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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-01-2013

Cuaderno de depresin: 16
Hacia una nueva huelga general?

Albert Recio Andreu
Mientras tanto electrnico


 

Un lector habitual de mientras tanto nos envi una carta preguntando por qu en la entrega de diciembre no habamos hablado de la huelga general del 14 de nov iembre. Ciertamente fue una respuesta social importante, mucho ms masiva de lo que poda esperarse de una campaa de movilizacin a medio gas, sin un objetivo tan claro como la del pasado marzo, cuando an poda estar en juego la reforma laboral.

Si algo ha mostrado la huelga es por un lado la capacidad de convocatoria de las organizaciones sindicales y, por otro, un sentimiento generalizado de estafa social con las polticas que se estn llevando a cabo. El mismo sentimiento de indignacin que se encuentra bajo la mayor demanda de soluciones para las personas con deudas hipotecarias o, ms recientemente, en la impresionante respuesta social ante el anuncio de la privatizacin de la sanidad de Madrid.

Para millones de personas, resulta cada vez ms evidente que estamos ante un verdadero proceso de involucin capitalista que pone en cuestin las condiciones esenciales que garantizan una base de dignidad laboral, seguridad econmica y social, autonoma personal. Aunque en el largo perodo de neoliberalismo ya se produjo un deterioro creciente de derechos, ste no lleg a afectar a masas tan ingentes de personas ni a tocar elementos tan centrales de la estructura social. Si esto fuera una empresa, podramos decir que hemos pasado de la fase de dificultades a la de liquidacin general. Por eso arrecian las protestas y alcanzan una densidad desconocida en el perodo anterior.

La huelga general del pasado noviembre y las movilizaciones recientes vuelven a demostrar que mucha gente es consciente de todo ello. Y, sin embargo, no parece que este nivel de movilizacin tenga de momento mas perspectivas que la de volverse a repetir en los prximos meses. Dada la situacin de deterioro, es bastante posible que los sindicatos se vean forzados a convocar una nueva huelga general. La cuestin estriba en saber hasta cundo la indignacin superar al desaliento, hasta cundo la gente pensar que la accin colectiva es una va factible para frenar el ataque o, por lo contrario, cundo el cansancio har mella en muchas personas.

El ao prximo se presenta an peor que el actual. No hay perspectivas de involucin del paro. Al hundimiento de la economa del ladrillo le han seguido los ajustes del sector pblico que, como ya se ha anunciado, van a continuar ahondando los problemas del empleo. En este contexto, adems, se va a constatar el carcter corrosivo de la reforma laboral. Hasta ahora hemos podido calibrar su impacto en la facilidad de destruccin de empleo. Ahora, est por ver su incidencia en la negociacin colectiva, pues sta se concentra fundamentalmente a principios de ao. Est por ver si la patronal va a utilizar toda su capacidad de accin para fraccionar y deteriorar an ms las condiciones laborales. De entrada, el Gobierno ya le ha abierto el camino decretando la prctica congelacin del salario mnimo.

Estamos sin embargo constreidos a una situacin sin salidas claras. Las movilizaciones son una respuesta necesaria pero hasta ahora insuficiente para cambiar la situacin. Ms bien parece que las clases dominantes ya han amortizado los costes de las movilizaciones y estn dispuestos a tolerarlas como parte del ajuste. Tampoco parece creble que una radicalizacin del conflicto en trminos de violencia fuera a cambiar las cosas, ms bien provocara una prdida de apoyos sociales. La desigualdad de fuerzas es tan extrema que las acciones radicales slo sirven para legitimar al poder. El problema es ms bien el de la incapacidad de engarzar las movilizaciones en una estructura ms amplia de proyectos polticos capaces de alterar la correlacin de fuerzas, as como de introducir alguna reforma en la esfera poltica y econmica que consiga alterar la situacin actual.

