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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-11-2012

Las otras deudas

Carlos Taibo
Rebelin


Nada descubro cuando afirmo que estamos delante de una genuina estafa. En su versin ms reciente, esa estafa se vincula estrechamente con la palabra deuda. Aunque nuestros gobernantes parecen empeados en subrayar que arrastramos un grave problema de deuda contrada por las diferentes administraciones pblicas, la realidad es muy diferente: hasta hace bien poco ms de las cuatro quintas partes de la deuda espaola corresponda a agentes privados, entre los cuales despuntaban con claridad inmorales entidades financieras. Slo una pequea fraccin de la deuda privada haba sido contrada, entre tanto, por las unidades familiares.

En el meollo de la estafa mencionada despunta, claro, una circunstancia ms: asistimos a un inmoral proceso de estatalizacin de la deuda privada que est en el origen de recortes y agresiones contra derechos. En virtud de la decisin asumida por los dos grandes partidos espaoles, los desafueros cometidos por los responsables de bancos y cajas de ahorro los tenemos que pagar todas. No est de ms que, en este terreno, recuerde lo que debiera ser evidente: mientras nuestros gobernantes acuden presurosos a salvar la cara a las instituciones financieras, no actan de la misma manera con las familias. Ah est, para demostrarlo, ese dato espeluznante que nos habla de nada menos que 350.000 desahucios.

Conviene agregar, con todo, un par de observaciones ms. Si la primera subraya que nuestros gobernantes rechazan orgullosamente cualquier frmula que implique una auditora seria de la deuda, la segunda anota que en paralelo se niegan a aceptar lo que muchas entendemos que es la clave de la cuestin: la inexorable necesidad de distinguir entre deuda legtima --aquella que es razonable pagar-- y deuda ilegtima --la que, al haber sido contrada en virtud de la especulacin y del negocio ms rastrero, hay motivos poderosos para rechazar--. Para cerrar el crculo, en fin, estamos obligados a certificar un dato sangrante que ilustra de manera fehaciente la condicin de quienes nos gobiernan: no hay nadie en la crcel, sea por efecto de la desregulacin general acometida en el ltimo decenio --si desaparecen las normas desaparecen tambin los delitos--, sea como consecuencia de la nula independencia del poder judicial.

De todo lo anterior hay que extraer lo que a mi entender es una conclusin obvia: sobran los motivos para rechazar el pago del grueso de la deuda y para hacer otro tanto con las faranicas ayudas que las instancias que estn en el origen de sta --bancos y cajas de ahorro-- siguen recibiendo. Como sobran las razones para dar rplica rotunda a las agresiones que el capital ha decidido sacar adelante al amparo de una nueva ola de la lucha de clases que nos retrotrae a etapas que muchos pensaban definitivamente arrinconadas por la historia.

Me importa subrayar, eso s, y ahora cambio de tercio, que la negativa a sacarle las castaas a bancos y cajas de ahorro debe acompaarse de una actitud bien distinta en lo que respecta a otras deudas que, olvidadas, stas s, conviene pagar. La primera de esas deudas impagadas lo es con las mujeres. Vctimas de una atvica marginacin, tanto en el orden material como en el simblico, padecen a menudo una doble explotacin: la que se verifica en el mbito laboral convencional y la que se hace valer en el hogar de la mano de una economa de cuidados que recae de manera casi exclusiva sobre sus hombros. Nunca est de ms recordar que el 70% de los pobres y el 80% de los analfabetos existentes en el planeta son mujeres.

La segunda de esas deudas que debemos asumir lo es con la mayora de los habitantes de los pases del Sur. En este caso lo que se impone es el recordatorio de las secuelas, dramticas, de siglos de expolio de la riqueza humana y material que atesoran esos pases. No vaya a ser que en el Norte opulento acabemos por reconstruir nuestros maravillosos Estados del bienestar a costa de ratificar atvicas relaciones de explotacin y exclusin.

La tercera, y ltima, de las deudas que estamos obligados a considerar es la que tenemos con los integrantes de las generaciones venideras y, tambin, con las restantes especies que nos acompaan en el planeta Tierra. A unos y otras llevamos camino de entregar un planeta literalmente inhabitable, cautivados como estamos por los mitos del crecimiento, el consumo, la productividad y la competitividad.

Mientras rechazamos la deuda que nuestros gobernantes nos han endosado, hagamos por pagar estas tres onerosas deudas que cabo de mencionar.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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