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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-05-2013

Muri Videla, el sistema que lo engendr contina su faena
Epitafio

Luis Bilbao
Rebelin


Cada ser humano tiene la estatura de su enemigo. Regocijarse por la muerte de Jorge Videla revela la condicin de quienes, ms tarde o ms temprano, de una manera u otra, con esta o aquella justificacin, se han acomodado al sistema defendido por la junta militar de secuestradores.

Blasfemar contra un personaje en todo y por todo menor permite a no pocos vivir satisfechos en la desolada Argentina de 2013. Si la justicia consiste en llevar a la crcel a las figuras visibles de secuestros, torturas y asesinatos... pues se ha hecho justicia: el comandante de torturadores fue juzgado y condenado en 1983, tuvo aos de crcel y muri en prisin.

Todos tranquilos y felices! Videla ha sido derrotado! Tambin Massera, y Surez Masn y...

Por mi parte, no puedo sentir paz ni satisfaccin; tanto menos alegra.

No se hizo justicia. El enemigo no eran Videla y su caterva.

Soy uno de los pocos sobrevivientes de un destacamento que resisti en los principales centros polticos del pas durante ms de cinco aos de terrorismo de Estado: desde mediados de 1973 a mediados de 1978. La muerte del dictador no cierra la herida abierta por camaradas secuestrados, torturados y asesinados. Entre ellos Ana Mara Piffaretti, entonces mi compaera, llamada Ins Castellano en la clandestinidad. Pero tampoco es ese dolor sin cura por los camaradas desaparecidos lo que impide la satisfaccin.

Sufrimientos y muertes eran una certeza calculada de la batalla emprendida. ramos conscientes de lo que hacamos y afrontbamos. Y estbamos felices por hacerlo. Ni en aquellos duros momento ni ms tarde nos dejamos ganar por la cmoda idea de que es posible alcanzar la libertad y la justicia sin grandes sacrificios. Luchbamos -como hoy- por una revolucin socialista. No pedimos tregua cuando los asesinos uniformados estaban en su apogeo. No la concedimos despus, cuando fueron reemplazados por civiles. Mucho menos nos cebaramos en los desechos humanos una vez condenados. Antes y despus fuimos protagonistas de la lucha de clases y no plaideros por los "derechos humanos" segn la definicin impuesta al mundo por James Carter a nombre del imperialismo. Sabamos que "en una revolucin, cuando es verdadera, se triunfa o se muere".

Est a la vista: 37 aos ms tarde quienes armaron aquella mquina mortfera, quienes lanzaron contra el pas a los esbirros y despus los reemplazaron por supuestos demcratas, resultaron vencedores. Vencedores exhaustos de una victoria sin futuro, pero tangible y costosa. No ya para los revolucionarios, sino para Argentina toda.

Basta comparar nuestro pas de hoy con el de 10, 20, 30 y 40 aos atrs, para comprobar que la cada no ha cesado ni por un instante. Al contrario: es cada vez ms acelerada, abarcadora y destructiva. No se pierde una confrontacin histrica sin pagar el precio.

Para ellos el monto consisti en encarcelar y escupir a sus monstruos; perder fuerzas armadas, partidos, iglesia, sindicatos, que tendran no obstante la sobrevida necesaria para asestar el verdadero golpe.

Para nueve de cada diez argentinos el costo fue ms oneroso: asistir pasivamente a la destruccin de las ms valiosas columnas de la nacin; ver la degradacin corroyndolo todo; aceptar la mentira entronizada, el saqueo como motor principal, la ineptitud y la inmoralidad como condicin necesaria.

Que los farsantes nunca involucrados en la lucha contra la explotacin, jams comprometidos en la resistencia a la dictadura, celebren cuando la muerte viene a poner punto final a una vida cobarde e innoble. Que los ladrones se vistan con galas de justicieros. Que los dispuestos a doblarse primero para romperse despus traten de parecer magnnimos mientras pugnan por una banca o un cargo. Que los dbiles de espritu descarguen contra el asesino muerto todo lo que ya no le endilgan al sistema del que ahora son parte. Nada de eso importa demasiado hoy, ni durar ms de un instante.

Argentina est nuevamente en el prlogo de una gran conmocin, mientras los centros de la economa capitalista se agrietan, tambalean y anuncian el derrumbe.

En honor a los ideales y a quienes cayeron en su defensa, siquiera le otorgamos carcter de enemigo a quien lleg al extremo de secuestrar recin nacidos. No son esos nuestros enemigos, como no podra serlo el hacha alzada por un verdugo.

Nuestro enemigo es el sistema que brutaliza y envilece. No hay perdn para ese mecanismo enajenante, degradante y destructor. Ni para quienes con diferentes disfraces lo sostienen y usufructan.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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