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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-01-2013

Antonio Gramsci y Pier Paolo Pasolini

Valentn Roma
valentinroma.org

Conferencia impartida en La Capella (Barcelona), dentro del Seminario Gramsci, un proyecto de Luis Guerra (23 de noviembre 2012)


La biografa de Pier Paolo Pasolini parece mecerse, igual que un pndulo ciego, entre el deseo y la violencia, entre el deseo ms irreductible ese que no frena ante nada y que nada puede detener y la violencia ms ensimismada, es decir, aquella que se nos presenta como un llamamiento, una llamarada de fuego con la que enfrentarnos a nuestro tempo propio y con la que abrasar el tiempo colectivo.

Pocos individuos en el siglo de Pasolini atravesaron de manera tan frentica estos dos extremos desde los cuales la vida es interpelada por la poltica y, al mismo tiempo, la ideologa se confunde con la existencia. Pocos seres en tan pocos aos abrazaron tantas contradicciones y atendieron a tantos incendios.

La notoriedad de Pasolini, as como el posterior magnetismo que ha desencadenado su biografa, nos permite pensar dos aspectos que creo deben expresarse con suma delicadeza: uno es que, efectivamente, como el mismo cineasta denunciaba en aquel texto suyo titulado El artculo de las lucirnagas, quizs el Pueblo perdi su capacidad para irradiar luz en medio de la oscuridad reinante, aunque tambin es cierto que el Pueblo sigue manteniendo o al menos seguimos tratando de mantener una voz con la que gritarle a alguien o a la nada.

La otra idea que me gustara formular es que al aproximarnos a Pasolini uno tiene la impresin de estar acercndose a lo que podramos llamar, abreviando, un proyecto para vivir y un proyecto para resistirse.

Como ya he dicho antes, ambas cuestiones reclaman ser miradas con extremo detenimiento y pulcritud, por lo que os propongo entrar en ellas desde algunas metforas.

Para los que estis familiarizados con esas cosas un tanto apocalpticas que a veces escribo, igual os produce un cierto deja v lo que dir a continuacin, pero permitidme repetir una imagen a la que he vuelto insistentemente durante los ltimos aos, pues creo que puede servirnos para hablar de la luz y la voz del Pueblo.

Se trata de aquella escena incomprensible que Marguerite Duras narr en su libro El vicecnsul, donde Jean Marc de H. ex vicecnsul de Francia en Lahore del Norte, sale por las madrugadas de su habitacin y le grita a las pistas de tenis vacas, le dispara con su revlver a los alrededores de la lujosa mansin residencial donde parece vivir cautivo, a los bosques donde duermen los mendigos.

En el artculo sobre las lucirnagas de Pasolini ste manifiesta: Yo, desgraciadamente, amaba a este pueblo italiano, tan fuera de los esquemas del poder como fuera de los esquemas populistas y humanitarios. Era un amor real, arraigado a mi carcter.

Segn Pasolini las diminutas luces de lo popular han desaparecido bajo el gran foco del espectculo y el poder, y nadie ms adecuado que el cineasta, amante de los ragazzi di vita, de los dialectos del bajo proletariado del sur y de los rituales campesinos para lamentar esta huda.

Pero deca antes que acaso el pueblo perdi su luz pero no su voz, lo que quizs nos lleva a pensar la imagen del vicecnsul de Marguerite Duras desde una perspectiva distinta, como una especie de pregunta que tal vez habra servido para matizar la ansiedad de Pasolini con sus semejantes:

A quin trata de ahuyentar el vicecnsul con sus gritos, o mejor, por qu grita el vicecnsul o, mejor an, a qu gritos interiores, a qu voces le est chillando Jean Marc de H., ex vicecnsul de Lahore del Norte?

Si Pasolini emple esa metfora incandescente de la lucirnaga apagndose para definir al pueblo italiano, tal vez nosotros podramos entender el famoso texto El artculo de las lucirnagas, recogido en Escritos corsarios, igualmente como un alarido desesperado, o simplemente como un sonoro llamamiento a la insurreccin de los mendigos que habitan en el bosque para que stos se manifiesten, para que dejen de hablar slo en la cabeza de un hombre, para que Pasolini pueda dejar de ser el irritado vicecnsul, abandonar la pompa cortesana de la gran mansin presidencial y adentrarse en la espesura que carece de luz y es todo voz.

