Portada :: Venezuela :: La muerte de Hugo Chvez
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-03-2013

Aproximaciones a la figura del caudillo y a la revolucin bolivariana
La convocatoria del mito

Ral Prada Alcoreza
Rebelin


De acuerdo a la etimologa, mito es el relato tradicional relativo a seres sobrenaturales, o a los antepasados o hroes de un pueblo. Mythos, del latn tardo, quiere decir cuento; y mthos, del griego antiguo, significa fbula[1]. Como se puede ver, la raz de la palabra mito nos lleva a la significacin del relato imaginario sobre los orgenes del cosmos o sobre los orgenes de los pueblos, tambin relato de la epopeya de los hroes primordiales. Paul Ricoeur entiende que se trata de una trama, de una narracin, que articula el principio, la mediacin y el desenlace de un texto, en la configuracin de una totalidad; es un modelo de concordancia. Emile Durkheim encuentra en el mito la estructura que sostiene valores y la cohesin social[2]. Para George Sorel el mito es como una intuicin social que convoca a la accin[3]. Claude Levi-Strauss estudia los mitos como estructuras de racionalizaciones que diferencian y encuentran analogas, que clasifican plantas y animales, que construyen calendarios, usando la fuerte narrativa de imgenes y figuras arquetpicas, las que sufren metamorfosis y cambios[4]. Para una de las corrientes hermenuticas, dedicadas al estudio e interpretacin de los mitos, el mito es la matriz de la cultura, de la narrativa, del imaginario, que es como la totalidad de sentidos de la que nunca salimos[5]. Como se puede ver, estamos ante una gama de interpretaciones del mito; empero, en todas ellas, el mito cobra relevancia; ya sea como relato primordial; ya sea como estructura cultural subyacente; ya sea como imaginario total, que es como decir que nacemos en lo imaginario, que nacemos en el mito; ya sea como intuicin convocativa a la accin. Nosotros usaremos la figura del mito en este ltimo sentido, empero, sin descartar los otros usos e interpretaciones del mito.

Por qu es importante analizar los acontecimientos desde esta perspectiva? Se acostumbra a analizar la experiencia poltica desde una perspectiva que llamaremos objetiva, tomando en cuenta la descripcin de los hechos, eventos, secuencias, contextos y coyunturas polticas; usando modelos analticos y teoras explicativas, que orientan el anlisis a dar cuenta causalidades, de estructuras subyacentes, de contradicciones dialcticas, de enfrentamientos de bloques. No desechamos la utilidad de estos anlisis; sin embargo, notamos que muchas veces se quedan sorprendidos y sobrepasados por el desborde de acontecimientos polticos inditos. Sobre todo estos anlisis se quedan un tanto atnitos ante la presencia de figuras polticas carismticas, que subjetivan los enfrentamientos polticos, las luchas sociales, sintetizando densamente el acontecer poltico en el dramatismo de sus personalidades.

La poltica, en tanto campo de prcticas y de acciones, y lo poltico, en tanto campo de distribucin de fuerzas, posiciones, dispositivos y agenciamientos, adems de instituciones, no son acontecimientos polticos que solamente pueden describirse y explicarse desde una exterioridad acadmica. La poltica es una experiencia fuertemente subjetiva; se vive la poltica pasionalmente, se figura la experiencia poltica en los imaginarios sociales. Determinados acontecimientos polticos, como las rebeliones, las movilizaciones, las revoluciones, despiertan entusiasmo; otros acontecimientos polticos, como la crisis, el desgaste y el deterioro de los referentes de las expectativas, incluyendo la inercia misma en la que cae la rutina poltica, desencantan. Estas experiencias no se hacen inteligibles si es que no se consideran la constitucin y des-constitucin de subjetividades, si es que no se comprende el espesor de la experiencia poltica. Claro que es indispensable estudiar las polticas pblicas, las prcticas, las relaciones y las estructuras en su manifestacin objetiva; empero esto no basta. Nos quedaramos en una descripcin que trata a la poltica como una exterioridad o en una explicacin abstracta, que no deja, en todo caso de ser pedante.

La figura del caudillo es indudablemente un acontecimiento poltico, es un lugar de condensacin de la experiencia poltica, una subjetivacin concentrada de de las tensiones y contradicciones polticas, a tal punto que todos sus actos, incluso los ms insignificantes, no solamente se convierten en actos pblicos, esto ya lo sabamos, sino se convierten en signos polticos. Adquieren significacin, connotacin, irradian en el mbito social, apropindose del sentido y de los significados de los fenmenos polticos no personalizados. El carisma es seductor y atrayente, se concierte en un ncleo gravitatorio, que captura los entornos, hacindolos circular alrededor. Lo que importa, en el anlisis de estos acontecimientos polticos, centrados en la emergencia carismtica, no es, obviamente, descartarlos o reducirlos, menospreciando el caudal emotivo y afectivo de las vivencias polticas, sino, al contrario, tomarlos en cuenta como fenmenos integrales, que logran develar el juego intenso de las fuerzas, sus composiciones y relaciones, sobre todo sus pliegues subjetivos. Los acontecimientos polticos, centrados en el carisma, deberan ser mas bien privilegiados en el anlisis.

Ahora bien, el mito no es algo que est en nuestras cabezas, tampoco es una estructura abstracta; el mito es producido y reproducido en la dinmica de las relaciones lingsticas, discursivas, imaginarias, afectivas, pasionales de la gente. Se figura, configura y refigura en la dinmica de estas relaciones. Son los sujetos sociales los que crean y recrean el mito, as tambin son los que terminan atrapados en sus redes. Creen que nacen en el mito, que se mueven en el interior de su esfera, y que lo que les ocurre se explica por la trama del mito. Entonces el mito tiene que ser entendido como una estructura imaginaria, construida y reconstruida en las dinmicas relacionales de los sujetos sociales. Hay pues como una economa poltica del mito, si nos excusan de hablar as; donde el mito pretende diferenciarse, separarse, autonomizarse, respecto a sus productores, a sus imaginadores, sobre quienes terminan actuando como una ideologa[6]. De lo que se trata es de efectuar una crtica de la economa poltica del mito, como de toda economa poltica, en el contexto de su generalizacin. Empero, esto no significa decir que el mito es un fantasma; al contrario, es una estructura y un mbito de relaciones dinmicas, que actan en el cuerpo, induciendo comportamientos y conductas. De lo que se trata es de comprender estas dinmicas relacionales que sintonizan subjetividades, la del caudillo y la del pueblo.

El mito del caudillo

El mito es una trama y un entramado; una trama pues es un tejido, una narrativa, una textura de hilos sensibles e imaginarios, hilos que se encuentran en los filamentos ms recnditos del cuerpo; un entramado pues en el mito tambin se entrelazan tramas. Quizs por eso, el mito se remonta al origen, explica el cosmos por este origen, pero tambin nuestra tragedia en el acontecer del mundo. El mito avizora entonces, descifrando en las convulsiones de esa matriz, el anuncio de nuestra emancipacin. El mito es poderoso pues es la captura de la totalidad por medio del inmediato e intenso procedimiento de la intuicin. Slo la esttica y el arte podran acercarse a una experiencia parecida. El mito remueve nuestras fibras, conmueve nuestro cuerpo, lo empuja al abismo de la nada, otorgndole la plenitud del sentido en su propia cada, en la experiencia de la cada, vivida como una resurreccin.

El mito cohesiona, sostiene la consistencia perdurable de la comunidad, al otorgarle una identidad descomunal, a la altura de los dioses o de las fuerzas creativas. El mito comunica en la iniciacin al hombre, a la mujer, al guerrero, a la tejedora, con las fuerzas inmanentes del devenir, devenir animal, devenir planta, devenir agua, devenir fuego. El mito es un torbellino pasional sublime, es una hermenutica sensible del acontecer. Si clasifica es porque todo se conecta, no se divide; no es pues una analtica, sino ms bien una sntesis; empero una sntesis en tanto experiencia de la metamorfosis o la metamorfosis hecha sntesis mutante.

El mito es memoria, pero, se trata de una memoria simblica, de una memoria alegrica, cuya narrativa figurativa concibe el tiempo, el transcurrir del tiempo, como una actualidad pura, un acontecimiento fabuloso que repite el eterno retorno del origen. Hay toda clase de mitos experimentados por los pueblos; mitos csmicos, pero tambin mitos histricos; mitos del origen del fuego, de la caza, de la agricultura, de la civilizacin, pero tambin mitos mesinicos. El padre y la madre, despus de muertos, se convierten en mitos; los padres y madres vivos son vistos como mitos vivientes. Los guerreros se convierten en hroes, los hroes condensan la historia en su epopeya. Los conductores de la guerra anticolonial son nombrados como libertadores; sus nombres y sus perfiles se convierten en la razn de ser las naciones liberadas. Los libertadores se institucionalizan, sus fantasmas acompaan los actos cvicos y adornan las paredes de las oficinas pblicas. De alguna manera sus fantasmas han sido domesticados. Sin embargo, pueden reaparecer cuando son convocados nuevamente en la actualizacin de antiguas luchas.

