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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-05-2013

Tiempo, tecnologa, capitalismo
Adis a las cosas

Santiago Alba Rico
Ecologista


Algunas veces he descrito la condicin antropolgica del ser humano, hoy casi rebasada por completo, como una mesopotamia de la evolucin, entre la subhumanidad del hambre y la sobrehumanidad del consumo, en la que -incluso si no tenemos apenas experiencias histricas de ese rumbo- era posible an la construccin de un marco poltico relativamente democrtico y relativamente igualitario (por sumarme a la prudencia de Wallerstein). Esa mesopotamia describe una criatura anfibia, con un pie en la naturaleza y un pie en la humanidad, marcada por la conciencia de la finitud y por una laboriossima lucha contra ella, una lucha que, como la finitud misma, slo puede ser infinita y que debe conservar a toda costa los dos extremos, so pena precisamente de destruir los dos. Una victoria definitiva de la humanidad sobre la naturaleza -tambin sobre la naturaleza interior- conducira a ese entontecimiento del hombre por el hombre del que hablaba Levi-Strauss y, en consecuencia, a la extincin cultural y material del ser humano.

La condicin humana se define sobre todo, pues, por su carcter limitado. Del lado de la naturaleza, su residencia en un cuerpo mortal limita la existencia individual a un brevsimo perodo de tiempo (entre 40 y 80 aos, segn poca y pas) y obliga a inventar procedimientos de transmisin de informacin entre generaciones. Del lado de la cultura, la migracin de un cuerpo a otro se ha garantizado a travs de tres facultades maravillosas y chapuceras, las propiamente humanas: una razn, una imaginacin y una memoria finitas. En todo caso, si hay que definir al ser humano de alguna manera habr que hacerlo como una criatura muy limitada y obsesionada adems con los lmites: obsesionada con la bsqueda de lmites (lo que llamamos ciencia) y obsesionada con el establecimiento de lmites (lo que llamamos cultura en su sentido amplio: desde el cultivo de la tierra hasta la creacin de instituciones).

Pues bien, lo que caracteriza al capitalismo, y a su tecnologa ancilar, es justamente la rebelin contra los lmites. Esta ntima acucia libertaria, cuyo hroe central es Prometeo desencadenado, ha desconcertado a menudo a una tradicin de izquierdas fascinada por el desarrollo de las fuerzas productivas y justamente tentada por la rebelda; y ha hecho olvidar adems que si hay algo especficamente griego en el mito de Prometeo es el castigo ms que la osada. Para los griegos -como para la mayor parte de las culturas y sociedades pre-capitalistas- la rebelin contra los lmites defina una conducta individual, siempre tentadora pero casi delictiva, que amenazaba el orden csmico y humano. Es lo que se conoca con el nombre de hybris para justificar el castigo de los que haban querido ir demasiado lejos, por encima de la mesopotamia humana y sus lmites antropolgicos. La hybris era caracterstica de la tirana: Jerjes, Polcrates o Dionisios, para los que la naturaleza misma, y el conjunto de los cuerpos en general, comparecan como puros medios para la acumulacin de poder. En trminos econmicos, lo propio de la hybris tirnica era lo que Aristteles denomin crematstica, la concepcin de la riqueza como un medio para aumentar la riqueza (la saciedad como causa de un hambre mayor) y como medida y destino, si no sumidero, de todas las criaturas vivientes.

El capitalismo es, en este sentido, una hybris, pero no individual sino estructural. Una tirana, digamos, que se rebela sin interrupcin contra los tres lmites que, frente a ella, deberamos conservar y defender como condicin de todo contrato social: la tierra, los cuerpos y la ley. Pensamos con la tierra; imaginamos con el cuerpo; memorizamos con la ley. Estos tres lmites pueden reducirse, a su vez, a uno anterior, una especie de hueso o carne viva de la existencia general: el Tiempo.

