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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-01-2013

Macri, Binner
La oposicin y la "Repblica de todos"

Juan Castillo y Cia
Rebelin


A lo largo de los ltimos meses, los argentinos, venimos asistiendo a una discusin que podramos llamar ficcional pero que, al parecer, en nuestro pas se le asigna una entidad mayscula. A tal punto que algunos suponen -ingenuamente, por cierto- que la ficcin puede convertirse en realidad.

La mentada discusin impulsada por los espritus ms conservadores, o dominantes de nuestra sociedad, nos quiere hacer creer que en una democracia, las polticas aplicables deben satisfacer los requerimientos del cien por ciento de la poblacin; ya qu de lo contrario, nos encontraramos ante lo que ellos califican como: la desnaturalizacin de la democracia.

Si bien es cierto que, el mentado razonamiento est siendo fogoneado por los medios de comunicacin hegemnicos que, entre otras cosas, vienen realizando ingentes esfuerzos con la intencin de desgastar y mancillar la imagen presidencial; no es menos cierto, a su vez, que semejante discurso oculta en su interior un propsito fundamental: la preservacin de estado de cosas dado.

Por poco que ahondemos en semejante estructura argumental, repararemos que la misma est edificada sobre un conglomerado de cimientos falaces que solo tienen por objeto confundir a la opinin pblica y hacerle creer que el gobierno argentino fomenta la divisin de la sociedad porque promueve el conflicto interno.

Trasladado al terreno de la praxis, ste es un argumento profundamente negador de la democracia; en principio porque niega que la poltica sea esencialmente conflictiva. La poltica es sinnimo de conflicto porque siempre lo que se dirime en ella son intereses.

Por eso la pretensin de representar en los hechos los intereses de todos es un absurdo. Se pueden conciliar intereses; pero, siempre teniendo presente que, en esa conciliacin uno de los sectores en pugna deber ceder, en algunas de sus pretensiones, en beneficio del otro. No obstante, de no mediar acuerdo el que debe arbitrar el conflicto es, sin lugar a dudas, el Estado. Quien se reserva para s la facultad de decidir en funcin de los intereses comunitarios.

Claro que, conforme al signo poltico (y no nos referimos a estructuras partidarias; sino a convicciones) de quien conduzca el Estado la decisin estar orientada a favor de los sectores ms vulnerables o a favor de los sectores dominantes. De ah que nunca podr resultar indiferente, a los efectos del modelo social reinante, quien es el encargado de conducir la nave estatal. No por casualidad, los que se dicen dirigentes apolticos (Macri, por ejemplo) se hacen llamar neutrales y se ubican en el imaginario social como distantes de la figura del Estado negando la existencia de las relaciones de poder.

Y aqu est el eje del `problema, pues, en la dcada de los 80 y ms precisamente en la del 90 (si bien la Argentina se torn pionera a partir del golpe del 76), las teoras neoliberales hicieron creer a la poblacin mundial que el ms ecunime solucionador de conflictos econmicos era El Mercado y como tal se tornaba en el mejor asignador de recursos. Por lo tanto deba, en consecuencia, reemplazar al Estado en la tarea de arbitrar esta clase de pugnas.

Para que requerir de toda una estructura estatal si el Mercado era capaz de solucionar aquellos sin tomar partido por nadie (realizando una suerte de arbitraje metafsico y despolitizado que garantizaba el bienestar de todos) y, lo ms importante conforme a esa teora, no ocasionaba gastos de ninguna ndole. Por cierto, los gastos se canalizaban por otros conductos (subsidios a corporaciones, estatizacin de deudas, comisiones financieras, endeudamiento estatal, etc.) menos visibles -si bien ms elevados- que los que ataen a los programas sociales.

Lo que ocultaba esa malintencionada teora, era que el Estado no desapareca, pues, simplemente adoptaba una nueva modalidad retirndose en apariencia de la actividad econmica-financiera, y dejando de ese modo que los grandes grupos econmicos explotasen a piacere el terreno en cuestin. Mientras tanto,  un nuevo andamiaje jurdico-legal confeccionado desde el Estado por los apropiadores liberales -no olvidemos que el neoliberalismo llega al poder primero con la dictadura y luego camuflado con el menemismo- , se iba tejiendo a los efectos de brindarle la ms absoluta impunidad a quienes se repartan la riqueza de nuestro pas.

