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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-02-2013

Comunismo y belleza

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Es muy difcil convencer a un hombre que no ha arado sus laderas, que no ha dibujado sus contornos, que no ha descrito sus cimas en un poema, que no adora a ningn dios en sus cavernas, que no ha cazado entre sus arbustos, que ni siquiera ha escalado sus abismos; es muy difcil convencer a un hombre as de que que es importante conservar las colinas y las montaas. Lo mismo ocurre con los bosques, los ros, los animales y los cuerpos en general. Lo mismo ocurre con la Naturaleza en su conjunto. Cuando las campaas ecologistas insisten con todo fundamento en que debe interesarnos la defensa del medio, pues de ella depende nuestra propia supervivencia, declaran ya perdida la batalla: no slo es difcil demostrar a un trabajador del sector servicios de Madrid o a un parado urbano de Roma (o a un universitario de La Habana) su dependencia interesada respecto de la tierra y sus recursos sino que adems es dudoso que los humanos operen slo o sobre todo por inters; o que defiendan slo o sobre todo lo que asegura y facilita su supervivencia.

Ms all de su pretensin de haber desentraado una medida objetiva de la explotacin del trabajo, el gran descubrimiento de Marx tiene que ver con el autoengao social: la ideologa dominante es la ideologa de las clases dominantes. Los trabajadores se engaan acerca de sus propios intereses, que identifican de manera errnea con los de sus patrones y verdugos. Podramos decir que, en el caso de la supervivencia de la especie humana, los intereses de unos y otros son realmente comunes y que, por lo tanto, incluso si las ventajas inmediatas de contaminadores y contaminados son desiguales, un inters compartido une por fin a todas las clases sociales. Pero esta ceguera comn, que demuestra nuestra dificultad antropolgica para representarnos como humanidad los intereses particulares, prueba adems que no slo nos auto-engaamos sobre nuestros intereses particulares. Tambin nos representamos mal nuestros impulsos desinteresados. Tambin cuando amamos, cuando nos sacrificamos, cuando obramos en nombre de la justicia, nos equivocamos.

Hay fuentes de auto-engao corregibles contra las que debemos combatir sin descanso: las manipulaciones de los medios, por ejemplo, o las relaciones de propiedad. Hay otras que -mucho me temo- sobrevivirn a todas las revoluciones. Tenemos, para empezar, el cuerpo, cuyas operaciones bsicas, garanta de nuestra existencia biolgica, ocurren a nuestras espaldas, por debajo de nuestra conciencia. Tenemos tambin la mente y el lenguaje, con todas sus opacidades edpicas y quistes irracionales. Tenemos una complejsima divisin del trabajo, con su encarnacin tecnolgica, que nunca se podr simplificar hasta la transparencia si queremos alimentar a 7000 millones de personas. Tenemos las cosas mismas -la silla, el cenicero, la cuchara- cuya potencia anestsica, que nos hace olvidar las penas del trabajo y la fragilidad de la vida, es sin embargo inseparable de la estabilidad antropolgica y social de la humanidad. Y tenemos tambin las maravillas -objetos buenos slo para el pensamiento o para la mirada- a las que hemos estado siempre unidos por una mezcla de admiracin e intimidacin. Todo ngel es terrible, escriba Rainer Maria Rilke en una de sus Elegas del Duino, porque la belleza es slo el comienzo de lo terrible que an podemos soportar. La belleza de las estrellas -digamos- es indisociable del descubrimiento de nuestra vulnerabilidad, pero al presentarse como bellas, y no como amenazadoras, nos atan esttica y emocionalmente -y nos atan como especie- al mundo y sus apariencias.

