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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-01-2013

La mano que encienda la mecha

Paco Roda
Rebelin


Cada da que pasa uno siente que no puede ser peor. Y no me hablen de pesimismo crnico. Por que ms all de estos lmites imprecisos entre el miedo, el malestar y el desasosiego, solo queda la revuelta que no llega, porque la sedicin interna est ya saciada de descontentos. Y uno mira ms all de sus fronteras ms inmediatas y se avergenza del tedio reinante revestido de compasin y hasta de la nueva y bendecida piedad solidaria. Cientos de iniciativas solidarias, pero poco ms, ante un camposanto de desconsuelos y vidas raseadas, desposedas de su potencial rebelde. Como si esa piedad privada reparara tanto desagravio colectivo. La vida, las vidas empeoran sin pedir permiso, las biografas cortocircuitadas enferman y se desplazan plomizas cabizbajo por la calle. Los relatos vitales entristecen y se someten a la ms brutal resignacin. Se doblegan al inmerecimiento de unos guardianes del Estado en estado de corrupcin permanente. Brcenas, ese bastardo de la corrupcin santificada por un Estado que enaltece a sus estafadores de alta gama, no es ms que la minscula representacin de un pas absolutamente rociado de mierda.

Cada da la vida se retuerce ms y ms. Por sus aristas ms finas, por sus demarcaciones menos consistentes. Como si una penitencia imprecisa pero cortante nos seccionara las venas de cada grito sangrante. Las familias, la ciudadana y las personas ya no son las mismas. No se reconocen en el pasado perfecto porque el futuro se ha volatizado mientras otros hacen el agosto en pleno invierno. Y stos, con nombres y apellidos; famosos, reconocidos, con poder, caminan impunes ante tanta matanza. Encantados en este reino de cruel chasquera. Nunca un Estado haba estado tan secuestrado por la ignominia, el descrdito, la vergenza, la corrupcin, la mentira, la falsedad, la degradacin y la infamia. Y todo ello santificado por un gobierno que vive y desea vivir lejos de sus votantes y no votantes. Un Estado embargado por la implacable ceguera de su propia incapacidad para corregir el rumbo hacia una bancarrota social inminente. Un Estado al que ya nada le importa salvo su propio banquete. Casi once millones de pobres en este desangrado reino de Espaa son condenados a diario por la inanicin meditica, ignorados, como si nada ocurriera. A lo sumo, utilizados como conejos de pruebas exploratorias de que todo puede empeorar an ms. Y mientras, la gente que uno observa, esta gente sin nada a qu agarrarse, excepto a su propia desesperacin, pareciera que, sabiendo esto, aceptando esta inevitabilidad sin compasin, vuelve al refugio tangible de sus seguridades ms inmediatas, a su casa, su hogar, su familia, sus pasiones, sus amores, sus ocios y sus socios inmediatos, los amigos, las compaeras de trabajo, los vecinos o hasta sus coadjutores. En ese territorio privado encuentra el sosiego ante tanto desasosiego. Por eso Rajoy nos quiere en casa. No solo para contabilizarnos inactivos ante el frente social que tanto teme, sino para dominarnos desde la reclusin invicta del dominio privado. Porque aqu nos sometemos a la implacable venganza contra nosotros mismos. Aqu, entre las paredes atestadas de deslices, nos culpabilizamos ante nuestro propio destino. Aqu, en los hogares de la nia de Rajoy, vertebramos nuestra condena e incapacidad de sedicin. La calle se ha quedado vaca de poder. S, hay 37.000 manifestaciones al ao, una prueba tcnica de la movilizacin, pero an as parece que eso no garantiza la revuelta. Porque sta necesita otros territorios an por explorar. No me digan ni hablen de nuevos lderes, de nuevos discursos ni de nuevas estrategias. No me hablen de nuevas ideas ni de nuevas polticas. Ni de regeneracionismo. No me hablen. Apenas queda crdito para tanto descrdito. Todo est dicho. Parece que lo nuevo o por inventar no llega. O si llega, no encuentra eco ni recoveco donde depositar tamaa esperanza.

Nunca como en estos das, las diatribas y sentencias verbales contra la poltica del PP y el actual estado de malestar social que nos invade, han sido tan duras, tan claras, tan incisivas. Nunca se han dicho las cosas tan alto y tan claro. Hasta la prensa ms amable se ha vuelto corrosiva. Si ustedes quieren, pueden ver, por activa y por pasiva donde est el ncleo duro, la mdula infecciosa de tanto cncer social, el agujero apestoso de las cloacas que nos esperan, de los sepultureros que aguardan su turno. Y tambin pueden saber los nombres de los escualos que acechan ah, a nuestro lado, para afilar sus mandbulas protctiles. Brcenas, Urdangarin, Fabra y hasta un rey que gana 272.000 euros al ao, o lo que es lo mismo, 3ooo veces ms que el SMI, mientras sus sbditos cada vez menos ciudadanos- sobreviven a los atropellos de cada Consejo de Ministros. Estn ah, riendo a mandbula batiente, tarareando su victoria infinita y tambin nuestra derrota impredecible. Durante un tiempo se fueron, pero volvieron con los cuchillos y las bayonetas afiladas. Estn ah. Todo est a la vista. Y lo que no est, no por no sabido, tampoco afecta al estado de rotacin de esta Espaa a la deriva. Porque acta s o s. Sin pudor, sin decencia. Y an as, navegando a sotavento, resulta difcil llegar a puerto. Porque la navegacin es de altura. Requiere de mltiples bordos. Volver a casa no es un buen consejo, pero en la calle, a diario, pareciera que el ttulo del libro de Jos Luis Pardo, Nunca fue tan hermosa la basura, adquiriera sentido y saciara nuestro desconcierto.

No es fcil, y quizs no sea ni siquiera justo, nombrar el desastre y escapar por la tangente del nihilismo crtico. Lo s. Pero creo que lo que est por llegar se est fraguando en algn lugar intangible. An es pronto para predecirlo pero no para sentirlo. Quizs est en la rotacin incesante de los agujeros negros de millones de desesperados. En esos espacios que cuesta identificar, en lugares todava sin nombre pero reconocidos. En los efectos secundarios de tanto trabajo precario, de la pobreza soterrada y contenida, de la precariedad contada y cantada, de la exclusin estigmatizada, de la estabilidad incierta, del desempleo inmediato, del ERE amenazante, de la vida contingente, del miedo al presente. Pero tambin en cada sablazo del BOE, en cada fraude de ley, en cada nuevo recorte, en cada cuchillada a la vida de la gente, en cada decisin que provoca tantos y tantos despidos, en cada coma de cada nueva ley o decreto sangrante. En cada escupitajo a un Estado que ya no protege, excepto a sus terroristas econmicos y banqueros protegidos. En esos lugares en construccin que la historia luego reconoce como procesos revolucionarios. Solo falta una mecha. Y esta puede ser hasta un poema. Por eso estoy esperando a que Miguel Snchez Ostiz, ese navarro incmodo, lenguaraz, cido, mordaz y nada condescendiente, saque a la luz El asco indecible, una apuesta por la literatura de la hiel. Nunca como ahora tan necesaria.

Paco Roda. Departamento de Trabajo Social. Universidad Pblica de Navarra

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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