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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-03-2013

De cmo la Guerra contra el Terror se convirti en el Reino Unido en una guerra contra las mujeres y los nios
Vidas fantasmales

Victoria Brittain
TomDispatch.com

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez


Hace bastante tiempo estuve cubriendo como periodista toda una serie de guerras, conflictos, guerras civiles e incluso genocidios en lugares como Vietnam, Angola, Eritrea, Ruanda y la Repblica Democrtica del Congo, mantenindome alejada de los informes oficiales y escuchando en cambio a la gente que se vea obligada a soportar la guerra. En los aos en que la administracin Bush lanz su Guerra Global contra el Terror, estuve haciendo lo mismo, pero sin moverme nunca de casa.

Durante la pasada dcada no me desplac hasta los distantes campos de refugiados en Pakistn o hasta los pueblos destruidos en Afganistn, ni he pasado tiempo en ciudades asediadas como Faluya, en Iraq, o Misrata, en Libia. Permanec en Gran Bretaa. Aqu, mi gobierno, en estrecha conjuncin con Washington, estaba emprendiendo su propia versin de lo que era esencialmente una guerra contra el Islam, se atreviera alguien a decirlo o no. De alguna manera, por una serie de casualidades, me encontr inmersa en esa guerra, junto a las familias a las que se haba convertido en el enemigo.

No tena planeado escribir sobre la guerra contra el terror, pero llevada por la curiosidad hacia unas vidas que la mayora de nosotros nunca vemos y por unas cuantas circunstancias favorables, descubr por casualidad un mundo de mujeres musulmanas en Londres, Manchester y Birmingham. Algunas de ellas eran britnicas, otras procedan de pases rabes y africanos, pero sus maridos o hijos haban acabado arrollados por la guerra de Washington. Algunos estaban en Guantnamo, otros se encontraban entre la docena de extranjeros musulmanes que no se conocan entre s y que se vieron con sorpresa encarcelados juntos en Gran Bretaa bajo sospechas de tener vnculos con al-Qaida. Posteriormente, algunas de esas familias pasaron a estar bajo arresto domiciliario.

Mientras tanto, fui llegando a conocer bien a las mujeres y nios que estaban viviendo casi en total aislamiento y con el estigma de supuestos vnculos con el terrorismo. Tenan pocos amigos y estaban separados del resto del mundo. A las que tenan un marido bajo arresto domiciliario no se les permitan visitas, que estaban vetadas por razones de seguridad, ni podan utilizar ordenadores, ni siquiera para que sus hijos pudieran hacer los deberes de casa. Haba otras mujeres que estaban solas y que tenan maridos o hijos que en algunos casos haban pasado una dcada o ms en la crcel, sin cargos, en el Reino Unido, y que ahora estaban luchando contra la deportacin o extradicin.

Poco a poco me fueron aceptando en sus aisladas vidas y me hablaron de sus nios, sus madres, sus infancias y rara vez, al principio, de la triste situacin de sus maridos, que pareca ser algo demasiado ntimo, demasiado injusto, demasiado aterrador, demasiado inabarcable para poder expresarlo en palabras.

En los primeros aos, tuve que subir por una empinada curva de aprendizaje, el hecho de pasar tiempo en hogares donde la fe era una realidad bsica, Al era constantemente invocado, el ingls era una segunda lengua y la privacidad y reticencia eran un hecho. La cultura de Facebook no haba llegado a la mayora de esas familias. Las reticencias se desvanecieron en los ltimos aos, especialmente cuando los nios no estaban presentes, o por la profunda desolacin que se produca tras el fracaso de una apelacin ante el tribunal para que levantara las restricciones sobre sus vidas, de una redada inesperada de la polica en sus hogares, de un intento de suicidio de sus maridos o de la aparicin de un nuevo informe sobre la tortura emanado desde los agujeros negros del gulag en expansin de Washington y, por supuesto, desde Guantnamo.

En esos aos, tambin me reun con algunos de sus maridos e hijos. El primero fue un britnico de Birmingham, Moazzam Begg. Haba pasado tres aos en la infame prisin en ultramar que Washington tiene en la Baha de Guantnamo, Cuba, slo para acabar liberado sin cargos. Cuando pudo volver a casa, me pidi a travs de su abogado que le ayudara a escribir sus memorias; fue el primero en salir de Guantnamo. Trabajamos largos meses en Enemy Combatant. Fue muy duro para l revivir los das y noches de pesadilla bajo vigilancia estadounidense en Kandahar y en la prisin de EEUU en la Base Area de Bagram, en Afganistn, y despus afrontar los aos de limbo en Cuba. Pero fue incluso mucho ms duro para l visitar a las mujeres cuyos maridos ausentes haba conocido en la prisin y quienes, a diferencia de l, seguan todava all.

