Portada :: Opinin :: La Izquierda a debate
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-03-2013

La institucionalizacin de la resistencia

Bernardo Barato
Rebelin


Parece que los poderes institucionales y otros sectores de influencia meditica estn empezando a responder ante la actividad poltica espaola. Con actividad poltica espaola no me refiero a lo que sucede dentro de los lmites de las instituciones. Me refiero ms bien a lo que se organiza en la calle, lo que se discute en los lugares de trabajo y lo que se opina en la sobremesa y en las redes sociales opiniones matizadas y diversas que no pueden recogerse por completo en los medios de comunicacin o en las tribunas ms visibles.

En las ltimas semanas, los focos mediticos han magnificado dos gestos que representan en parte esta respuesta a la que me refiero: el de Beatriz Talegn y el de un par de actrices que intervinieron en la Gala de los Goya. Si algo tienen de particular estos dos gestos no es tanto el contenido que expresan. No en vano, la urgencia de una solucin respecto del problema de los desahucios resulta ya indiscutiblemente evidente. El trabajo de la PAH y la visiblizacin meditica y espectacularizada del sufrimiento (que acaba cada vez ms frecuentemente en suicidio) estn constribuyendo de manera efectiva a una creciente sensiblizacin general. Aunque an sin estos dos factores, la evidencia del problema resultaba ya patente: hay gente quedndose sin techo.

No obstante, si el problema constituye ya casi un lugar comn, qu tiene de especial que unos cuantos particulares se pronuncien al respecto? No es por tanto el contenido, sino precisamente el gesto y quienes lo personifican. Por un lado, una representante de un partido mayoritario, histricamente cmplice con el estado actual de cosas; por el otro, representates de un cierto establishment del mundo de la cultura, que goza de una acogida meditica implacable.

Quienes hacen gala del mayor de los optimismos, evaluados los costes de oportunidad de un momento como ste, reciben las palabras de Maribel Verd, Candela Pea o Beatriz Talegn como una buena noticia que podra traer efectos palpables a corto plazo. Entienden que tales reacciones, procedentes de una cierta oficialidad poltica y cultural, son el efecto de lo que se hace en la calle. Estiman que, si la presin social sigue en auge, es posible que se llegue a una solucin ante la cuestin de los deshaucios y ante otros tantos problemas.

Sin embargo, ste ejercicio de optimismo tiene que hacer frente a otras posiciones que han tenido tambin una cierta cuota meditica o que por lo menos se han hecho lo suficientemente visibles durante los ltimos das. Ante los optimistas surgen esas otras voces que echaron a Talegn de la manifestacin y que escuchan con desconfianza las palabras de Verd. Este rechazo no pertenece, como han querido algunos, a pequeos grupos radicales. No constituye tampoco un dato anecdtico. Antes bien, tal rechazo ha provocado un generoso debate que ha fragmentado a la opinin pblica. Este repudio de la institucionalizacin de la resistencia arroja una incgnita que est lejos de ser resuelta.

Los analistas y opinadores profesionales, ms o menos optimistas, han propuesto una serie de hiptesis que explicaran la disidencia, el rechazo parcial con el que se han encontrado estos gestos que institucionalizan la resistencia. El argumento ms empleado, aunque quizs de modo implcito, es el del resentimiento. Ciertamente, la reaccin tiene algo de esto cuando se desautoriza a Talegn con razones del tipo t, que vives a costa de un partido cmplice, t, que perteneces a una familia poltica; o cuando se le echa en cara a Verd t, que has hecho anuncios para planes hipotecarios, t, que inviertes capital en sanidad privada. Algunos opinadores optimistas han achatado estos ataques al calificar tal resentimiento como un resentimiento de clase.

Otra de las hiptesis que da cuenta del rechazo a la institucionalizacin de la resistencia apunta a la desconfianza histrica que inspiran tanto los partidos como el establishment cultural. El hecho de que tales personajes hayan estado incurriendo repetidamente en comportamientos contrarios a lo que a da de hoy dicen defender levanta suspicacias ms que razonables. Y es que todo parecera apuntar a que, de fondo, el camino que estn comenzando a tomar los poderes institucionales, oficiales, visibles, mediticos, contantes y sonantes es el camino de la capitalizacin de la legitimidad de la nueva protesta social. La protesta social potenciada, cuando no nacida, y articulada por todo lo que viene sucediendo desde de mayo de 2011.

No obstante, parece que ni las diversas crticas ni los argumentos ms o menos optimistas o conciliadores vertidos contra ellas, explican del todo por qu la gente en la calle, en los lugares de trabajo y en las sobremesas se resiste al surgimiento de nuevos lderes de opinin, de adalides mediticos de la resistencia. Tal rechazo no puede ser reducido a falacias ad hominem y a otros perjuicios cognitivos, como no puede ser reducido tampoco a un estado de excitacin pasional causado por un resentimiento de clase. A travs de tales reducciones, el debate encubre un aspecto crucial: la institucionalizacin de la resistencia tomada por s misma; el hecho de que el discurso de la calle, de los lugares de trabajo y de las sobremesas deje de ser patrimonio de tales contextos y dinmicas y sea expropiado, adaptado e instrumentalizado por los poderes, ya sean estos un partido poltico o la Academia de Cine. Por tanto, la pregunta hay que formularla ms bien en relacin al poder institucionalizado, a los grupos dominantes y visibles, a las lites. En la raz del problema, nos encontramos con una inquietud mayoritaria, que viene de lejos y es cada vez ms patente, relativa al propio funcionamiento de las lites y de los poderes institucionalizados.

Esta situacin abre quizs un nuevo episodio que tiene muchos e importantes precedentes, como puede ser toda la labor de IU por acercar sus bases a los movimientos sociales o la llegada de la CUP al parlamento de Catalua. Los diversos acercamientos entre los partidos y poderes institucionales y la actividad poltica popular, han sido hasta el momento pocos y poco visibles. An ms impertrritos se han mostrado los dos grandes partidos que, salvo por gestos aislados, no han mostrado signos de autocrtica ni mucho menos gestos de proximidad con la poltica que se est haciendo fuera de las instituciones. (Cabe recordar aquel vdeo viral de algunos militantes de base del PSOE, que se disculpaban para finalmente pedir confianza a los electores, en un tono anlogo al regio Lo siento mucho, no volver a ocurrir. Adelantaban quizs la estrategia electoral de su partido para un futuro cada vez ms cercano).

Resulta ms o menos previsible que los partidos polticos y otras lites continen por este camino. Es una cuestin de supervivencia. Si no encarnan la creciente legitimacin extra-institucional de la resistencia, estn condenados a perder el grueso de sus votantes. Hacer generalidades en este punto es cuanto menos obsceno, no obstante, cabe pensar que una gran parte de la ciudadana no espera ni est buscando la sustitucin de una lite por otra. No se trata de mantener la relacin y cambiar sus trminos. Se demandan nuevas formas de intervenir polticamente que no pasen por la bsqueda de nuevos liderazgos, sino que transformen el funcionamiento del poder a todos los niveles. En esta clave tendremos quizs que leer el futuro de la poltica institucional.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter