estado poda adjetivar al proceso como a la mediacin de su propia reposicin. La soberana, otra vez, era usurpada. El pueblo ya no era ms sujeto. El mandar obedeciendo no tena ya sentido, ni la poltica como ciencia del servicio. Por eso el gasolinazo y la represin en Chaparina a los indgenas del TIPNIS, por ejemplo, no eran errores sino la constatacin de aquel golpe inicial y la asuncin de la elite gubernamental como sujeto sustitutivo. La desacreditacin sistemtica y la divisin promovida al interior del movimiento indgena y campesino del oriente y occidente, tiene que ver con la anulacin del sujeto constituyente por parte de este sujeto sustitutivo.

En consecuencia, anulado el sujeto real, se anula tambin el horizonte utpico que pueda proyectar este sujeto. Sin referencia emprica es imposible producir un horizonte y, sin horizonte, de dnde recupera el proceso su sentido? Volvemos al inicio: sin horizonte, el nico proyecto parece ser la inclusin al orden establecido; en el contexto global quiere decir: ingresar al mercado mundial, es decir, producir, otra vez, para satisfacer exclusivamente las demandas de ste, o sea, de los ricos del mundo.

EL ANACRONISMO HECHO POLTICA DE ESTADO

Otra de las consecuencias de la prdida de horizonte es la prdida de perspectiva. Si he perdido sentido de situacin slo puedo remitirme al pasado, entonces, el diagnstico coyuntural que puedo realizar, es slo la imagen de ese pasado. Una poltica de Estado requiere de contextualizacin epocal, de lo contrario, rema a la deriva. La insistencia gubernamental en la dicotoma imperialismo-nacionalismo slo poda indicar la rmora nostlgica de una izquierda atrapada en el siglo XX. No se haba enterado que el mundo unipolar, desde el 2003, haba entrado en franco declive, que la globalizacin (sobre todo financiera) haba oficiado sus exequias el 2008, y que el cambio de poca avanzaba hacia un mundo multipolar, dislocando la hegemona geopoltica norteamericana desde el conflicto entre Rusia y Georgia (por Osetia del Sur). Es decir, la situacin novedosa que promovan los pases emergentes del BRICS, requera ahora una nueva lectura geopoltica, cuando se viene rediseando la disposicin estratgica de la nueva geopoltica global. La lectura anacrnica consista en que el empecinamiento focalizado contra el imperialismo no dejaba advertir el sentido mismo del cambio de poca, lo que deba traducirse en una nueva poltica estratgica: una redefinicin de nuestro lugar en la nueva disposicin geopoltica, primero regional y luego global.

Por eso tambin el proceso de nacionalizacin se queda trunco; sin perspectiva epocal y global, la recuperacin de los recursos energticos acaba siendo slo formal; los ingresos aumentan, a condicin de dejar de ser estratgicos para el pas, pues quien decide su destino no somos nosotros sino el mercado; es decir, lo que pudiera haber sido nuestra carta de ingreso en el juego geopoltico, acaba siendo ofertado como una mercanca ms, no sabiendo que, los energticos, son ahorita, la carta de supervivencia geopoltica en los nuevos trazados del incipiente nuevo orden multipolar. El MNR desaprovech la nueva situacin post-segunda guerra mundial, ahora el MAS desaprovecha el nuevo rediseo geopoltico multipolar. Atascado en la paranoia anti-imperialista de una izquierda anacrnica, slo sabe inflamar la nostalgia romntica de los revolucionarios del pasado. Perdido en ese pasado, no sabe que en el presente, si uno no sabe jugar sus cartas energticas, puede ser fcilmente borrado del nuevo rediseo mundial.