El mito que revive Hugo Chvez Fras es el del libertador Simn Bolvar. La tarea del libertador ha quedado inconclusa, no hay integracin, la constitucin de la Patria Grande no se ha realizado. Los pueblos liberados enfrentan ahora otra guerra anti-colonial o, si se quiere, la continuidad de la guerra de la independencia; se trata de la guerra contra la dominacin imperialista y el control hegemnico del capital. El golpe del oficial Hugo Chvez es contra la oligarqua entreguista de los recursos naturales, la partidocracias y la corrupcin de la clase poltica. Este gesto es un acto heroico, que convoca a la guerra a las clases populares, gesto que reclama su despertar ente la crisis y decadencia de la repblica. Aos despus, la victoria electoral de Hugo Chvez se explica tanto por la convocatoria del mito, as como por la crisis poltica de Venezuela. Las clases populares respondieron al gesto, a la irradiacin del gesto, al golpe de cabeza, efectuada por oficiales intrpidos y grupos de izquierda radicales. La figura del libertador se convirti en un proyecto: La Repblica Bolivariana de Venezuela. Este proyecto se plasma en la Constitucin, que da nacimiento a la quinta repblica, que ya no ansia una institucionalidad liberal, como en el caso del libertador, sino que busca una transformacin socialista. La Constitucin es integradora, es participativa, profundiza la democracia, la soberana adquiere connotaciones omnipresente, recupera los recursos naturales para los venezolanos, se plantea la redistribucin del ingreso y la inversin social, enfrentando de cara la estructura de las desigualdades, adems de proponerse la integracin Latinoamericana y del Caribe. Despus de promulgada la Constitucin, el gobierno, el partido, los intelectuales comprometidos, las organizaciones sociales, se dan la tarea de definir el nuevo proyecto socialista, nombrado como socialismo del siglo XXI. Las tareas de construccin socialista, las definiciones de este socialismo del siglo XXI aparecen en los planes de desarrollo. En la segunda victoria electoral de Chvez se define el carcter socialista de la revolucin bolivariana.

El mito ha removido el suelo y la geologa de la formacin histrica, social, econmica y poltica venezolana. Despus de Chvez Venezuela ya no ser la misma; es otra, bolivariana y socialista, tiene como tarea la integracin y la igualdad social. Se ha dado una sintona armoniosa y pasional entre el que encarna el mito y las multitudes, el pueblo, las clases populares. Esta sintona ha sido acompaada por la organizacin de movimientos sociales de magnitud, las comunidades, las misiones, la formacin masiva de lderes, la inversin social. El golpe militar reaccionario del 2002 se enfrent a un pueblo organizado, empoderado, convocado, consciente de la certidumbre de los tiempos de cambio y de su responsabilidad histrica. La gigantesca movilizacin popular derrot al golpe reaccionario de la oligarqua rentista. Esta victoria popular y el retorno al poder de Hugo Chvez le dio un impulso inmenso a los ritmos del proceso politico y social. El mito se convirti en el entraable sentido del proceso, en el intrprete de los acontecimientos, incluso en la significacin de la compleja bsqueda de un nuevo horizonte socialista.

No creo que la experiencia del proceso revolucionario bolivariano se pueda explicar por interpretaciones racionalistas que desprenden las tesis del partido de vanguardia, tampoco creo que cubra la complejidad del proceso explicaciones economicistas, del tipo contradiccin entre fuerzas productivas y relaciones de produccin, as mismo, son insuficientes tesis como las de la autonoma relativa de la superestructura. Del mismo modo, del otro lado, debemos descartar las tesis simplistas de los apologistas del culto de la personalidad, que convierten al caudillo en el protagonista absoluto de la historia. El caudillo, como veremos ms adelante, es una relacin entre el mito, la memoria intuitiva, y lo popular, relacin afectiva y pasional; relacin que emerge de una sintona entre el flujo figurativo del caudillo, sus discursos, sus acciones, sus gestos, que conforman una narrativa carismtica, y los imaginarios populares, las pasiones y expectativas populares, prcticas y habitus populares, que interpretan la narrativa carismtica como una convocatoria y una anunciacin. El secreto entonces se encuentra en la alteridad popular, que despierta ante el sonido y el simbolismo irradiante del mito.

Los apologistas del caudillo

En este texto no est en cuestin el caudillo; l vive su vida, de una manera propia o impropia, autntica o inautntica, lo hace apasionadamente y hasta dramticamente. l es, querindolo o no, el caudillo; ste imaginario patriarcal cristalizado en los huesos de los humanos desde pocas antiguas. El problema son los apologistas, quienes apuestan con todas sus fuerzas y sus argumentos al caudillo; el caudillo se convierte en sentido de sus vidas, en anhelo encarnecido. Lo invocan y convocan. Para los apologistas el caudillo se convierte una figura explicativa histrica, una figura que hace inteligible el conflicto social y el conflicto poltico. El caudillo es la razn de ser de los apologistas. A sus ojos el caudillo se convierte en la sntesis suprema histrica, poltica, social, cultural, psicolgica, de las masas, del pueblo. Le otorgan una materialidad vital omnipresente en los acontecimientos, de tal forma que lo convierten en el motor de todo, casi como Dios maquinizado, Deus machina. Para las tesis de los apologistas el caudillo es como el ncleo de un sistema de rbitas; somatizan, simbolizan, subjetivaban, al extremo la historia, que sta se resume a las compulsiones, pulsiones, afectos del caudillo.

En las tesis de los apologistas del caudillo han desaparecido las dinmicas sociales, las dinmicas polticas, las dinmicas econmicas, las dinmicas culturales, los ciclos del capitalismo, las contradicciones histrico-polticas. Todo se resume a una pica, a la epopeya colosal de un enfrentamiento entre el hroe supra-histrico, el caudillo, que es como el bien supremo, contra la monstruosidad de la maquina descomunal y despiadada de la opresin forastera. Los apologistas han construido un nuevo mito fabuloso, el mito de una guerra csmica entre el caudillo y el fantasma del imperio; otra vez, el bien absoluto en guerra contra el mal absoluto. No vamos a criticar el maniquesmo inscrito en esta suerte de teoremas mitolgicos, sino vamos a anotar lo que hacen desaparecer.

Con estas tesis sobre el caudillo heliocntrico desaparece la poltica. Ya no hay poltica sino religin, o un sustituto de la religin. Ha desaparecido la poltica como campo de fuerzas, como dinmicas moleculares de cohesin y descohesin, como concentracin, si se puede usar esta palabra, de enfrentamientos econmicos, sociales, culturales, territoriales; por lo tanto como diferencias, aunque tambin como contradicciones. Ha desaparecido la poltica como dinmica histrica especifica, en su contexto y singularidad. Ha sido convertida, como dijimos, en una epopeya, en una pica, en un mito. Si algo nos dej el marxismo es precisamente el anlisis de las relaciones; el capital como relacin, el Estado como relacin, la poltica como proceso de relaciones mutantes. Esta herencia es significativa, a pesar de que los marxistas partidarios hayan vuelto a convertir al marxismo en una religin, terminando de endiosar a los tericos de esta formacin enunciativa dialctica, sobre todo a los conductores de las revoluciones. Tal parece que la mitificacin y el maniquesmo forman parte de los recursos imaginarios ms a la mano, muy afines a la reproduccin de las estructuras de poder interpeladas. Pues bien, se trata de desplegar este anlisis relacional; se trata de analizar, de desmenuzar, los procesos polticos en la composicin de sus dinmicas moleculares, en los mbitos de relaciones en curso, en las coyunturas y contextos especficos, en las singularidades de sus contradicciones.

Desde esta perspectiva, desde el anlisis relacional, el caudillo aparece no como el ncleo, el centro, de un sistema de rbitas, sino tambin como una relacin. Relacin entre una conformacin popular y el mito que anida en su memoria, mito patriarcal, milenarista, ancestral, mesinico. Cuando se produce la sintona entre esta memoria y la presencia carismtica de un personaje pblico, cuyo accionar discursivo y prctico, deriva en interpelacin, entonces el mito retorna, se encarna, adquiere nombre, perfil propio, se actualiza en una figura. El caudillo es un invento del imaginario popular y el pueblo es el referente de caudillo, el interlocutor, el espacio de irradiacin discursiva y afectiva. No se crea que el caudillo haya buscado estos efectos; los caudillos son como las casualidades creativas; aparecen como meteoritos que atraviesan el cielo e impactan en las aguas estancadas de la rutina poltica de las clases dominantes. Los caudillos no se crean por programa, como proyectos planificados, ni por el deseo de polticos, sino aparecen como lo que son, como acontecimientos polticos. Son vanos los esfuerzos por sustituirlos cuando desaparecen. No hay otros. No porque son sustanciales, nicos, sino porque su acontecer, que responde a la sintona con las masas, a la relacin de lo popular con su mito, como memoria, se da, ocurre, en determinadas circunstancias y bajo determinadas condiciones de crisis. No porque alguien es parecido al caudillo, comparte su ideal, deviene de su etnia, va poder sustituirlo, tiene la posibilidad de ser un caudillo. Este supuesto es la base de la pretensin de muchos; empero se equivocan. No han comprendido el mbito relacional, la singularidad del momento del campo de fuerzas, que han dado lugar a ese acontecimiento poltico que llamamos caudillo.

