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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-05-2013

La edad del cinismo (II)
Quin dijo "conciencia"?

Arturo Borra
Rebelin


La frmula de la toma de conciencia (basada en el principio platnico de que si alguien realmente conoce el bien no puede dejar de practicarlo) encuentra su refutacin ms notable en el cinismo: los males que asedian el presente (1) no son accidentes imprevistos del capitalismo sino sus consecuencias previsibles, producto de unas decisiones que implican una plusvala (econmica, poltica, simblica, libidinal).

El nfasis en la concienciacin hace perder de vista aquello que pone en juego el proceso hegemnico: un tipo de conciencia (moral) que admite sin reservas la indiferencia prctica ante los otros. Por lo dems, aunque el pasaje de una conciencia ingenua a una conciencia crtica sea un paso necesario (y una progresin con respecto a la frmula reductiva de la toma de conciencia), no es suficiente para pensar los resortes subjetivos de un proceso de transformacin social. Los pasajes de La ideologa alemana en los que Marx y Engels nos advierten sobre el idealismo que se limita a cambiar las conciencias sin cambiar el mundo son conocidos.

Para reformular la cuestin: el cinismo contemporneo plantea una escisin entre consciencia -en su acepcin epistemolgica- y conciencia -en su acepcin moral- que desmonta asimismo cualquier relacin causal entre conciencia y accin. Estos trminos se articulan de forma contingente: el saber no vincula (en un sentido jurdico y moral) con la prctica ni la prctica puede deducirse (al modo de un silogismo prctico) de premisas morales. Comprender, pues, las prcticas sociales supone desplazarse de una filosofa de la conciencia (y de un modo diferenciado de una teora de la accin racional) al terreno de las significaciones sociales (o de los imaginarios) y al de los agenciamientos colectivos. La discontinuidad entre conciencia y accin podra ser planteada tambin como una especfica discontinuidad entre saber y poder. Esto no significa, desde luego, que no se planteen relaciones recprocas entre estos trminos, sino que su articulacin es variable e implica introducir en el anlisis social y cultural lo inconsciente como fuerza configurativa. Paradjicamente, el cinismo muestra una ambivalencia humana central: por un lado, la persistente conciencia del dao que inflige y, por otro, la repeticin del mismo, como si entre una y otra mediara un abismo. En efecto, ese abismo es lo inconsciente, en este caso, el inconsciente reaccionario al que Deleuze y Guattari se refieren en varias ocasiones.

La repeticin conciente del dao slo puede explicarse de forma plausible por la extraccin de un goce, esto es, la obtencin de una plusvala de placer por parte del sujeto. Dado unos imaginarios sociales y unos agenciamientos colectivos especficos, la planificacin estratgica y la previsin racional de beneficios -en suma, la racionalidad instrumental- no slo no estn excluidos de la prctica sino que pasan a ser parte de este automatismo en el que lo central es, como dira Hegel, el goce de la cosa.

Referirse, entonces, a una cultura cnica no es una simple alusin a la desvergenza de ciertos individuos peculiarmente astutos e inmorales tal como es significado por el discurso periodstico dominante-, sino a unas prcticas que estn sustentadas en significaciones sociales especficas que estructuran nuestra subjetividad. El trmino cinismo rebasa por tanto una categora moral: se trata de pensar esta categora en trminos poltico-culturales, esto es, como aquella dimensin que afecta la entera institucin de la sociedad y nuestras formas especficas de vida. La insolencia de la filosofa vital de Digenes de Snope, en este sentido, se ha invertido histricamente en una forma de servilismo ante lo existente. El cinismo actual no desafa el presente orden sino que acepta el juego del inters (individual y grupal) como nico juego posible.

Sera, sin embargo, un error confinar el cinismo a la poca actual. Reducir esa configuracin a un sntoma del malestar de la cultura contempornea (vida de goce) y al neoconservadurismo (empeado en preservar los privilegios de la gran burguesa empresarial y financiera) es clausurar la posibilidad de comprender su magnitud histrica. Sin negar algunas especificidades del actual discurso cnico, ello no debera hacernos olvidar la relacin constitutiva del cinismo con la modernidad capitalista. As, antes que una respuesta individualista ms o menos indita ante el creciente malestar en la cultura enraizada en vsperas del siglo XXI, se trata de remitir esta configuracin cultural a la edad del capitalismo.