Hasta aqu la primera cuestin que seal al principio. Voy ahora a por la segunda, la que tiene que ver con el proyecto pasoliniano.

Antes estuve a punto de escribir y de decir que el proyecto de vida y de resistencia de Pasolini es un proyecto trgico. Seguramente en mi cabeza, igual que en la del vicecnsul, tambin se oyen voces o, mejor, en mi cabeza haba una imagen hablando de tragedias, la imagen de Pasolini asesinado en el descampado de Ostia, el rostro arrancado y an as reconocible, como si sus asesinos hubiesen fracasado en el intento de hacerlo desaparecen, como si slo hubiesen conseguido desfigurarlo, otorgarle una nueva cara con la que l les juzgara a ellos y con la que l nos mirara a nosotros desde una funesta posteridad.

Pero a pesar de que estuve a punto de decirlo, el proyecto de vida y de resistencia encarnado por Pasolini no es trgico en el sentido de que no es antiguo, no es anacrnico ni es inmemorial. Dira que este proyecto es justo lo contrario, es decir, se despliega, reitero, entre el deseo y la violencia, recogiendo del primero la insatisfaccin necesaria para circular por todos los gneros de la vida y por todas las degeneraciones del arte; retomando de la segunda eso que ella tiene de reto suficiente, de imperativo para enfrentarse al mundo.

Tratar de expresarlo de otro modo: cuando el deseo nos acucia, nos exhorta o simplemente nos habla, resulta imposible oponerle cualquier respuesta pero, al mismo tiempo, resulta inconcebible no atenderlo. As, el deseo nos inocula algo parecido a una desarticulacin, una fractura de carcter ontolgico que, sin embargo, se manifiesta articuladamente. En este sentido, nada menos irracional que el deseo, que llega travestido con los ropajes de una emocin pero que crece y se desarrolla metdicamente, arrasndolo todo de forma minuciosa, atendiendo cualquier signo por mnimo que ste sea.

Por otra parte, cuando la violencia accede a nosotros, cuando nos interpela y cuando la miramos, es decir, cuando lo violento no es slo un fatuo impulso de agresividad sino una disposicin de las cosas expresando su naturaleza fracturada, fisurada, en constante apertura y cierre, slo podemos arder ante ella, arrancarnos nosotros mismos la cabeza, el pensamiento y el corazn, como este dibujo que os muestro de Andr Masson para la revista Acphale, alrededor de la cual los acfalos declararon su conjura sagrada.

Pero tal vez estoy entrando en territorios evanescentes y msticos y yo quera hablar de Pasolini y Gramsci, que es para lo que Luis Guerra me ha invitado, as que regreso rpido de las alturas incendiarias.

Mirad: creo que hay tres acontecimientos en la vida de Pasolini que expresan esa pelea entre deseo y violencia que estoy tratando de dilucidar, tres epifanas que, de algn modo, configuran la vida ardiente de Pasolini y nuestra manera de sentirnos abrasados ante su persona y sus obras.

El primer acontecimiento que quiero sealar es la lectura que Pasolini joven hizo de Dante.

En su delicado libro Supervivencia de las lucirnagas digo delicado a propsito, por no decir un tanto manierista George Didi-Huberman nos advierte muy acertadamente sobre este aspecto, sealando que es en la reinterpretacin de Dante donde Pasolini se encontrar con Masaccio, un artista del que el cineasta quedar prendado para siempre.

Siguiendo a Didi-Huberman, podemos plantear que las reflexiones de Dante sobre la oposicin entre sombra humana y luz divina tienen en Masaccio su contrapunto, sobre todo en las sombras proyectadas que el pintor florentino sola incorporar a sus frescos. Estas sombras digamos cinematogrficas, digamos insondables, hicieron a Pasolini saltar desde la oralidad de la palabra hasta la retaguardia de la imagen, es decir, desde el gran estilo potico del decadentismo simbolista hasta el cine de Chaplin o de Renoir.