Entonces de lo que se trata es de comprender las dinmicas, las relaciones, las contradicciones, la singularidad de la crisis, que ha hecho aparecer esa relacin de lo popular con su memoria. Ahora bien, esta relacin carismtica, expresa, de una determinada manera, las otras relaciones de sus contextos; las relaciones de poder, las relaciones econmicas, las relaciones sociales, las relaciones culturales. La explicacin no se encuentra en el caudillo, convertido en una figura que hace inteligible la realidad, como hace el discurso de los apologistas, sino en estos mbitos de relaciones, en el momento de sus contradicciones y diferencias, adems de sus conexiones y entrelazamientos. El caudillo es una figura ms, una relacin ms, en este mbito de relaciones; es una figura que debe ser tambin explicada, no es la explicacin misma.

El problema no es el caudillo, que vive su vida, como dijimos, sino los apologistas, quienes reinventan el mito sobre la base de la invencin del imaginario popular. Lo reinventan tericamente para sostener tesis picas. Al contrario de lo que creen, esta narrativa no enaltece, no enriquece, la figura del caudillo, sino la simplifica, la convierte en una figura estereotipada, algo as como ocurre con las caricaturas de los dibujos animados respecto a lo que representan, caractersticas abstractas y aisladas de valores; bueno, malo, o de sentimientos, orgullo, odio, egosmo, ambicin. Le quitan lo humano que tiene, sus dilemas, sus contrastes y contradicciones, sus debilidades y sus fortalezas, sus experiencias dramticas de cargar en su cuerpo una compulsa de fuerzas que lo excede. Un anlisis de estas figuras carismticas, ms apegadas a la descripcin que al mito, ayudara a comprender mejor las contradicciones en las que se embarcan y avizorar potencialidades emancipadoras de las multitudes, de lo popular, de las clases subalternas, que no dependan de la vida dramtica del caudillo.

Recorridos y desafos de la revolucin bolivariana

Vamos a intentar abordar una aproximacin al proceso revolucionario bolivariano de Venezuela. No es fcil, pues, a pesar de la informacin con la que se cuenta, no solamente de fuentes primarias y secundarias, sino de encuentros de anlisis, de debate y reflexin, falta una experiencia directa en el lugar de los acontecimientos[7]. Por eso considero que es un riesgo atreverme a desplegar una aproximacin al proceso bolivariano; sin embargo, dadas las circunstancias y el avance de la polmica en Bolivia, me siento obligado a decir algo, sobre todo despus del fallecimiento del lder y el smbolo de la revolucin bolivariana, Hugo Chvez Fras. Para tal efecto, cuento con textos de anlisis, adems de la colaboracin y las correcciones de mis amigos/amigas y compaeros/compaeras de lucha, Edgardo Lander, Vctor lvarez y Alexandra Martnez; los tres venezolanos y ciudadanos de la Patria Grande.

Dibujo del contexto en la historia reciente


Vctor lvarez escribe en La transicin al socialismo de la revolucin bolivariana[8] lo siguiente:

Hugo Chvez gan las elecciones de 1998 con la promesa de convocar una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una nueva Constitucin, refundar la Repblica y derrotar los flagelos de la pobreza, la desigualdad y la exclusin social. Aunque en las elecciones presidenciales de 1998 se escuchan algunos planteamientos en torno al nuevo socialismo y al socialismo del siglo XXI, el discurso electoral de Chvez se concentra en el Poder Constituyente. Las primeras ideas[9] de la Revolucin Bolivariana se encuentran en los documentos la Agenda Alternativa Bolivariana y Una Revolucin Democrtica. La propuesta de Hugo Chvez para transformar a Venezuela[10].

Los fundamentos de la revolucin bolivariana sern desarrollados en la Constitucin de la Repblica Bolivariana de Venezuela, aprobada en 1999, as como en los lineamientos del Plan de Desarrollo Nacional 2001-2007. En ese momento, la convocatoria al pueblo radicaba en impulsar la democracia participativa y protagnica[11].
Siguiendo el diagnstico Vctor lvarez anota:

A partir de la crisis e inestabilidad polticas que comienzan con el Golpe de Estado de 2002, se recrudecen con el paro patronal y el sabotaje petrolero de 2003 y terminan con el Referndum Revocatorio de 2004, el proceso se radicaliza y aparecen las primeras crticas directas al imperialismo y al capitalismo. Es en el Taller de Alto Nivel de Gobierno, realizado el 12 y 13 de noviembre de 2004 en Caracas, cuando se presenta el Nuevo Mapa Estratgico, en cuyo contenido se comienzan a perfilar cambios significativos en relacin con la orientacin de la Revolucin Bolivariana (Chvez, 2004). En esa oportunidad Chvez esboza una primera idea del socialismo que en las prximas elecciones presentara como opcin: () el tema del control social, es bsico para la nueva sociedad que tenemos que construir, porque siempre el socialismo ha tenido el problema de que el Estado maneja recursos, pero nunca la poblacin ha tenido el control de esos recursos [12].

El balance de Vctor lvarez contina:

En la Conferencia de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, a finales de 2004, y en el acto de instalacin de la IV Cumbre de la Deuda Social, el 25 de febrero del ao 2005, Chvez hizo un llamado ms explcito a inventar el socialismo del siglo XXI, sin que se llegar a avanzar ms all de estas referencias aisladas en el contenido de esos discursos. Lo cierto es que desde la aprobacin de la Constitucin de 1999, hasta la presentacin del Primer Plan Socialista de la Nacin en 2007, no se plantea formalmente la transformacin del capitalismo rentstico en una nueva sociedad socialista. El nfasis se pone en la recuperacin de los precios del petrleo y el control de la empresa estatal petrolera (PDVSA) en manos de la tecnocracia, con el fin de financiar la inversin social y reactivar la economa. En el primer perodo gubernamental de Chvez, la prioridad fue reducir los altos niveles de desempleo, pobreza y exclusin social[13].

La identificacin del momento de definicin es importante:

Pero es en las elecciones presidenciales de diciembre 2006 cuando surge el planteamiento de declarar el carcter socialista de la Revolucin Bolivariana. Luego de siete aos en el poder, Chvez plante abiertamente la orientacin socialista que en adelante le dara a su gobierno y, al calor de la campaa electoral como candidato a la reeleccin presidencial, el lder de la Revolucin Bolivariana plante claramente que quien vote por Chvez estar votando por el socialismo.

La demoledora consagracin electoral puede ser descifrada como un apabullante respaldo a la orientacin socialista del gobierno. La declaracin del carcter socialista de la revolucin Bolivariana se formaliz en el segundo perodo presidencial, cuando la Asamblea Nacional aprob con rango de Ley el Primer Plan Socialista de la Nacin 2007-2013. Es en este documento donde se destacan los lineamientos generales que guan la construccin del Socialismo del Siglo XXI: nueva tica socialista; suprema felicidad social; democracia protagnica revolucionaria y modelo productivo socialista. Tambin, en este documento se forjan los lineamientos generales de las polticas y estrategias que en adelante sern diseadas y ejecutadas para avanzar en la construccin del socialismo venezolano[14].

Vctor lvarez dice que:

La definicin de socialismo se desarrolla posteriormente y se encuentra plasmada en el pargrafo 14 del artculo 4 de la Ley de Comunas:

Socialismo: Es un modo de relaciones sociales de produccin centrado en la convivencia solidaria y la satisfaccin de necesidades materiales e intangibles de toda la sociedad, que tiene como base fundamental la recuperacin del valor del trabajo como productor de bienes y servicios para satisfacer las necesidades humanas y lograr la suprema felicidad social y el desarrollo humano integral. Para ello es necesario el desarrollo de la propiedad social sobre los factores y medios de produccin bsicos y estratgicos que permita que todas las familias y los ciudadanos y ciudadanas venezolanos/venezolanas posean, usen y disfruten de su patrimonio o propiedad individual o familiar, y ejerzan el pleno goce de sus derechos econmicos, sociales, polticos y culturales. Con la creacin del Sistema Econmico Comunal se plantea avanzar en la transformacin del capitalismo rentstico en un modelo productivo socialista, con base en nuevas formas de propiedad social en manos de los trabajadores directos y las comunidades organizadas[15].

