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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-04-2013

El gobierno de los peores

Jos Manuel Lechado Garca
Rebelin


Durante la mayor parte de su existencia la humanidad convivi en paz con el medio y consigo misma. Las viejas comunidades nmadas o ms bien semi-nmadas, previas al asentamiento en poblados estables, haban encontrado el equilibrio con el territorio del que dependan para sobrevivir. No esquilmaban los recursos, casi siempre limitados, ni crecan por ello ms de lo necesario. A su alrededor se extendan otros clanes o tribus con los que no guerreaban, sino todo lo contrario: sabedores de los riesgos de la endogamia, los vecinos celebraban cada cierto tiempo encuentros amistosos para intercambiar productos, alimentos y material gentico. Esta organizacin itinerante, unida por lazos de parentesco e impulsada y movida por la bsqueda del sustento, se mantuvo durante un milln de aos. No careca de momentos de diversin y creacin, pero s, curiosamente, de jefes.

La sociedad humana natural no era jerrquica, sino que se basaba en conceptos ms tiles, como la colaboracin y el esfuerzo comn. Se valoraba, eso s, la experiencia de los veteranos a la hora de dirigir una partida de caza, como se tena en cuenta el conocimiento de los ms expertos a la hora de localizar fuentes de agua ocultas o de reconocer el mejor momento para la recoleccin de tal o cual fruto, por ejemplo. Pero esto es respeto al saber, no jerarqua. Dicho sea de paso, esta descripcin breve de un orden colaborador no procede de lucubraciones bienintencionadas alrededor de la figura del buen salvaje: en aquella sociedad haba conflictos y problemas, y no todo eran bondades. Sin embargo, el apoyo mutuo es el nico procedimiento lgico para que una especie inteligente pueda sobrevivir frente a una naturaleza adversa, cuando no hostil.

En aquel tiempo surgan, igual que hoy, individuos insolidarios que intentaban evitar su parte de esfuerzo y vivir a costa de los dems. En un mundo de recursos limitados, empero, estos elementos estaban fuera de lugar y no podan sobrevivir. La humanidad se regulaba a s misma privndose de los peores: parsitos, explotadores, caraduras... Nuestros antepasados saban, en definitiva, que la humanidad es ante todo un equipo. Y tambin una sola familia.

Las cosas empezaron a cambiar cuando la domesticacin de plantas y animales trajo el fin del nomadismo. Los primeros campamentos fijos, que hoy con optimismo excesivo llamamos ciudades, no pasaban de rudos apiamientos de cabaas que, sin embargo, llegaran con el tiempo a ser verdaderas urbes. Y all, en estos espacios recin inventados, se hizo realidad uno de los hechos ms inslitos de la evolucin: una especie creaba un ecosistema a su medida para asegurarse la supervivencia.

Semejante culminacin de lo artificial podra haber sido la corona de una especie que, hasta entonces, lo haba estado haciendo bastante bien, pero las cosas se torcieron de forma inesperada y la civilizacin acab convirtindose en una pesadilla. La acumulacin de excedentes alimenticios favoreci el crecimiento de la poblacin y esto, a su vez, facilit la especializacin en el trabajo: ya no era necesario que toda la poblacin trabajara para conseguir alimentos. Con la especializacin surgieron las primeras diferencias, leves al principio, aunque ya significativas, orquestadas alrededor de la idea del valor del trabajo: cuntos puados de trigo hay que cambiar por una azada? Cuntas manzanas cuesta levantar una pared de adobe? El dinero fue el primer invento de la humanidad sedentaria, y con l surgi la posibilidad inmediata de comprar trabajo ajeno y, sobre todo, evitar el propio.

En este nuevo escenario urbano, adems, los elementos insolidarios encontraron un hbitat propicio para desarrollar su actividad parasitaria. Y nuestra especie no estaba prevenida. El sobrante de alimentos (obviemos, por ahora, los periodos de escasez provocados por sequas y plagas) y la divisin del trabajo no slo dieron cabida a una poblacin ms numerosa, sino tambin a hacer la vista gorda, aunque fuera un poco, respecto a la presencia de vagos y aprovechados. Por la caridad suele entrar la peste. Como quiera que estos sujetos no dejaran de estar mal vistos, y eso a su vez les picara el orgullo (el haragn suele tener muy buen concepto de s mismo), se concentraron en buscar ocupaciones de poco esfuerzo que, no obstante, les permitieran vivir a costa de los dems. Hubo diversas formas de conseguirlo, y cada una deform en su cuna a la todava tierna civilizacin, desviando a la humanidad de su camino para siempre.

Los ms imaginativos, a la par que vagos, inventaron fbulas que, contadas por la noche, cobraban visos de realidad como primer intento de explicar el mundo. As surgieron las religiones. En los campamentos nmadas hombres y mujeres ofrecan su agradecimiento a una vaga idea de la Naturaleza que les daba de comer. Ahora la nueva casta de embaucadores, o sacerdotes, iba a mancillar el invento urbano con el cncer de la fe. Una ilusin que, en los malos momentos, pareca explicar la desgracia, el hambre o la enfermedad, aunque en realidad no otorgaba remedio alguno. El templo sera pronto el elemento distintivo, la bandera de cada ciudad y pueblo, un armatoste arquitectnico discordante y carsimo que hipotec la civilizacin y sigue hacindolo.