En consecuencia, el conflicto se ocultaba y con ello se haca creer al hombre comn que no exista; mientras tanto el hombre concreto, el de carne y hueso, experimentaba cotidianamente una serie de dificultades que lo llevaban a creer que las causas de sus sinsabores, era resultado de la ausencia de destreza personal para afrontar las dificultades de la vida diaria y no consecuencia del contexto histrico-poltico en el que estaba viviendo.

Por otra parte, los medios de comunicacin en connivencia con buena parte de la dirigencia poltica de la poca (curiosamente, hoy mayoritariamente enrolados en la oposicin) se encargaban de difundir que las polticas econmicas aplicables eran las correctas y que lo mejor que poda sucederle al pas era adoptar las sugerencias formuladas por los organismos internacionales de crdito (v.gr. FMI, Banco Mundial, por citar algunos).

As quienes cuestionaban el camino adoptado eran excepcionalmente invitados a los programas polticos televisivos (obviamente, estamos hablando durante el proceso democrtico) y, no en pocas ocasiones, se los descalificaba con el argumento de ideologizados; lo que en ltima instancia equivala a considerarlos estar reidos con la verdad. Lo que no aclaraban es que la verdad poltica no existe. Lo que se nos muestra como la verdad, es un derivado de las relaciones de poder vigentes en un momento histrico determinado. El poder, en aqul momento, estaba en manos de las corporaciones (financieras, econmicas y comunicacionales) y el Estado se haba convertido en un guardaespaldas de sus intereses. Pero eso s, los medios no hablaban de conflicto, ni mucho menos de divisin social, a pesar que la amplia franja de argentinos se vea caer por la pendiente del empobrecimiento.

Como es lgico inferir, la pretensin de universalizar el consenso, es ni ms ni menos que una falacia. Un hecho reciente puede servirnos como ejemplo para demostrar la imposibilidad del mismo: mientras los sectores que apoyan al gobierno estn de acuerdo en no ceder a la presin de los fondos buitres en sus exigencias de cobro especulativo; franjas minoritarias de la sociedad (entre ellos, dirigentes y medios de comunicacin opositores) cuestionan al gobierno por no honrar sus deudas.

Segn stos ltimos es un acto honorable pagar las deudas a expensas del hambre y padecimiento de la sociedad. Son los mismos que, en finales de los 80 y los 90, nos decan que si no ajustbamos nuestro devenir econmico a las sugerencias del FMI nos aislaramos del mundo, que caeramos en un abismo, que si no achicbamos los gastos del Estado la situacin empeorara. Lo paradjico es que durante la gestin que estos seores defendan, se reduca drsticamente los gastos sociales del Estado, empobreciendo a la sociedad y al mismo tiempo se abultaba la deuda del pas, transfiriendo, en forma subrepticia, al sector pblico la deuda privada contrada por los grandes grupos econmicos. No obstante, hoy como bien lo destac nuestra Presidenta, hablan del papeln argentino por no pagar sus deudas; claro bajo la perspectiva macrista es fcil honrar la deuda, sobre todo cuando su deuda se la transfiere al Estado; es decir, a todos los argentinos.  
Lo concreto es que, evidentemente, no se puede conformar a todos al momento de gobernar; de ser eso posible asistiramos a una autntica degradacin de la democracia.

Ya que negar la existencia de intereses sera esbozar propuestas sin contenido. Como lo hace el ex gobernador Binner que bajo el amparo de un supuesto republicanismo no dice nada. Como si la puesta en prctica del sistema republicano (que en los hechos est plenamente vigente)  por si solo, suprimira la existencia de los conflictos sociales. No obstante, hay que reconocerle que su ideal de repblica no es muy ambicioso ya que pondera la Repblica de Ghana. Al parecer, no se dio por enterado los conflictos irresueltos que desbordan al pas africano, pero eso s segn l es un ejemplo a seguir.

Es sorprendente que alguien que se dice socialista ignore casi por completo la obra de Marx; de lo contrario, conocera aquella expresin suya que destacaba que: El poder poltico es el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil.

O como bien lo seala un destacado filsofo francs contemporneo, cuando recuerda que ..el poder no remite jams sino a una relacin de fuerzas (de deseos) que, en tanto que tales, excluyen toda pretensin de universalidad.

Blog del autor: Episteme

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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