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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-12-2012

El paisaje: la mirada como derrota

Santiago Alba Rico
La Madeja


Lo que define la cultura humana -he escrito a menudo- es el trabajo permanente por mantener firmes las fronteras entre tres tipos de objetos: las (cosas) de comer, las de usar y las de mirar. Pues bien, la naturaleza misma, como fuente y contrapunto de la humanidad, puede ser abordada a partir de este triple criterio segn lo que busquemos en ella; y, en este sentido, podemos hablar, por tanto, de Naturaleza, de Territorio y de Paisaje.

La Naturaleza es ese conjunto de leyes y fuerzas que los humanos han combatido siempre dentro y fuera de s, como amenaza y necesidad, y cuyos ciclos, repeticiones y procesos alimentan sin distincin el color de las flores y el hedor de la muerte.

El Territorio es ese pauelo de recursos, condicin de la supervivencia, que los humanos se disputan entre s con arados, perforadoras y misiles, y en el que clavan sus dientes y sus banderas.

El combate contra la Naturaleza y la disputa del Territorio han llevado a la derrota de los procesos de la vida, a los que ahora tenemos que sostener desde fuera para que sigan sostenindonos desde dentro: hasta tal punto hemos perdido el miedo a los rayos y a los leones, y a la tenia venenosa del hambre, que hemos sucumbido tambin a la ilusin de haber vencido al deseo -lo que Freud llamaba instinto de muerte. Cosa de comer y cosa de usar, la naturaleza se debilita tanto ante nuestra fuerza que slo demasiado tarde redescubriremos que formamos parte de ella.

Luego est el Paisaje, la naturaleza -es decir- como cosa de mirar, eso que los romanos llamaban mirabilia, maravillas, los objetos dignos de ser mirados. No est claro que esta forma de tratar los rboles, las montaas y las nubes -como una relacin integrada de elementos dependientes entre s- haya sido siempre una evidencia para el ojo humano. Se dira ms bien que el descubrimiento del Paisaje, como el del amor, tiene una historia reciente. Se dira -an ms- que la lenta formacin de su autonoma visual es paralela, por una paradoja nada extraa, a la creciente centralidad del ser humano en el universo y a su control sobre los ciclos de la vida. Cuando la naturaleza era la fuente divina de todos los terrores y todas las bendiciones, nuestros antepasados rupestres, atrapados en ella, pintaban slo cazadores y animales. De Giotto a Rubens, en una poca en la que el alma estaba fuera del cuerpo y el creador fuera del mundo, el Paisaje aparece por primera vez, pero slo como fondo o regazo divino en el que discurre la escena bblica o mitolgica escogida por el pintor. Hay que esperar precisamente al romanticismo -inseparable de la Ilustracion y de la revolucin Industrial- para que Friedrich, Turner o Courbet conviertan al Paisaje en el objeto mismo de la mirada. El cazador viva en la Naturaleza; el campesino en el Territorio; el moderno burgus, desde el siglo XIX, en el Paisaje.

Podemos decir, pues, que la existencia misma del Paisaje, incluso en sus expresiones ms turbulentas o ruidosas, implica el distanciamiento y el dominio de la naturaleza. Frente a l, como frente a la ruina pero a la inversa, sentimos toda la melancola de nuestra victoria y toda la melancola de la derrota del enemigo, sin el cual no podemos vivir. Lo que nos atrae ah -contemplando el valle irregular desde la cumbre del cerro- es una prdida; en el Paisaje, la naturaleza slo se presenta en su ausencia, como nostalgia o como enigma; es decir, como belleza. No necesitamos este crimen? Al contrario. Hay una prueba paisajstica de la existencia de los dioses; y hay una prueba paisajstica de nuestra fragilidad humana; y hay una prueba paisajstica de la realidad insuperable del cuerpo de Laura o de Jacinto.

El problema es saber mirar. Si la mirada es una prdida, hay que saber conservar al menos la prdida misma. No podemos vivir -ni cuidar nada- sin nostalgias y sin enigmas. Y el capitalismo, que ha erosionado hasta la fusin la diferencia entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar y que no distingue entre una manzana, una azada, un misil y el Himalaya, ha convertido tambin la prdida de la naturaleza que llamamos Paisaje en un objeto de consumo o, lo que es lo mismo, de digestin banal. La victoria capitalista sobre la naturaleza conserva algunas reservas (como se habla de reservas indias) en las que la naturaleza, como un lienzo, lleva impreso en el marco el ttulo que permite al turista reconocerla sin amarla o extraarla: naturaleza (mucho ms sofisticado que el esto no es una pipa de Magritte). El proceso de dominio, en una ltima vuelta de tuerca, acaba lejos de la melancola como vnculo, en esas marcas y citas a pie de pgina que jalonan el camino: sendero rural para subrayar el ya-no-es-un-sendero y mirador panormico para formatear la mirada del hambriento y conjunto etnogrfico para fijar para siempre la falta de vida de un molino y una casa de piedra y ruta paisajstica para que el Paisaje se convierta en su negacin; es decir, en el plato de un men.

Todo Paisaje ante nuestros ojos es destruccin y construccin. Es la destruccin de un vnculo animal; es la construccin de un vnculo visual. Lo propio de la cultura humana es luchar contra los primeros sin desengancharse jams; y reforzar los segundos como ltimo vnculo enigmtico -el de la belleza misma- con un mundo que depende de nosotros conservar.

http://descargas.localcambalache.org/lamadeja_3.pdf




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