Si no, veamos lo que est pasando con Siria (que dista mucho de la ingenua versin que ofrece la prensa nacional, obediente siempre a lo que dicen CNN o RFI). El trnsito al orden multipolar pasa por la constatacin de que la estabilidad econmica y el predominio poltico pasa por el control de los energticos, en este caso del gas (la llamada energa del siglo XXI). Si no hay aprovisionamiento energtico, no hay industria que tenga futuro. Los rusos y los chinos son conscientes de aquello; por ello Gazprom y los proyectos North Stream y South Stream (que hacen depender a la economa europea del gas ruso) dislocan la hegemona anglosajona y merman su rea de influencia, haciendo difcil para Washington instrumentar el proyecto Nabbuco (la potestad del negocio del gas por parte de Occidente). Rusia no slo establece el nuevo mapa del gas (que desde Turkmenistn, Irn y Azerbaiyn, configuran un rediseo del Medio Oriente, como la antesala del control de Europa), sino que, de modo estratgico, lo consolida con los tratados con China y el Bloque de Shangai.

El otro actor de importancia, Irn, en julio del 2011, firma acuerdos, con Irak y Siria, para el transporte de su gas; con ello se disminua aun ms la posible operatividad del proyecto Nabbuco. Siria apareca como el principal centro de almacenamiento y puente de distribucin del energtico cuyo destino era el mercado europeo (sin contar las reservas de gas que se descubren en el Mediterrneo oriental, que Siria y Lbano comparten en gran medida). De ese modo se consolidaba una nueva rea geoestratgica: Irn-Irak-Siria-Lbano. Lo cual termina por aislar estratgicamente a USA, en una nueva reconfiguracin global administrada por el control del gas. Entonces, el inters por desestabilizar a Siria se hace urgente, las petromonarquas rabes se prestan al juego de USA y provocan, desde afuera, lo que muestran las cadenas internacionales. Pero sin este agregado: se trata de la primera guerra geopoltica del gas. Anular a Siria es el paso inicial entonces para contener, no slo a Irn, sino principalmente a Rusia y China.

Qu pasa por este lado del planeta? La consolidacin del Mercosur, con el ingreso de Venezuela, sita a esta regin como la quinta economa del mundo; la situacin se hace favorable, pero, en nuestro caso, no hay iniciativa (nuestra Cancillera no tiene ni siquiera grupos de estudio de asuntos bilaterales con nuestros vecinos), y si no hay iniciativa, porque no hay horizonte ni perspectiva, no nos sorprendamos que acabemos, otra vez, devorados, como de costumbre. Porque si se trata de supervivencia en el nuevo orden multipolar, los grandes (tambin por sus apetitos hegemnicos) no velarn por los rezagados.

Un pas nunca es independiente del todo, pero supera su dependencia cuando es consciente de su grado de dependencia y es capaz de administrar ello para beneficio propio y no exclusivamente para beneficio ajeno. Por eso no puede ingresar en el mercado mundial de modo inocente, atendiendo a las necesidades de ste como si fuesen sus propias necesidades. El modo de su participacin es lo que establece su grado de dependencia. Tampoco las potencias emergentes son tan independientes; su necesidad de materias primas, corredores geoestratgicos y recursos energticos, dan cuenta de su necesidad de cooperacin. No siempre el que tiene dinero manda; manda en la medida en que se lo permite el necesitado. Y no siempre la inversin extranjera es fundamental para arrancar un desarrollo propio; muchas veces aquella est diseada para frenar todo posible desarrollo de nuestros pueblos.

Cuando nuestro gobierno apuesta por una carrera desarrollista cae en esa trampa. Su discurso de defensa de los derechos de la Madre Tierra descubre su propia autocontradiccin. Podra mostrarse como el lder indiscutible de una nueva alternativa econmica, que podra colocarle en la vanguardia de un rediseo econmico regional; pero su apuesta le muestra que no cree en lo que proclama y, si no cree que la Madre tenga derechos, no puede sino, en los hechos, reproducir un modelo que ya no es alternativa ni siquiera para el Primer Mundo. As llegamos a la Novena Marcha y el estado de confusin que, no slo reina en el gobierno, sino tambin en la propia dirigencia indgena y campesina.