Por qu torturaron a mi marido?

En los hogares que estuve visitando, siempre haba una gran pregunta no verbalizada: Fue torturado mi marido, fue torturado mi hijo? Era la nica pregunta que nadie se atreva a hacer a un superviviente de esa pesadilla, ni siquiera para poder tranquilizarse. Cuando trabajaba en su libro, dej deliberadamente para el final el captulo sobre sus experiencias en manos estadounidenses en la prisin de Bagram, porque senta lo difcil que era para ambos hablar de lo peor de las torturas que yo saba que haba sufrido.

A travs de Moazzam, conoc a otros hombres que haban acabado arrastrados por la caza del musulmn que se dio en Gran Bretaa tras el 11-S, refugiados que le buscaban como angloparlante y ciudadano britnico para que les ayudara a negociar en el hostil ambiente britnico de los aos posteriores al 11-S. Pronto empec tambin a visitar a algunas de sus mujeres.

Con el tiempo, me hall profundamente inmersa en un mundo de mujeres civiles contra las que se combata (en cierta forma) en mi propio pas, y as fue como me encontr en una sala de hospital cerrada con llave con un hombre dispuesto a dejarse morir de hambre a menos que le dieran documentos de refugiado para abandonar Gran Bretaa; con nios que gritaban de terror cuando oan un golpe en la puerta; con esposas que tenan que vivir con un marido transformado ms all de lo imaginable como consecuencia de su paso por esas prisiones.

Estaba hacia la mitad de mi trabajo con el libro sobre Moazzan, cuando Londres se vio golpeada por nuestro 11-S, el que llamamos 7-J. El 7 de julio de 2005, varios suicidas-bomba, en tres zonas del metro de Londres y en un autobs, mataron a 52 civiles e hirieron a ms de 700. Los cuatro suicidas eran todos jvenes britnicos de entre 18 y 30 aos, dos de ellos casados y con nios y uno tutor en una escuela primaria. En los comunicados de video que dejaron, se describan a s mismos como soldados cuyo objetivo era obligar al gobierno britnico a sacar sus tropas de Iraq y Afganistn. Tan slo tres semanas despus, hubo cuatro ataques coordinados con bombas en el sistema del metro de Londres (ninguna de ellas explot). Los cuatros responsables, residentes desde haca mucho tiempo en Gran Bretaa y originarios del Cuerno de frica, fueron capturados, juzgados y sentenciados a cadena perpetua. As pues, todo el pas estaba traumatizado en 2005, y eso inclua especialmente a las diversas corrientes de la comunidad musulmana en Gran Bretaa.

Los servicios de seguridad britnicos metieron velozmente la quinta marcha para regresar a la situacin post-11/S. Los mismos agentes del servicio de inteligencia MI5 que haban interrogado a Moazzam cuando estaba bajo vigilancia estadounidense, le convocaron de nuevo para que les contara quin pensaba l que podra estar tras los ataques. Sin embargo, los tres aos bajo vigilancia estadounidense y los cinco meses en casa ocupndose de su familia y de su libro no haban hecho de l una fuente creble de informacin sobre las corrientes de pensamiento en la comunidad musulmana britnica en esos momentos.

Al mismo tiempo, la docena de refugiados musulmanes extranjeros detenidos en las secuelas del 11-S, y retenidos sin juicio durante dos aos antes de ser liberados por orden de la Cmara de los Lores, volvieron a ser arrestados. En el verano de 2005, el gobierno se prepar para deportarles a los pases de los que haban huido originariamente como refugiados.

Por orden judicial, a todos ellos se les mantena en el anonimato y en los documentos legales se referan a ellos como el Sr. G, el Sr. U., etc. Esto trataba sin duda de salvaguardar su privacidad pero en cierto sentido tambin les condenaba. Les converta en alguien sin rostro, en alguien inhumano, y sus familias lo experimentaron precisamente de esa forma. Hasta le quitaron el nombre a mi marido, por qu?, me pregunt una de las esposas.

Las mujeres con las que me haba estado reuniendo en esos aos pertenecan en su mayora a ese pequeo grupo, as como los familiares de un puado de residentes britnicos rabes- que no haban vuelto inicialmente de Guantnamo con los nueve ciudadanos britnicos que los estadounidenses liberaron finalmente sin cargos en 2004 y 2005.