Hugo Chvez, para su tercer mandato, como resultado de las elecciones presidenciales de octubre de 2012, expuso su propuesta Para la Gestin Bolivariana Socialista 2013-2019. Propuesta en la que se proyecta una nueva etapa para la Revolucin Bolivariana, caracterizada por el fin a las concesiones al sector capitalista, apoyndose en el nuevo marco legal y entorno institucional que se aprob a los largo del segundo mandato para diseo y ejecutar medidas realmente revolucionarias que permitan la creacin de nuevas formas de propiedad social que sean la base para la organizacin y empoderamiento de los productores directos y la comunidad organizada. En la exposicin de su Programa de Gobierno 2013-2019, Chvez plantea claramente lo siguiente:

No nos llamemos a engao: la formacin socioeconmica que todava prevalece en Venezuela es de carcter capitalista y rentista. Ciertamente, el socialismo apenas ha comenzado a implantar su propio dinamismo entre nosotros. Este es un programa precisamente para afianzarlo y profundizarlo; direccionado hacia una radical supresin de la lgica del capital que debe irse cumpliendo paso a paso, pero sin aminorar el ritmo de avance del socialismo[16].

El problema de estas tareas es la transicin, la forma como se lleva a cabo la transicin, cmo se conduce la misma, de qu manera se identifican las reas de transformacin, sus ritmos y sus diferencias. A propsito, Vctor lvarez anota lo siguiente:

Ahora bien, en el perodo de transicin de la economa capitalista a la economa socialista ser necesario delimitar los sectores econmicos que el Estado se reserva por razones estratgicas, tales como petrleo, gas, industrias bsicas, electricidad, telecomunicaciones, ferrocarriles, metros, puertos y aeropuertos, etc. Al mismo tiempo, ser necesario dejar claro en cules sectores se permitir y fomentar la inversin privada nacional y extranjera. Pero lo ms importante es identificar los sectores, ramas y productos, comenzando por la produccin de las materias primas, bienes intermedios y dems insumos que se requieren para fabricar los componentes de las canastas alimentaria y bsica, cuya produccin debe quedar bajo el control de los trabajadores directos, los consumidores y la comunidad. En palabras del propio Chvez: Debemos crear un nuevo modelo productivo, un nuevo modelo de relaciones de propiedad social, directa o indirecta, colectiva y comunal, fundamentados en proyectos eminentemente socialistas.[17]

La conclusin de esta parte inicial del balance plantea el problema de la transicin:

Pero estas definiciones no son precisamente las que han guiado a la Revolucin Bolivariana desde su origen. Los triunfos en las elecciones presidenciales de 1998, 2000 o 2006 no constituyen la toma del poder por un partido ntidamente proletario o campesino, con un programa de gobierno que responda a sus intereses de clase. Ms bien, fueron el triunfo de una coalicin de fuerzas polticas, sociales y econmicas en las que coexisten campesinos, obreros y empleados pblicos; profesionales y tcnicos de la clase media; pequeos, medianos y hasta grandes empresarios conformados por terratenientes, industriales, comerciantes y banqueros que, una vez ganadas las elecciones, comenzaron a pugnar por lograr mayores espacios de poder e instaurar o mantener su dominio a nivel nacional, estatal o municipal; pero que, en la medida que la Revolucin se fue radicalizando comenzaron a desmarcarse hasta declararse abiertamente de oposicin. En esa coalicin de fuerzas polticas favorables al gobierno que ha logrado la mayora en el parlamento venezolano, las organizaciones obreras, campesinas o sociales no han sido las fundamentales, ni las de mayor fuerza y autonoma como para imponer su programa o agenda por encima de la de otras organizaciones polticas, grupos econmicos u organizaciones de base. Por el contrario, las organizaciones obreras y campesinas y los movimientos sociales han sido apenas un apoyo complementario, nada imprescindibles para asegurar la toma del poder poltico por la va electoral. Esta realidad se expresa en el debate sobre los diferentes modelos para construir el socialismo venezolano. Se enfrentan las tesis que defienden el viejo dogma de la propiedad estatal sobre todos los medios de produccin, hasta las que justifican el apoyo pblico al capital privado, pasado por las propuestas de priorizar una nueva economa social y popular en manos de los trabajadores directos y de la comunidad organizada[18].

Es ilustrativo el balance que hace Vctor lvarez de parte del proceso de la revolucin bolivariana. Tomando nota y registrando nuestras impresiones, diremos que:
1. Al parecer la revolucin bolivariana aparece como proceso constituyente, como desborde del poder constituyente, como interpelacin al estado de cosas, a las estructuras de poder, a la desigualdad social, a la oligarqua parsita, a la economa extractivista y el Estado rentista.
2. Se gesta entonces una nueva Constitucin, ideando una nueva repblica, la quinta, cuya composicin y contenido responda a la ideologa bolivariana, basada en el pensamiento de Simn Bolvar, pensamiento actualizado al siglo XXI, transformando su horizonte liberal en un horizonte socialista.
3. La oligarqua y la burguesa rentista venezolana reaccionan ante el avance poltico popular con un golpe de Estado y boicot a la produccin del petrleo. Las tensiones y contradicciones sociales y polticas llegan a un punto mximo. El intento de restauracin de la oligarqua y la burguesa es desbaratado por la movilizacin popular en defensa del presidente Hugo Chvez y por el contragolpe de las Fuerzas Armadas.
4. A partir de esta victoria poltica y militar popular el proceso se radicaliza. Claramente se propone la transicin al socialismo. Se piensa en un socialismo de nuevo cuo, llamado socialismo del siglo XXI. Lo sugerente de este socialismo no est tanto en nombrarse como del siglo XXI, donde una mayora de comentaristas hacen hincapi, sino en las formulaciones concretas; en la propiedad social sobre los factores y medios de produccin bsicos y estratgicos que permita que todas las familias y los ciudadanos y ciudadanas venezolanos/venezolanas posean, usen y disfruten de su patrimonio o propiedad individual o familiar, y ejerzan el pleno goce de sus derechos econmicos, sociales, polticos y culturales. Tambin con la creacin del Sistema Econmico Comunal se plantea avanzar en la transformacin del capitalismo rentstico en un modelo productivo socialista, con base en nuevas formas de propiedad social en manos de los trabajadores directos y las comunidades organizadas.
5. En este transcurso y ante estas tareas aparecen las dificultades y obstculos de la transicin. Las alianzas polticas en el poder no son las ms adecuadas para esta transicin y la profundizacin del proceso. Los sectores que tienen mayor incidencia en el gobierno y en la institucionalidad estatal no son las clases sociales que pueden sostener la construccin del socialismo, el proletariado y los campesinos, tampoco los sectores ms populares de las urbes. Se da entonces como una limitacin de los alcances y una disminucin de los ritmos del proceso, a pesar de los beneficios obtenidos por la inversin social.
6. Hablando de los alcances cualitativos del proceso y de las transformaciones estructurales, se constata que no se ha salido de la economa extractivista y del Estado rentista, que todava est pendiente la conformacin del modelo productivo, orientado a la soberana alimentaria, basado en gran parte en la propiedad social y la organizacin comunitaria. Esta constatacin fue compartida por el mismo Hugo Chvez.

Devenir revolucionario

A estas alturas del partido, como dice el refrn popular, aludiendo a la experiencia vivida, en este caso experiencia de la humanidad, si podemos hablar as, no es conveniente insistir en la repeticin acrtica las formaciones enunciativas y discursivas que dieron lugar a las revoluciones del siglo XX. Mucho menos caer en la apologa de estas revoluciones y las que se estn dando a fines del siglo XX y principios del siglo XXI. De lo que se trata, indudablemente, es aprender de la experiencia. Replantearse los antiguos problemas heredados y avizorar la nueva problemtica. De nada nos sirve el fundamentalismo racionalista[19], menos el fundamentalismo investido de mstico; tampoco nos sirve la apologa y la defensa propagandstica, intil para abordar los problemas del presente. Estas composturas se convierten mas bien en obstculos para encarar los problemas y encontrar salidas; se trata ciertamente, en el mejor de los casos, de obstculos epistemolgicos, en el peor de los casos, de obstculos polticos, pues optan por el autoritarismo secante y formas verticales de centralizacin de la decisin poltica, pasando por obstculos que llamaremos ideolgicos, debido a las reiterada fetichizacin de los objetos de poder. Dejemos, entonces, todo esto a un lado. Encaremos los problemas y desafos desde perspectivas mviles y dinmicas, perspectivas crticas, que se esfuercen por encontrar las estructuras de los problemas, las resistencias de las estructuras de poder subyacentes, los anacronismos insertos en los procesos crticos y de transformacin.