EL TRIUNFO DE LA MEDIOCRACIA

Si lo inmediato es la medida de mis actos, entonces todo lo que hago no tiene futuro. La falta de perspectiva viene acompaada por la excesiva adiccin a la pendencia continua que provocan los medios. El gobierno se enfrasca en el circo meditico y no sabe cmo salir de ste; sigue creyendo ingenuo que ms spots le generan credibilidad. Cuando debiera disminuir aquel poder meditico, no slo que lo alimenta ms econmicamente sino que le da prioridad en su agenda declarativa. Lo que hace es afirmar ms todava aquella potestad que se arrogan los medios de concebirse como el tribunal supremo que dictamina la verdad, en nombre de todos; aquella usurpacin de la opinin pblica es el patrimonio que ostentan como su poder real. De ese modo deciden la agenda poltica, porque ese poder decreta qu es noticia y qu no lo es; cuando el gobierno entra en ese juego pierde toda iniciativa, slo se dedica a rendir cuentas ante un juez que se declara, tambin, a s mismo, como soberano absoluto. Ese poder es la Mediocracia.

Ese poder configur el perfil actual de un gobierno que se hizo a imagen y semejanza de los medios. Todas aquellas imputaciones que aparecieron, sobre todo, en el fallido golpe cvico-prefectural del 2008 y la resistencia a la Asamblea Constituyente, cuando los medios se mostraron como los operadores polticos de la resistencia fascista-conservadora, fueron aquello que el gobierno fue asimilando de modo revanchista, de modo que la acusacin de soberbia, autoritarismo y totalitarismo, hizo huella. Se crey que para vencer al monstruo haba que hacerse monstruo tambin. De tanta calumnia y embuste, el agredido se volvi agresor. El espectculo se haba consumado: la poltica se haba hecho circo, donde todos vociferan pero nadie se entiende y nadie escucha.

La confusin es un efecto premeditado que los medios buscan para devaluar la poltica, pues la gente, presa de una informacin sesgada e intencionada que, adems, no controla y, por ende, no puede interpretar de modo sensato, la poltica se le hace repugnante, la vida y la realidad le generan zozobra y angustia, por eso no duda en refugiarse en el entretenimiento televisivo, ya sea la farndula o el futbol. La apata y el desdn que muestra por su propia realidad son algo que producen los medios, si es que no activa, como en determinadas circunstancias (como en el golpe cvico-prefectural), el odio y la intolerancia focalizada a un sujeto concreto.

En este embrollo, la confusin es lo nico que sobresale, por eso la discusin que promueven los medios nunca aclara nada. La Mediocracia se erige como la nueva torre de Babel, produciendo la confusin de lenguas. Alrededor de la Novena Marcha, la confusin fue total: defendiendo sus posiciones, los unos y los otros, coadyuvaron a inflamar la confusin; en primer lugar, por ganar todas las adherencias posibles, la dirigencia indgena, justifica la desconfianza gubernamental (el magisterio, salubristas y universitarios estaban por puro encono contra el gobierno; si los primeros, a propsito de la ley Avelino Siani, ya haban declarado, que recuperar nuestros saberes indgenas era volver al salvajismo, que lo indio es el atraso, los otros tampoco piensan diferente, entonces, qu hacan con los salvajes del TIPNIS?); pero no slo eso, sino que pactan con los elementos ms reaccionarios y racistas de la lite camba. La consigna parece ser: cuando se est en contra del gobierno, todo vale; y esto es, tambin, puro clculo poltico. De ese modo, la lucha degenera.

Los medios haban hecho escarnio de los dirigentes indgenas en la Asamblea Constituyente y ahora los convertan en sus hroes (y ese oportunismo cont con la comedida participacin de los propios dirigentes antes agraviados por aquellos mismos medios). Permitir que cualquiera sin saber sus intenciones aparezca en la palestra indgena, merm considerablemente la legitimidad de la defensa del TIPNIS. Y el gobierno, que no sabe ceder en algo que le puede costar definitivamente su legitimidad, apuesta de modo suicida, casi en todos los conflictos; lo peor, dividiendo a las organizaciones, no sabe que anula su estabilidad a largo plazo, pues fragmentando su base de legitimacin se amputa su propia base (los favores que promete es lo que despus se hacen deudas impagables).