Estamos condenados a auto-engaarnos. O mejor dicho: estamos condenados a luchar siempre contra el auto-engao; y tenemos derecho, en medio de la batalla, a ceder de vez en cuando a sus aagazas ms benignas o menos dainas. Ahora bien, no es lo mismo auto-engaarse acerca de los propios intereses egostas que auto-engaarse acerca de la justicia, la verdad o la belleza. Hay algo ya un poco innoble en proteger a un nio slo porque es mi hijo; o en apoyar a un partido porque me da trabajo; o en defender un bosque porque es mi coto de caza. Como -al contrario- hay algo potencialmente noble en creer inocente a un mentiroso o a un asesino; o en robar un reloj porque es bonito. Que el auto-engao noble es antropolgicamente ms serio que el egosta lo demuestra el hecho de que hasta los gobiernos ms criminales -conquistadores, colonialistas, imperialistas, nazis- han invocado siempre principios universales para defender intereses particulares.

En un famoso texto de 1857, Marx se preguntaba retricamente si la idea de la naturaleza () de la imaginacin griega es compatible con las mquinas de hilar automticas, las locomotoras y el telgrafo elctrico para declarar enseguida muertos para siempre a Vulcano, Jpiter, Hermes y Aquiles frente a la metalurgia, el pararrayos, las armas de fuego y el tipgrafo. Es verdad: la combinacin de desarrollo tecnolgico y de divisin del trabajo, responsable de la destruccin ecolgica, ha operado tambin el desencantamiento del mundo. Pero ese desencantamiento, ha trado aparejada ms transparencia, ms objetividad, menos auto-engao? Por un lado, el retroceso del paganismo -de la naturaleza habitada- no ha impedido el aumento de las formas ms fanticas y perversas de los credos monotestas; por otro, la derrota de la Naturaleza a travs del positivismo capitalista ha incrementado la nostalgia de armaduras ceremoniales y ha inducido, en su ausencia, la psiquiatrizacin de la vida cotidiana. El desencantamiento del mundo ha conducido a la humanidad, no a una mayor objetividad, no, sino a la desacralizacin del mercado y a la liberacin de todas sus pulsiones subjetivas. Haba mucha ms objetividad en la relacin del indgena con la montaa en la que vivan sus dioses que en la del turista que la fotografa para vanagloriarse ante sus amigos.

Lo que quiero decir es que un verdadero programa ecologista -un programa comunista- no debera llamar a defender la Naturaleza en nombre de los intereses particulares -como parte que somos de la humanidad- sino mediante el restablecimiento de su objetividad; es decir, de su belleza. La Naturaleza no tiene derechos ni tampoco los hombres ninguno sobre ella: es sencillamente un hecho descomunal que debera imponerse por s mismo. Por qu tanta indiferencia? No es que queramos suicidarnos, no; el problema es que ya no nos parecen bellas las montaas ni los bosques ni los animales ni los cuerpos en general; y de lo que se trata -el verdadero reto de los que queremos conservar y transformar el mundo- es de convencer a los hombres de que el mundo es hermoso, no de que lo necesitamos para la supervivencia. Es muy difcil. Es difcil porque una montaa slo nos parece bella, fuente de intimidacin y admiracin, cuando la hemos arado, escalado, cantado o rendido culto; y el desencantamiento tecnolgico no tiene vuelta atrs, salvo cataclismo o derrumbe civilizacional: la tecnologa dominante es la tecnologa de la clase dominante. Pero es difcil tambin porque los hombres siguen encantados, ahora ya no por el engao objetivo de los versos y los dioses sino por el vehculo mismo de su desencanto: los coches, los electrodomsticos, los ordenadores, los celulares, las mquinas en general. Si los humanos slo obrsemos de manera interesada y slo nos engasemos acerca de nuestros intereses privados, an podramos salvarnos; pero es que los humanos buscamos sobre todo la justicia, la belleza y la verdad y nos auto-engaamos tambin acerca de ellas. Re-embellecer las montaas -restablecer su objetividad- exige una intervencin al mismo tiempo esttica y econmica contra el capitalismo y sus fraudulentos desencantos. Nuestras luchas son siempre desinteresadas. No se trata, pues, de renunciar egostamente a la justicia, la verdad y la belleza sino de cambiarlas de lugar; de intentar devolverlas -es decir- a su lugar de origen.



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