Otros sujetos menos inteligentes, aunque igual de vagos y tal vez ms ambiciosos, alegaron necesidades defensivas difusas para ofrecerse como guardianes. Lo cierto es que la vieja colaboracin entre clanes se haba difuminado un poco con la urbanizacin, pero an se mantena el comercio y el intercambio gentico entre vecinos. La acumulacin de riquezas en templos y trastiendas anim la codicia de algunos, y as esos vigilantes formaron una nueva casta preparada para medrar robando el trabajo de otros. Si la religin haba enturbiado la mente colectiva de nuestra especie, la lacra militar impuso una realidad fsica opresiva y violenta. La alianza entre el cuartel y el templo termin de emponzoar el logro urbano y as la humanidad no fue ya, nunca ms, un equipo sino una confusin de enjambres en guerra.

No obstante, an faltaba algo: el sacerdote deba justificar su ocio y su buena vida inventando dioses y ritos; y el guerrero, que disfrutaba del ejercicio de la violencia, corra por otra parte el riesgo de ver su propia cabeza separada del cuerpo en un mal lance. Un tercer tipo de elemento insolidario, el ms genuino, al que hoy podramos definir con el apellido de emprendedor, descubri la manera de parasitar la sociedad sin arriesgar el pellejo ni complicarse demasiado con votos o ceremonias. As, presumiendo de su capacidad para organizar, fueron apareciendo los primeros jefes, que luego fueron lderes y, por fin, reyes y emperadores.

Es posible que en los primeros tiempos la aparicin de estas figuras de liderazgo respondiera un poco a la organizacin antigua. Tal vez, en principio, fueron meros capataces de obra que a base de mandar evitaban empuar herramientas... Pero a medida que la ciudad creca, las labores se diversificaban y quedaba claro que un solo hombre no poda entender de todo, estos lderes naturales, profundamente perniciosos, se aliaron con sacerdotes y generales para crear una lite intocable de privilegiados. Los sacerdotes justificaron la injusticia alegando oscuros designios de seres imaginarios; y los generales, al frente de una tropa de sicarios, aportaban el miedo real necesario por si la fantasa de los altares no bastaba.

Llegados a este punto los lderes, ahora llamados gobernantes, ya no necesitaban disimular talento alguno, pues su poder les vena de los cielos y de las armas, lo que les legitimaba para sancionar la gran estafa de la civilizacin y, con ella, el fracaso de una especie. Los primeros jefes tal vez fueron hombres de talento, pero cuando legaron el cetro a sus hijos, sin ms merecimiento que el gentico, se inici una sucesin de incapaces ambiciosos que perdura hasta ahora mismo. La casta de miserables que domina a la humanidad no ha dejado de pasarse a s misma la riqueza y los privilegios mientras el grueso de la especie vive en la penuria.

Han pasado miles de aos y las cosas no han cambiado en lo sustancial. La supersticin, la guerra y la adoracin fantica al lder se mantienen, al igual que la explotacin de muchos por parte de unos pocos. La conclusin que extraemos de la Historia (con maysculas, el devenir escrito de la especie en sus ltimos pasos: un suspiro), es desalentadora: los gobiernos, la idea del poder y el liderazgo, no son ni han sido nunca patrimonio de los ms capacitados e inteligentes. Por el contrario, han sido y son los elementos ms ambiciosos y despiadados los que han dirigido el cotarro. Slo esto basta para explicar el caos en que vive nuestra especie y la suma de crmenes y disparates que es la Historia: una Historia nada gloriosa de criminales coronados, criminales con corbata, mitra o galones.

Si te has preguntado alguna vez por el origen de todo esto, del desastre, de la guerra, de la crisis eterna, la respuesta no es difcil: nuestra sociedad planetaria ha sido dirigida siempre, y lo sigue siendo, por los peores especmenes del gnero humano, los ms avarientos, rapaces y malvados. Y no dudes de que hoy sigue siendo as, incluso en los regmenes supuestamente democrticos: el lder del partido, el que llega a presidente, no ha alcanzado su puesto repartiendo bondades, sino pisando cuellos, chantajeando, mintiendo y quitndose de en medio a amigos y enemigos. No esperes nada bueno de cualquiera que, por propio gusto, ejerza algn tipo de poder, sea en un parlamento, en una crcel, en un cuartel o en una banda de pistoleros.

El ser humano corriente, el que no ambiciona glorias, el que gusta de colaborar y hacer el bien a s mismo y a los dems, nunca llega a las alturas, entre otras cosas porque no las busca ni las quiere. Sin embargo, el mal ejemplo de los lderes contamina el pensamiento comn con todos sus anti-valores: la adoracin de la jerarqua, la idea corrupta del orden, el principio de autoridad, el fatalismo religioso, la resignacin, el mito del emprendedor y tantas otras paparruchas que nos conducen a todos, sin prisa pero sin pausa, al desastre y, tal vez, a la extincin.

Si la humanidad quiere tener un futuro necesita mirar al pasado, pero al pasado lejano, cuando la autoridad y el poder eran conceptos no ya ridculos, sino inconcebibles. Si persistimos en la adoracin boba de imgenes, banderas, uniformes y tronos, estamos perdidos.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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