Y por cierto aqu tenemos una forma tpicamente pasoliniana de acceder a la complejidad generando un nuevo problema, una manera de huir de esa luz reclamada para el pueblo atendiendo a lo que podramos llamar una voz que habla desde la espesura.

El segundo acontecimiento es el encuentro que Pasolini tiene con Antonio Gramsci y, ms concretamente, un hecho que a m me parece esencial, que es que Pasolini nombra a Gramsci.

Voy a tratar de explicarme.

En su poemario Las cenizas de Gramsci, Pasolini alude por su nombre propio al pensador y, con ello, creo que realiza un acto sumamente significativo y elocuente.

Las cenizas de Gramsci fue escrito en 1957, acaso en el momento lgido de la irrupcin de Pasolini dentro de la escena pblica italiana, tal vez en el momento en que su figura adquiere un sentido ms teatral y ms irresistible.

Pero en ese momento central al que me refiero, Pasolini no se presenta solo sino acompaado de Gramsci, rescatando de l sus cenizas que, como todo el mundo sabe, son un fuego guardado y quieto, una llama dormida, siempre a punto de arder de improviso.

Si Pasolini hubiese sido Marcel Proust, ese Proust que ante la puerta de la mansin de los Guermantes duda sobre la conveniencia de entrar o no, sobre el pudor y la curiosidad de presentarse a solas en medio de los salones donde florecen las muchachas en flor, tal vez hubiese actuado a la proustiana, es decir, habra regresado bajo las faldas apacibles de su delicada madre o bajo el penacho militar de su padre, el sargento Carlo Alberto Pasolini, quien salv al mismsimo Mussolini de ser asesinado en Bolonia por un nio, de nombre Anteo Zamboni.

Pero nadie ms alejado de la nostalgia que Pasolini, de ah que el gesto de presentarse en medio de la vida pblica de Italia como un caballo desbocado, o ms en su gusto, como un perro callejero y rabioso, en compaa de otro proscrito llamado Antonio Gramsci, ya nos indica por dnde iban sus intenciones o las intenciones de ambos.

Se ha querido ver que a travs de Gramsci Pasolini adquiri un sentido poltico de la existencia, abandon a Dante y al decadentismo y, de alguna forma, ideologiz sus horizontes creativos y vitales. Sin embargo, pienso que lo que verdaderamente aprendi Pasolini de Gramsci fue una forma de ser hertico, un cauce, un nombre y un compaero para atravesar cualquier modalidad de apostasa.

En este sentido, si Masaccio le permiti descubrir la sombra y el pueblo le mostr las luces de las lucirnagas, Gramsci le aport la hereja necesaria para romper con la iglesia cristiana y con la iglesia del comunismo.

As, como una especie de Prometeo incinerado, Gramsci le entreg a Pasolini una antorcha de cenizas, un fuego de oscuridad y luz con el que incendiarlo todo, incluida la razn y, sobre todo, uno mismo.

Nunca abandon Pasolini ese sentido proscrito, enfermizo, acorralado y furioso que comprendi de Gramsci y, por lo tanto, nunca dejara Pasolini de ser la encarnacin de Gramsci en la tierra, la ceniza hecha carne, hecha deseo y hecha violencia.

En la famosa foto que estis viendo, de pie ante la tumba de Gramsci en el cementerio pagano de Roma, Pasolini aparece con gesto solemne y preocupado, como si ya intuyese que las lucirnagas se apagarn tiempo ms tarde.

Tal vez mientras lea en su cabeza el nombre de Antonio Gramsci escrito en mrmol, Pasolini estaba deseando, estaba llamando a los restos mortales del pensador, a sus cenizas, para un ltimo fuego desesperado, para una ltima pira de violencia.

De este modo, cuando en 1975 un Pasolini desencantado arremete contra el pueblo italiano, su gran amor, ese ataque no tiene el aire de una despedida sino, como todo presentimiento, alberga su propia solucin: la luz dbil y nerviosa de la lucirnaga y el pueblo desaparecern, pero acaso esto ser una seal que preceda el reinicio del mundo, el momento anterior al incendio, el instante en que las cenizas de Gramsci abandonarn su tumba y llovern sobre el mundo, cubrindolo todo de un polvo fino y gris, un manto de fuego que seguramente no prender la vida de las cosas, sin embargo les recordar a ellas y a nosotros que un da todo fueron llamas.