Lo antedicho supone una serie de precisiones. El cinismo neoconservador es una variante de un discurso poltico ms general que utiliza la lgica de la necesidad como sentido comn: dadas ciertas leyes extra-sociales de desarrollo (la Razn, la Historia, el Mercado), la significacin de la autonoma humana queda disipada, cuando no anulada. Las luchas sociales, en este horizonte, no seran ms que epifenmenos de un desarrollo histrico necesario: toda tentativa de cambio social radical por parte de agentes sociales concretos estara destinada al fracaso histrico o a introducir perturbaciones arbitrarias en un sistema autorregulado.


El determinismo historicista o economicista no da lugar, en efecto, a concebir la prctica humana como el ejercicio de una libertad condicionada pero efectiva. La resultante de esta concepcin es decepcionante: interpreta las instituciones sociales (incluyendo el sistema judicial, los mercados econmicos, los rganos parlamentarios de gobierno, los medios masivos de comunicacin, etc.) no como construcciones sociales contingentes sino como resultantes naturales o lgicas de un desarrollo objetivo, independiente a la voluntad poltica de los agentes. La trama de decisiones que estructuran la realidad actual es presentada como obediencia a unas leyes ineludibles que determinaran el curso independiente de la historia.

Un determinismo de este tipo exonera a los sujetos de la decisin. La historiografa, en vez de tener que documentar, como una de sus tareas irrenunciables, un inventario de la impunidad (y mxime en el contexto del presente), se limitara a constatar el despliegue sin sujeto de una historia sustrada de la contingencia. Ahora bien, si el cinismo es una forma de heteronoma, no contradice con ello lo que en la modernidad filosfica hay de promesa de autonoma humana? La respuesta es positiva: aunque no toda heteronoma es cnica, la modernidad econmica inaugura una poca en la que la referencia a una ley extrasocial no puede ser inocente: la modernidad filosfica, especialmente desde la Ilustracin, es esa experiencia del sujeto en la que ste se reconoce como ser autnomo, incluso si ese reconocimiento coexiste con diversas formas de desconocimiento. Por tanto, lo que nos reencontramos en la problemtica del cinismo es la disputa entre una filosofa emancipatoria moderna y una economa poltica que naturaliza unas relaciones productivas marcadas por la explotacin (2).


La institucin del libre mercado como espacio de construccin de vnculos sociales es presentado como parte de este desarrollo objetivo, omitiendo la posibilidad de otras instituciones y de institucin de otras posibilidades. El corolario de este discurso es, desde luego, la globalizacin, como fase superior de la economa-mundo. Con esta operacin, lo poltico en su sentido radical es clausurado en un discurso que presenta las decisiones como inexorables. En vez de un rgimen globalitario (por utilizar una expresin de Ramonet [3]), se nos presenta el nuevo orden mundial como resultante necesaria de la historia y la poltica como polica en el sentido de Rancire (4).

No necesitamos, sin embargo, mantenernos en el interior de este discurso que sabe de sobra que la economa-mundo no es una fatalidad sino producto de unas polticas especficas, discutibles y rebatibles. Como ellos, tambin nosotros sabemos de sobra que la globalizacin capitalista se estructura sobre un dao sistmico, como contracara de una economa poltica basada en la concentracin de la riqueza y el sacrificio de masas ingentes de poblacin.

Incluso si aceptramos la potenciacin del cinismo en nuestra cultura contempornea, sus prcticas son irreductibles al presente: cuestionar slo la cultura postmoderna sigue planteando el inaceptable dogma de una "inocencia" moderna. No hay razn, sin embargo, para circunscribir esas prcticas a nuestra contemporaneidad, como si acaso el capitalismo alguna vez hubiera asentado en una creencia metafsica en s mismo y sus posibilidades de desarrollo igualitario universal. Nuestra formacin social no exige convicciones profundas para funcionar: le basta la obediencia al principio de equivalencia general -la reduccin cuantitativa de lo existente al patrn mercanca-, desacreditando cualquier poltica emancipatoria que ponga en cuestin esa obediencia.

La razn cnica opera precisamente como apuntalamiento del nihilismo: el devenir cnico forma parte de la institucin poltica moderna (5). No deja de ser extrao que se haya pasado por alto con tanta frecuencia la enigmtica puntuacin de Deleuze y Guattari del capitalismo como edad del cinismo (Deleuze y Guattari, 1985: 232 [6]). El funcionamiento capitalista siempre ya es cnico, producido por un rgimen de saber y poder que pretende explicar las desigualdades materiales como efectos de un diferencial de esfuerzos entre propietarios en las mismas condiciones de partida. De forma mgica, convierte la anatoma de la sociedad en un trazado de mritos individuales, borrando de una vez las asimetras de poder entre las distintas clases y sujetos sociales. La prepotencia de la mercanca reaparece as como justificacin de una tica del mximo rendimiento que se desentiende radicalmente del otro.

