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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-05-2013

Para una crtica por venir
Observaciones sobre el campo potico

Arturo Borra
Rebelin


Algunos, adelantndose a muchos, van ganando el desierto.

Antonio Porchia

Para todos y para ninguno.

Friedrich Nietzsche


-I-

En una poca marcada por el escepticismo la crtica resulta sospechosa. El campo potico no escapa a ese estado de nimo. Al menos en el contexto espaol, la crtica mutua de textos y prcticas poticas se ha tornado algo completamente excepcional. La incomodidad de los cuestionamientos ha cedido a las conveniencias. No es de extraar la ausencia de una sociologa del campo, como no sea la que se hace a menudo salvajemente, de forma annima, reafirmando su resistencia a exponerse ella misma a la objetivacin que practica con respecto a otros. Como dira Bourdieu, los objetivadores se resisten a ser objetivados, en tanto participantes del campo. Toda su autoridad mstica se derrumbara en su reenvo a una posicin especfica dentro de una trama de relaciones sociales de poder; en vez de la presuncin de unos evaluadores imparciales y desinteresados (al modo de jueces implacables) nos toparamos con unos jugadores ms (parte del juego que juzgan), atravesados por apuestas especficas, basadas en valores y sentidos ms o menos argumentables pero de ningn modo vinculantes (1).

Tampoco es de extraar la desaparicin casi total de una crtica literaria relevante. Es cierto que podran sealarse algunas valiosas iniciativas en sentido contrario, pero eso no es bice para reconocer el penoso estado del arte no slo ya de la crtica especializada, sino tambin de la crtica en tanto operacin especfica de lectura. La primaca de las reseas literarias ms o menos elogiosas es de por s ilustrativa; apenas si es concebible que alguien cuestione de forma abierta un texto potico sin que inmediatamente surjan los presupuestos de su mala fe o enemistad con respecto al autor de los textos cuestionados. La creacin potica, concebida como atributo del yo, queda sustrada de la posibilidad de un anlisis capaz de determinar sus lmites. La crtica convertida en hereja es significada como una accin doblemente ofensiva: como ataque personal y como acto humillante a quien la recibe. No deja de ser paradjico que, en un contexto as, esta desaparicin pblica conviva con la proliferacin de injurias y difamaciones privadas.

Dicho brutalmente: como no sea por algunas luminosas excepciones, la crtica literaria y sociolgica brilla por su ausencia. En esas condiciones culturales, cmo rehabilitar la crtica sin recaer en una nueva pica del sujeto que vendra a restituir de forma mesinica la verdad incmoda del campo potico? No basta con dar un golpe en la mesa y restablecer, en un acto soberano, lo reprimido. Por mi parte, me limitar a una intervencin preliminar centrada en el anlisis de algunas prcticas hegemnicas, aunque previsiblemente dicho proceso deje marcas concretas en la produccin potica. En ltimo trmino, mediante un desplazamiento metonmico, es imposible no preguntarse si esta sintomtica marginacin de la crtica literaria y sociolgica no conduce a la marginacin de la dimensin crtica en la produccin potica misma.

Antes de aventurar algunas hiptesis de lectura, sin embargo, anticipemos algunas limitaciones de semejante reflexin genrica: no permite discernir el valor diferencial y singular de determinadas creaciones poticas ni identificar autores ms o menos valiosos o irrelevantes. Con todo, no es mi propsito hacer crtica literaria sino procurar reconstruir algunas regularidades que atraviesan el campo, esto es, que forman parte de las condiciones de produccin y recepcin poticas en el contexto espaol y que, por lo dems, explican al menos parcialmente nuestras luchas y apuestas.

Es cierto que el reproche es previsible: por qu no nombrar a los responsables de esta situacin ruinosa, suponiendo que los conocemos? No deberamos ser ms osados, sealando con nombre y apellido a esos grupos de poetas, periodistas, editores y crticos profesionales que han convertido el campo potico espaol en una meseta en la que la condicin de existencia es la rigurosa elusin del ejercicio abierto de la crtica? Semejante reproche, sin embargo, se apoya en el presupuesto metodolgico de que es posible depositar en unos sujetos determinados la responsabilidad central, sino exclusiva, de esta situacin (diferenciable de forma clara de casos especficos de corrupcin, nepotismo, favoritismo o cualquier otro acto jurdica y ticamente ilcitos). La inculpacin de unos individuos y grupos especficos, sin embargo, deja sin explicar por qu esta ausencia tendencial de intercambios crticos rebasa de forma evidente las fronteras de esos individuos y grupos. O, en otros trminos, no da cuenta de las dificultades compartidas que tenemos al momento de producir esos intercambios.

Es en este punto en el que entra en juego una segunda razn, de carcter tico. Puesto que se trata de prcticas hegemnicas, la estrategia de la denuncia (2), basada en la ejemplificacin, pone el riesgo a distancia. Confina la mancha a unos pocos elegidos, en vez de operar en el sentido de una interrogacin colectiva que interpela en singular. Esa estrategia, de algn modo, cometera la injusticia inversa de la omisin. Puesto que es parte de nuestra responsabilidad empezar a construir de otro modo, lo que necesitamos no es identificar de forma ms o menos acusatoria a unos presuntos responsables sino discernir modalidades operativas que configuran el actual campo potico.

La contrapartida de unas afirmaciones genricas -que presuponen la existencia real de casos diferentes (la regla de la excepcin)- es su carcter transversal. Limitarse a la mencin de algunos notables como paradigma de estas prcticas no slo no es un acto especialmente osado: es simplista y, en ltima instancia, nos impide reconocer la magnitud de un problema que nos implica de una manera ms directa.


-II-

Separar el campo potico de sus condiciones histrico-sociales de produccin es un error. Las prcticas poticas estn sobredeterminadas por una cultura hegemnica en la que la resignacin, cuando no el conformismo, son pautas dominantes. No hay ningn abismo entre esa cultura y lo que ocurre en el espacio de lo potico. A pesar de las evidencias cada vez ms lapidarias de un capitalismo de la catstrofe, el discurso de la resignacin, en el campo potico, deviene imperativo de adaptacin: puesto que la relacin del sujeto con sus condiciones de existencia es significada como intransformable, la salida prevaleciente no es otra que la de adaptarse. Jaqueada la alteridad (recluida a lo imposible), la coartada se hace ntida: no queda ms alternativa que hacerse un lugar dentro del mundo conocido. El deber del goce es la puerta de ingreso de la permisividad ante lo inaceptable, esto es, el declive de la crtica.