Quiz nadie en el pas estaba, al fin y al cabo, ms aterrorizado que ellos, gracias a las diversas tramas terroristas de nacionales britnicos que siguieron. Y tenan miedo con toda la razn. Las presiones sobre ellos eran abrumadoras. Algunos de ellos cedieron y se fueron voluntariamente a sus pases de origen porque no podan soportar ya el arresto domiciliario, aunque se arriesgaban a que les metieran en la crcel al llegar all; otros siguieron con aos de arresto domiciliario y apelaciones en los tribunales contra la deportacin, y as continan hasta este mismo da.

Entre los atentados que les perturbaron hubo uno en 2006 contra un vuelo trasatlntico, por el que un total de doce britnicos fueron a la crcel de por vida en 2009, y un intento en 2007 de volar un club nocturno en Londres y el Aeropuerto internacional de Glasgow, en el que muri uno de los suicidas-bomba y el segundo fue encarcelado por 32 aos. En la dcada posterior al 11-S, 237 personas fueron condenadas por delitos relativos al terrorismo en Gran Bretaa.

Aunque todo esto estaba pasando, quedaba lejos del mundo de mujeres refugiadas que yo haba llegado a conocer, quienes, respecto al resto del mundo, estaban sobre todo preocupadas por las guerras en Iraq y Afganistn que, junto con los sucesos en Palestina, llenaban sus pantallas de televisin conectadas slo a cadenas rabes.

Esas mujeres intentaban no mortificarse mucho con sus propias pesadillas privadas, pero para cualquiera que estuviera en su compaa, no caba duda acerca de las mismas: una esposa a la que se impeda llevar a su beb al hospital para visitar a su marido en huelga de hambre y conseguir que comiera antes de que muriera de inanicin; otra, con varios nios pequeos, que regresaba de una visita a la prisin, a pesar de un largo viaje, porque a su marido le estaban castigando ese da; nios cuyos juguetes se haba llevado la polica en una redada y nunca se los haban devuelto; visitas a medianoche de una compaa privada de seguridad para controlar a un hombre que ya estaba electrnicamente vigilado.

Esa era la textura de una guerra oculta de acoso continuo contra una poblacin en gran medida indefensa. As era cmo a algunas de las personas ms vulnerables de la sociedad britnica que a menudo eran ya refugiados traumatizados y supervivientes de torturas- se les convertan en chivos expiatorios permanentes de nuestros temores post-11/S y post-7/J.

Tan poderoso es hoy en da el estima de terrorismo que, en nombre de nuestra seguridad, ya sea en Gran Bretaa o en Estados Unidos, casi todo vale, y cada vez menos personas se cuestionan acerca de los que podra realmente ser ese todo vale. Aqu, en Londres, han fracasado los repetidos intentos de conseguir que influyentes personalidades polticas o religiosas visiten simplemente a una de esas familias oficialmente encerradas y vean por ellos mismos cmo transcurren esas vidas. En el actual clima poltico, tal visita personal de investigacin acabara siendo cualquier cosa menos una prioridad para esa gente.

Un sistema jurdico de pruebas secretas, arrestos domiciliarios y sanciones financieras

Contra esta poblacin cautiva, en esa atmsfera del todo vale, se han probado todo tipo de perversiones experimentales del sistema jurdico. Como consecuencia, el sistema judicial britnico post-11/S contiene muchos rasgos que deberan espantarnos a todos, pero que son completamente desconocidos para la inmensa mayora de la gente en el Reino Unido.

Entre los elementos que resultan ms graves para las familias con las que me he relacionado, se incluyen el uso de pruebas secretas en casos que implican deportacin, las condiciones de la libertad bajo fianza y el encarcelamiento sin juicio. Adems, la mayora de sus casos se han abordado en un tribunal especial conocido como Comisin Especial de Apelaciones de Inmigracin o SIAC (siglas en ingls), ubicado en un conjunto de salas en un stano annimo del centro de Londres.

Uno de los rasgos innovadores del SIAC es la utilizacin de abogados especiales, abogados de alto nivel que tienen autorizacin especial de seguridad para ver pruebas secretas en nombre de sus clientes, pero sin que se les permita revelarlas o discutirlas, incluso con el cliente o el propio abogado de se. La dimisin, por cuestin de principios, de un abogado muy respetado, Ian Macdonald, como abogado especial en noviembre de 2004, expuso este proceso al pblico por vez primera, aunque casi nadie demostr mayor inters.