De principio, no es ciertamente el fundamentalismo racionalista el que puede ayudarnos en este abordaje crtico e integral, pues el pecado de este fundamentalismo racionalista es que parte de un modelo ideal; todo lo que se separa de este modelo es objeto de crtica, es errado, es desviacin, distorsin, incluso traicin. El fundamentalismo racionalista ha reducido los mbitos de realidad al plano racional, haciendo gala, de una manera vulgar, de la tesis hegeliana de que todo lo real es racional y de que todo lo racional es real. Los distintos mbitos y planos, sedimentaciones, complejidades de la realidad, no pueden reducirse al plano racional, independiente de qu racionalidad estemos hablando, ni de qu paradigma y episteme se trate. La complejidad, que tomaremos como sinnimo de realidad, excede en mucho, desborda cuantitativa y cualitativamente, si podemos hablar as, a los esquemas de la racionalidad, por ms ricos y dinmicos que sean.

Para los casos que nos ocupan, las revoluciones del siglo XX y principios del siglo XXI, ya no es posible juzgarlas a partir de modelos preformados. Las revoluciones son lo que fueron y son lo que son. Responden a acontecimientos compuestos por multiplicidad de singularidades, procesos singulares, dinmicas moleculares, campos, correlaciones, diagramas de fuerzas, que devienen composiciones histricas, polticas, sociales, econmicas y culturales, tambin singulares. La pregunta, respecto a estos acontecimientos, no es por qu se desviaron del modelo?, sino cmo llegaron a ser lo que fueron y lo que son?, tambin qu dinmicas, qu estructuras, qu campos de relaciones, qu correlacin de fuerzas, derivaron en la resultante, en la formacin revolucionaria, con todas las aberraciones que pueda contener? Se pueden extender estas preguntas a otras ms especficas: por qu se impusieron y no fracasaron, como en otros muchos casos? Por qu perduraron en el tiempo que pudieron mantenerse? Por qu otras siguen perdurando, a pesar de los grandes obstculos y bloqueos? Por qu las llamadas revoluciones del siglo XXI adquieren un perfil ambiguo, abigarrado y cmo de bsqueda?

En relacin a la primera parte de estas preguntas mantendremos, en principio, una hiptesis de trabajo: Las revoluciones socialistas no podan ser sino lo que han sido, el modelo real, singular, en cada caso: no podan ser lo que deberan ser segn el modelo ideal. La correlacin de fuerzas, la composicin de las dinmicas moleculares y molares experimentadas, los alcances de la crisis del capitalismo, del Estado, del imperialismo, del colonialismo, los alcances de las propias organizaciones revolucionarias involucradas, derivaron en lo que lograron sus fuerzas. La hiptesis de la conspiracin no es aconsejable para explicar estos resultados, la hiptesis de la traicin no ayuda a comprender la complejidad de las dinmicas y de los procesos insertos en estos acontecimientos revolucionarios. Aunque hubiera habido mejores conductores, una mejor direccin, lo ms probable es que los resultados se hubieran aproximado a lo ocurrido, aunque posiblemente de una mejor manera, con una experiencia ms autntica. Lo mismo podemos decir de las revoluciones del siglo XXI, sobre todo de las que se proponen un horizonte plurinacional. Como por ejemplo, la revolucin indgena - es esta la que se experimenta en Bolivia -, es lo que puede ser de acuerdo a la correlacin y composicin de fuerzas, a pesar del grotesco enfrentamiento paradjico con las naciones y pueblos indgenas en el conflicto del TIPNIS y en los conflictos en tierras altas, sobre todo con el tema de la minera. En lo que respecta a Venezuela, la revolucin bolivariana, que se propone un socialismo del siglo XXI, que supere los lmites del socialismo real del siglo XX, tambin se ha topado con contradicciones y dilemas, aunque se nota el alcance mayor, ms extenso, del impacto social de la revolucin, sobre todo por el empoderamiento, la participacin popular y la formacin masiva de lderes, en las comunidades y misiones. Al respecto, la pregunta es: cmo estas revoluciones llegaron a ser lo que son? Tambin: Cules son las dinmicas moleculares y molares, los procesos singulares, las estructuras, los diagramas de poder, las limitaciones inherentes, que llevaron a las resultantes histrico-polticas que se experimentan?

Sabemos que esta hiptesis es cruda, no permite otras posibilidades, las deja en la virtualidad de la posibilidad, slo toma como real lo que definitivamente se ha realizado. Sin embargo, como hiptesis de trabajo nos ayuda a enfocar el anlisis de las formaciones revolucionarias concretas respecto a la composicin de sus dinmicas y procesos singulares, no en contraste con los modelos ideales.

En relacin al segundo grupos de preguntas, ms especficas, dejaremos que el anlisis de este ensayo pueda decir algo, tocando los problemas concretos con los que se enfrentan los procesos revolucionarios, adems de hurgar en las descripciones ms detalladas de algunos aspectos del proceso mismo.

Recogiendo, ahora, el balance que hace Vctor lvarez de la revolucin bolivariana, la primera hiptesis interpretativa que planteamos es: La formacin de la consciencia poltica, de la voluntad poltica, social y popular, transferida a la Constitucin, al desarrollo legislativo y a las transformaciones institucionales, aunque sean parciales, incluyendo la nacionalizacin del petrleo, el control de PDVSA, la redistribucin del ingreso, encarando en gran escala la inversin social, se desenvolvi ms rpidamente que las transformaciones estructurales del modelo extractivista y rentista de la economa, tambin de la poltica, por cuanto esto afecta al mismo perfil del Estado.

Una de las explicaciones, hipotticas por cierto, es que las estructuras del modelo extractivista y rentista y del modelo de Estado, burocrtico y subalterno, tienen una ms larga duracin; su ritmo de transformacin es ms lento y ms difcil. Las estructuras del modelo extractivista y rentista resisten los cambios, tambin las estructuras del modelo de Estado burocrtico y subalterno resisten a las reformas y transformaciones institucionales. Hay como hbitos cristalizados en las prcticas de los funcionarios, tambin, por esto mismos, habiutus internalizados en funcionarios y ciudadanos, subjetividades conservadoras reproducidas en el campo burocrtico, en el campo poltico, pero, tambin, en el campo escolar. As mismo se dice que, no es posible cambiar, de la noche a la maana, la divisin del trabajo internacional, la divisin del mercado internacional, asignada por la geopoltica del sistema-mundo capitalista. Qu estos cambios slo se pueden dar mundialmente. Esta tesis entra en contradiccin con la tesis de soberana, que al mismo tiempo se sostiene. Cmo puede haber soberana si se mantiene inclume la dependencia de las llamadas periferias a los centros del sistema-mundo capitalista? La soberana no puede ser solamente poltica y jurdica, tambin requiere ser econmica. Se descartan propuestas como las de conformar una economa endgena, aunque no lo hagan de manera directa, sino se diga que corresponde para una siguiente fase. Se dilata una efectiva transformacin productiva y a gran escala, experimentando proyectos locales y dispersos, fragmentados, no realizados de manera integral. No se hacen los esfuerzos de impacto extensivo de lograr la soberana alimentaria; estos proyectos tambin son locales y dispersos. El grueso de la estructura econmica sigue en la inercia reproductiva de la economa extractivista y rentista. Es qu es imposible, por de pronto, en el momento presente, lograr su modificacin y transformacin?

Vctor lvarez nos describe una caracterstica problemtica en lo que respecta a las alianzas polticas y al peso poltico de las alianzas. No son los sectores populares, el proletariado y el campesinado, los que tienen una participacin decisiva en el gobierno, sino los sectores empresariales que, en principio, se han acercado al gobierno e incorporado a sus polticas, aunque algunos de estos sectores hayan abandonado despus el gobierno y se hayan pasado a la oposicin, cuando el proceso se ha venido radicalizando. No es que slo las estructuras extractivistas y rentistas, las estructuras del Estado burocrtico, se resisten a cambiar, sino que el perfil de las alianzas polticas es todava conservadora en relacin a las tareas de transformacin de estas estructuras. Esto nos traslada directamente a los problemas de la herencia burocrtica, de los estilo de gubernamentalidad heredada, de gestin centralizada y administracin pesada. Nos encontramos todava lejos del ejercicio de una democracia participativa, de la gestin social y comunitaria. Es que estos ejercicios y prcticas son difciles de implementar? Se requiere ms tiempo? Se requiere formacin de la gente que se involucrara en la gestin participativa? Los conflictos puntuales entre comunidades y burocracia se han dado en relacin a los proyectos, a la ejecucin de proyectos, a la asignacin de recursos, al mismo control de los proyectos.