En estas condiciones ideolgicas y polticas, cabe esperar algo del acto de poetizar y de los poetas? Eduardo Miln lo dice taxativamente: no cabe esperar nada. Pero () decir o preguntarse qu cabe esperar es como creer que hay algo de elegidos -secretamente, en voz baja, murmurado porque carece de prestigio en el mundo real- en los que escribimos poesa y somos poetas. Lo que est en juego hace tiempo es lo humano. Y luego, de ah, lo mejor de lo humano que puede ser la creacin. Pero hay que precisar: la creacin de buena calidad. Tambin abunda la mala. En esta poca es dominante (3).

Si en primera instancia lo que est en juego es lo humano, qu implicaciones en ese plano tiene una matriz potica hegemnica que cultiva el desencanto y clausura su vnculo con la crtica? Puesto que este discurso potico descree de todo salvo de s mismo- no puede producir sino un sujeto resignado frente al actual estado de cosas. Si esto es as, qu sentido podra tener esta poesa como no sea la prolongacin del placer por otros medios, esto es, la procuracin de un lugar distintivo que favorezca una carrera profesional exitosa, el uso de la escritura como punto de visibilidad fantaseada y lugar secreto de prestigio personal?

El cinismo es la ideologa de la aceptacin del presente. Segn la ecuacin al uso, en un mundo daado no habra ms remedio que resignarse o morir: acomodarse como se pueda o quedar fuera. En esta nueva modulacin individualista, lo humano que se juega es este individuo normalizado que ha aprendido a callar es decir: a no cuestionar- para acceder a los beneficios secundarios del orden existente, en particular, a un sistema de distinciones que carece de prestigio en el mundo real. Como no sea -valga la salvedad- para otros poetas. Creerse elegidos podra ser un buen consuelo slo si nos conformamos a jugar con las reglas (dominantes) del arte.

La repeticin del ritual inicitico, en este contexto cnico, es aceptacin de unas jerarquas frreas e incuestionables. Acceder a un lugar subalterno sera tambin abdicar de su crtica: aceptar una estrategia de sucesin, declinar toda insolencia. La autorizacin cruzada de los sujetos llamados a la sucesin puede adquirir visos inverosmiles: intercambio de premios en concursos pblicos por parte de un jurado que luego ser concursante y concursantes que sern jurado; trfico manifiesto de influencias; acceso privilegiado a editoriales e industrias culturales, cuando no a cargos pblicos y, en general, como deca Karl Krauss, mutuos reenvos de ascensor que sancionan el juego de pertenencias y exclusiones. El ritual, por tanto, tiene una doble funcin delimitadora: confirmar los que pertenecen al clan y los que estn fuera del crculo mgico de los favores, excluidos de los beneficios de la pertenencia, incluyendo el de las jvenes revelaciones editoriales.

De forma relativamente independiente a esta dimensin social del ritual, ms sorprendente resulta la celebracin de un tejido de tpicos y trivialidades planteados como una suerte de iluminacin sagrada. No es difcil identificar algunos de esos lugares comunes repetidos hasta el cansancio: la representacin nada novedosa del individuo como fuente de novedad; la apelacin esnobista a la antimoda; la construccin del sujeto potico como objeto ertico irresistible, incluyendo la femme fatale o el gigol impenitente; la desconfianza ante cualquier apuesta innovadora y subversiva; la reivindicacin de la transgresin (pero qu se transgrede cuando las normas tico-polticas dominantes permiten casi todo?); el descrdito de valores y principios de orientacin universalista; el rechazo terico a la teora; la reivindicacin de lo cotidiano y del humor y, en definitiva, la defensa de la experiencia ntima como ltimo refugio de un individuo (masificado). En un plano formal, los tpicos son ms simples aun: la apologa de la sencillez y la claridad formales; la reivindicacin de un lenguaje coloquial, directo y comprensible; el rechazo realista a cualquier estilizacin (salvando el estilo realista desde luego); en suma, la defensa de una potica de la transparencia escrita por sujetos corrientes.

No se trata, claro est, de negarse a problematizar una serie de categoras metafsicas heredadas. El problema aqu es que este discurso acrtico se niega a hacerlo, aniquilando lo que desconoce. Paradjicamente, a pesar de su tenaz afirmacin de la no-verdad y de una abigarrada apologa de un relativismo ms abstracto que efectivo, esta esttica se reivindica a s misma a fuerza de descalificar otros modos de produccin potica. Ante el dogma de una sociedad posideolgica, convertido en ideologa dominante, consagra su propio vaco: puesto que proclama no creer en nada, lo nico que cuenta es la excentricidad de las formas y las performances, en suma, la ceremonia de una esttica vaca.

Un discurso semejante trae sus pequeos regocijos. Permite la circulacin social, instaura la era del intercambio y evita que las intrigas de alcoba se conviertan en enemistades pblicas. La euforia efmera es la contrapartida de esta forma de nihilismo que exculpa al propio sujeto de la responsabilidad en la produccin del mundo social. Lo exime de cualquier deber incluso si concebimos ese deber como algo que no est ligado a la deuda sino a un deseo razonable-. Pero puesto que segn esta perspectiva no hay pauta de rectitud, tampoco hay nada que rectificar.

Si hay alguna indignacin en esta posicin es ante un mundo que no la reconoce lo suficiente. Es previsible que no falten antologas poticas que rentabilicen un sentimiento colectivo esencialmente annimo: no es cuestin de creencia, sino de visibilidad. Aunque sera errneo decir que la poesa indignada es lo contrario a la indignacin (po)tica, tampoco en este campo faltan oportunistas que buscan resguardarse, a travs de la lgica del etiquetado de ocasin, del lugar inclasificable desde el que una poesa inconformista necesariamente se formula. Por retomar lo que deca Miln: Yo apoyo a los indignados como ser humano. Yo me indigno. Eso marca mi escritura. Pero no es una receta ni un mandato. Todo ser humano debe indignarse. Se juega la vida en eso. Como poeta no s si es necesario proclamarse. En la modernidad la poesa no ha sido una suerte de indignacin ms o menos estentrea? No era Rimbaud un indignado? Lautramont? Baudelaire? Mallarm? Artaud? Duchamp? Satie? Martnez Rivas? Nicanor Parra? Dcio Pignatari? Y sigue la lista. La creacin artstica que yo valoro viva en el punto de indignacin. Otra no. El problema es que esa que no se volvi mayoritaria y dominante. Digamos entonces a modo de sntesis: poesa inconformista es aquella que se resiste a celebrar el alma bella en el desierto circundante, esto es, poesa que asume su vocacin crtica. No es una cuestin de rtulos sino de modos de produccin cultural. En trminos poticos, eso equivale a sostener que la revuelta (la puesta en crisis) empieza, ante todo, por el lenguaje, cuestionando las estructuras de una sintaxis normalizadora que asfixia el pulso.