Y las pocas voces que se dejaron or no lograron remover sentimientos de rechazo a ese sistema oculto, ni los medios de comunicacin se hicieron mucho eco del mismo. Ni se dio tampoco mucha audiencia a los informes de un equipo de importantes psiquiatras acerca del devastador impacto psicolgico sobre los hombres y sus familias de una detencin indefinida sin juicio, y de un sistema de arresto domiciliario enmarcado por rdenes de control que permiten que el gobierno imponga restricciones de casi todo tipo sobre las vidas de quienes se le antoje.

Y hubo un aspecto an menos percibido del sistema legal antiterrorista implantado tras el 11-S, que fueron las sanciones financieras que podran congelar los activos de las personas sealadas. Ordenado primero por las Naciones Unidas, el rgimen de sanciones financieras se consolid aqu mediante una lista de personas sealadas de la Unin Europea. Los escasos abogados que se especializaron en esta rea fueron muy mordaces respecto a las draconianas medidas impuestas y la absoluta falta de transparencia en lo referente a qu gobiernos haban puesto qu nombres en qu lista.

El efecto sobre las familias que aparecan en las listas fue terrible. Matrimonios que se deshacan a causa del estrs. A los hombres de la lista se les impeda trabajar y slo se les conceda 10 libras esterlinas a la semana para gastos personales. Sus esposas que a menudo procedan de culturas conservadores donde toda la relacin con el mundo exterior se dejaba en manos de los maridos- se convirtieron de repente en el rostro de las familias ante el mundo, responsables de todo, desde la compra a la contabilidad mensual para el Home Office del gobierno por cada producto que la familia compraba, hasta un bote de leche o un lpiz para un nio. Fue humillante para los hombres, que perdieron su papel en la familia de la noche a la maana, y agotador y frustrante para las mujeres, mientras que en algunos casos el resto de sus familias les rehuan debido a la mancha de presunto terrorista. Casi nadie, excepto abogados especializados, saba que ese tipo de sanciones financieras existan en Gran Bretaa.

En el Tribunal Supremo del pas, el primer desafo judicial al rgimen de sanciones financieras se produjo en 2008 a travs de cinco musulmanes britnicos conocidos tan slo como G, K, A, M y Q. En respuesta, el juez Andrew Collins declar que encontraba totalmente inaceptable que, por coger un ejemplo especialmente absurdo, un hombre tuviera que conseguir permiso para poder recibir asesoramiento sobre las sanciones del mismo rgano que se las impona. El hombre en cuestin haba esperado tres meses un permiso para que se le concedieran fondos para gastos bsicos para pagar los alimentos y el alquiler, y seis meses para un permiso a fin de conseguir asesoramiento legal sobre la situacin en la que l mismo se encontraba.

En un caso relatado ante el comit judicial de la Cmara de los Lores, el juez Leonard Hoffman manifest su incredulidad ante la mezquindad y miseria de un rgimen que controlaba quin tena qu para comer. Ms recientemente, el Tribunal Supremo del Reino Unido hizo suyas las observaciones del juez Lord Stephen Sedley, quien describi a los sometidos a ese rgimen como prisioneros del Estado.

Entre los abogados de alto nivel preocupados por ese mundo oculto de castigos estaba Ben Emmerson, Relator Especial de las Naciones Unidas para la Promocin y Proteccin de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales en la Lucha Contra el Terrorismo. Dedic uno de sus informes oficiales a la ONU al tema de las sanciones financieras. Sus recomendaciones incluyeron significativamente mayor transparencia de los gobiernos que ponen a personas en listas de ese tipo, la exclusin explcita de las pruebas obtenidas mediante torturas y la obligacin de los gobiernos de ofrecer razones cuando se niegan a eliminar a personas de la lista. Desde luego, nadie importante le prest ni la ms ligera atencin.

Contra la ideologa de los gobiernos obsesionados con el terrorismo a ambos lados del Atlntico y una cultura entumecida con los violentos cuentos antiterroristas como 24 y Zero Dark Thirty, esas complicadas iniciativas tcnicas en nombre de personas a las que se ha etiquetado de forma implcita, cuando no explcitamente, de terroristas, tienen pocas posibilidades de atraer la atencin.

Cada vez es peor

Casi hace una dcada, en la noche del estreno en Nueva York de Guantnamo: Honour Bound to Defend Freedom, la obra que Gillian Slovo y yo escribimos utilizando slo las palabras de los familiares de los prisioneros en esa crcel, de sus abogados, y del Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, un hombre mayor se acerc al padre de Moazzam Begg y a m. Se present como un ex asesor de poltica exterior del Presidente John Kennedy y nos dijo: Eso no habra podido ocurrir nunca en nuestra poca.