La lgica seorial le devuelve a las prcticas coloniales, de ese modo queda expuesto y lo que los medios muestran es al entrampado revolcndose en su propia trampa. Por eso todo es calumnia. El increpado es el chivo expiatorio que debe ser sacrificado para el bien de todos; por eso crece de nuevo la intolerancia y el apresuramiento electoralista, en el que el gobierno cae incauto. La Mediocracia decide la poltica (inmediatista) del gobierno, no es al revs. Estar a merced de la Mediocracia significa no tener horizonte ni perspectiva (si no sabe de dnde agarrase, se agarra de donde menos debiera: del circo montado por los medios). Y est a merced de estos cuanto ms anula su base de legitimidad; quien pretende todo el poder, lo va perdiendo definitivamente, por eso pacta y negocia: si no tiene apoyo abajo, lo busca arriba.

Los medios no descansan en la desacreditacin, tambin por puro clculo. Cuando suman actores de oposicin contra la apuesta gubernamental, no dicen lo que encubren: que todos ellos, desde los trotskistas del Magisterio hasta los partidos de derecha, si fueran gobierno, en el caso del TIPNIS, haran lo mismo o peor, que lo que hace el gobierno.

LA LIBERACIN DE LA TIERRA

En el conflicto del TIPNIS aparece un tercero excluido. Cuya ausencia denota que ni la dirigencia indgena es capaz de advertir el verdadero conflicto. A propsito de la consulta, lo que se discute es su procedimiento, si es previo o no, pero se deja de lado lo fundamental: qu significa consultar? Por el lado del gobierno, la consulta es un mero procedimiento formal, sin ninguna repercusin fundamental (sea previa o no, da lo mismo); por el lado de la dirigencia, la consulta resulta un poder de negociacin. De ese modo, la naturaleza de la consulta se desvirta, por ambos lados. Si el Estado cree que es l quien otorga los derechos, entonces no tiene sentido consultar; y si el derecho se vuelve poder entonces debe conculcar algn otro. Porque lo que se consulta tiene que ver con un tercero, que ya no es tomado en cuenta cuando todo se reduce a una disputa de fuerzas.

El Estado se pretende autosuficiente y ve en la consulta una disputa con su propio poder; por su parte, la dirigencia pretende, con la consulta, aumentar su margen de poder (el sujeto sustitutivo promueve estas disputas). Pero queda al margen la Madre, la PachaMama. Ella no es sujeto de la consulta sino, otra vez, objeto, y la parte indgena tampoco reivindica lo que el gobierno ya ha dejado de lado. La proclama de defensa de los derechos de la Madre tierra cae en saco roto.

Si tiene derechos, entonces es sujeto. Pero para el capitalismo y la modernidad no tiene derecho alguno, es un objeto de la ciencia y una mercanca para la economa. Qu derechos podra tener? Pero si no es objeto ni mercanca, sino sujeto y, adems, Madre, entonces sus derechos nos obligan a tratarle como a una persona de derechos, o sea, con derecho a consulta. Los derechos son anteriores a todo Estado de derecho, qu son anteriores a todo Estado?, el ser humano y la Madre tierra, por tanto sus derechos son anteriores y el Estado no puede concebirse (como hace el Estado moderno-liberal) como el fundamento de los derechos. No es el Estado quien otorga derechos sino quien los reconoce.

La sola admisin declarativa no confirma el cambio de paradigma. Si condicin de la vida humana es que la Madre viva, esto no quiere decir que su vida es su pura presencia fctica. Toda vida no es slo fsica sino tambin espiritual. El contenido espiritual es lo que hace de la persona un ser sagrado, con dignidad absoluta. La Madre no puede no poseer esa cualidad, por eso es sujeto de derechos, si es as, lo ms plausible es su reconocimiento pleno y no sesgado. Pero qu vemos en las nuevas leyes? La admisin de transgnicos se realiza sin considerar las consecuencias en la reproduccin de la vida de la Madre, el aplazamiento en la tenencia excesiva de tierras se hace sin considerar la privacin especulativa de unos sobre otros en el hbitat de la propia Madre, y la post-consulta resulta un puro trmite que se hace tambin al margen de la afectada. Entonces, dnde que tiene derechos?, si nunca est presente en las decisiones que se asumen, ya no slo al margen de las naciones indgenas sino al margen de la ms afectada.

