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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-02-2013

Espaa y otras dictaduras rabes

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Vista desde Tnez, dos aos despus de la revolucin que derroc a Ben Ali, Espaa resulta inquietantemente familiar. En el ao 2010, el 55% de los jvenes diplomados tunecinos estaba en paro y esa es tambin la cifra hoy en nuestro pas. En el ao 2010, la aplicacin de polticas neoliberales en Tnez, con la privatizacin de ms de 400 empresas pblicas, haba agravado la pobreza en las regiones y las desigualdades en las ciudades, y esa misma poltica de reformas, ajustes y recortes ha condenado ya a miles de espaoles a la muerte civil. En el ao 2010, un sistema tentacular de corrupcin mafiosa, como una garrapata nacional, extraa riqueza en Tnez de cada cuerpo y cada institucin, y hoy en Espaa sale a la luz la normalidad subterrnea de una clase poltica y empresarial que -desde la Corona a los partidos- se ha dedicado durante aos a la doble contabilidad, la desviacin de fondos, el fraude fiscal y la succin vamprica del dinero pblico.

En el ao 2010, miles de jvenes tunecinos emigraban o intentaban emigrar al extranjero para ganarse la vida y hoy son miles tambin, todos los das, los jvenes que abandonan Espaa para tratar de encontrar trabajo en Alemania, Suiza, Brasil o Argentina. A finales del ao 2010, cuando estallaron las revueltas en Sidi Bouzid, el dictador tunecino que haba empobrecido y humillado a su pueblo declar a los pacficos manifestantes terroristas contra la legalidad y enemigos del Estado y mand a su polica a reprimirlos; y hoy en Espaa, de forma muy parecida, los mismos que han desnudado a los ciudadanos, vaciando para ello de sentido las elecciones y el Parlamento, acusan de golpistas y antisistema -birlibirloque freudiano- a los cientos de miles de personas que salen a la calle, con sus pechos y sus carteles, a defender la sanidad y la enseanza pblicas y mandan contra ellos sus policas y sus leyes de excepcin. A finales del ao 2010, la inmolacin de Mohamed Bouazizi en un pueblo de Tnez levant una trgica acta de acusacin contra el rgimen de Ben Ali y hoy, en Espaa, tras decenas de suicidios inducidos de vctimas de desahucios, la inmolacin por el fuego de una mujer de 47 aos en una sucursal bancaria -socializacin extrema del dolor individual- cose con una puntada atroz, a la vista de todos, la muerte y la poltica. El que se cuelga de una soga en su habitacin, tenga o no razones, est impugnando el cosmos; el que se prende fuego en un espacio pblico, con fundamento o no, est reclamando justicia. Ninguna ley puede condenar al gobierno por una muerte inferida con la propia mano, pero s debera haber una que pudiese condenarlo por prevaricacin, fraude electoral, denegacin de auxilio y violacin de la constitucin.

Muchas de las causas que llevaron a la revolucin tunecina se mantienen desgraciadamente vivas, pero sirva este paralelismo apenas forzado para iluminar la situacin en nuestro pas. Nuestras mareas de indignados denuncian una dictadura de los mercados; pero podramos decir tambin, sin perder la moderacin, que Espaa se ha convertido en otra dictadura rabe: paro, corrupcin, criminalizacin de las protestas, desprestigio de las instituciones del Estado, colapso de la democracia. Es lo mismo? No, no lo es. Ms all de la violencia mortal directa -que no hay que descartar si la marea no baja- encontramos al menos dos diferencias.

La segunda diferencia -empecemos por ella- est relacionada con la velocidad de la crisis y la composicin sociolgica de la poblacin. En Tnez, la dificultad para acceder a bienes de consumo y la lucha -cuando no la supervivencia- clandestina transformaron la sumisin, apenas estall la revuelta, en una inmediata aprehensin de los peligros y las oportunidades. En Espaa, el rapidsimo descenso al Tercer Mundo desde una posicin de consumo privilegiada y desde un Estado del bienestar relativamente bien asentado vuelve casi increble la crisis, impide interiorizar su carcter estructural y entorpece en parte la asuncin subjetiva de la necesidad de resistencia ciudadana.

En cuanto a la primera diferencia, tiene que ver con la composicin misma de las lites gobernantes. En Tnez el poder estaba concentrado en un dictador y en una familia y frente a ellas la chispa de la rebelin convoc enseguida una especie de unanimidad nacional de la que formaban parte tambin sectores empresariales y lites reprimidas. No es slo una cuestin de que en Tnez el poder estuviese ms localizado y menos legitimado (que tambin); se trata de que en Espaa la ciudadana est mucho ms sola. La dictadura de los mercados, en efecto, ha cooptado y corrompido al conjunto de las instituciones y ha implicado a casi todos los partidos y sindicatos, alimentando un desprestigio de la poltica que, adems de fecundar el terreno para las alternativas neo-populistas y neo-fascistas, dificulta la legitimacin social y la organizacin poltica de las protestas. Digamos la verdad: si la mayor parte de la poblacin apoya virtualmente las reivindicaciones, ninguna fuerza poltica organizada -salvo grupos muy pequeos o por razones tcticas muy interesadas- est dispuesta a acompaar a las mareas ciudadanas hasta el final. La marea puede evaporarse como una rambla fugaz si no choca y derriba los obstculos; y su fuerza misma depende de que encuentre canales para aumentar la presin y, llegado el caso, proponerse como alternativa de poder.

Como en Tnez en 2010, en Espaa el malestar es vago e intenso; y la demanda de democracia y dignidad vagas e intensas tambin. La derecha, consciente de los peligros, ha comprendido que la crisis econmica y poltica conduce sin remedio a la necesidad de un nuevo proceso constituyente y una segunda transicin. Ante el derrumbe del PSOE y el desgaste del PP, preparan los recambios e incluso aceleran de manera controlada el fin de rgimen para poder seguir sosteniendo las bridas en medio de la tormenta e inclinar el malestar ciudadano una vez ms a su favor. Y las izquierdas? Las izquierdas deberan comprender que, si ese malestar y esa demanda son potencialmente anticapitalistas, no son ellas las que estn en mejor posicin para gestionarlas; sus sensatsimos programas son inaudibles porque sus partidos y sus sindicatos, sus lderes y sus smbolos, han quedado tambin impugnados por la irrumpiente subjetividad de la crisis. Cuando los peligros son pequeos y las posibilidades de intervencin nulas, uno puede enorgullecerse de ser una minora y dedicarse a conservar los propios himnos y las propias banderas. Cuando los peligros son gigantescos y el margen de maniobra mucho mayor -porque hay gente en la calle o dispuesta a salir a la calle- no se puede renunciar a ser mayora, porque el ms pequeo parche, en estas condiciones, slo se puede poner desde el gobierno y porque, en estas condiciones, el ms pequeo parche tiene ya una dimensin revolucionaria.

Que esta vaga intensidad negativa conduzca a un nuevo proceso constituyente democrtico o a una segunda transicin hacia un capitalismo an ms duro depender en parte de la capacidad de la izquierda para volcar su programa en el molde de un programa comn; es decir, el de esa gente comn que ha tomado conciencia del fraude y aspira, como en Tnez, a una verdadera democracia basada en la dignidad, la libertad y la justicia social.

Santiago Alba Rico es escritor y filsofo.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/espana-y-otras-dictaduras-arabes/4025


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