Portada :: Chile :: Pueblo Mapuche: Cinco siglos de Resistencia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-02-2013

El mapuche invisible

Ricardo Candia Cares
Punto Final


No es cosa nueva la militarizacin del territorio mapuche. La primera edicin de las gestas pacificadoras, en la dcada de 1860, estuvo a cargo del ejrcito cuando el Estado decidi que esas tierras merecan otros dueos y que los indios eran una molestia que haba que extirpar. El ministro de Guerra de la poca, Federico Errzuriz, instruy al general Pinto, el hroe que dirigi las operaciones: haga uso de las armas i hostilizarlos de manera que juzgue ms prudente para castigar su rebelin, arrebatarles sus recursos i debilitarles hasta dejarles en la impotencia. Y en el caso de rendirse, y como prueba de buena fe, los caciques deban entregar al ejrcito a uno o dos de sus hijos como rehenes, los cuales al cabo de cierto tiempo deberan ser cambiados por otros, para impedir que la separacin de sus padres debilitara el cario recproco.

La derrota mapuche de noviembre de 1881 define el modo en que el Estado se vincular en lo sucesivo con los sobrevivientes: sin verlos. La idea de los poderosos de entonces era no slo ocupar sus territorios, sino que acabar con lo que llamaban la raza mapuche. Y a partir de entonces, se intent su inexistencia, creyndolos evaporados despus de los ltimos fusilamientos.

Reducidos, los sobrevivientes pasaron de ser un pueblo libre, a vivir como campesinos apretujados, pobres, vencidos, y por sobre todo, invisibles. Los esfuerzos integradores del Estado convirtieron al mapuche en mano de obra para servir en las ciudades y en los nuevos latifundios. La sociedad chilena asumi su labor rectora enseando a los chilenos a relacionarse con los sobrantes de su guerra civilizadora, como si fueran personas que no son y casi sin ningn derecho.

Para los codiciosos de entonces esas extensiones, ahora sin dueos, fueron un botn jugoso. Una sociedad acababa de ser desarticulada por los caones y los fusiles de repeticin y grandes fortunas del centro del pas se financiaban con esas tierras arrebatadas a sangre y fuego por el ejrcito.

Y entonces se descubri que esos indios desarrapados que afeaban la vista, esparcidos sin saber dnde ir y qu hacer, no se parecan al indio audaz y valiente de la literatura, de las leyendas, de las historias de valor y resistencia al invasor de que hablaban las escuelas y discursos.

Un famoso homenaje al mapuche es una estatua de bronce que, a mediados del siglo XIX, concibi el artista chileno Nicanor Plaza. Nacida con el anglosajn nombre de The last of Mohicans, para un concurso que los homenajeaba, ese indio con tocado de plumas, arco y flecha, no figur. Pero el artista, para no perderlas todas, le cambi el nombre y se la ubic en una de las terrazas del cerro Santa Luca. Desde entonces se llama Caupolicn. Otro homenaje qued estampado el ao 1904. Con letra de Eusebio Lillo, nuestra Cancin Nacional advierte que con su sangre el altivo araucano, nos leg por herencia el valor . Esas descripciones propias de Alonso de Ercilla o de Pedro de Oa, fueron objeto de merecimientos, honores y referencias picas. Mas no el brbaro trashumante y hambriento que qued en el limbo del no ser.

Esta dicotoma ha definido la relacin que la cultura dominante ha tenido con lo mapuche desde esas no tan lejanas y heroicas jornadas que el general Pinto describe en su memoria del ao 1869, y que tuvo su punto mximo de emocin en noviembre de 1881, cerca del actual Temuco.

Por una parte, los sobrevivientes de la guerra pasan a ser tratados como miserables perdedores sin merecimiento alguno, y, por otra, el mapuche idealizado por la literatura y las leyendas, fundadores de una raza por cuyas venas corre sangre de guerreros sin par, son exaltados como dignos descendientes de Caupolicn, Galvarino, Colocolo y otros hroes que tal vez ni siquiera existieron, pero que son mucho ms presentables que esos que andan por ah.

Lo que reverbera hoy en esas tierras, con su lgubre reguero de muerte y sufrimiento, son los ecos y reflejos de una guerra en la que el mapuche fue vencido pero que desde esas ruinas sobrevivi por esa misteriosa fuerza verncula que tienen todos los pueblos del mundo para negarse a la derrota eterna y para luchar por su derecho a ser.

Por eso, a duras penas, el mapuche sigue siendo. Aunque la sociedad ganadora, prepotente y codiciosa, determine su invisibilidad por medio del desprecio con forma de leyes que las fuerzas armadas y de orden aplican con fruicin y buena puntera, a la espera de refuerzos.

El mapuche sigue invisible para el que no quiere verlo. Y las muertes y sufrimientos que de tarde en tarde se toman el territorio, se explican por esa dualidad interesada de la sociedad chilena, por esa ptica perfeccionada en 130 aos de desprecio y ceguera.

 

RICARDO CANDIA CARES

 

Publicado en Punto Final, edicin N 775, 25 de enero, 2013

 

www.puntofinal.cl

 

 



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