Si nuestra economa sigue girando en torno a los criterios capitalistas de la competencia, la acumulacin y la eficacia, es imposible que pueda dar el salto hacia una economa de la reproduccin de la vida de todos. Condicin para asegurar la vida humana es asegurar la vida de la Madre; pero esto pasa por una resignificacin de lo que es la vida. Por eso nuestro horizonte utpico se determina como vivir bien. Para vivir bien, no podemos vivir a expensas de la Madre. Esto significa que ya no podemos producir? No. Significa que no podemos producir destruyendo (como hace el capitalismo). Destruir, hoy en da, es el modo ms rpido de incrementar las ganancias. Cuanto ms destruyen las transnacionales, ms ganancias logran. Esa es la irracionalidad de la racionalidad econmica moderna.

Las civilizaciones precolombinas no destruan para producir, y lo que produjeron fue una economa sostenible por milenios. Ahora, ms del 60% de la dieta mundial proviene de esas civilizaciones; ellas, con sus descubrimientos, produccin y diversificacin de sus productos, han logrado alimentar al mundo. Qu sera del mundo sin la papa y el maz, o el chocolate?, qu sera de la industria farmacutica sin la coca y otros productos raptados de la medicina tradicional del Nuevo Mundo?, sin mencionar a la quinua, al amaranto, etc.

Ninguna civilizacin anterior a la moderna se haba propuesto jams el dominio de la naturaleza. Esa es una apuesta moderna. Ahora vemos planetariamente las consecuencias de aquello. Recuperar su condicin de Madre no es un afn culturalista o romntico-ecologista. Se trata de que: si ella no vive, tampoco nosotros. La relacin simbitica que tenemos con la Madre nos sugiere un circuito de reciprocidad que, si no es asegurado, aparece el desequilibrio. Su desequilibrio nos afecta porque aquella relacin no es posible de anular: lo que le sucede a ella nos sucede tambin a nosotros. El malestar de la cultura no es un fenmeno slo cultural sino al interior de este circuito. El cuento de que somos ms civilizados cuanto ms lejos estamos de lo natural es una pura falacia; es ms bien al revs, cuanto ms natural soy, ms humano me vuelvo. Lo que nos define es la relacin que establecemos. En una relacin de dominacin, nunca somos libres.

Entonces, no se trata de producir por producir. Se produce para satisfacer las necesidades. La Madre es prodiga porque acta como Madre: se desvive por sus hijos; pero cuando sus hijos abusan de sus favores, entonces sufre en ese su brindar. A la Madre le afecta la condicin tica de quien la habita y la cultiva. No es lo mismo producir para el capital que producir para la vida. La produccin es un acto sobre-natural porque lo que se produce en la produccin es el ser humano mismo; se produce para dominar o para liberar. En la produccin produzco la relacin con la Madre. Por eso necesitamos descolonizar la produccin, la distribucin y hasta el consumo; porque en lo producido se comprime lo que de humano he producido. Ese es el verdadero alimento. Cuando lo que me brinda la Madre no es producto de la explotacin, lo que me brinda es su propia generosidad.

Por eso la Madre ya no puede ser considerada simplemente como un medio de produccin sino un partcipe en la produccin. Y, si es partcipe, entonces tiene voz y voto. Su condicin de sujeto es lo que se me presenta como el reconocimiento pleno de que no estoy ante un mero recurso a mi disposicin. Si obvio todo esto entonces mi produccin es una pura produccin mercantil y mi criterio es el mercado, no la vida. Pero si mi criterio es la vida, entonces mi produccin es una relacin de re-conexin con lo que hace posible mi propia vida. Por eso a la PachaMama se le agradece; eso es lo que les ensearon los powatan a los pilgrims: que hay siempre que agradecer. El da de Accin de Gracias era, en su origen, una fiesta india.

Consultar a la Madre entonces tiene sentido, pero slo si se es capaz de ir de una forma de vida a otra. La Madre tiene tambin sus portavoces y ellos son los que han mantenido nuestra filiacin recproca con la que nos da todo. Los amautas son los verdaderos mdicos, porque si no restauramos la armona con la Madre, no puede haber armona en la vida humana y, sin armona, estamos expuestos siempre a la enfermedad. Por eso la produccin no puede estar dirigida por criterios exclusivamente mercantiles (eso es fatal en la produccin de alimentos, pues por ganar ms y ser ms competitivo, los alimentos que produzco ya no tienen como funcin nutrir sino incrementar mis ganancias, como sucede con las transnacionales de los granos y los alimentos).

