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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-11-2012

Sobre una siniestra normalidad: por la huelga general indefinida

Arturo Borra
Rebelin


Lo normal est construido sobre una multitud de omisiones. Garantizar la normalidad, tal como claman los profetas del miedo, no significa nada ms que hacer cumplir de forma violenta la reproduccin de un capitalismo indiferente a la catstrofe diaria que produce. Cuando lo patolgico se instala como patrn social normalizado, nuestro camino debera apostar por la interrupcin de todo aquello que resulta habitual. Qu significa, en efecto, la normalidad en una sociedad que expulsa a sus mrgenes a un nmero creciente e indefinido de ciudadanos considerados de segunda mano? Si el discurso hegemnico representa otras alternativas polticas como conducentes al caos, no deberamos insistir en que el actual orden se sostiene sobre el hundimiento de las mayoras sociales? Qu clase de orden es ste que requiere dosis incrementales de violencia institucional y policial para sostener el desastre planificado?

En un pas como Espaa lo nico normal es el arrase de las clases subalternas. Ms de 400.000 desahucios, casi 6.000.000 de parados, ms del 25% de la poblacin por debajo de la lnea de pobreza, la desarticulacin de un estado de bienestar de por s trunco, el evidente retroceso de derechos sociales, econmicos y culturales fundamentales desde el acceso gratuito a la salud o la educacin superior hasta el derecho a reunin y manifestacin, sin olvidar la reforma laboral y de las pensiones-, la gravacin regresiva sobre las rentas de trabajo y la amnista fiscal a los grandes capitales evasores, los aranceles a las tramitaciones judiciales y la judicializacin represiva de las protestas sociales, la corrupcin estructural del sistema poltico y econmico, las transferencias pblicas millonarias a un sistema financiero que lucra con la adquisicin de bonos de deuda, el expolio de las estructuras del estado y el endeudamiento social generalizado, por mencionar algunos ejemplos, son sntomas de esta normalidad de lo siniestro en la que (mal) vivimos. Claro que este cuadro podra ampliarse a otras dimensiones de la vida social: detenerse en la situacin que hace que diez personas se suiciden a diario en Espaa, en la escalada del racismo y la xenofobia a nivel europeo, en la imparable violencia de gnero que unas estructuras patriarcales producen de modo sistemtico, en la incidencia retrgrada de la curia catlica en las polticas de estado, en el aumento del trfico y trata de personas, en la desfinanciacin de una poltica cultural democrtica y popular, en el anquilosamiento de una monarqua decadente, en la dispora de miles de jvenes hacia el exterior en busca de la oportunidad perdida y sera sencillo seguir hurgando en otros signos de deterioro.

No se trata de ser exhaustivos: la magnitud del dao tiene ramificaciones por doquier. Garantizar la normalidad significa, sencillamente, que todo siga igual. Lo normalizado no es nada distinto al sufrimiento colectivo en plena implosin, mientras los beneficiarios de esta estafa sistmica siguen arremetiendo contra todo lo que represente la esfera pblica, sea estatal o societal. Como dice el ministro de la banca De Guindos, todava hay un trecho que recorrer en el sector pblico. Lese: tras a sangra en las empresas privadas, ahora toca el negocio millonario y fraudulento de las privatizaciones a los servicios pblicos en nombre de la sacrosanta reduccin del dficits (a pesar de las evidencias en sentido contrario de empresas pblicas sostenibles y de los beneficios sociales de prestaciones pblicas universales), despidos escalonados a funcionarios del estado, mayor presin fiscal sobre sectores medios y populares, reduccin drstica de las ayudas sociales y prestaciones ligadas al desempleo, reduccin salarial, mayor precarizacin de las condiciones laborales, etc.

