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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-01-2013

Algunos motivos para desear el Apocalipsis

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Un tercio de los estadounidenses cree en el Apocalipsis; un 15% est seguro de que llegar en el curso de sus vidas y un 2% estaba convencido de que haba de producirse el pasado 21 de diciembre. Segn las encuestas y como para probar la diferencia cuantitativa de EEUU, cuya norma es siempre la exageracin, ese porcentaje disminua un poco a escala global: slo 1 de cada 10 seres humanos haba aceptado la irremediable desaparicin del planeta tierra en el ao 2012 con arreglo a la supuesta prediccin del calendario maya. Haramos mal, en todo caso, en burlarnos de la credulidad de esos -digamos- 100 millones de personas, pues sabemos por experiencia que es posible creer en cualquier cosa, desde la superioridad de la raza blanca hasta el poder afrodisaco del cuerno de rinoceronte, sin olvidar que la mayor parte de los humanos confa en la ciencia con la misma irracionalidad y por las mismas sinrazones -por una especie de tradicin fiduciaria- que en la Santsima Trinidad o en las verdades reveladas del Corn.

Tambin haramos mal en atribuir ese estremecimiento apocalptico a la pobreza o a la ignorancia. Digamos que esta pasin del fin del mundo es una tpica pasin de clases medias; es decir, de ese amplio nicho social situado entre la concrecin terrestre de los ms pobres, sin tiempo para tonteras, y la soberana cnica de los ms ricos, cuyos temores nunca adoptan una dimensin csmica. Es lo que el escritor mexicano Juan Villoro ha llamado turismo de la catstrofe: gente que puede reservar un hotel junto a las ruinas mayas de Yucatn para ver de cerca el espectculo o alquilar una habitacin en la cumbre del monte serbio Rtanj, ombligo del mundo, sobre el que los extraterrestres deban activar el 21 de diciembre una pantalla protectora para salvar del cataclismo final a unos pocos escogidos. Gente, pues, con algunos ahorros y gente, adems, con capacidad intelectual e informtica para reunir algunos conocimientos inexactos de historia y astronoma y basar en ellos sus certezas catastrficas. David Robinson, un astrobilogo de la NASA, se ha pasado tres aos respondiendo pacientemente a preguntas de cientos de ciudadanos inquietos, convencidos del inminente apocalipsis, que apoyaban sus consultas en textos sumerios, calendarios mayas y datos casi precisos sobre alineaciones de planetas y distancias entre galaxias.

Es normal y humano creer en tonteras; y es hasta bueno que uno haga el esfuerzo intelectual de demostrar su fundamento. Lo realmente inquietante es la hondura de indefensin poltica y humana que ese impulso revela. En un largo artculo publicado en Skeptical Inquirer (http://www.csicop.org/si/show/myth_of_nibiru_and_the_end_of_the_world_in_2012/), el mencionado David Robinson reproduce algunas de las consultas recibidas en los ltimos meses, as como las reacciones agresivas a sus respuestas tranquilizadoras. Robinson se asombra del grado de violencia, a veces muy amenazante, de esos lectores excitados que no buscan un antdoto racional contra sus temores sino, al contrario, una confirmacin de los mismos. Qu temen? El fin del mundo? No, temen dos cosas lateralmente relacionadas e ntimamente fundidas en sus mentes. Temen, en primer lugar, a sus gobernantes. Es decir, la primera idea que quieren confirmar es paradjicamente -ellos que creen en el inminente fin del mundo- la de que no pueden creer en nada ni en nadie. Quieren confirmar que los cientficos y los polticos estn mintiendo. El Apocalipsis no es una especulacin; es una certeza. Cul es la prueba? No el descubrimiento del planeta Nibiru ni la centralidad repentina de la Tierra en nuestra galaxia. La prueba es que el gobierno lo niega, responde un ciudadano, acusando a Robinson de complicidad. La NASA no convence; sus explicaciones irritan, soliviantan, indignan. He ah lo que queramos demostrar: una vez ms nos estn mintiendo! Podramos decir que este tpico complotismo de la clase media estadounidense -y ya internacional- se alimenta del desprestigio absoluto de las instituciones cientficas y polticas; es ms fcil creer en una tontera (sobre todo si es una tontera trgica, una tontera total) cuando ya no se consigue creer ni en el Parlamento ni en los astrofsicos.

Pero el segundo temor es an ms inquietante. Si los lectores de Robinson se enfurecan ante sus razonados argumentos cientficos era porque teman lo contrario de lo que decan temer: teman que el astrnomo tuviese razn y finalmente no se produjese ese Apocalipsis en el que tantas esperanzas haban depositado. Teman que no pasase nada; que todo siguiese igual. Porque -digamos la verdad- esas clases medias complotistas, consumistas, que han perdido la fe en sus instituciones y que no controlan su propia vida, desean el fin del mundo. Y hoy se sienten frustradas, vacas, desorientadas por esta inesperada e indeseada supervivencia.

Por qu desean el fin del mundo? En el capitalismo, los deseos ms profundos siempre se adhieren a los impulsos ms banales, que son de hecho los ms autnticos y originarios. Desean el Apocalipsis porque ya han visto todas las pelculas, montado en todas las montaas rusas, probado todos los platos y agotado todas las fotos. Porque las Torres Gemelas pusieron a la emocin un listn muy alto. Porque un cataclismo inevitable es un buen pretexto para volver a fumar o para irse de putas. Porque es relajante la idea de ser eximido de pronto del trabajo de mantener en pie el pequeo mundo domstico; y de la responsabilidad de tomar decisiones sin saber a dnde conducen. Porque estamos hartos de no saber cunto durar esto. Y porque no nos apetece nada -diablos- morirnos solos.

Esta ltima razn es quizs la menos banal, la menos autntica y, si se quiere, la ms social de todas. El deseo de fin del mundo de las clases medias complotistas y consumistas estadounidenses -y ya internacionales- revela tambin, o sobre todo, una destructiva sed de comunidad. El Apocalipsis representa el fin de la soledad y no porque implique el fin de todo lo existente sino porque nos une a todos en el tiempo y en el espacio, aunque slo sea para matarnos; porque nombra a la humanidad en su conjunto, aunque slo sea para aniquilarla. El deseo de Apocalipsis, que es un deseo de fiesta, es un deseo de fusin amorosa definitiva (como lo son, en la tradicin popular, todas las verdaderas fusiones amorosas). Es, si se quiere, una protesta mortal contra el ensimismamiento del consumo.

Se suele llamar populismo al gobierno que satisface las necesidades de los ciudadanos. Pues bien, el fascismo slo es de manera lateral un populismo. Porque su programa no consiste en satisfacer las necesidades de los hombres sino sus deseos. Da un poco de miedo pensar, la verdad, en ese sector no pequeo de nuestra sociedad capitalista que ha dejado de creer en sus instituciones polticas y cientficas y cuyos deseos ms profundos y ms banales convergen en esa atronadora explosin final a la que -una vez ms- hemos sobrevivido.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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