Una esttica del desencanto, por lo dems, no puede subvertir ninguna norma; ello supondra arriesgar otro horizonte de sentido. A lo sumo, se mover en su borde para no quedar fuera de juego. La transgresin reafirma el centro en el mismo gesto de violarlo. No cuestiona la Ley; la usa para la extraccin de un placer adicional. La fuerza liberadora de la risa es un pobre consuelo. La transgresin en su sentido habitual forma parte de una estructura trinitaria en la que tambin participan la Ley y la Prohibicin. Como dicen Deleuze y Guattari () no es nada, simple medio de reproduccin (4), cuando de lo que se trata es de sustituir esta reproduccin circular por una progresin, una lnea de fuga... Los presuntos transgresores no son en absoluto transgresores: el xtasis de las drogas, de la sexualidad transitiva o abusiva, el abandono orgistico o el exceso en cualquiera de sus formas habitualmente no transgreden nada y, cuando lo hacen, es a ttulo de licencia potica que confirma la norma (5). Son parte del paisaje: sntoma de un deseo de escndalo que ya no escandaliza a nadie, referencia a una presunta osada que se niega en el momento mismo en que renuncia a poner en cuestin alguna complicidad colectiva. A la luz de la resonancia que generan en un auditorio cautiv(ad)o (6) desde siempre, qu otro sentido podra tener una poesa as concebida que no sea reproducir el ritual jerrquico de los nombres propios o el juego de las distinciones ms fantaseadas que reales?


-III-

En este contexto, es interesante recordar la nocin de acto, tal como la reconstruye Slajov Zzk en trminos psicoanalticos. El acto es aquel que compromete la dimensin de algn Real imposible, orientado no al intento de resolucin parcial dentro de un campo simblico sino al () gesto ms radical de subvertir el principio estructurante mismo de dicho campo.

Un acto no simplemente ocurre dentro del horizonte dado de lo que parece ser posible; redefine los contornos mismos de lo que es posible (un acto cumple lo que, dentro del universo simblico dado, parece ser imposible, pero cambia sus condiciones de manera que crea retroactivamente las condiciones de su propia posibilidad) [7].

En un sentido radical, un acto implica atravesar la parte repudiada de s mismo, la fantasa imposible que nos resulta inadmisible: su aparicin transforma tanto a su agente como altera el campo hegemnico. Dicho de otra manera, es una intervencin subversiva que apunta hacia lo Real (en tanto aquello que, en el mismo proceso de simbolizacin, se resiste a la simbolizacin).

Slo hay que dar un paso para sealar que la osada el ejercicio de la libertad de crtica- supone pasaje al acto, atravesar la fantasa social fundamental que, sin embargo, es repudiada. Desde este prisma, es fcil advertir que las actuaciones poticas prevalecientes distan de esta condicin perturbadora. Ms todava: la prueba de su falta de riesgo reside en la rpida aceptacin grupal de la que son objeto o, dicho en otros trminos, en la identificacin irreflexiva que producen.

A esta osada tendencialmente ausente cabe contraponer la actual mmica del escndalo, convertida en moneda corriente dentro del campo potico. Hablar de sexo y violencia, repetirse en lo obsceno, en la repugnancia escatolgica, en los excesos nocturnos, en suma, apelar a una retrica del reviente, forma parte de esta mmica. La esttica del friqui (que hace del s mismo la superficie misma del espectculo), con todo, tiene algo semejante al clown: se re de s para ocultar su tristeza. Si por una parte la contrapartida de este yo potico auto-encumbrado no es sino la de un lector reducido a espectador, por otro lado esa cumbre del yo tiene a menudo una dimensin pardica propia de saber, finalmente, que no se trata ms que de una pantomima. La excentricidad como rasgo saliente de la subjetividad parece ser el renovado motivo potico en el inicio del siglo XXI (8): una respuesta tpica ante las carencias socioafectivas de una sociedad del anonimato.

Llegados a este punto, podramos acometer la crtica a una matriz potica especfica sin afrontar, en primera instancia, el cuestionamiento a unas prcticas hegemnicas? En el plano del anlisis de esas matrices, la tentacin es doble: 1) aceptar la dicotoma que desde hace dcadas se propone en Espaa (o se hace poesa de la experiencia o se hace poesa metafsica) o 2) aceptar dicotomas equivalentes, que reafirman una divisin bipolar del campo potico, en el que se jerarquiza el trmino denostado por la oficialidad (realismo sucio, poesa del silencio, poesa de la conciencia). Para retomar uno de los argumentos centrales de La experiencia de lo extranjero: () slo las excepciones a ese sistema bifronte componen la poesa ms viva que entre nosotros puede leerse hoy (9). La proliferacin de rtulos genricos no oculta la voluntad de domesticar la proliferacin de singularidades poticas que es, a mi entender, lo decisivo al momento de reflexionar sobre lo potico (motivo por el cual este trabajo no puede ser ms que un prefacio para una crtica por venir).

La hiptesis alternativa que quisiera recordar, entonces, avanza en otro sentido: no en la reivindicacin de uno de los dos trminos dicotmicos, sino en la puesta en cuestin de esta economa binaria, que oculta la heterogeneidad radical de la produccin potica, esto es, la trama plural de lneas de creacin discursiva que englobamos bajo la rbrica de poesa. Tras la divisin bipolar lo que perdura es la aceptacin de que slo hay slo dos modos de poetizar, suprimiendo del debate la pluralidad efectiva de iniciativas estticas. Anlisis de esta clase no slo son escolares; excluyen de forma autoritaria los flujos poticos que no encajan en esta taxonoma ya de por s cercenada.

Para el caso, ms que apelar a un espritu taxonmico que a lo sumo tiene inters como primera aproximacin, pero que no nos exime de un anlisis de todo lo que hubiera de innovador, singular y valioso en cada produccin potica-, lo fundamental es seguir preguntndonos por la emergencia de iniciativas poticas capaces de subvertir una lgica del campo que, como he anticipado, podra describirse en tres dimensiones interrelacionadas y diferenciables: a) una dinmica atrapada por el desencanto ideolgico, b) el relativo desinters con respecto al trabajo reflexivo de la forma y c) la primaca social de la lgica de los clanes.

