Que Edwards -culpable del más grave delito que puede cometer un ciudadano: traición a la Patria- sea presidente vitalicio de la Fundación, permite pensar que en realidad es su dueño. En sus diversas instancias -presidencia, vicepresidencia y tesorería, directorio, asesores y consejo consultivo-, reúne una suerte de “cuerpo escogido” de la clase dominante. Desde Bernardo Matte, hasta Guillermo Luksic, Horst Paulmann, Julio Ponce Lerou, Alvaro Saieh y Alberto Kassis, entre los empresarios; los concertacionistas José Joaquín Brunner, Oscar Guillermo Garretón, Enrique Correa, Eugenio Tironi, Sergio Bitar, Soledad Alvear y Edmundo Pérez Zujovic y los derechistas Alberto Espina (RN) y Jaime Orpis (UDI) conforman la corte de lame-culos de Agustín.
Como conspirador contra el presidente Salvador Allende y cómplice de la intervención norteamericana que pidió personalmente a Nixon y Kissinger, Edwards percibió que el problema de la delincuencia sería importante al terminar la dictadura. Tanto por causas socioeconómicas como por circunstancias políticas provocadas por la represión de los militares y servicios de seguridad.
La Fundación Paz Ciudadana demostró desde el inicio que servía una orientación reaccionaria. Punitiva y clasista, imitaba modelos como el norteamericano, con cerca de tres millones de presos -en su mayoría negros y latinos-, pero que ve aumentar a diario la delincuencia. La criminalidad en Chile también tiene raíces sociales y culturales que no se pueden diluir con más cárceles.
Los cuatro gobiernos concertacionistas hicieron del adulo a Edwards y su Fundación un ritual que sus presidentes de la República cumplían haciéndose presentes en cada aniversario. Esta vez Piñera tuvo al menos el buen gusto de enviar a su ministro del Interior y Seguridad Pública, Andrés Chadwick, escoltado por los directores de Carabineros y de Investigaciones, también súbditos de Agustín.
Pocos días después, en el Regimiento Buin, Edwards recibió la condecoración Cruz Ejército Bicentenario que le entregaron el comandante en jefe del ejército, Juan Miguel Fuente-Alba y el jefe de la II División Motorizada, general Mario Messen. También tocaron condecoraciones el ex presidente Aylwin -otro activo conspirador en 1973- y el ex ministro y dirigente del PPD, Francisco Vidal. Edwards tiene también un grado honorario en la Armada.
El ilustre traidor a la Patria ha logrado cerrar el ciclo de la impunidad perfecta. Se ha convertido en el capo de una pandilla que le garantiza honores en vida y salvas funerarias mañana, ya sea que gobierne ésta o la otra derecha. Y, como si fuera poco, recibe condecoraciones de los ejecutores del golpe que él preparó en Washington. Manuel Contreras y otros delincuentes similares no han corrido la misma suerte.
Publicado en “Punto Final”, edición Nº 772, 7 de diciembre, 2012