Más que comenzar a “construir con la gente una sociedad alternativa al capitalismo” –como escribió estos días Marta Harnecker–, lo que Chávez logró en 14 años fue romper el techo de cristal que en la Venezuela saudita impidió la participación política, económica y simbólica de gran parte de la población, buena parte de ella negros y mestizos como él mismo, a quien las elites solían llamar “mono negro”. Eso es más que clientelismo, como leen restrictivamente los antipopulistas.
Pero si el presidente venezolano tuvo un enorme éxito en crear una identidad política popular en torno a su liderazgo, el chavismo tuvo menos resultados a la hora de poner en pie un nuevo modelo socioeconómico. O lo que en Venezuela suele sintetizarse en la expresión del escritor Arturo Uslar Pietri: “Sembrar petróleo” (1936). Los sucesivos experimentos de propiedad cooperativa, comunal y otras formas “socialistas”, se toparon con numerosas dificultades que derivaron en nuevas experimentaciones. Más que crear una burguesía nacional, su modelo benefició a la burguesía brasileña. En parte, todo ello se enfrentó a una realidad sociológica: una sociedad rentista e hiperconsumista. Chávez mismo predicó contra el consumo de whisky escocés en enormes cantidades, operaciones de los senos como popularizados regalos de 15 para las niñas venezolanas, la nafta casi gratuita y otras costumbres “miamenses” con las que chocó el socialismo del siglo XXI. Y en el propio chavismo surgió la llamada burguesía bolivariana o boliburguesía. Tampoco los aliados tomaron tan apasionadamente sus ideas anticapitalistas. “Hugo, dejate de joder con el socialismo. Eso es cosa del pasado”, dicen que le dijo Néstor Kirchner en una oportunidad.
Chávez era un gigante animal político y una máquina de tomar iniciativas. En ese sentido, si él mismo se consideró la espada de Bolívar, Maduro será ahora la espada de Chávez, sostenido en la legitimidad de haber sido nombrado su sucesor por el propio comandante, pero lejos de ser el líder indiscutido y enfrentado a una compleja situación económica. Chávez le dejó una inmensa base de chavismo popular “rojo-rojito” –y activas estructuras de poder comunal–, que al parecer le permitirá ganar cómodo las elecciones y desde ahí tratar de construir su propio liderazgo.
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