Desentraemos mnimamente esas tres dimensiones. En primer trmino, en nuestra actualidad se plantea la evidencia apabulladora de una poesa del desencanto que no es monopolio de la potica oficial en lo ms mnimo. Incluso quienes se auto-representan como grupos alternativos (en trminos tanto estticos como polticos), la expansin de este discurso es notable y se hace manifiesto, ante todo, en un imperativo de goce dogmatizado, como salida individual a una sociedad que se representa falazmente como postideolgica: puesto que no hay nada que creer, la nica creencia sostenible es la que condena todas. En un marco as, la lucha poltica cede su relevancia a la lucha egoica por la consecucin de un placer de por s mitigado al interior de un grupo de pertenencia. Dejando a un lado las inconsistencias lgicas y polticas bsicas que una postura as presupone, sus consecuencias en los procesos de escritura potica son inequvocas. Ante todo, como desinters por el trabajo formal del poema como elaboracin crtica. El efecto de este desencanto, sin embargo, no debera describirse como mera despreocupacin estilstica; ms bien, se trata del desarrollo de un especfico lenguaje de filiacin; esto es, de un lenguaje marcado que permite al sujeto firmante inscribirse de forma explcita en determinado grupo potico y salir en trminos imaginarios, mediante este mutuo reconocimiento, del anonimato del yo vivido como una condena.

Si esto es cierto, tal vez podamos explicar mejor la relativa uniformidad esttica que desde la dcada de los ochenta predomin en Espaa. Si bien desde hace una dcada esa relativa uniformidad no hace sino estallar mediante la irrupcin pblica de poticas diversas, marginadas o emergentes, estamos lejos todava de habernos liberado de un sistema de clasificacin bifronte en el que las poticas que se enfrentan terminan asemejndose entre s, al centrarse ante todo en la descripcin realista (presuntamente no estilizada) de una experiencia pensada en trminos restrictivos. Una red de motivos tpicos reenvan a la cultura de la resignacin a la que vena refirindome: conectan al desengao como vnculo con la existencia. Tal como analiz con detenimiento Chantal Maillard en Contra el arte y otras imposturas (10), la primaca de lo kitsch (como versin pardica del ideal vanguardista de fundir vida y arte) consagra una doble degradacin: la eliminacin de la complejidad de la obra y su reduccin a una suerte de souvenir de la memoria. La celebracin de lo efmero forma parte ya de una cultura de la globalizacin:

Una cultura que lo fagocita todo y lo devuelve empequeecido, degradado, trivializado. Se aduea de las formas y las devuelve simplificadas, estereotipadas, serializadas. La mentalidad kitsch lo impregna todo: hay espiritualidad kitsch, intelectualismo kitsch, ecologismo kitsch, etc. Vivimos inmersos en el artificio, la artificiosa representacin de lo que en otras pocas era genuino (Maillard, op.cit.: 35).

La retrica alternativista no oculta esta (contra)oficialidad que hace del desentendimiento de lo comn norma de accin y que, incluso, no se priva de parodiar lo que entiende como caduco: un horizonte potico orientado por la crtica (filosfica, esttica y poltica). Del mismo modo que la voluntad de trasgresin es su marca tica, el uso de un lenguaje precrtico es su signo inconfundible: el conservadurismo formal es, simultneamente, sustraccin del cuestionamiento radical del mundo histrico-social. No es este discurso potico el que puede reconocerse de forma transversal en distintas escuelas y grupos? Y no deberamos evitar aqu el seuelo de la crtica ejemplar, cuando se trata de algo mucho ms arraigado en la poesa como prctica cultural? La arbitrariedad del juego de inclusiones y exclusiones localiza los desaciertos en un exterior puesto a distancia. Ello no slo no contribuye a dimensionar la magnitud del desastre sino, lo que es ms significativo, omite el vnculo extratextual entre determinadas poticas y el modo en que se distribuyen los capitales simblicos en el campo potico presente.

Esta reflexin conecta a la tercera dimensin; esto es, al modo hegemnico de construccin de vnculos poticos basados en una lgica cerrada, eminentemente endogmica, en la que la alteridad no tiene lugar. Es precisamente esta condicin monolgica y dogmtica la que nos permite especificar el clan como modo hegemnico: lo que cuenta es el juego de alineaciones. No es extrao entonces que quien no conozca el mapa (y no digamos ya: quien lo cuestione de forma radical) se pierda el juego, esto es, quede excluido de los bautismos de la confesin y los rituales confirmatorios. En esta instancia, la distincin entre comunidad abierta y clan adquiere suma relevancia al momento de pensar distintas configuraciones grupales. No estoy cuestionando, claro est, las relaciones de amistad y el cultivo de afinidades electivas que, como en cualquier otra esfera de actividad, se producen entre poetas. Es evidente que casi todos participamos en grupos especficos y no hay nada ilegtimo en ello. Quienes cuestionan esas pertenencias, sencillamente, reproducen la mitologa purista del artista solitario sustrado de la mundanidad. La referencia a la lgica de los clanes, por el contrario, remite a la construccin del propio grupo de pertenencia como referencia exclusiva, absoluta y central para juzgar aquello que ha de entenderse por poesa vlida y a la distribucin excluyente, jerrquica y monoltica que hace de las oportunidades que dicho grupo gestiona en funcin de un juego de lealtades personales. En otras palabras, un grupo se configura como clan cuando pretende ejercer de forma autocrtica el monopolio de la legitimidad artstica, negando la posibilidad de un autntico dilogo con otras posiciones poticas. Por el contrario, llamo comunidad abierta a un grupo orientado hacia pautas exogmicas, no slo capaz de descentrarse en sus juicios estticos, sino que pone en prctica esa apertura crtica ante otras posiciones estticas. Es evidente que semejante poltica de la hospitalidad no equivale a la aceptacin de cualquier potica o a la celebracin posmoderna de cualquier diferencia esttica sino ms bien al reconocimiento selectivo de otras poticas que juzga valiosas y pertinentes.