Ante el abatimiento social, nuestra poca no empua argumentos peculiarmente elaborados. El discurso hegemnico se limita a autoafirmarse en su pura acumulacin de fuerza (econmica, electoral, simblica). Su tautologa podra formularse as: puesto que tenemos que ejercer el poder, lo ejercemos discrecionalmente. Que en ese ejercicio se arrase con millones de vidas, se tomen decisiones que reafirman las desigualdades presentes o se intensifiquen los privilegios de clase no es impedimento alguno. Ante la crtica a esas prcticas el sujeto cnico se limita a invocar la necesidad histrica.

El capitalismo como edad del cinismo es el tiempo en que saber y tica, teora y prctica, son disociados de manera compleja por una forma especfica de subjetivacin (que Guattari califica de capitalstica). La tecnificacin de la poltica no es sino el dominio de expertos en la gestin de lo pblico, sustituyendo la discusin sobre lo justo por el clculo de xito orientado al mercado: en la realidad del excedente, las carencias son asumidas como parte de ese clculo supremo. Las referencias de El Antiedipo a esta cuestin son relevantes:

Marx a menudo aluda a la edad de oro del capitalismo cuando ste no ocultaba su propio cinismo: al menos al principio no poda ignorar lo que haca, arrebatar la plusvala. Pero cmo ha crecido ese cinismo cuando llega a declarar: no, nadie es robado. Pues entonces todo descansa sobre la disparidad entre dos clases de flujo, como en una sima insondable en la que se engendran ganancia y plusvala: el flujo de poder econmico del capital mercantil y el flujo llamado por irrisin poder de compra, flujo verdaderamente impotente que representa la impotencia absoluta del asalariado al igual que la dependencia relativa del capitalista industrial. La moneda y el mercado es la verdadera polica del capitalismo (Deleuze y Guattari, 1985: 246).

Con el capitalismo comienza la era de lo inconfesable, la perversin intrnseca o el cinismo esencial. Utilizando la terminologa de estos autores, la axiomtica de flujos de trabajo y de capital siembra una deuda infinita en sus agentes. La esencia subjetiva de la riqueza abstracta es convertida en propiedad privada de los medios de produccin.

Dicho lo cual, cmo podramos desmontar esta era sin subvertir al mismo tiempo nuestros imaginarios y agenciamientos colectivos? Cmo propiciar un giro que transforme las prcticas sociales y las diversas instituciones econmicas, culturales y polticas? Y puesto que es evidente que la actual indigencia de nuestro mundo no es producto de un error de clculo, cmo transformar nuestras subjetividades para concebir una buena vida que no se sostenga en las espaldas de los otros?


Notas:

(1) Para una reconstruccin de las plagas que asedian el presente, remito a Del sacrificio al cinismo: el mundo como mercanca, disponible en versin electrnica en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=163831.

(2) Esa naturalizacin, sin embargo, no debe atribuirse a un ncleo premoderno de la economa: es ms bien, el sello de una modernidad econmica reflexiva que a la vez que reconoce la libertad de las fuerzas productivas, las realiena en un sistema econmico del excedente marcado por relaciones de explotacin.

(3) Ramonet, Ignacio (2009): La crisis del siglo, Icaria, Barcelona, p. 82.

(4) Rancire, Jaques (2006): Poltica, polica, democracia, trad. Mara Emilia Tijoux, Lom, Santiago de Chile. La distincin es conocida: lo policial refiere a un orden gubernamental establecido: Este consiste en organizar la reunin de los hombres en comunidad y su consentimiento, y descansa en la distribucin jerrquica de lugares y funciones (op.cit., p. 16). Mientras lo poltico se ocupa de la igualdad que la polica daa, la polica se ocupa se naturalizar dicho dao bajo la forma de reglas que presenta como leyes naturales de la sociedad.

(5) Aunque la lgica poltica de la modernidad ha estado marcada de forma eventual por el mesianismo, ello no niega la hegemona del cinismo: no es claro que estas modalidades polticas puedan ser contrapuestas. En ltima instancia, si el mesianismo presupone su fracaso histrico, entonces, en su propia estructura ya hay un componente cnico.

(6) Deleuze, Gilles y Guattari, Flix (1985): El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia, trad. Francisco Monge, Paids, Barcelona. Digamos, como salvedad, que las referencias al cinismo en El Antiedipo son tan inusuales como fragmentarias, difuminndose completamente en Mil mesetas.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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