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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-05-2013

El nazismo y la metfora

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII


Hay algo tan formidablemente mgico, tan escandalosamente libre, en el hecho de poder vincular mediante el lenguaje dos criaturas distantes que la metfora, y su hermana la comparacin, han sido siempre el campo abonado de todas las audacias (espadas como labios) y de todas las manipulaciones (judos como insectos). Su eficacia creativa se basa, en todo caso, en el carcter incuestionable de uno de los trminos -el llamado vehculo-, cuya realidad fuerte absorbe el trmino subjetivo de la comparacin. Nunca el alma o los dientes de mi amada sern tan blancos como la nieve, pero si la nieve blanquea su belleza es porque todos aceptamos la blancura de la nieve como objetiva, indudable, fundacional. Es la nieve, por as decirlo, la que vuelve blancas las cosas blancas. Y es por eso que las metforas suelen tener por lo general una de sus races en la naturaleza: la nieve, el cielo, las perlas, el mar, los insectos. O lo que es lo mismo: en elementos sobre los cuales todos estamos de acuerdo.

El peligro -para el periodismo y la poltica- estriba en que toda metfora naturaliza uno de los trminos, genera la ilusin de que lo sabemos todo acerca de la mitad dura de la comparacin. Lo ms terrible quizs de la frase de Cospedal (los escraches son puro nazismo) no es que identifique el acoso ejercido por las vctimas -pues las vctimas tambin pueden acosar sin dejar de serlo- con los verdugos de los judos; lo ms terrible es que petrifica el nazismo ms all de toda investigacin o de todo aprendizaje.

Leyendo esta declaracin -o el artculo, en direccin inversa, del gran historiador Josep Fontana- uno se pregunta con qu se comparaba al nazismo rampante en 1933 o en 1935 o en 1939. Como el nazismo no era an nazismo sino una opcin ideolgica legtima y popular, los que perciban sus amenazas recurran, por ejemplo, al imperio romano o al colonialismo racista europeo. As lo hizo la mstica y militante Simone Weil desde muy pronto sin que nadie, ni en Alemania ni en Francia, le hiciera mucho caso. Es verdad que ni el imperio romano ni la empresa colonial eran vehculos duros naturalizados en la unanimidad de los ciudadanos; de hecho, el fascismo italiano reclamaba con orgullo la herencia de Roma e incluso sectores comunistas condescendan con el colonialismo. De ah que la comparacin de Simone Weil no fuera una metfora sino una investigacin que cuestionaba, mientras los pona en relacin, los dos trminos as aproximados. Quizs por eso no logr alertar a nadie: porque ni el imperio romano ni el colonialismo amedrentaban o escandalizaban a los europeos; pero quizs por eso en los textos de Weil aprendemos mucho, al mismo tiempo, acerca del imperialismo romano y del totalitarismo del III Reich.

El asunto es: el nazismo asusta? Avisa, advierte, ensea? Cuando alguien evoca su cifra, todos sabemos de qu se est hablando, como cuando se cita la blancura de la nieve. Es el color negro que ennegrece todas las cosas negras. No es ya un fenmeno histrico sino un sol al revs; la anti-perla incomparable a la que slo metafricamente, por comparacin, pueden aproximarse todos los otros fenmenos.

Esta naturalizacin metafrica del nazismo tiene dos efectos asociados y paradjicos. El primero es que nos impide ver los parecidos ante nuestros ojos: del mismo modo que el alma o los dientes de nuestra amada nunca sern tan blancos como la nieve, la crueldad o maldad o tirana de ningn rgimen realmente existente ser jams tan negra como el nazismo. Olvidamos as que hubo un tiempo en que nadie poda comparar el nazismo con el nazismo porque el nazismo se estaba construyendo en Europa de forma lenta y a la luz del da, con el apoyo de un sector fuerte de la poblacin y, an ms, con la complicidad o al menos la aceptacin de todas las instituciones econmicas y polticas del capitalismo mundial. Al tratar el nazismo como si hubiera sido siempre el nazismo -lo que Aristteles llamaba una entelequia- nos volvemos incapaces de relacionarlo con nada que estemos viviendo y, desde luego, con nada que estemos apoyando. E incapaces por tanto de recordar que tampoco los alemanes apoyaban a Hitler -es decir, la Monstruosidad Objetiva- sino a un seor con bigote bastante banal, respetable y sincero, que expresaba sin complejos las lceras histricas del pueblo alemn. En definitiva: nos olvidamos de que si vuelve Hitler no se llamar Hitler ni encabezar un partido nacional-socialista ni su programa incluir la propuesta de un IV Reich.

El otro efecto paradjico tiene que ver con el hecho de que la naturalizacin del nazismo en nazismo, raz dura de todas las negrforas, lo convierte en increble, en imposible y, por lo tanto, en insignificante (porque no significa nada y porque no tiene importancia). Como anti-perla o anti-nieve, vrtice de todo Mal, se ha desprendido de la historia, ponindose a cubierto, por eso mismo, de todo conocimiento. Los nazis se han vuelto incuestionables e indescifrables, como los etruscos y los mayas, como los extraterrestres, como el propio Dios. Sirven para exagerar, para enfatizar, para insultar. No asustan. Nos puede irritar mucho la frase de Cospedal, pero en definitiva se anula a s misma: la presencia nazi desactiva todo su sentido. Lo malo es que lo mismo ocurre con el interesante artculo en el que Josep Fontana compara al PP con el partido de Hitler. A Simone Weil nadie le hizo mucho caso porque no haba unanimidad sobre el terror del imperio romano; a Fontana nadie le har caso porque, al contrario, s la hay sobre el horror del nazismo. El nazismo, convertido en (des)calificativo, descalifica a los que lo denuncian, tengan o no razn.

Cuidado: si vuelven los nazis, lo harn blindados -emboscados- en su propia metfora. Mejor no pronunciar ese nombre maldito que destruye las lenguas que lo nombran.



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