Sobre este fondo, es fcil advertir que la primaca de una lgica clnica en el campo potico supone no slo una cierta hostilidad ante la alteridad, a menudo manifiesta como indiferencia, sino una lgica homogeneizante que, en el orden de la escritura, se hace manifiesta tanto en la repeticin de tpicos poticos como, ms en general, en el uso acrtico de un lenguaje de filiacin que reproduce ideolgicamente lo que hay que cuestionar. Por otro lado, al ceder a la presin de lo hegemnico, repite una tradicin de corte individualista que, no obstante exaltar al individuo, lo realiena en clanes o tribus poticas concretas. No se trata de una autntica contradiccin: nuestra formacin social se reproduce instalando la hegemona de un individualismo exacerbado que, paradjicamente, subordina al individuo a la normalizacin. Lo normal, en esta cultura de la dimisin, es la repeticin de ciertos motivos hedonistas: la noche, la fiesta, las drogas, el desenfreno sexual (a pesar de que ese desenfreno es ms fantaseado que real, fuertemente regulado por un hetero-sexismo imperante). En esas condiciones, los lmites de una vida aplanada, reducida al circuito familiar, aparece como lmite mismo de lo poetizable, desconociendo lo que escapa a ese horizonte como extemporneo.

Discurso, entonces, que al mostrar su desencanto ideolgico, se repliega en una intimidad separada falazmente del contexto poltico, econmico, social y cultural que la produce. Una intimidad as significada conduce a un intimismo confesionalista que deja sin elucidar las condiciones que producen los desgarramientos individuales, la soledad recurrente, la necesidad de escape, el refugio en una sexualidad efmera y la bsqueda desesperada de un excedente de placer que se fuga en el momento mismo de obtenerlo. Lo potico, configurado de este modo, deviene extensin del desencanto cotidiano: slo cuenta lo propio, pero una propiedad que finalmente constata su vaco, a fuerza de un yo exhibicionista que, a pesar de tener ms medios que nunca para mostrarse, apenas tiene algo que mostrar.

Como una maldicin del sujeto, lo que un discurso de este tipo tiene para ofrecer apenas es tenido en cuenta. En un mundo donde todo debe tomarse con la misma carcajada, donde las utopas libertarias y socialistas suenan sospechosas o nostlgicas, lo nico que queda es el mercado de las provocaciones: la confirmacin de que ya no hay ms que hacer o, peor an, donde lo nico que podemos hacer es entregarnos obsesivamente al Goce (de todas formas denegado o postergado). Otra vez: no se trata de oponerse a un cierto uso de los placeres, sino de problematizar un hedonismo planteado como imperativo, especialmente, cuando el plus-de-placer se logra a fuerza de desconocer el dolor (ajeno). Una postura as vaca el sentido mismo de la alteridad, ligada a la produccin de significaciones, valores y prcticas diferenciadas que permitan sustraernos de un presente asfixiante.

El riesgo como parte constituyente de lo potico es aqu confinado por una frmula de reiteracin que reafirma el juego de las pertenencias, como si el pblico reclamara, ante todo, algunas seas de identidad. El ejemplo del nuevo perfomer ayuda a comprender. Es de sobra conocido que los surrealistas usaban las perfomances como puestas en acto de la extraeza, incluso como medio catrquico o estrategia de conmocin. El retorno a la dimensin corporal del discurso bien puede formar parte del repertorio crtico de la poesa. Sin embargo, no son las perfomances que dominan el presente formas de producir el cuerpo como superficie del espectculo? Una manera de encubrir la insignificancia del poema en tanto creacin lingstica? El problema de este discurso sin palabras, centrado en el enunciador, es que no tiene nada que decir. La opcin por el yo as modelado se convierte en ritual narcisista, en repeticin de una risa desencantada: el mensaje es la imagen del cuerpo espectacularizado.

Podramos decirlo de otra manera: all donde la elaboracin simblica fracasa no queda ms que un cuerpo cosificado. Porque lo cuestionable no es hacer del cuerpo una superficie potica (algo que en principio tambin el body-art hace con resultados dispares), sino la conversin del cuerpo en recurso exhibitivo, en un (pre)texto retrico para denunciar de manera efectista toda retrica potica que no acepte el pacto con esta clase de discurso corporal. No queda ms que el golpe de impacto, como voluntad de dar fuerza a aquello que estructuralmente no puede tenerlo: un discurso que prescinde del trabajo simblico, no slo en el campo de lo formal, sino en el terreno de la produccin elucidada de sentido. Una potica que se exime de realizar una crtica al lenguaje condicin para abrir tambin a una crtica de lo real- no puede ms que apelar a algunos ttemes: ante la repeticin de lo ftil, la idolatra expresa este movimiento hacia un Sujeto soberano, en el que se toma la palabra bajo la tutela autorizante de un gran Otro que, por lo dems, no existe. Una escena as, sin embargo, no da lugar a la metfora: al no aceptar la sustitucin de los significantes, se reafirma en la literalidad de un hedonismo ciego a la herida del mundo.


-IV-

En ese contexto desacralizado que consagra como dogma dominante la imposibilidad de lo diferente, proponer una restauracin de la virtud (potica) es una trampa: cifra en la elocuencia retrica la clave de lo potico, como si un perfecto cadver de palabras dispuestas a partir de unas reglas simples de rima, mtrica y ritmo- fuera la summa deseada. La restauracin convierte la poesa en un museo que slo puede tener inters para los coleccionistas de frases bellas o aquellos que se dejan convencer de que lo interesante ha de ser, por fuerza, solemne (11).

La crtica a ciertos tpicos poticos no tiene por qu convertirse en un llamamiento al orden dispuesto e impuesto por los presuntos maestros de la palabra que seran los poetas. Es ms bien una interpelacin a la pasin potica, al deseo de reconquistar, como deca Paul Celan, el balbuceo y digo balbuceo, no lacona, el ms habitual de sus simulacros-, como espacio en el que batallamos por decir lo indecible, por transitar a travs del lenguaje a una experiencia en la que se batalla con el silencio, no para eliminarlo, sino para aprender a convivir con ste. El balbuceo: aquello que se fuga en las grietas del lenguaje. Lo que no puede ser ms que tanteado. Una proclama o una declaracin de principios pertenecen al orden prosaico; el cultivo del desencanto no nos sustrae de ah. Es heterogneo con respecto al abismo que balbuciendo tanteamos. En ese arte de lo imposible nos movemos. La poesa es la verdadera resacralizacin laica del mundo, deca Juarroz en un pequeo gran libro (12). Puede que en esta escritura nuestra opcin sea aprender a naufragar, a seguir aferrndonos a tablas astilladas, a los restos de una prdida primigenia. Siempre habr otros que no aceptarn este hundimiento y protestarn con fuerza ante el ejercicio de descentramiento que esta escritura de la fragilidad exige. No es que sea impensable una potica del yo; una vez ms, lo problemtico es el modo de construirlo en trminos simblicos, el lugar a menudo tan desmesurado como infantil- que este discurso le asigna ante la geografa fracturada del mundo.