Tal parece que estas alianzas perdurables con las reminiscencias de las viejas lites, esta reincorporacin de los especialistas y tcnicos de las burocracias perecederas, terminan reforzando las resistencias, la inercia, la reproduccin, la sedimentacin geolgica, de la estructuras del modelo extractivista y rentista, as como las estructuras fosilizadas el Estado burocrtico. Estas formas de gobierno o, mas bien, estas composiciones inherentes a estas formas liberales heredadas, no condicen con la necesidad de trastrocar estas prcticas, estos habitus, estas relaciones burocrticas, esa pesada maquinaria administrativa; no condicen con la necesidad de inventar nuevas formas de gestin, formas dinmicas y participativas, formas donde la administracin de las ejecuciones sea una experiencia colectiva y de control social. La gestin burocrtica y liberal no condice con la autogestin, la cogestin, la gestin comunitaria y la gestin participativa. Por lo tanto, lo que ponen en mesa estas cuestiones de gestin, de dilemas de la gestin, que pueden ser resumidas al dilema de reproducir una gestin burocrtica heredada, especializada en la administracin de normas, o inventar una gestin dinmica movilizadora de colectivos y comunidades, las que se apoderen de la gestin, de la administracin, de la ejecucin, as como de la correccin y retroalimentacin, de una manera social, como aprendizaje social, como dinmica social, que compromete al conjunto con la obra, sin delegar la responsabilidad y el control a los especialistas. No se trata de descartar a los especialistas y tcnicos; la diferencia radica en que stos no son los encargados de dirigir, de hacer, de ejecutar, de informar, sino son dispositivos requeridos bajo el control y la participacin social.

Desde esta perspectiva, no es que las estructuras del modelo extractivista y rentista, del Estado burocrtico, tengan ms larga duracin, en tanto que la formacin de la consciencia interpeladora, la formacin de la consciencia histrica, situada en el momento crtico y de emergencia popular, es ms bien de corta y de mediana duracin, sino que las estructuras del modelo extractivista y rentista, del modelo de Estado burocrtico, se reproducen precisamente por la concomitancia de estas alianzas conservadoras, de estas conservaciones del trajn del viejo aparato de Estado, de estas prcticas y habitus del campo burocrtico. Por lo tanto, el conflicto ya no se sita slo en el enfrentamiento de clase, en el enfrentamiento poltico con el bloque de la derecha, sino en los espacios de los engranajes del Estado. Este enfrentamiento es crucial, pues se trata de modificar el contenido, la composicin y la ingeniera de los engranajes institucionales, en el caso que se requiera una intervencin de desplazamiento ms dilatada, o se trata de trastrocar los mismos mecanismos, la arquitectura, la estructura, la ingeniera misma del mapa institucional. El destino del proceso revolucionario se traslada a estos escenarios. Es intil responder a estos desafos con propaganda y apologas; esto slo sirve para convencer a los convencidos y a los no completamente convencidos de los avances efectuados, empero no inciden en lo mnimo en los avances que hay que efectuar.

Los que desdean estas tareas urgentes, los que incluso consideran peligroso cualquier observacin al respecto, cualquier crtica, develan que se han colocado en la posicin conservadora de mantener la inercia del Estado, de contentarse con lo logrado, aunque ste sea slo el principio de una agenda de transformaciones imprescindibles. No se puede confundir el anlisis de una coyuntura del proceso con otro, de una fase del proceso con otra; esto equivale a considerar que los problemas siguen siendo los mismos, que el cuadro no ha cambiado, que la lucha con el bloque de la derecha es la misma que antes. Esto equivale a situarse en la trama de una narrativa estereotipada donde se ungen como hroes incontestables, caballeros de triste figura, entrabados en una batalla interminable contra los monstruos del mal. No ven su propia quimera, no ven que las herencias conservadoras se encuentran en ellos mismos, que el combate entonces es tambin contra esta quimera, que acompaa los habitus y prcticas burocrticas.

Este es quizs el tema ms importante de la experiencia de los procesos revolucionarios, aqu se encuentra la raz de su propia crisis, cuando se topan con las resistencias estructurales de las formas institucionalizadas del Estado que se quiere demoler. En estas situaciones, aparece una tendencia pragmtica de sentido comn, que considera que hay que defender lo avanzado, defender la colina tomada, no arriesgarse en pasos audaces, no tomar todava otras colinas, utilizar los instrumentos estatales para transformar, aunque estos instrumentos formen parte de la caja de herramientas del viejo Estado. No ven que estos instrumentos, cuando funcionan, reproducen el viejo Estado, no construyen el nuevo. La tendencia de seguir transformando, que se basa en la tesis que la mejor defensa es transformar, es ms bien minoritaria, sujeta a sospecha, acusada de que termina favoreciendo a la conspiracin de la derecha. La tendencia pragmtica mayoritaria termina imprimiendo su sello al curso del proceso, termina reforzando una posicin ambigua a mitad del camino, a mitad del puente. Las polticas pblicas terminan siendo una mezcla entre lo nuevo y lo antiguo, los espacios institucionales son espacios de tensin entre la administracin normada y las innovaciones incorporadas. Los esfuerzos ya no se los dedica a las transformaciones institucionales, sino a la propaganda, a la publicidad, a la lucha ideolgica.

A mediano y largo plazo, estas ambigedades deterioran, confunden, merman y carcomen las fuerzas de la transformacin, que detenidas en una inmovilidad expectante o distradas en campaas electorales, terminan relegando la oportunidad de transformaciones institucionales para otro momento, de un futuro incierto. No se puede pues soslayar, en el anlisis de coyuntura, la caracterizacin de las contradicciones en el momento, el cuadro cambiante de las contradicciones de las fases del proceso. Los que se quedan con una fotografa anterior se quedaron con la imagen de un corte anterior, rumiando el recuerdo de ese presente anterior, sin lograr experimentar plenamente el presente efectivo que se vive.

La base social de la revolucin bolivariana


Alexandra Martnez caracteriza la procedencia de los migrantes rurales a las urbes de Venezuela, en Horizontes de transformacin del movimiento urbano popular[20], de la siguiente manera:

Venezuela, como pas dependiente de la renta petrolera, vivi en el siglo pasado un gran xodo campesino que recompuso la distribucin de su poblacin, actualmente urbana en 90%. Los pobladores que llegaron a las ciudades, se ubicaron en asentamientos improvisados, no planificados, en los alrededores de la zona plana de la ciudad, en las montaas que la bordean (las periferias en las zonas geogrficamente mas riesgosas, menos estables y menos accesibles). El xodo masivo del campo a la ciudad ocurri en el marco del auge, construccin y hegemonizacin del imaginario desarrollista, en el cual la renta petrolera y las promesas de la redistribucin del ingreso construyeron un discurso de bonanza, riqueza y progreso; de definitiva entrada a la modernidad[21].

Le sigue un dibujo genealgico de la relacin entre estos pobladores migrantes y la gnesis de la ciudad misma:

En estos mrgenes de las ciudades se conformaron las amplias zonas populares. All, los habitantes comenzaron a construir algo ms que viviendas o ranchos; comenzaron a construir ciudad. Por un lado, levantaban la ciudad moderna, en calidad de mano de obra; esa ciudad de la riqueza proveniente de la renta petrolera. Pero, por otro lado, montaban la ciudad informal, la ciudad otra, la que hasta hace algunos aos no apareca en los mapas, la de los mrgenes; la ciudad de la exclusin, pero tambin la ciudad cantera para posibles transformaciones[22].

Se conformaron las Asambleas Barriales de Caracas como organizaciones sociales de defensa popular frente a las polticas neoliberales que se venan implementando. Estas formas de organizacin participativas, auto-gestionaras y deliberativas desplazaron las formas de ejercicio de la poltica, cambiando radicalmente el perfil de la intervencin social. Alexandra Martnez nos dice que estos cambios se manifiestan en el caracazo:

El 27 de febrero de 1989, ocurre el caracazo; un levantamiento popular sin direccionamiento politico clsico de ninguna organizacin, que cuestiono profundamente los cimientos de lo que se supona era el modelo de democracia liberal latinoamericano, en el que se promulgaba la coexistencia, complementariedad y cooperacin entre las clases sociales, como mito pacificador y encubridor de las profundas desigualdades existentes. Fueron los pobladores y pobladoras urbanas quienes protagonizaron esta revuelta[23].