No se trata entonces de renunciar a la produccin sino de transformar el sentido mismo de la produccin (los incas tambin hicieron minera y nunca ocasionaron los desastres que ocasiona la explotacin minera moderna). De tanto asesor tecnocrtico, nuestro presidente se ha olvidado que el bienestar general no es lo que miden los indicadores economtricos, sino lo que se traduce como dignificacin de la vida, y sta no pasa por una mayor cuantificacin en la acumulacin material sino en una cualificacin del hecho mismo de vivir (de qu me servira tener todo si mi vida no tiene sentido?). Una verdadera revolucin productiva no quiere decir producir ms para ganar ms; una verdadera revolucin productiva produce en la produccin nuestra liberacin, pero se hace inevitable esta condicin: para liberarnos debemos primero liberar a la Madre. Es decir, a la liberacin humana le antecede la liberacin de la Madre tierra; condicin para nuestra liberacin es la liberacin de Ella. De qu nos liberamos? De toda pretensin de dominacin. De ese modo superamos al mismo socialismo; porque ste critica la dominacin del capital al trabajo humano pero deja inclume la dominacin del trabajo a la naturaleza. La economa sovitica tambin entenda la riqueza en trminos cuantitativos, por eso tampoco su crecimiento econmico consideraba lmite alguno. Se haba credo la ilusin moderna: que los recursos son infinitos y, en consecuencia, el progreso y el crecimiento tambin lo son.

Una nueva economa requiere de una nueva racionalidad; su marco categorial no puede establecerse desde los criterios propios de la racionalidad moderna, la racionalidad medio-fin debe subordinarse a una racionalidad acorde al circuito natural que establecen ser humano y naturaleza. En el asunto de la produccin, se olvida que la Madre produce por cuenta propia, y produce aquello sin lo cual es imposible la vida, por ejemplo el agua y el aire; toda produccin no puede permitirse la introduccin de factores que puedan alterar el equilibrio natural, esto significa que, tambin a los costos de produccin hay que aadir lo que le podra costar a la Madre reproducir lo que se le ha extrado.

El pedir permiso para intervenirla no es una mera formalidad, sino la toma de conciencia de su condicin de sujeto, del respeto incluso a su negativa de alguna produccin que pueda requerir (la racionalidad medio-fin puede hasta considerar costos reales inmediatos pero nunca costos futuros, esta inconsciencia es lo que produce, de modo no intencional, la crisis ecolgica). Se le consulta a alguien cuando se le considera partcipe y no mero espectador, menos cuando ha de ser afectado por la decisin que se tome. El modo cmo produzco es lo que decide no slo la calidad de mi produccin sino su dignificacin y, desde que he tomado en cuenta, no slo mis necesidades sino las de la Madre, he producido una relacin recproca en la justicia, que se transfiere al producto; a esa produccin no puede corresponderle un consumo irracional, sino tambin, el consumo debe resignificarse como finalidad de aquella produccin. Entonces, si se produce exclusivamente para ganar ms, la produccin genera consumismo y ese consumo irracional fomenta tambin esa forma de producir; pero si produzco en la justicia, produzco tambin una nueva forma de consumo; esto trastorna los hbitos y genera una crisis que debemos saber enfrentar: para ser hombre nuevo hay que nacer de nuevo. El vientre que hace posible este nuevo nacimiento nos lo ofrece la Madre. Involucrar a la naturaleza como partcipe en este nuevo proyecto de vida, es un reto para la propia concepcin que de naturaleza tiene la ciencia y la economa moderna. Devolverle su condicin de sujeto es devolverle a la humanidad su condicin natural y esto quiere decir: humanizar a la humanidad. El hombre nuevo es el hijo prdigo que regresa a los brazos de la Madre, que siempre han estado abiertos, esperndole.

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