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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-05-2013

Drones y ollas

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Hay algo verdaderamente odioso en el gesto de los hermanos Tsarnaev, los dos terroristas chechenos que atentaron contra los corredores de la maratn de Boston el pasado 18 de abril: no slo causaron muerte y mutilaciones con poco dinero sino que lo hicieron adems mediante los enseres ms domsticos y ms antiguos, los que asociamos a la alimentacin, el calor del hogar y la reproduccin de la vida. Matar con ollas -llenas de clavos y no de judas- es como insultar con flores o ensuciar con nieve: una contradiccin dolorosa que hace ms dolorosa y terrible su accin. Es, por as decirlo, un atentado tambin contra las ollas, contra la idea de olla y todas sus blanduras adyacentes.

Matar con poco dinero y matar con menaje de cocina -un atentado, pues, de andar por casa- da a ese gesto un aura particularmente brbara que desmiente, por lo dems, el paralelismo en el que los dos hermanos queran apoyar su injustificable atentado: es lo que viven todos los das los habitantes de Iraq y Afganistn. No es verdad. Los habitantes de Iraq y de Afganistn no mueren como consecuencia de un atentado contra una olla domstica; son asesinados desde el aire, mediante la ms cara y sofisticada tecnologa, en un relmpago que es imposible atribuir a una voluntad y mucho menos a una contradiccin antropolgica. Los bombardeos areos, lo he dicho muchas veces, tienen algo olmpico y metafsico; son la ejecucin sumarsima e impersonal, casi automtica, de la justicia divina. El hecho de que la muerte llegue a travs de un soporte tecnolgico y con una intervencin mnima de la mano, convierte su advenimiento en algo tan natural como la cada de la nieve y en algo tan inocente como la deposicin de una paloma. Al contrario de lo que ocurre con el atentado de Boston, cuyas vctimas sealan a sus autores como culpable fuente subjetiva, las vctimas de los bombardeos son sealadas por la mirilla del avin como objetivos objetivos y, por lo tanto, como origen pecaminoso de la accin. Nos impresionan mucho las muertes a cuchillo y odiamos mucho a los degolladores; nos impresionan mucho las muertes baratas contenidas en ollas domsticas y odiamos mucho, por tanto, a los chechenos (o a los palestinos o a los talibn o a los yihadistas de Al-Qaeda). Nos impresionan muy poco, en cambio, aunque sean ms numerosas, las muertes caras y sofisticadas producidas por los aviones; y odiamos mucho menos -o incluso admiramos- a los que las planean y ejecutan.

Este retroceso de la mano aplicado a la tecnologa de guerra ha alcanzado su colofn con los llamados drones, esos pterodctilos o dgitos alados, pegasos e insectos teledirigidos, que pueden recabar informacin y eventualmente asesinar a miles de kilmetros sin necesidad de un piloto. Como sabemos, el nmero de bombardeos mediante drones se ha multiplicado durante el gobierno Obama, quien ha realizado y sigue realizando operaciones cotidianas no slo en Iraq y Afganistn sino tambin en Yemen, Somalia y Pakistn. A travs de los bombardeos no tripulados la naturalizacin de la tecnologa, y la despersonalizacin de la destruccin, alcanza cotas difcilmente imaginables para esos humanos antiguos -la mayor parte de nosotros- que seguimos representndonos secuencias causales muy rudimentarias: de hombre a hombre, de hombro a hombro, de martillo a escombro. La posibilidad de desmigajar una aldea desde un silln situado a miles de kilmetros, mientras se toma un caf y se fija una cita telefnica con el mdico o con la novia, aade a la desproporcin entre cielo y tierra y a la desigualdad entre mirones y mirados un nuevo abismo: el que separa radicalmente los cuerpos de las tecnologas. El simple hecho de tener cuerpo, de conservar un cuerpo -all donde el consumo de mercancas parece haber dejado atrs, en una polvareda de imgenes, la mortalidad misma- es casi un llamado al bombardeo y, en todo caso, una justificacin de sus efectos: los que siguen siendo mortales (todos esos pueblos y clases inferiores sin acceso a los mercados) deben morir. Tienen cuerpo, luego son frgiles; luego hay que romperlos.

Podemos decir sin exagerar que el objetivo de los bombardeos son los cuerpos; su radical antihumanismo no apunta a los civiles o a los enemigos sino, ms all, a la idea misma de fragilidad. Quizs no es verdad que no haya ningn paralelismo entre el atentado de Boston y los bombardeos de Iraq o Afganistn. Quizs sin saberlo la accin monstruosa de los hermanos Tsarnaev constituye una crtica radical de esa monstruosa civilizacin cuya mxima aspiracin material es el retroceso definitivo de la mano y la superacin mercantil de la mortalidad. Quizs los hermanos Tsarnaev escogieron el escenario de su atentado porque estaba lleno de inocentes, s, como los mercados de Kabul o los barrios de Faluya. Pero en todo caso una maratn es sobre todo un acontecimiento corporal, uno de los pocos lugares an modernos donde los participantes son convocados como cuerpos, donde los seres humanos comparecen como anti-drones: tripulados por ellos mismos, coincidentes con sus propios pies. La olla asesina, metonimia de todos los cuidados domsticos, devuelve a las vctimas sus piernas -en el momento de arrancrselas. El atentado de Boston, como el memento mori de la antigedad, recuerda a los estadounidenses y a los occidentales en general lo que procuran olvidar por todos los medios: tenis cuerpo, luego sois frgiles, luego hay que romperos. La conclusin de este silogismo, por supuesto, debera ser luego hay que cuidaros, pero es la propia civilizacin del dron, que no siente piedad por los afganos y los iraques, la que ha quebrado toda coherencia antropolgica.

En este juego de rplicas -o de potlachs en un espejo negro- a alguno de estos lobos solitarios, como se complacen en llamarlos los peridicos, se le ocurrir algn da llevar la paradoja hasta el extremo. Pondr ollas explosivas no en el camino de los corredores de una maratn sino en las camas de los enfermos estadounidenses, en los cartones de los pobres estadounidenses y en los sillones de los viejos estadounidenses. Nos sentiremos horrorizados y con razn, pero ese monstruo podra pensar que matarlos a ollazos -a ellos, ltimos refugios de los cuerpos, negados y despreciados- es la nica forma de hacerlos aparecer. Estamos a punto de llegar a esa escala ideal invertida en la que rematar a las vctimas del mercado ser la nica manera de acusar a los verdugos y reivindicar su dolor. En cuanto a las vctimas de los drones, no pueden ni siquiera aspirar a emitir la luz final de una revelacin.

Si no queremos reducir las relaciones humanas a una guerra desigual y feroz entre drones y ollas, es necesario transformar de manera urgente las condiciones de la economa y la tecnologa, para que los cuerpos y las cocinas restablezcan la posicin a que estaban destinadas en el orden antropolgico de la humanidad.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.




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