El caracazo es quizs el antecedente ms importante de la historia reciente, de la historia de la revolucin bolivariana. Aqu se gesta la base social de la revolucin bolivariana, esta experiencia de la revuelta popular es constructiva de la nueva subjetividad popular. Una subjetividad que deja de ser subalterna y tiende a forjar su propia autonoma. Desde esta perspectiva, no se puede decir, como se acostumbra, que los movimientos sociales en Venezuela fueron formados desde arriba, desde el Estado, como si fueran promovidos estatalmente. Esto no es cierto; en esta tesis hay como un intento de sobrevalorar el papel del gobierno popular, el papel del presidente bolivariano. Los movimientos populares no pueden formarse desde arriba, nacen del propio enfrentamiento con las estructuras de dominacin, con los aparatos burocrticos que subordinan y marginan a los estratos sociales populares. Nacen en la consecucin de sus demandas por mejorar sus condiciones de vida, demandas de vivienda, de tierra, de servicios, de educacin, de salud, de trabajo, de medio ambiente sano. Los movimientos populares nacen en la experiencia de las luchas concretas, de luchas por derechos especficos democrticos y humanos. Lo que ocurri es que estos movimientos populares se encontraron en el camino con la interpelacin carismtica, con la convocatoria del mito, producindose la sintona explosiva entre lo popular y la interpelacin carismtica. Se puede decir que el movimiento bolivariano es como la sntesis de estos dos desplazamientos, la constitucin del movimiento popular y la emergencia de la figura y el discurso carismtico? Depende que queramos decir con sntesis; preferimos hablar de conexin, de sintona, de articulacin, de relacin dinmica y complementaria.

Estos movimientos populares urbanos son territoriales, se forjan en los barrios. Alexandra Martnez da una descripcin de estas territorialidades urbanas organizativas:

Los barrios se han conformado en el contexto de procesos de ocupacin, cuya caracterstica fundamental es la autoconstruccin progresiva a partir de ocupaciones de terreno que no pertenecen, de derecho, a sus pobladores. Estos asentamientos urbanos populares han sido la respuesta desde la gente; la solucin habitacional, al margen del financiamiento de planes pblicos y privados[24].

Los barrios se conforman tanto en la lucha por la inclusin social como en la lucha por la identidad, por el reconocimiento de una cultura urbana popular:

En gran medida, desde los barrios, las luchas por la democratizacin de la ciudad surgen con fuerza, en un doble movimiento. Por un lado, exigen el acceso a la ciudad: a la tenencia de la tierra, al acceso a la vivienda, a los servicios bsicos (luz, agua, transporte). Son luchas por la inclusin (en algunos casos, en trminos de acceso a la redistribucin de la renta, para tener la posibilidad de tener un nivel de consumo que nunca han experimentado). Por otro lado, las luchas apuntan al reconocimiento y la identidad: el reconocimiento del barrio como espacio territorial, generado desde sus pobladores y pobladoras, con construcciones culturales, saberes, formas de organizacin, de resistencia y de vida. Es la pelea por la existencia de un modo de vida distinto al impuesto por el imaginario desarrollista, capitalista y neoliberal[25].

Una combinacin de lucha contra las desigualdades, por lo tanto lucha por la igualdad social, lucha democrtica por excelencia, y lucha por la identidad, la cultura propia, por lo tanto, lucha por un proyecto civilizatorio alternativo a la modernidad y al desarrollismo. La identificacin, que hace Alexandra Martnez, de estas tendencias y composiciones en el movimiento popular urbano, nos ayuda a comprender mejor las dinmicas sociales que sostienen a la revolucin bolivariana. Podramos decir que sera prcticamente imposible un acontecimiento poltico como el de Hugo Chvez sin la experiencia y la emergencia de movimientos sociales que interpelan el orden institucional existente, particularmente estos movimientos urbanos que jugaron y juegan un papel primordial en la defensa y la continuidad del proceso. Se trata de movimientos que tienen un carcter ms de base, tiene que ver con la organizacin territorial de los barrios. Por lo tanto tambin se trata de una gestin territorial, de una gestin comunitaria, de la generacin de formas de participacin y control social. De acuerdo a las formulaciones especficas del socialismo del siglo XXI, de ndole ms bien prctica que terica, en esta experiencia de base territorial se encuentra el sostenimiento de un nuevo proyecto socialista, basado en la propiedad social y en la propiedad comunitaria. Las posibilidades de este socialismo del siglo XXI no estn pues en la retrica oficial y de los apologistas, quienes, a pesar de sus esfuerzos, no terminan de explicar cul es la diferencia entre el socialismo real del siglo XX y el socialismo del siglo XXI, sino en la construccin colectiva de la igualdad social y la identidad cultural, construccin que se hace efectiva cuando la participacin, la formacin, la propiedad social y comunitaria, el control social son los ejes cardinales de esta edificacin.

Relacin con el Estado: posibilidades y tensiones

El problema en esta transicin es entonces la relacin con el Estado. Alexandra Martnez nos dice a propsito:

Teniendo como marco el proceso poltico venezolano, la relacin con la institucionalidad forma parte del campo de tensiones en el que se desarrolla la organizacin urbana y la apuesta por la construccin de otra ciudad; pero, al mismo tiempo, constituye una disputa permanente a la gestin nica estatal. Por una parte, es innegable que distintas polticas y propuestas organizativas promovidas desde el gobierno, han generado y permitido amplios espacios de movilizacin y participacin, antes inexistentes. No obstante, estas mismas propuestas pueden llegar a institucionalizar y burocratizar la expresin popular. En la experiencia del movimiento de pobladores, el desafo ha sido pasar de la organizacin promovida desde el Estado a la construccin de movimiento social, con espacios de autonoma, de construccin y orientacin colectiva y propia, donde la relacin con el Estado sea desde el dialogo entre sujetos polticos. Por ello, para las organizaciones urbanas las ideas de autogestin, cogestin y cogobierno pasan a ser apuestas fundamentales para pensar cualquier transformacin[26].

Este es el lugar problemtico de las transformaciones en las transiciones, el lugar o la zona de los relacionamientos con la institucionalidad. Los movimientos sociales se enfrentan a estructuras normadas y administradas de acuerdo a las lgicas de gestin establecida. Estas estructuras no soportan otras formas de gestin, sobre todo aquellas que requieren una amplia democratizacin de las decisiones, la participacin y deliberacin colectiva, la agilizacin no burocrtica de las asignaciones y los recursos. La centralizacin de las rdenes y la relacin vertical del manejo administrativo choca con la descentralizacin y horizontalidad de voluntad colectiva, con la deliberacin asamblesta, la gestin comunitaria y el control social. Hay pues una clara necesidad de transformaciones institucionales, de construir otro mapa institucional, adecuado a las dinmicas sociales moleculares autogestionarias. En esta zona de tensiones y contradicciones micro-polticas se encuentra el secreto de la transformacin, de la continuidad y profundizacin del proceso. Si no se llega a cambiar la maquinaria institucional se detiene la iniciativa y creatividad popular, delegando la iniciativa a las burocracias. Es el momento, el punto de inflexin, donde se estataliza el proceso revolucionario, reproducindose un mapa institucional parecido al anterior, slo que con ms inclusin social. Cuando de lo que se trataba es de las transformaciones institucionales, de la emancipacin y liberacin social, de la emergencia de la sociedad alternativa, integrando en sus dinmicas sociales formas polticas democrticas y participativas. Evitando la autonomizacin de lo poltico y la consecuente subordinacin de la sociedad al Estado.

Alexandra Martnez identifica tres ejes del activismo y gestin de lo urbano-popular:

Tres son las lneas claves para impulsar las polticas populares en materia urbana:

Lucha contra el latifundio urbano y la especulacin inmobiliaria. Democratizacin de la ciudad.

Transformacin de barrios y ciudad: poder popular, justicia territorial y reivindicacin del hbitat popular.

Produccin popular del hbitat: produccin socialista de la ciudad[27].

