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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-11-2012

Salafismo, un peligro nuevo?

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Dos aos despus del comienzo de la llamada primavera rabe, los medios occidentales vuelven a centrar la mirada en la irresistible amenaza del islam para los frgiles procesos democratizadores abiertos en Tnez o Egipto. Para algunos, sa es la prueba de que nada ha cambiado en lo esencial; para otros, el retorno ms bien de una islamofobia instrumentalizada, desde dentro y desde fuera, para impedir precisamente que esos cambios se produzcan.

A los que sostienen que nada ha cambiado podramos sealarles de entrada un cambio en la terminologa periodstica. De dnde han salido todos estos salafistas de los que nadie haba odo hablar antes? Son una fuerza nueva en el mundo islmico sunn? Nada de eso. Los seguidores de los ancestros (salaf) constituyen desde hace dcadas una vaga nebulosa de organizaciones bastante dispares, pero coincidentes en el rechazo puritano de toda innovacin, la defensa a ultranza del tauhid (la unicidad divina) y la imitacin cotidiana de las costumbres del profeta y sus compaeros. Aunque muchos de estos grupos descartan la intervencin poltica para ceirse al mbito de la dawa (predicacin), su intolerancia al mismo tiempo frente al atesmo y el chiismo los sita en un horizonte doctrinal muy prximo al del wahabismo radical, cuya expresin ms violenta ha sido siempre la franquicia Al-Qaeda. En todo caso, que un trmino reservado hasta ahora a los especialistas se haya generalizado y casi banalizado revela dos novedades subordinadas entre s: (1) se reconoce por primera vez la pluralidad del espectro poltico islamista, hasta ahora englobado y condenado en la etiqueta integrismo, y (2) ello se hace para legitimar y rehabilitar su versin moderada, esos Hermanos Musulmanes que, con un nombre u otro, gobiernan o estn a punto de gobernar en gran parte del mundo rabe y con los que las mismas potencias occidentales que los rechazaban tienen ahora que negociar.

Pero a los que tratan de reducir el salafismo a un mero fantasma al servicio de la islamofobia interesada, hay que recordarles a su vez que, mientras escribo estas lneas, un centenar de detenidos vinculados al partido Ansar-a-Charia se mantiene en huelga de hambre en Tnez tras la muerte hace unos das de Mohamed Bakhti y Bechir Gholli, dos jvenes presuntamente implicados en el asalto a la embajada de EEUU y que llevaron su protesta hasta las ltimas consecuencias. Ansar-a-Charia, los partidarios de la ley islmica, naci en la primavera de 2011, tras el derrocamiento de Ben Al, cuando Abu Iyadh, su mximo dirigente, formado en los medios talibanes de Afganistn, sali de la crcel junto a otros presos polticos. Desde entonces su ascendiente entre los jvenes tunecinos no ha dejado de aumentar en la misma medida en que el partido Nahda en el poder se vuelve polticamente ms pragmtico e ideolgicamente menos radical. Sin duda utilizado en el marco de una estrategia de la tensin bien estudiada, sin duda minoritario, lo que no puede negarse es la existencia del salafismo ni su rampante influencia social.

Por qu esta islamizacin al calor de unas revoluciones que se hicieron al margen de todas las ideologas en nombre de la justicia y la dignidad? A veces conviene no tratar de ser originales. Digamos que las razones son tan banales como irresistibles. La primera tiene que ver con la propia libertad conquistada que permite hoy la expresin -indumentaria y en general identitaria- de convicciones hasta ahora prohibidas o perseguidas; si aceptamos la profundidad antropolgica de estos impulsos superficiales, muchos jvenes utilizan su fe religiosa como pretexto para cambiar su look y afirmar pblicamente su rebelda. La segunda razn tiene que ver con la pobreza y, en general, la exclusin social, inalteradas o agravadas tras la cada de la dictadura, combustible poderossimo de un malestar que, a falta de otros referentes, busca soluciones en la propia tradicin y en la propia historia. La tercera razn est relacionada, en cambio, con la riqueza: con el hecho -es decir- de que las organizaciones salafistas cuentan con recursos econmicos superiores a los de otros grupos y ofrecen a estos jvenes inconformistas y sin futuro algo ms que orientacin espiritual y disciplina vital.

En cuanto a la cuarta y ltima de estas razones, recuerdo sin el menor nimo provocativo que los salafistas son mayoritariamente hombres, jvenes, desempleados, marginados y solteros. Siempre he dicho que el mundo rabe tiene dos revoluciones pendientes: la lingstica -reconocimiento de las lenguas minoritarias, dignificacin de los dialectos nacionales- y la sexual. Asociada a la dificultad para acceder a bienes de consumo y autoestima social, la dificultad para acceder a una vida sexual libre y satisfactoria alimenta sin duda las versiones ms patriarcales, puritanas, represivas y violentas de la religin. Es difcil creer en un Dios macho, celoso, proscriptivo, imperativo, punitivo, all donde los cuerpos -el propio y los ajenos- se yerguen como amigos y no como adversarios. La libertad sexual es la condicin mnima, aunque no suficiente, de todas las liberaciones sociales. Para estos jvenes provistos de un cuerpo social y econmicamente excedentario, el Dios salafista es un obstculo sexual, pero es tambin una racionalizacin y un refugio de su sexualidad mutilada.

(*) Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) es escritor y filsofo. Entre sus obras cabe destacar Dejar de pensar (Akal, 1986), Volver a pensar (Akal, 1989), ambas en colaboracin con Carlos Fernndez Liria, o Las reglas del caos (finalista del Premio Anagrama de Ensayo en 1995). Recientemente ha publicado Noticias (Caballo de Troya, 2010), Tnez, la revolucin (Hiru, 2011) y la obra de teatro B-52 (Hiru, 2012).

Fuente original: http://www.cuartopoder.es/tribuna/salafismo-un-peligro-nuevo/3653


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