Cuando la Guerra contra el Terror era an relativamente nueva, era normal que las audiencias reaccionaran de forma similar horrorizadas ante una obra en la que los padres y hermanos describen su desconcierto por la forma en que su pariente haba desaparecido por el agujero negro legal de la Baha de Guantnamo. Desde entonces, nos hemos ido volviendo insensibles ante la destruccin de vidas, medios de sustento, futuros, infancias, sistemas legales y confianza a causa de la guerra sin fin contra el terror de Washington y Londres.

En todo ese tiempo, he visto cmo los nios crecan desde bebs a la adolescencia encerrados dentro de esta particular maquinaria blica. Lo que dicen hoy debera alarmarnos y hacernos salir de ese letargo. Por ejemplo, estas son las palabras de dos adolescentes, una chica y un chico, cuyos padres llevan encarcelados o bajo arresto domiciliario en Gran Bretaa diez aos y cuyas vidas, en todos esos aos, estuvieron plagadas de innumerables indignidades y humillaciones:

La gente suele pensar que nos hemos acostumbrado a que las cosas sean como son para nosotros, que no sentimos ya tanto las injusticias. Estn muy equivocados: fue penoso la primera vez, ms penoso la segunda, incluso mucho ms penoso la tercera. En realidad, cada vez es peor, si es que quieren creernos. No hay lmite para todo el dolor que puedes sentir.

El joven aadi esto:

No hay un da en que me sienta seguro. Puede que sean las autoridades, puede que sea la gente normal, alguien puede hacer algo malo hacia nosotros. Slo si es como ahora, cuando estamos todos juntos en casa puedo dejar de preocuparme por lo que podra ocurrirles a mi madre y mis hermanas, o incluso a m. En el metro, en clase en la universidad, la gente mira mi barba. Les veo mirndome y s que estn pensando cosas malas sobre m. Me gustara vivir como un chico normal al que nadie mira. Ya sabe, los otros chicos, algunos de mis amigos, cometen algunas faltillas, como conducir con el permiso caducado, todo el mundo hace algo as. Pero yo no puedo, nunca, nunca, correr ni el menor riesgo. Tengo que ser siempre prudente, siempre responsable por el bien de mi familia.

Esos muchachos han sido criados por mujeres que, contra todo pronstico, han preservado a menudo su dignidad y mantenido al menos un poco de alegra en las vidas de sus familias, y por eso, a pesar de haber sido despreciadas, de haber pasado desapercibidas, de haber tenido que vivir bajo llave, son una fuente de inspiracin para otros. No son vctimas a compadecer, son mujeres a las que nuestras sociedades deberan aceptar y sentirse orgullosas de ellas.

La respuesta del arzobispo sudafricano Desmond Tutu ante las recientes propuestas de Washington de establecer un tribunal secreto que supervise la determinacin de sospechosos de terrorismo para que los aviones no tripulados los asesinen y el poder ejecutivo en expansin para matar del Presidente Obama, sirve para todo el mundo ms all de Occidente. Ofrecen una perspectiva diferente sobre la guerra contra el terror que Washington y Gran Bretaa continan persiguiendo sin un final a la vista:

Acaso Estados Unidos y su pueblo pretenden realmente decirnos a los que vivimos en el resto del mundo que nuestras vidas no tienen el mismo valor que las suyas? Qu el Presidente Obama puede rubricar una decisin para asesinarnos sin preocuparse por control judicial alguno cuando el blanco no es un estadounidense? Es que acaso su Tribunal Supremo pretende realmente decirle a la humanidad que nosotros, como el esclavo Dred Scott en el siglo XIX, no somos tan humanos como los estadounidenses? No puedo creerlo. Sola decir del apartheid que deshumanizaba a sus criminales tanto como a sus vctimas, cuando no ms. Vuestra respuesta como sociedad ante Osama bin Laden y sus seguidores amenaza con resquebrajar vuestros estndares morales y vuestra humanidad.

Victoria Brittain, periodista y ex editora del Guardian , es autora o co-autora de dos obras de teatro y cuatro libros, incluido Enemy Combatant con Moazzam Begg. Acaba de ver la luz su ltimo libro Shadow Lives: The Forgotten Women of the War on Terror (Palgrave/Macmillan 2013).

Fuente:

http://www.tomdispatch.com/post/175657/tomgram%3A_victoria_brittain%2C_fighting_a_global_war_of_terror/#more





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