Quizs toda la labor potica sea un largo aprendizaje del naufragio, esa entrega al hambre y al alambre, a los pjaros y a las hondas. Sospechar la belleza es una operacin necesaria; convertir en doctrina lo feo -el fesmo- puede incluso ser interesante. Pero eximirse de atravesar por esas experiencias no es ninguna osada. No deja de resultar llamativo que en nombre de la experiencia sea tan fcil perder de vista su radical heterogeneidad, reducindola a sus formas ms estereotipadas y normalizadas.


-V-

Dicho lo cual, resulta claro que el efecto de este desencantamiento no es otro que el de un abrupto aplanamiento del horizonte experiencial (13), sin por ello poner en crisis el principio de autoridad. Su relativismo esttico -que le permite tolerar la coexistencia indiferente de poticas antagnicas entre s- no es impedimento para absolutizar su universo. A pesar de un cierto pluralismo en germen que podra generar las condiciones de un debate crtico, capaz de determinar los lmites de lo aceptable y la conciencia de los lmites, se refugia en una posicin que prescinde de todo criterio que no sea, estrictamente, un criterio de gusto. El esteticismo as constituido esto es, la soberana del gusto- da paso a una peculiar paradoja: aquello que no comulga con las preferencias propias es ignorado sin ms.

De forma contradictoria, en este discurso desencantado sobrevive el encantamiento del yo. La estrategia ms habitual no ahorra en esa extraa inversin que hace de la carencia una fortaleza. De ah su anti-intelectualismo militante que repudia abiertamente todo acto de escritura que no se ajuste a sus patrones de transparencia, simplicidad, literalidad, estilo directo y sentido comn. Que lo potico en otras prcticas estticas sea la experiencia de la ruina (de los cdigos, de las falsas evidencias, de lo sabido) no parece desestabilizar en absoluto ese ncleo anti-intelectualista que pone bajo sospecha aquello que no comprende. En vez de leer ah una ocasin de aprendizaje, se limita a prejuzgarlo como retrica oscurantista. En ltima instancia, la lgica de la interrogacin requisito de toda crtica- perturba el estado vegetal que se anuncia como nuevo nirvana etlico. El imperativo de esta posmodernidad esttica es anti-kantiano: atrvete a no pensar. En este circuito lo problemtico es problematizar. No pensar es acceder al goce y ese acceso es lo nico que a partir de ahora interesa. Que ese atrevimiento sea ceguera ante el otro apenas cuenta; que histricamente el anti-intelectualismo tenga una raigambre totalitaria (ocupada en hacer impensable otro mundo y otra existencia) tampoco parece resultar demasiado perturbador siempre que nadie lo recuerde. De ah que la lgica clnica sea el modo funcional por excelencia: quien no comulgue con lo propio es excomulgado de la polis potica (contra)oficial.

Ya en 1947, tras la devastacin de la segunda guerra mundial y las secuelas persistentes del nazismo, Adorno y Horkheimer nos advertan: As como la prohibicin ha abierto siempre camino al producto ms nocivo, del mismo modo la prohibicin de la imaginacin terica abre camino a la locura poltica (14). Quizs la locura poltica contempornea no sea otra que la aceptacin resignada de lo existente, lo que es decir tambin: la inmolacin generalizada. Ante ello, cabe preguntar si el rechazo de la imaginacin potica en tanto creacin crtica no termina convirtindose en una prohibicin nociva. Para formularlo de otra forma: qu implicaciones vitales tiene este atemperamiento del impulso que cuestiona lo heredado, especialmente en el contexto de un capitalismo globalitario que arrasa millones de vidas? Qu consecuencias arrastra con respecto a un proyecto de autonoma individual y colectiva? En este sentido, las consecuencias polticas de esta declinacin son diversas y aunque no puedo detenerme en su examen exhaustivo, globalmente plantean un problema de primer orden (15).

Para limitarnos al campo potico, podramos decir que la prohibicin de la imaginacin potica abre camino a la impostura performtica: el neo-malditismo profesado forma parte de esta actuacin estelar que se con-forma con lo existente. El gesto del infant terrible, en pleno adormecimiento ante la masacre diaria proyectada en una pantalla de plasma- es funcional al rgimen de los privilegios que sostienen aunque de forma residual- a las sociedades europeas. La escritura potica ya no es significada como gasto, sino como reclamo (publicitario). Saber-venderse es la mxima de la poesa como espectculo, ms o menos circense, que el oyente/lector, segn la soberana del gusto, deber adquirir en el escaparate de las mercancas culturales de lite.

Intgrate al clan o no sers es la apuesta estratgica que con probabilidad favorecer el acceso privilegiado a una vida maldita: vivir sin someterse a las penurias corporales del trabajo asalariado, pasearse por los circuitos de recitales alternativos (con respecto a qu?), visitar cuanto sarao exista, participar en la saga de las antologas (casi siempre tan arbitrarias como las categoras de poesa que las sostienen [16]), multiplicadas al ritmo de la nueva poesa (como si lo potico fuera susceptible de reducirse a una cronologa), sumarse al estrs de los viajes de presentacin de libros publicados antes de ser escritos (y no digamos ya reescritos), en tanto oportunidad profesional y personal de contactacin en la que no cabe descartar una esplndida noche de sexualidad potica.

La conclusin es clara: el neomalditismo es vida integrada, producto de una desigual distribucin de las oportunidades simblicas y materiales. El marketing agresivo del yo es sntoma de un deseo de reconocimiento inmediato que, sin embargo, no se interesa por el otro que podra reconocerlo. No es extrao que el tumulto sea parte del espectculo: una multitud de seres excepcionales (como ironizaba Gombrowicz) demandando un reconocimiento que no est en condiciones de dar. Ante esa dificultad, el elogio o la adulacin de los enunciadores son buenos sustitutos de una evaluacin rigurosa de los enunciados.