El capitalismo es sobre todo una lucha contra el Tiempo; una lucha paradjica, pues en realidad, como veremos enseguida, nos disuelve para siempre en su flujo biolgico. Si lo definimos, siguiendo a Marx, como un sistema en el que toda la riqueza aparece, y slo puede aparecer, como mercanca y en el que la fuerza de trabajo opera como la mercanca ms valiosa, fuente de valorizacin de todas las otras mercancas, el capitalismo establece una relacin orgnica sin precedentes entre trabajo, cuerpo y tiempo. Como sabemos, la explotacin del trabajo y la acumulacin ampliada de beneficios exige la fertilizacin del plusvalor relativo o, lo que es lo mismo, una ininterrumpida aceleracin del tiempo, lo que slo puede lograrse mediante una permanente revolucin tecnolgica de la produccin. Las mquinas, cristalizacin de trabajo y del saber social, son la condicin y la demanda de nuevas mquinas y, por tanto, de una nueva aceleracin temporal. Cabe discutir mucho sin duda sobre la interdependencia ontolgica entre el capitalismo y las sucesivas revoluciones industriales, pero nadie puede poner en cuestin el papel de estas ltimas como motor ntimo de la hybris capitalista. No es posible pensar la mercantilizacin general ni la explotacin ilimitada del trabajo humano -con sus regresos legales, ticos y sociales- sin este progreso tecnolgico desencadenado que ha ido penetrando, como un quiste, todos los aspectos de la vida individual y colectiva.

Las consecuencias de este acelern temporal en trminos ecolgicos son bien conocidas. En los ltimos 30 aos, por ejemplo, se ha emitido a la atmsfera una cantidad de gases de efecto invernadero equivalente a la mitad de la emitida en toda la historia de la humanidad. O pensemos en el hecho ms que elocuente de que el 90% de lo que se produce en un da cualquiera va a parar al basurero antes de seis meses. Tambin se han analizado, claro, los efectos de este incremento de la velocidad sobre los derechos laborales o sobre la financiarizacin de la economa, indisociable de la aceleracin de las comunicaciones a travs de la red. Pero quizs conocemos peor las transformaciones culturales y antropolgicas que acompaan este galope tecnolgico, entre otras razones porque conocemos precisamente desde sus entraas.

Qu supone esta aceleracin para la antropologa? Todas las sociedades pre-capitalistas se resignaron a la necesidad del consumo como un tributo destructivo a la reproduccin de la vida; pero en su lucha contra el tiempo introdujeron mundo en el mundo a travs de toda una serie de objetos declarados incomestibles: objetos para el uso y objetos para la mirada, cuyo conjunto defina el recinto de la cultura (por oposicin a la naturaleza). Su victoria sobre el tiempo tena forma de hacha, de vestido, de poema, de templo. Pues bien, all donde parece que lo que define a nuestra sociedad de consumo es la abundancia o el exceso de cosas, lo que hay es ms bien, de manera paradjica, una anulacin progresiva de la cosa misma como efecto de la acelerada renovacin de las mercancas en el mercado y de un formato tecnolgico que contribuye a sustituir las mediaciones por fluidos: el tributo destructivo -el eslabn animal- cie ahora la totalidad de la existencia, tanto el mbito pblico como el privado. A lo largo de la historia los seres humanos han conocido sociedades sin petrleo, sin hierro o sin escritura; por primera vez estamos a punto de vivir en una sociedad sin cosas. Sin ellas, la victoria capitalista sobre el tiempo coincide con el tiempo mismo y con su duracin sin costuras, como en la entraa de un reloj o de una lombriz.

Las cosas estn a punto de desaparecer, como los elefantes, junto a los elefantes. Bueno, se dir, y qu? Las necesitamos? No eran sobre todo una fuente de engao y alienacin? Un anestsico poderossimo que nos alejaba de la verdadera realidad -Dios y la muerte? No slo el cristianismo; tambin el marxismo ha confundido a veces reificacin y alienacin para acabar arremetiendo msticamente contra las cosas mismas, como contra pantallas o jeroglficos que ocultaban y hacan olvidar el nomeno de la explotacin y del trabajo vivo constituyente. Si hay algo patriarcal en la paciencia de una madre ser porque hay algo profundamente patriarcal en la condicin humana; si hay algo burgus en una silla junto al fuego ser porque hay algo profundamente burgusen la condicin humana. Pero la paciencia y el descanso no son emanaciones del patriarcado o de la burguesa sino instrucciones e incluso demandas de las cosas mismas.

