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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-04-2013

Programa, programa, programa!

Alvaro Ramis
Punto Final


Los debates de coyuntura suelen opacar de forma irremediable las discusiones de largo plazo, aquellas que tratan de pensar el pas ms all de las maniobras electorales y los escandalillos de ltima hora. En un ao de elecciones, este tipo de noticias, efectistas y efmeras, copan los medios hacindonos olvidar que aunque es importante elegir personas capaces y virtuosas, mucho ms importante es deliberar sobre los programas que ellas ponen a consideracin de los ciudadanos. Las elecciones deberan ser una oportunidad para pensar cul es nuestro lugar en el mundo, y no un concurso de miss o mister simpata.

Hace bastantes aos, Julio Anguita, entonces candidato de Izquierda Unida en Espaa, acu en los debates presidenciales una frase que ha quedado en la memoria colectiva de ese pas: Programa, programa, programa! En ese momento, nadie entendi lo que quera decir. Pero hoy, luego de la catstrofe poltica y econmica en que se ha cado, Anguita aparece como uno de los pocos polticos de la era de la transicin que todava es respetado, porque trat de instalar una conversacin de fondo sobre el modelo de sociedad y de economa que se construa. Como Casandra, anunciando la cada de Troya sin que nadie le creyera, Anguita vaticin, a inicios de los noventa, buena parte de los males que hoy han cado en la pennsula. Pero ya es tarde para hacerle caso.

No es extrao que en las encuestas y estudios se seale una supuesta crisis de la democracia. Sin embargo, cuando se expresa esa idea tan ambigua, no se escarba en lo que se quiere decir. Por crisis de la democracia se entiende un anhelo generalizado por restablecer regmenes autoritarios, que restrinjan libertades y derechos? O por crisis de la democracia se entiende la constatacin masiva del carcter poco democrtico de nuestros regmenes polticos? Nada indica que la primera opcin tenga sentido. Tal vez nunca como hoy la democracia, en cuanto categora poltica y utopema pragmtico, ha gozado de tanta vitalidad. Pero a la vez nunca las democracias realmente existentes han tenido tan mala reputacin. Ms que de una crisis de la democracia hay que hablar entonces de una crisis de representacin.

No tendr algo que ver con esta crisis la extrema banalidad de los actos electorales? O la personalizacin de las discusiones, en las que las supuestas cualidades comunicacionales de los candidatos se confrontan y exacerban a lmites milimtricos, mientras los contenidos programticos de las coaliciones que sustentan a estos personajes, y que constituirn en realidad el ncleo del gobierno a elegir, permanecen en la total penumbra?

Es interesante una observacin de Jos Mara Maravall en su reciente libro Las promesas polticas (1) , en la que recuerda que el acto de votar presupone un contrato implcito, entre el elector y el elegido, pero respecto a un mandato programtico que debe ser escrupulosamente cumplido. De esta forma el mandato legal, lo que la ley permite hacer a un presidente o a un parlamentario en un lapso determinado, est constreido por un mandato poltico que legitima o deslegitima su accin. Si un candidato al llegar al poder traiciona su programa y pierde esa legitimidad, debera renunciar o ser destituido. En una democracia sana la configuracin del mandato legal debera contemplar mecanismos para hacer efectiva esa posibilidad: el referndum revocatorio, las consultas vinculantes, la delimitacin de los mandatos, las cuentas pblicas certificables, entre otros instrumentos.

Esta afirmacin se suele rebatir afirmando que un poltico, al llegar a su cargo, puede encontrar dificultades insospechadas que le hagan imposible cumplir sus promesas. Puede suceder que las cifras oficiales, sobre las que dise su programa, estn falseadas. O puede acontecer un desastre natural, como un terremoto, que le obligue a redefinir sus prioridades. O puede desatarse una crisis financiera internacional. La casustica da para mucho. Pero de ello ya se ocuparon los clsicos, especialmente en la Revolucin Francesa, de la mano de la idea de voluntad general que haba desarrollado Rousseau en el Contrato Social . Como se forma esta voluntad general? En la actualidad, por la hipertrofia de la democracia delegativa, quienes resultan electos suelen pensar que al contar con la mayora de los votos son depositarios automticos de la voluntad general. De esa forma su voluntad es la voluntad de la mayora, y a su vez la voluntad de la mayora es mecnicamente la voluntad general.

Pero los jacobinos pensaban la democracia de otra forma cuando la definieron de esta manera: La democracia es un estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son obra suya, hace por s mismo todo aquello que puede hacer bien hecho, y por delegados todo aquello que no puede hacer por s mismo(2). Por lo tanto, la delegacin es un recurso subsidiario, subordinado al principio fundante del autogobierno del pueblo, que ejerce el mximo de poder posible. A la vez, la delegacin es un acto circunscrito. Ms que un seor diputado o un seor presidente, elegimos a compromisarios, personas que se comprometen a hacer lo que el pueblo desea, pero que no puede hacer por s mismo.

Pero cmo se puede llegar a expresar en un programa poltico la voluntad general? Mediante un extenso camino de deliberacin, no exento de confrontacin de intereses. Se trata de un proceso comunicativo, de interaccin y debate directo, y no un proceso comunicacional, manipulado por los gangsters de la prensa corporativa. En una democracia efectiva, porosa a los ciudadanos, los movimientos sociales y los partidos polticos pueden confrontar propuestas de forma dialgica hasta llegar, a partir de ensayo y error, a acuerdos satisfactorios para todas las partes. Pero en nuestro pas la inercia sistmica impide que este proceso transcurra de forma cordial y por lo tanto, los movimientos sociales deben hacer uso de todas las expresiones de su poder comunicativo, no con el fin de alcanzar el poder para s, sino para imponer a los actores polticos los elementos fundamentales de su programa, que constituye expresin palpable de la voluntad general.

Ya dirn los de siempre que no es ms que el chantaje de grupos de inters. Pero pensando con Habermas, creo no hay acto ms democrtico que el cerco al poder que ejerce un pueblo organizado: El poder comunicativo es ejercido a modo de un asedio. Influye sobre las premisas de los procesos de deliberacin y decisin del sistema poltico, pero sin intencin de asaltarlo, y ello con el fin de hacer valer sus imperativos en el nico lenguaje que la fortaleza asediada entiende (3) . Lleg la hora de asediar la fortaleza. Hasta tomar el cielo por asalto!(4)

 

(1) Jos Mara Maravall, Las promesas polticas , Galaxia Gutenberg, Madrid, 2013.

(2) Maximilien Robespierre. Discurso del 5 de febrero de 1794, en nombre del Comit de Salud Pblica en la Convencin Nacional.

(3) Jrgen Habermas. Facticidad y Validez , Trotta, Madrid, p. 612.

(4) Karl Marx. Carta a Ludwig Kugelmann, 12 de abril de 1871.

 

Publicado en Punto Final, edicin N 778, 5 de abril, 2013

www.puntofinal.cl



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