La editorial propia y la proliferacin de soportes tecnolgicos de universal acceso a condicin de acceder a la tecnologa misma y a sus claves de uso- es parte del sntoma: la impaciencia ms absoluta ante el propio anonimato. Al fin y al cabo (suele decirse) la tecnologa democratiza. Ms all de esa ilusoria igualdad virtual, lo que est en juego es la voluntad de distincin que no est dispuesta siquiera a atravesar la instancia onerosa de la (re)escritura capaz de (auto)cuestionarse. Lo que queda es forjarse un nombre a fuerza de golpes de efecto, produccin de una marca, ocupar los espacios para que no los ocupen otros, garantizar la presencia continua, construir el yo como pauta publicitaria. Operacin triunfo bien podra ser el nombre de este lanzamiento impdico de estrellas en el firmamento oscuro de la poesa eterna, otro de los mitos de las industrias culturales dominantes. Al final, lo que se juega es el xito vacuo -el instante de fama del que hablaba Andy Warhol- de un nombre de (no) autor que se diluir en la irrelevancia de una escritura desnutrida. Y si se objetara, contradiciendo sus aspiraciones, que todos finalmente estamos destinados a la disolucin (algo que no podemos sino reafirmar) otra vez tendramos que sealar que no toda disolucin es equivalente.


-VI-

Preguntarse cmo podramos participar en un proceso de cambio colectivo sin alterar esta fisonoma de la subjetividad, aturdida por el propio eco, no es algo que pueda postergarse. La poesa o incluso la literatura mal podra incidir en otros campos sociales si se limitara a reproducir sus pautas exitistas, prescindiendo del examen de s. Reinventar la sociabilidad sin reinventarnos a nosotros mismos no slo es inviable: reduce lo social a un teatro (o a una representacin) en el que los actores ya estaran constituidos. Una concepcin as, sin embargo, desconoce la condicin constitutiva del lazo social: traza una relacin instrumental con los otros. Que en esta escena algn poeta se anuncie como showman no sorprende. Forma parte del mercado presentado como alternativo bastante precario por lo dems- que tampoco repara en ceder a la modernizacin econmica, esto es, en incorporar dcilmente el discurso capitalista en la prctica del funcionamiento editorial independiente, incluso bajo la nada novedosa planificacin estratgica.

En este sentido, incluso para quienes consideramos que la mercantilizacin de la obra de arte que producen las industrias culturales no es un fenmeno reciente, lo que inquieta no es solamente la orientacin (frustrada) al lucro, sino la omnipresencia de la lgica de la mercanca en el mismo proceso de creacin potica y la ms descarada despreocupacin por el valor tanto esttico como poltico de esas creaciones. Para resumirlo en trminos de Miln (17):

Lo que ha ocurrido realmente, aunque en apariencia resulte lo contrario, es una nueva sumisin del arte al estatuto social, frente a una sociedad del desencanto y del simulacro, un arte igualmente desencantado y simulador. Si bien apostar por la utopa histrica result la mayora de las veces una cada abismal en el totalitarismo, desor las lecciones de la experimentacin y del rigor que nos leg lo mejor de la vanguardia es igualmente suicida.

Aunque es evidente que esta constatacin no nos exime del examen crtico de una produccin potica singular, de forma genrica la produccin potica que domina la escena se ajusta estrictamente a esta descripcin: arte desencantado y simulador. No es, precisamente, el efecto que cabe esperar ante la hegemona de una cultura de la resignacin que puesto que ha desistido de cambiar el mundo se auto-impone acomodarse a l?

No es tiempo, sin embargo, de concluir. Quizs s de plantear un debate y abrir espacio para una interrogacin de nosotros mismos. Por lo mismo, lo antedicho no tiene otra pretensin que la de construir una aproximacin tentativa, necesariamente incompleta, a una realidad polidrica. No basta sealar una cierta obstruccin de la crtica en el campo potico si no determinamos, simultneamente, la gnesis de esa obstruccin. Dicho de otro modo: esa obstruccin no es sino un sntoma un efecto sobredeterminado- de un modo hegemnico de produccin cultural. Ello supone rebasar estrictamente un anlisis del campo, para inscribir las prcticas poticas en condiciones histricas ms amplias: las que remiten a una cultura hegemnica de la resignacin, vida de goce dentro de los lmites dados de una experiencia vital cercenada.

Como he procurado mostrar, si bien dicho anlisis cultural no nos exime de nuestras responsabilidades tico-polticas, permite comprender ciertas modalidades del campo potico actual, particularmente su declinacin tendencial del ejercicio de la crtica, tanto en la produccin como en la recepcin poticas. La primaca de un discurso del desencanto conduce, en este punto, a una reivindicacin del sujeto convertido en mnada, atrapado en una lucha por la distincin que demasiado a menudo compromete un juego de pleitesas y abdicaciones inaceptables.

Para articular de forma esquemtica el planteamiento inicial: la reproduccin de clanes poticos es consecuencia del afn de supervivencia dentro de un contexto poltico-cultural que oblitera la alteridad. De forma paradjica, el individualismo acrrimo culmina en una realineacin del sujeto: ante la creciente percepcin de fragilidad universal en una sociedad del anonimato, este individuo convierte su grupo en refugio cerrado, bnker en el que construir una identidad que siente amenazada. La bsqueda de reafirmacin se hace visible, en el plano escritural, a travs de un lenguaje de filiacin que se manifiesta en la repeticin de unos tpicos o lugares comunes que sustraen este tipo de produccin potica del trabajo de la crtica. Esa sustraccin tiene implicaciones estilsticas importantes; ante todo, la demanda de una esttica de la transparencia.

En sntesis, el escepticismo radical se transforma en la celebracin acrtica de una esttica vacua que, a la par que consagra el relativismo como credo abstracto, se aferra de forma absoluta a su particularidad. Es desde ese horizonte como mejor podemos entender el oportunismo de posiciones semejantes: lo que cuenta es, ante todo, un asunto de reconocimiento por todos los medios. El inconformismo con respecto al mundo social se convierte en inconformismo ante la falta de reconocimiento del yo. En vez de contribuir a la produccin de una ruptura tanto esttica como poltica, repite el crculo de la transgresin. La mmica del escndalo, pues, ha desplazado el espacio para un autntico acto: da lugar a actuaciones poticas en las que la falta de osada crtica es suplida con una dosis de excentricidad.