Hasta ahora las movilizaciones han acertado en denunciar los efectos de las polticas actuales, pero en gran medida han sido insuficientes para atacar las causas. Y sta sigue siendo la mayor fuerza de la reaccin econmica: seguir presentado los recortes, la demolicin de derechos sociales, como la nica alternativa posible. Por ello, una tarea prioritaria es elaborar una propuesta alternativa que sirva como marco de referencia de las luchas, de las batallas polticas. No es tarea fcil, sobre todo en una guerra econmica que se dirime en gran parte en la esfera de las instituciones mundiales. Y que est afectando de forma muy diferente en cada pas (lo que limita los espacios de accin colectiva a escala internacional). Pero es una tarea urgente, tanto en el plano del proyecto como en el de elaboracin, una estrategia de accin que sirva para romper el marco frustrante de las movilizaciones actuales. Posiblemente est cantado que vamos hacia una nueva huelga general, con ms rabia, con ms recortes a nuestras espaldas. Lo que no debera ser inevitable es que nuestras acciones tengan que estar encerradas, una vez ms, en el estrecho espacio de la resistencia. Necesitamos una verdadera coalicin de fuerzas sociales capaz de plantear un mnimo esbozo de alternativa por la que pelear.

Una alternativa movilizadora debe incluir un conjunto de elementos no siempre fciles de combinar. De una parte, dado el actual nivel de fuerzas a escala nacional, europea y mundial, debe incluir alternativas viables pero claramente diferenciadas de las actuales, dentro del contexto actual. Tales como la dacin en pago que propone la PAH, o el plan de ajuste del gasto propuesto por los trabajadores de la Sanidad madrilea. De otra, debe incluir un horizonte serio de transformacin social con cambios estructurales serios (que requieren de un movimiento sociopoltico de largo alcance hoy ms necesario que nunca). Encontrar una articulacin entre estas dos lneas es fundamental para posibilitar que las prximas movilizaciones tengan ms xito que las pasadas. Hay que evitar que al desplome de derechos le siga un desaliento social generalizado.

 

Estado demediado (Notas sobre los problemas estructurales de la economa espaola, 2)

De un mal diagnstico solo pueden derivarse soluciones errneas. Y uno de los peores diagnsticos de la crisis actual es el que sita el excesivo gasto pblico y el dfi cit como uno de los problemas estructurales de la Economa Espaola.

Si algo ha caracterizado al sector pblico espaol es su infradesarrollo respecto al modelo imperante en la mayora de pases europeos. Un infradesarrollo fruto de un largo proceso histrico que el franquismo consolid reduciendo las estructuras del Estado. Uno de los pocos avances sociales de la transicin fue, junto a la conquista de las libertades polticas, una reforma fiscal que posibilit precisamente un importante salto en el papel de lo pblico. Cualquier persona mayor puede recordar cul era el entorno urbanstico y de servicios pblicos de su entorno y compararlo con el actual. La expansin de lo pblico gener adems una importante cantidad de empleos que, sobre todo, abrieron oportunidades a las personas con estudios. En la configuracin social espaola ello ha jugado un papel importante en la configuracin de las clases medias asalariadas y, en especial, en la expansin del empleo femenino. Si valoramos la expansin del sector pblico en trminos de servicios y de empleo es evidente que su crecimiento ha sido crucial para mejorar el bienestar de la poblacin.

El problema es que esta expansin de lo pblico, en gran parte generada por las movilizaciones sociales de la transicin primero, y la necesidad de obtener legitimacin social para las lites polticas despus, estuvo lastrado por diversos elementos que contribuyeron a condicionar su desarrollo. En primer lugar el propio hecho histrico de que la expansin del Estado de bienestar coincidiera en el tiempo con la irrupcin de la economa neoliberal y su catecismo de pseudo-verdades en torno a los males de lo pblico. Incluyendo el dogma de la preminencia de la gestin privada, que explica porqu en nuestro pas la externalizacin de actividades pblicas es tan importante. En segundo lugar, la escasa cultura fiscal. La derecha y los ricos, siempre reticentes a pagar impuestos y a abortar cualquier poltica redistributiva, consiguieron una importante hegemona en el conjunto de la poblacin a la hora de favorecer un sistema fiscal injusto y poco desarrollado. En tercer lugar, la existencia de grupos bien organizados, con estructuras preexistentes que tuvieron capacidad de imponer un desarrollo de los servicios pblicos de provisin no universal. Resultado de estas presiones es la permanencia de un sistema educativo dual y un sistema sanitario fragmentado (especialmente all donde las mutuas privadas tenan ms arraigo). Y en cuarto y ltimo lugar, la persistencia de culturas clientelares que explican alguna de las experiencias ms nefastas de la intervencin pblica reciente.