En la normalidad de una existencia social opresiva, una huelga general representa una interrupcin momentnea de los rigores de la fbrica o del espacio de trabajo. Sin embargo, esta interrupcin slo constituye un acto de desobediencia civil en la medida en que hace imposible que las cosas sigan su curso habitual. En suma, slo si cambia la estructura patolgica que sostiene los sntomas adquiere un sentido poltico transformador, que rebase los rituales instituidos del malestar. Para decirlo de forma positiva: la nica forma de paralizar esta escalada de signo autoritario, al servicio del capital concentrado trasnacional, es la movilizacin permanente y la huelga general indefinida. Ms en general, la apuesta es multiplicar los frentes de lucha, diversificar sus medios de produccin, en suma, subvertir la normalidad del expolio. Las huelgas de consumo peridicas y los boicots a las empresas que incumplen sus deberes y penalizan a quienes ejercen sus derechos, la extensin de jornadas de lucha, las manifestaciones sociales ligadas a demandas colectivas de largo alcance, la retirada de ahorros de la banca privada, por mencionar algunas posibilidades relativamente inmediatas, debe complementarse con una huelga general indefinida que haga imposible el retorno al actual orden de cosas. Forzar un movimiento, no obstante, no podra bastar si no es tomado como un puntapi inicial para producir un cambio social radical, que exige intervenciones en diferentes dimensiones, incluyendo el despliegue de una poltica cultural y educativa que apueste a la formacin de sujetos crticos o una transformacin institucional profunda (1).

En sntesis, si por un lado podra evaluarse la capacidad actual de esta convocatoria para generar adhesiones colectivas, por otra parte, sus posibles efectos de ruptura estn fuera de duda. El llamamiento a una huelga general indefinida -ligada a la construccin social de alianzas intersectoriales, a la inclusin horizontal de sujetos heterogneos y a una internacionalizacin de las luchas populares- no es una panacea poltica. Ms bien, constituye un eslabn central de una cadena de luchas emancipatorias que necesitamos seguir articulando en comn. Sumarnos a ese llamamiento es una forma de apostar por la ruptura con una normalidad que est arrasando nuestras vidas. Si hay una memoria de las luchas, nada est perdido definitivamente. Incluso el fracaso de ese llamado nos informa sobre el nivel de fragmentacin que sostiene nuestra sociedad del malestar.

La retirada indefinida de nuestra energa de la produccin econmica no tiene nada que ver con la tontera de suponer que esta actividad poltica podra prolongarse al infinito. Se trata de una negativa rotunda a la globalizacin de la penuria que propicia el capitalismo. Suponer que estn dadas las condiciones para un acontecimiento de esa magnitud sera ilusorio. Sin embargo, que hoy vuelva a resonar ese llamamiento con un mnimo de verosimilitud, esto es, que sea otra vez formulable a nivel pblico por parte del sindicalismo alternativo y de movimientos sociales como el 15-M, es indicio de una brecha poltica que slo excepcionalmente se produce en la historia. Forma parte de nuestras luchas ensanchar esas brechas, no slo para que la restauracin de la normalidad ya no sea posible sino, fundamentalmente, para que su ruptura sea una opcin colectiva deseable.

Nota:

(1) Podramos seguir debatiendo acerca de si la huelga general indefinida constituye una frmula revolucionaria, un mito movilizador o una mistificacin popular, por poner tres posibilidades contrapuestas aunque no necesariamente excluyentes entre s. Sin embargo, ese debate no debera hacernos perder de vista que se trata, ante todo, de una situacin ideal. Adems de determinar en trminos tcticos si esta opcin resulta factible en un momento dado, lo central es analizar sus potenciales de ruptura, planteando la posibilidad de un cortocircuito radical con el modo de produccin dominante. En otras palabras, lo que se plantea en torno a una huelga semejante es una autntica politizacin de la economa que, de llevarse a cabo, nos enfrenta a lo indito. Que lo indito sea interpretado como caos por parte de las clases dominantes es previsible: supone una alteracin radical de una estructura productiva sustentada en relaciones sociales de explotacin. Eso no debera ser un impedimento para reflexionar sobre la relevancia de la intervencin de sujetos colectivos que no participan de forma directa en el aparato productivo ni pueden ser identificados a secas con la clase obrera tradicional. La posibilidad misma de que otros grupos e individuos puedan reconocerse en ese llamado depende de un trabajo discursivo que articule esas diferencias en un mismo horizonte: la particularidad de la huelga general puede funcionar, de este modo, como punto nodal de unas demandas sociales ms vastas (capaces de integrar en un mismo discurso a parados, jvenes, inmigrantes, trabajadores, estudiantes, jubilados, autnomos, movimientos altermundistas, feministas, entre otros). Cualquier apuesta inmanentista -nosotros los trabajadores somos los que tenemos la responsabilidad fundamental, la clase obrera es la protagonista, etc.- corre el riesgo de ser asimilada y replicada con algunas concesiones sectoriales ms o menos irrelevantes.

Blog del autor: http://arturoborra.blogspot.com

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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