Cuando finalmente logró que funcionarios del
gobierno en Dharan atendieran su solicitud de compensación, se topó con
el espinoso pedido de que "demostrara" su matrimonio con el padre de sus
tres hijos, con el que había vivido durante una década y media.
Como era habitual, Tamang y su esposo se habían casado por el rito tradicional, pero no habían obtenido ningún documento civil.
Además de hacerse cargo de sus tres hijos -dos mujeres y un varón-,
Tamang tuvo que sumar la carga de buscar la documentación solicitada aún
antes de iniciar el proceso burocrático para obtener la compensación.
"Así son las cosas aquí. A las mujeres siempre se nos hace un poco difícil", dijo a IPS con sencillez.
A miles de millas de allí, en el norte de Sri Lanka, Rajina Mary, una
viuda de guerra de 38 años, madre de cuatro hijos, tuvo que sortear
obstáculos similares cuando empezó a construir una nueva casa con la
ayuda de la Cruz Roja, a fines de 2010, alrededor de un año y medio
después de que terminó la guerra civil en su país.
"Los obreros no aceptaban órdenes o instrucciones mías porque yo era
mujer. Están acostumbrados a recibir órdenes de hombres", dijo Mary a
IPS, parada frente a su casa en la aldea de Selvanagar, en el norteño
distrito de Kilinochchi, en la antigua zona de guerra.
Cuando los obreros se negaron a seguir sus instrucciones, Mary y sus
hijos se vieron obligados a ocuparse ellos mismos de la construcción,
cavando la mayor parte de los cimientos y portando cientos de ladrillos y
sacos de cemento.
"Para nosotros fue más barato. Pero así es como son las cosas aquí; es
una sociedad muy dominada por los hombres", dijo Mary, en coincidencia
con las palabras de Tamang.
Trabajadores humanitarios, consejeros y expertos en regiones
post-conflicto en los dos países de Asia meridional dicen que la
naturaleza patriarcal de las sociedades rurales las vuelve nada
envidiables para viudas o jefas de hogar.
"Hay mucha ansiedad, mucha depresión. La mayoría de estas mujeres viven
en aislamiento, sin nadie con quien hablar, incluso cuando estén entre
familiares", dijo a IPS la consejera Srijana Bhandari, del Centro de
Rehabilitación de Mujeres, que trabaja en Dharan.
Después de que su esposo desapareció en 2004, una mujer luchó durante
siete años para enviar a su hijo a la escuela y para pedir ayuda para su
hija epiléptica. Apenas en noviembre de 2011, cuando el Centro de
Rehabilitación de Mujeres empezó a hablar con ella, finalmente relató
los muchos desafíos que afrontan las mujeres que repentinamente tienen
que mantenerse solas a sí mismas y a sus familias.
Ahora, gracias a la intervención de la organización, su hijo va a la
escuela de la aldea y ella recibe un estipendio médico mensual para su
hija.
"Antes de que habláramos con ella, no había nadie que la ayudara.
Algunos miembros de su familia incluso la veían como una carga", dijo a
IPS el coordinador de programa del Centro, Kamal Koirala.
Incluso en las raras ocasiones en que las mujeres hallan nuevas
perspectivas de matrimonio, están bajo una enorme presión -irónicamente,
de parte de sus parientas políticas- para que rechacen el ofrecimiento.
A consecuencia, muchas terminan fugándose y abandonando a sus hijos,
según funcionarios de la organización.
Koirala dijo a IPS que las mujeres raramente se abren -si es que lo
hacen- para relatar las presiones que pesan sobre ellas para que se
vuelquen al trabajo sexual, pero dijo que los trabajadores humanitarios
tienen fuertes sospechas de que la práctica está generalizada.
La situación no es muy diferente en Sri Lanka, según Saroja
Sivachandran, quien dirige el Centro para las Mujeres y el Desarrollo,
una organización no gubernamental que trabaja en asuntos de género en la
norteña península de Jaffna.
Pese a un conflicto de casi tres décadas en el que muchas mujeres
lucharon a la par de los hombres, especialmente en las filas del
separatista Ejército para la Liberación de la Patria Tamil (LTTE), la
sociedad tamil del norte todavía está impregnada de valores
patriarcales, dijo Sivachandran a IPS.
"El problema es que, ahora, las mujeres solteras o las jefas de hogar -y
hay miles de ellas- tienen que competir con los hombres por todo, desde
los empleos hasta la ayuda para vivienda", señaló.
En ambos países, decenas de mujeres quedaron a la deriva en el paisaje de posguerra.
La Cruz Roja de Nepal lista a 1.401 personas que todavía están
desaparecidas, seis años después de finalizado el conflicto. Según
funcionarios, por lo menos 90 por ciento de las familias rezagadas ahora
tienen jefas mujeres, y 80 por ciento de ellas son madres.
En Sri Lanka, la Organización de las Naciones Unidas estima que
alrededor de 30.000 de las 110.000 familias que han vuelto a la ex zona
de guerra, en el norte, están encabezadas por mujeres.
En 2010, el Banco Mundial concluyó que las mujeres constituían dos
tercios de los participantes en un programa de efectivo por trabajo cuya
concreción insumió 5,5 millones de dólares.
De hecho, los gerentes de programa concedieron asignaciones especiales a
las mujeres, ofreciéndoles horarios laborales flexibles. El programa
también pagó a ancianos que cuidaran a los niños mientras sus madres
participaban en él.
Pero las mujeres que tienen que reconstruir sus vidas tras décadas de
guerra, mientras también enfrentan las sofocantes costumbres y
tradiciones del dominio masculino que se remontan a varias generaciones
atrás, dicen que hay muy pocas posibilidades de que las cosas cambien.
"Fue de este modo incluso durante los combates. ¿Por qué debería cambiar cuando no los hay?", preguntó Mary.