Fruto de estas dinmicas, el peso del sistema pblico espaol siempre se ha situado, en trminos de volumen, por debajo de la media europea. En trminos de gasto, entre 4 y 6 puntos del PIB en los ltimos aos, segn la evaluacin de Eurostat, y ms de 10 puntos si se toma como referencia los pases con mayor desarrollo del sector pblico, como los nrdicos o Francia. Una situacin que se repite cuando se evala el gasto social: En 2007, al principio de la crisis, el gasto social espaol se situaba 5,6 puntos por debajo de la media europea. La distancia se ha reducido en los ltimos aos a 3,1 puntos por efecto de la crisis (gasto en desempleo) de jubilaciones numerosas, as como de los recortes en educacin, y no por cambios en las polticas (los datos pueden cotejarse en el Informe Estadstico Anual que publica el Ministerio de Empleo y Seguridad Social). En conjunto, el gasto pblico espaol est por debajo de lo necesario para garantizar un buen desarrollo social.

Aunque es posible que este menor gasto est al mismo tiempo distorsionado por otra cuestin. El impacto del sector pblico depende tanto de su tamao como de los fines a los que destina el gasto. Por ejemplo, Estados Unidos no slo es un pas con un gasto pblico relativamente reducido sino que dedica una elevada proporcin a financiar un gasto blico que poco beneficia a la mayora de la poblacin. En Espaa est distorsin del gasto pblico tambin se ha producido (posiblemente en menor escala) con la inversin en infraestructuras costosas, muchas de ellas de dudosa utilidad social, pero que han permitido enriquecer a un reducido ncleo de grandes empresas que ao tras ao han sido capaces de controlar ms del 50% de toda la inversin pblica en obras e instalaciones. Un grupo de ocho empresas (constituido por ACS, FCC, Ferrovial, Acciona, OHL, Sacyr, Isolux Corsan y Comsa Emte) que ha sabido generar un amplio consenso en torno a lo bueno de las infraestructuras (a pesar de la evidencia de lo intil y costoso de muchos de los aeropuertos, autovas, lneas de AVE, desaladoras, etc., construidos en los ltimos aos). Empresas que ahora toman posiciones en la gestin de servicios pblicos y que no dudan en endosar al Estado sus muertos, como es el caso reciente de la fallida red de autopistas alrededor de Madrid y del Sureste. Ellos, junto a otros grupos parecidos (como Eulen, Abengoa, Abertis, Agbar...) son los verdaderos apstoles de la externalizacin. Un eufemismo til para encontrar nuevas frmulas para seguir extrayendo renta del conjunto de la poblacin.

Tenemos por tanto un sector pblico insuficiente y distorsionado. Un sector que ha visto desplomar sus ingresos no slo por la crisis sino tambin porque la sucesin de reformas fiscales de la fase anterior (desde el ltimo Gobierno de Felipe Gonzlez en adelante) haban minado las bases de una recaudacin sostenible. Mientras se mantuvo la burbuja, la situacin pareca sostenible. De hecho el presupuesto espaol hasta tuvo supervit y el endeudamiento era insignificante. Pero cuando explot la burbuja, faltaron redes para contener la cada fiscal y situar el peso de los ingresos pblicos espaoles al nivel de los pases ms pobres de la Unin Europea (Bulgaria, Letonia, Lituania...).

Hace falta un sector pblico mas desarrollado, lo que requiere una reforma fiscal progresiva que aumente su equidad. Hace falta un sector pblico eficiente en trminos sociales y por tanto que reduzca el peso de los grandes oligopolios de lo pblico. Y hace falta un sector pblico capaz de impulsar el cambio en las estructuras productivas a las que me refer en la nota del mes anterior. Un sector pblico capaz de impulsar no slo la ciencia y la investigacin, sino tambin un cambio en el modelo de consumo y produccin para afrontar los retos del desequilibrio exterior y de la crisis ecolgica. Y para ello, un sector pblico democratizado y gestionado desde una cultura de lo colectivo bastante distinta a la que an persiste en un sector amplio de nuestra sociedad.

Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-109/notas/cuaderno-de-depresion-16



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