Las cosas resisten y estn en medio. Ni las constituimos ni las destituimos: las usamos o las miramos. Nos comprometen. Son interesantes; nos interesan. Nos vinculan con los otros. Pero al acelerarlas, dejan de ser objetos espaciales para convertirse en objetos temporales, disueltos en el flujo sincrnico como si se tratase de segundos y minutos y no ya de paraguas, mesas, libros, montaas, novios, nios. Entendamos mediante un ejemplo lo que quiero decir: para dibujar un objeto hay que mirarlo larga y disciplinadamente, re-crearlo detalle a detalle, maternizarlo; para fotografiarlo no. Nuestra mirada y nuestra capacidad de atencin son tambin limitados y finitos. No podemos interesarnos por todos los rboles del mundo por mucho que los hayamos metido, uno a uno, imagen tras imagen, en nuestra cmara digital. No se puede amar a todo el mundo ni tener un milln de amigos. Por decirlo a modo de paradoja, lo que no se puede mirar se convierte en imagen. Acelerar el mundo es desentendernos de l.

Las cosas son relatos y manuales de instrucciones. Pues si es verdad que la silla es el olvido del carpintero, es tambin el relato deformado de su fabricacin. Nos cuenta su historia y tambin la de su usuario, incorporada a la curvatura de su asiento y de su respaldo; y adems nos explica cmo hacer una silla. Las cosas son, en efecto, tiempo detenido, memoria materializada ante nuestros ojos, el pasaje grumoso entre el pasado y el futuro que rene en un cogulo engao placentero y conocimiento. Pero el acelern tecnolgico, al derretirlas, nos impide apoyar en ellas ningn relato; la memoria se nos va por el desage de la obsolescencia programada. El mercado ha naturalizado -es decir, liquidado- las mediaciones humanas: nadie puede baarse dos veces en el mismo ro, pero nadie puede tampoco sentarse dos veces en la misma silla.

Las cosas, que resisten un poco, acaban por morir. Son frgiles. Son insustituibles. Son -tarde o temprano- irreparables. En este sentido, nuestra condicin tantas veces negada de sujetos (de razn o de derechos) no debe hacernos olvidar que los seres humanos somos tambin cosas, como los vasos y el papel; es decir, objetos de cuidados. Son los cuidados, y no al revs, los que hacen valiosas las vidas humanas y han sido por tanto las mujeres, especialistas en sostener fragilidades, fuente de valorizacin de los cuerpos, las que nos han hecho amable a nuestro amigo, deseable a nuestro amado y rechazable el crimen, la tortura y la crueldad. Si el Derecho tiene una raz en la razn y otra en la atencin, la primera no tiene sexo; la segunda es histricamente femenina. Pero el acelern temporal del capitalismo, al renovar cada vez ms deprisa las mercancas, al mercantilizar tambin los cuidados, acomete una desvalorizacin sin precedentes de todas las cosas, incluidos los cuerpos humanos. Curiosamente la sociedad que ms ha fragilizado el mundo es la que ms ha generado la ilusin subjetiva de haberse sacudido el yugo de la naturaleza y de estar destinada a la inmortalidad. Ahora bien, ninguna ilusin mdica o tecnolgica, ninguna fantasa de trabajo inmaterial, podr jams liberarnos del trabajo de los cuidados. Sin trabajo no hay humanidad. Peinarse es un trabajo; peinar a un nio es el trabajo que da valor a su pelo y que vuelve irrenunciable su existencia. Todos derivamos nuestro valor objetivo -en cuanto que objetos humanos- del trabajo material de los dems sobre nuestro cuerpo.