Y entonces acaso las cosas y nosotros ya no luciremos, pero tal vez entonces, las cosas y nosotros, retomaremos la voz, le gritaremos a la espesura como el ex vicecnsul de Lahore del Norte, no a los mendigos pero s a la polica, a la luz del poder.

Dije antes que la biografa de Pasolini tuvo tres cortes de deseo y de violencia y puedo afirmar, con la voz inflamada por todo lo que ya grit, que la ltima fisura est an por venir.

No ser agradable ni ser bonita, pero s ser necesaria. La tendr Pasolini, la tendrn las cosas y la tendremos nosotros cuando se esclarezca el asesinato del poeta. El porqu de ste ya lo sabemos y el cmo nos trae sin cuidado. No nos apremia tanto la verdad o la paz para el insepulto. S nos exige, s nos llama, un violento deseo de venganza.

Queremos saber quien mat a Pasolini para que las cenizas de Gramsci puedan de nuevo volverse gneas, para que lluevan sobre el mundo como despus de una erupcin volcnica o del estallido de una bomba.

El cuadro que estis viendo ahora fue una de las pinturas que ms fascinaban a Pasolini. Se titula Nevada milagrosa desde el Esquilino o, tambin, la Madonna de la nieve. Lo realiz en 1508 Girolamo di Benvenuto, un artista dscolo, irregular y arrebatado, una especie de ragazzi di vita en el interior del elegante estilo de Siena.

Hace casi dos aos pas la navidad en Roma y sub, junto con mi gran amor, a la colina del Esquilino. Desde una de sus tres cimas, llamada Opio, se vea el bosque al que Pasolini alude como el lugar donde un da habitaron las lucirnagas. Al lado de ste, o quizs en el sitio donde un da estuvo el bosque luminoso, hay hoy tres campos de ftbol.

Recordamos los dos la nevada milagrosa de Benvenuto y a Pasolini. Creo que dijimos que sera importante visitar la tumba de Gramsci, aunque luego preferimos otro tipo de sepulturas.

Pero regresando al cuadro de Girolamo di Benvenuto, vemos a los ngeles sostener ese manto de nieve que parece una instalacin de Dan Graham, el mismo Dan Graham que bram que el rock and roll era su nica religin.

Imaginemos por un momento que eso que aguantan los putti no es nieve sino las cenizas de Gramsci, que ellos no son puttis sino prostitutos de la estacin de Termini, que la Madonna no es una virgen sino Pasolini mirando desde lo alto al espacio vaco dejado por las lucirnagas y el pueblo en su huda hacia el espectculo, que ese lugar vaco es una sonora y blanca voz.

Y ya puestos a imaginar soemos que las cenizas de Gramsci, volando por lo alto, son aquella figura espectral que pareca una especie de humor o de perro del Apocalipsis, ese espectro que se le apareci al viejo Marx en su clebre profeca, ya sabis, aquella que dice: Un espectro recorre Europa, el espectro del comunismo.

Marx nos deca entonces que los vetustos poderes del vetusto imperio estaban tratando de exorcizar el espectro, que el Papa, el Zar, Metternich, Guizot, los radicales franceses y los espas de polica alemanes trataban de exterminar el espectro del comunismo.

Poco a cambiado desde que Marx proclam su hereja, Gramsci la revivi y Pasolini la hizo carne deseante. El papa y la polica as nos lo indican.

Sin embargo, insisto, nada nos impide fantasear con que las cenizas de Gramsci nevarn sobre la tierra como un milagro o, mejor, como una especie de rito inicitico y psico-mgico de sos que tanto gustan a Alejandro Jodorowsky, el padrino de Luis Guerra que es quien hoy, aqu, no convoca.

Tal vez slo Georges Bataille y su secta de acfalos hombres sin razn y todo fuego, todo ardor podrn sentirse atravesados por esta lluvia gnea. Hombres deseantes, derrochadores, vigorosos y violentos, es decir, hombres que carecen de cualquier gnero: mujeres y hombres degenerados.

Fuente: http://valentinroma.org/?p=3602



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