Conclusiones

Hugo Chvez forma parte de Amrica Latina y el Caribe, del espacio-tiempo del quinto continente, del espesor histrico-poltico del continente de los mestizajes barrocos y de la ancestral identidad indgena. Nuestra historia abigarrada, exuberante y heterognea, historia que se condensa en el dramtico recorrido de nuestros hroes y heronas, mayormente incomprendidos, empero intrpidos y temidos, incluso en su tiempo, que es otro, diferente al nuestro, desde donde los rememoramos. El caudillo que nos ha abandonado y, a la vez, se ha cobijado en la interioridad misma de nuestra memoria y nuestro reconocimiento, es parte de esta historia intempestiva, donde se mezcla la aventura y la resistencia indomable indgena. Es tambin la migracin obligada africana, la otra manifestacin morena, que denuncia los orgenes violentos del capitalismo, el comercio sin precedentes de esclavos, y la reiteracin de estos orgenes, de esta desposesin y despojamiento, en el despliegue compulsivo de la acumulacin de capital. Hugo Chvez es la memoria actualizada de las gestas audaces por emancipaciones y liberaciones soadas. En este sentido, Amrica Latina y el Caribe es la utopa, el territorio de la utopa. No en vano, el quinto continente, Abya Yala para los pueblos indgenas, Amrica para los modernos, se convierte en el referente de la utopa; este es el lugar del no-lugar, del ninguna parte. Aqu ocurre lo imposible. Por eso Macondo de los Cien aos de soledad[28], por eso tambin la escritura pasional y tica de un Ch Guevara, escritura como gramtica de la guerrilla permanente. Hugo Chvez, este oficial latinoamericano se rebela, como otros oficiales nacionalistas y anti-imperialistas, como es el caso de Lzaro Crdenas, y buscan expresar abiertamente su descontento, la rebelin recndita que les viene de la tierra, de la experiencia de sus pueblos, donde nacieron. Todos los latinoamericanos y caribeos somos, de alguna manera, as, aunque algunos, la minoras privilegiadas no quieran reconocerlo, pues pretenden imitar lo que no son, la imagen consumista de la burguesa euro-cntrica y norteamericana hegemnica. Las mayoras lo son, quizs de una manera espontanea y hasta inconsciente, viven esta mezcla de una manera apasionada, sin entender completamente lo que pasa. Empero lo primordial es que se trata de una experiencia histrica turbulenta, de una aventura interminable, de una bsqueda insaciable de utopas, de proyectos libertarios, de sueos despiertos, de fbulas de ciudades perdidas, de leyendas de riqueza como la del dorado. Sobre todo, en esta historia de mltiples recorridos, en esta multiplicidad temporal, que a veces se presenta como simultaneidad, en vez de sucesiva, lo que late, si se puede hablar as, como duracin, como desplazamiento de la memoria, como intuicin del tiempo vivido, es lo que llama Georges Bataille el gasto heroico[29]. La entrega pasional sin retorno. Esta es la razn por la que quizs fue a buscar el Che Guevara la muerte en le Higuera. En el caso de Chvez la muerte lo encontr a l en los momentos cruciales de la revolucin bolivariana. No deja de ser una tragedia a pesar de que se diga que Chvez vive en nosotros, pues se trata de la continuidad de la convocatoria del mito, de la relacin entre memoria y presente popular, de la decodificacin multitudinaria de los signos carismticos. Quin va a seguir con esta comunidad simblica? O se trata mas bien de continuar sin el mito, continuar por caminos ms racionales, cuya convocatoria no sea carismtica, sino organizacional? Sin embargo, no podemos olvidar que no solamente hay el mito del caudillo o el caudillo como reverberacin del mito, sino otros mitos; Sorel consideraba, en sus tiempos, el mito de la huelga general como una gran convocatoria proletaria en lucha contra la burguesa y el capital. Para este autor polmico el mito es voluntad social, convocatoria tica a la movilizacin general. Cul es el mito que va a continuar como convocatoria popular? El mito del caudillo sin el cuerpo del caudillo, el caudillo mas bien diseminado en todos, internalizado por los cuerpos de las multitudes? El mito como mandato, en el mejor de los casos, como Constitucin, como tarea, la construccin socialista?

Lo que est pendiente no es simple. Fuera de ganar la elecciones, la principal tarea es transformar el modelo econmico extractivista y cambiar el modelo de Estado rentista. La consecuencia de esta tarea primordial es la transformacin estructural e institucional, conformar un nuevo mapa institucional, donde la institucionalidad sea ms bien dinmica, promueva la participacin, la gestin y el control social. La otra tarea imprescindible es la transformacin de las ciudades, la construccin de urbes del vivir bien, que tienen que ver con las lneas que anotamos anteriormente: Lucha contra el latifundio urbano y la especulacin inmobiliaria; democratizacin de la ciudad; transformacin de barrios y ciudad, poder popular, justicia territorial y reivindicacin del hbitat popular; produccin popular del hbitat: produccin socialista de la ciudad. Por otra parte se tienen las tareas de la integracin. Materializar el proyecto del sucre, la contra-monea, y el Banco del Sur, la alternativa financiera al sistema financiero mundial. Ambos proyectos no han sido asumidos en su plenitud, ni de acuerdo a cmo fueron concebidos. Su manejo burocrtico ha repetido las formas del sistema financiero tradicional y siguen subordinndose al sistema financiero internacional. El ALBA todava sigue circunscrita a un rea de intercambios, de complementariedades, de actividades menores, que no sustituyen al extensivo espacio del mercado mundial. La economa sigue regida por los circuitos monetarios y de circulacin, condicionados por la divisin mundial del trabajo, el comercio mundial y el sistema financiero internacional. UNASUR no debe repetir la historia de las instituciones de integracin burocratizadas, donde la integracin termina en las oficinas de integracin. La integracin no es nada sino es integracin de los pueblos, no de los estados, menos de sus organismos burocrticos. Lo mismo podemos decir del CELAC. Al respecto, no cabe duda; Amrica Latina y el Caribe deben integrarse, formar un bloque, que no sea slo un bloque econmico alternativo, tampoco slo un bloque politico alternativo; debe convertirse en un bloque civilizatorio alternativo, convocando a la integracin de los pueblos del sur del mundo, apuntando a conformar una organizacin de naciones unidas del sur, como haba pensado Hugo Chvez, empero convocando a los pueblos del norte, que tambin se encuentran sometidos por el imperialismo financiero, para conformar un mundo alternativo al capitalista.

Notas:

[1] Guido Gmez de Silva: Breve diccionario etimolgico de la lengua espaola. Fondo de Cultura Econmica, El Colegio de Mxico; Mxico.

[2] Ver de Emile Durkheim: Las reglas del mtodo sociolgico. Fondo de Cultura Econmica 2001; Mxico.

[3] George Sorel: Reflexiones sobre la violencia. Alianza Editorial 1976; Madrid.

[4] Claude Levi-Strauss: Mitolgicas, cuatro tomos. Siglo XXI; 1976; Mxico.

[5] Ver de Gilbert Durand De la mitocrtica al mitoanalisis. Anthropos 1993; Barcelona.

[6] Ver de Ral Prada Alcoreza La colonialidad como malla del sistema-mundo capitalista. Horizontes nmadas, Bolpress, 2012; La Paz.

[7] Conocedor de esta queja, mi amigo y compaero de lucha por la emancipacin de los pueblos de Abya Ayala -el quinto continente, que comprende tanto a llamada Norteamrica como a la llamada Latino Amrica y el Caribe, toponimia que se refiere en realidad a la geografa de parte de Norteamrica, Mxico, Centro Amrica, Sud Amrica y las islas del Caribe-, Edgardo Lander, me invit a visitar Venezuela, hacer una escala en Caracas y visitar experiencias populares como las de las Comunidades, conocer algunas de las Misiones, adems de asistir a foros y seminarios. Esto hubiera suplido, en parte, la falencia mencionada arriba, falencia por la que no me atreva a opinar sobre la experiencia de la revolucin bolivariana. No puede asistir a tan gentil invitacin, indispensable por cierto, pues se me cruz el apoyo a elaborar colectivamente con las organizaciones indgenas de la regin andina, agrupadas en la CAOI, un Proyecto de Ley de la Madre Tierra para seis pases. Este proyecto de ley todava est inconcluso; es ciertamente indispensable culminarlo. Me arrepiento entonces no haber aprovechado esa valiosa oportunidad. Ahora hubiera contado con esta aproximacin emprica.

[8] Vctor lvarez R.: La transicin al socialismo de la revolucin bolivariana. Texto digital, en circulacin en la Fundacin Rosa Luxemburgo.

[9] Vase al respecto: Movimiento Revolucionario 200. Agenda Alternativa Bolivariana. Una propuesta patritica para salir del laberinto. Julio 1996. Analitica.com. Una Revolucin Democrtica. La propuesta de Hugo Chvez para transformar a Venezuela 1998. En: http://www.analitica.com/bitblio/hchavez/programa.asp.

[10] Ibdem. Pg. 3.

[11] Ibdem. Pg. 3.

[12] (Nuevo Mapa estratgico, 2004, 62). Ibdem. Pg. 3.

[13] Ibdem: Pgs. 3-4.

[14] Ibdem. Pg. 4.

[15] Ibdem. Pgs. 4-5.

[16] Ibdem. Pg. 5. (Chvez, 2012: 2).

[17] Hugo Rafael Chvez Fras. Acto de Firma de Compromiso Socialista de los candidatos del PSUV [en lnea] www.abn.info.ve/noticias.php?articulo.

[18] Ibdem. Pg. 6.

[19] Est en preparacin un ensayo sobre los fundamentalismo racionalistas, dedicados en gran parte a las corrientes y fracciones marxistas.

[20] Alexandra Martnez: Horizontes de transformacin del movimiento urbano popular. En Alternativas al capitalismo, colonialismo, del siglo XXI. Fundacin Rosa Luxemburgo, Abya Yala, 2013; Quito.

[21] Ibdem: Pgs. 259-260.

[22] Ibdem: Pg. 260.

[23] Ibdem: Pgs. 260-261.

[24] Ibdem: Pg. 262.

[25] Ibdem: Pg. 263.

[26] Ibdem: Pg. 268.

[27] Aportes al Programa de la Patria, 2012. Ibdem: Pg. 270.

[28] Novela de Gabriel Garca Marques.

[29] Ver de Georges Bataille La Parte Maldita. La cuarentena 2007; Buenos Aires.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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