Si esto es as, la condicin de posibilidad de una crtica literaria es la crtica misma a unas prcticas poticas que dan por presupuesto aquello que hay que demostrar: no slo la validez de ciertas categoras poticas sino tambin la validez de una divisin potica bipolar que excluye lo ms relevante de la produccin potica actual. Si bien desde hace tiempo esa divisin ha estallado, la persistencia de clanes poticos parece ir en otra direccin: la del reforzamiento de unas fronteras que apuntan no slo a la consagracin potica de sus miembros, sino tambin a la exclusin de todo(s) lo(s) dems. Con ello, se plantea una lgica homogeneizante de la escritura que reproduce de forma dogmtica un especfico lenguaje de filiacin. El abandono de una crtica del lenguaje, por lo dems, contribuye a un bloqueo ms radical: la posibilidad de cuestionar los lmites del presente. El goce egoico del reconocimiento es, simultneamente, desconocimiento de un mundo herido.

Semejante situacin provoca efectos devastadores sobre la misma significacin de la experiencia, reducida a unas pocas vivencias privadas sustradas de toda (auto)reflexividad y separadas de forma invlida de sus condiciones de existencia. Lo que cuenta son las seas de identidad, incluso si esas seas se presentan como alternativas. Una experiencia as recortada, como procur argumentar, tiene implicaciones no slo en la crtica literaria al uso o en la lectura crtica de los discursos poticos: borra la dimensin crtica de la produccin potica dominante.

Una vez ms, es preciso remarcar que estas formas artsticas no agotan el campo potico actual. Constituyen observaciones de ndole general que deben ser matizadas a partir de resistencias efectivas y activas. Nadie est fuera, pero tambin es posible procurar estar dentro de distintos modos. No deberamos, entonces, intentar movernos donde el juego incomoda, admitiendo que sustraerse retricamente del juego ya es parte de este juego? Procurar sostener una posicin en exilio no tiene nada que ver con irse a otra parte o desistir de la escritura. Es impulsar el descentramiento tanto potico como tico, a partir del cuestionamiento del juego de la autoridad.

Otra poesa no slo es posible: forma parte de una realidad que se produce en los mrgenes de la produccin discursiva dominante. El reconocimiento pblico que en ocasiones obtiene esta otra poesa, sin embargo, no tiene que inducirnos a engao. Puesto que estamos dentro, nuestra salida slo puede construirse desde las grietas. Una crtica por venir es la exigencia de esa otra poesa que ya est aqu. La hospitalidad ante esa poesa es, tambin, la hospitalidad ante otro mundo.

 

Notas:

(1) En otro nivel habra que interrogar los presupuestos ticos de la crtica annima. Por definicin, el discurso annimo es aquel que no tiene que responder por lo que dice. Esta peculiar irresponsabilidad no abre camino habitualmente al juicio dogmtico que se sustrae del lugar precario en el que sita a sus objetos (d)evaluados? Y como prctica, qu vnculo plantea con respecto a una ms que pertinente osada intelectual?

(2) Lo dicho no niega que dicha estrategia sea necesaria ante la evidencia de una prctica ilegtima, como por ejemplo la concesin irregular de un premio. De hecho, he participado en varias de estas denuncias. Lo que s pongo en cuestin es que esa estrategia sea vlida al momento de analizar una problemtica transversal.

(3) En Diez preguntas sobre la urgencia: una entrevista a Eduardo Miln, en peridico Rebelin, 04-01-2012, versin electrnica: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142351.

(4) Gilles Deleuze y Flix Guattari (1978): Kafka, por una literatura menor, Era, Mxico, p. 98.

(5) Desde esta perspectiva, si nos siguen resultando de inters escritores como el Marqus de Sade o Henry Miller ello se debe no tanto a su carcter transgresor, sino a su capacidad para subvertir determinadas normas relativas a la sexualidad, la moralidad o el sentido del buen gusto.

(6) La (carencia de) resonancia no es prueba de valor. El valor esttico, aunque carece de objetividad, no es un asunto de psicologa de masas: si bien todo valor se produce en especficos juegos de poder, ello no niega que su validez remita a un campo de intersubjetividad en el que la crtica puede y debe jugar un papel insoslayable.

(7) Slavoj Zzk (2004): Lucha de clases o posmodernismo? S, por favor!, en VVAA, Contingencia, hegemona, universalidad (2004), FCE, Argentina, p. 132.

(8) No se trata de argumentar contra la necesidad (subjetiva) de cierta autodestruccin; al fin y al cabo, puede que vivamos en un tiempo en el que un mnimo de escapismo resulte irrenunciable. Sin embargo, confundir necesidad con virtud no puede sino conducir a nuevas confusiones.

(9) Miguel Casado (2009): La experiencia de lo extranjero, Galaxia Gutenberg, Barcelona, p. 84.

(10) Chantal Maillard (2009): Contra el arte y otras imposturas, Pretextos, Valencia, p. 33.

(11) Este virtuosismo forma parte del mito de la poesa como tcnica; aunque ese mito todava goza de un cierto prestigio pinsese en los que an hablan de poesa pura, de autntica poesa, de poesa verdadera-, apenas podra explicar el temblor de un poema. No nos permite comprender por qu un poema formalmente impecable puede dejarnos en el ms indiferente de los estados. Que hay una dimensin tcnica y retrica en lo poemtico es innegable; que el efecto esttico se reduzca a esa dimensin es completamente diferente.

(12) Roberto Juarroz (2000): Poesa y realidad, Pretextos, Valencia, p. 32.

(13) Queda por indagar en las condiciones histrico-locales de produccin de ese desencanto, incluyendo el franquismo no slo como rgimen poltico, sino tambin como proceso cultural.

(14) Theodor Adorno y Max Horkheimer (1997): Dialctica del Iluminismo, Sudamericana, Mxico, p. 9.

(15) Remito aqu a las reflexiones realizadas por Cornelius Castoriadis (1997): El mundo fragmentado, Altamira, Buenos Aires.

(16) Aqu deberamos incluir categoras al uso como por ejemplo el de poesa femenina o poesa joven, como si la feminidad o la juventud fueran virtudes metafsicas independientemente a la calidad de la produccin potica. A menudo, poesa femenina significa tambin poesa feminista, lo cual resulta mucho ms interesante cuando logra desplazarse de la norma heterosexista. Por su parte, poesa joven explota la imagen del enfant terrible (del que Rimbaud sera su adalid), como si la juventud fuera portadora esencial de algn valor intrnsecamente superador y emancipador.

(17) Eduardo Miln (2004): Resistir. Insistencias sobre el presente potico, Fondo de Cultura Econmica, Mxico, p. 60.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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