Puede ya adivinarse qu significa para la condicin antropolgica de la humanidad la desaparicin de las cosas? Es la muerte de las tres facultades neolticas -la razn, la imaginacin y la memoria- y el fin de la mesopotamia de la evolucin, desde donde poda hallarse an un camino hacia la democracia y la igualdad. El mundo se vuelve impensable, irrepresentable e in-memorizable. Nos importa muy poco, por tanto, su destino e incluso su supervivencia. Ni siquiera nos parece bello. A fuerza de explotar la fuente de todo valor, el capitalismo ha secado de raz todos los valores. El mbito del consumo, al que se ha desplazado el eje de la construccin de la subjetividad, est tan proletarizado -dice con razn Stiegler- como el de la produccin, pero no pone en relacin, al contrario que la fbrica, sino conciencias individuales con flujos temporales impersonales: es lo que l llama miseria simblica.

Estamos, pues, perdidos? No podemos recuperar las cosas? La dificultad estriba en que no se trata de una cuestin poltica soluble en un aumento de la conciencia; la conciencia puede hacer poco contra un dispositivo material destituyente. Tenemos que afrontar, de entrada, esta cudruple paradoja:

La paradoja es que la lucha capitalista contra el tiempo nos disuelve subjetivamente en el tiempo.

La paradoja es que la destruccin capitalista de la naturaleza nos hace sentir subjetivamente indestructibles.

La paradoja es que el desencantamiento capitalista del mundo convierte el desencanto subjetivo en un nuevo e irresistible lazo mundano.

La paradoja es que la explotacin capitalista del cuerpo por medios tecnolgicos nos desplaza subjetivamente fuera de el.

Escrib en una ocasin que slo los pobres tienen cosas y cabra pensar quizs que la recesin y la crisis nos las van a devolver y, con ellas, esas tres chapuceras facultades -y todos sus autoengaos- que necesitamos para establecer un nuevo contrato social. Pero el problema es que esta cudruple paradoja no es reductible a una economa o un modo de produccin. Es ya un soporte tecnolgico del que, salvo cataclismo o derrumbe civilizacional, no podemos volver atrs: el consumo dominante es el consumo de la clase dominante, digamos, pero es que adems la tecnologa dominante es la tecnologa que permite sobrevivir tambin a las clases dominadas. En cualquier otro mundo posible que queramos imaginar, habr que aceptar en parte la divisin del trabajo capitalista y su tecnologa ancilar para alimentar a 7000 millones de personas. La aceleracin es tecnolgica, no slo econmica y, si la humanidad puede perfectamente retroceder en sus derechos, no puede renunciar en cambio a lo que ya ha producido y a lo que ya sabe. Resumamos el dilema con otra paradoja extensible al conjunto de nuestra ciencia aplicada: para borrar el conocimiento de cmo se fabrica una bomba atmica -artefacto del que no hay un posible uso ecologista o comunista- habra que arrojar una bomba atmica. Tenemos que cargar, pues, con la tecnologa actual y con su aceleracin temporal, que ha dislocado o, mejor, discroniado a la humanidad fuera de los cuerpos. No podemos volver a ellos. Pensamos, imaginamos y nos divertimos desde prtesis exosomticas a las que no podemos renunciar y que, por muchas ilusiones que nos hagamos, no podemos controlar.

No hay ninguna esperanza? S, una. La tecnologa, es verdad, no es slo economa. Pero ni una ni otra han conseguido superar un lmite: la muerte. A los cuerpos seguimos atados por los cuidados y sus trabajos. La recesin y la crisis -junto a la ofensiva talibn del neoliberalismo- no nos devolvern la belleza de los rboles y las montaas ni -por citar un poema de Pasolini- las de los cuchillos, las mandolinas y los calzones con remiendos, pero nos estn obligando ya a repolitizar la atencin recproca y la valorizacin auxiliada de los objetos humanos. Del fondo de esa mesopotamia superada o interrumpida por el acelern temporal surge la vieja, chapucera y maternal solidaridad, ahora sin sexo, sta s antiburguesa, para recordarnos que lo nico que puede salvarnos es que seguimos siendo muy pequeos.

Fuente: Revista Ecologista n 76



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