Portada :: Palestina y Oriente Prximo :: Revoluciones en el mundo rabe
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-05-2013

Revolucin en horas bajas

Asef Bayat
New Left Review

Traduccin por S. Segu.


Ya en 2011 las revueltas rabes fueron celebradas como acontecimientos capaces de cambiar el mundo, acontecimientos que definiran de un nuevo modo el espritu de nuestros tiempos polticos. La asombrosa propagacin de estos levantamientos de masas, seguidos enseguida por las protestas Occupy, disiparon las dudas que pudieran tener los observadores de izquierda de que se estaba en presencia de un fenmeno sin precedentes: algo totalmente nuevo, ilimitado, un movimiento sin nombre, revoluciones que anunciaban un nuevo camino hacia la emancipacin. Segn Alain Badiou, la Plaza Tahrir y todo el movimiento que tuvo lugar all luchas, barricadas, acampadas, debates, alimentacin y cuidado de los heridos constitua el comunismo del movimiento, postulado como una alternativa al Estado convencional liberal-democrtico o autoritario, un concepto universal que anunciaba una nueva forma de hacer poltica, una verdadera revolucin. Para Slavoj iek, slo estos acontecimientos polticos radicalmente nuevos, sin organizaciones hegemnicas, liderazgos carismticos o aparatos de partido, podan crear lo que l llam la magia de Tahrir. Para Hardt y Negri, la primavera rabe, las protestas de los indignados en Europa y Occupy Wall Street expresaban el anhelo de las multitudes de una democracia real, un tipo diferente de poltica que podra sustituir a la incurable variedad liberal, desgastada y rada por el capitalismo corporativo. Estos movimientos, en suma, representaban las nuevas revoluciones mundiales. [1]

Nuevas, sin duda, pero qu nos dice esta novedad sobre la naturaleza de estos levantamientos polticos?, qu valor les atribuye? De hecho, al tiempo que estas confiadas valoraciones circulaban por Estados Unidos y Europa, los protagonistas rabes mismos se angustiaban sobre el destino de sus revoluciones, lamentando los peligros de una restauracin conservadora o su secuestro por free-riders aprovechados. Dos aos despus de la cada de los dictadores en Tnez, Egipto y Yemen, no ha habido grandes cambios efectivos en las instituciones de estos pases o en las bases de poder de las viejas lites. La polica, el ejrcito y el poder judicial; los medios de comunicacin controlados por el Estado; las lites empresariales; y las redes clientelares de los viejos partidos gobernantes se han mantenido ms o menos intactos. El hecho de que los gobernantes militares provisionales egipcios hayan impuesto la prohibicin de las huelgas y hayan llevado a ms de 12.000 activistas ante los tribunales militares sugiere que algo extrao encierra el carcter de estas revoluciones.

En cierto sentido, estas reacciones opuestas alabanzas y lamentaciones reflejan la realidad paradjica de las revoluciones rabes, si entendemos el trmino revolucin en el sentido de, como mnimo, una transformacin rpida y radical del Estado impulsada por movimientos populares de la base. Las polarizadas opiniones se hacen eco de la profunda separacin entre dos dimensiones clave de la revolucin: el movimiento y el cambio. Las narrativas laudatorias se han centrado principalmente en la revolucin como movimiento, en los dramticos episodios de gran solidaridad y sacrificio, de altruismo y propsito comn, la communitas de Tahrir. Aqu, la atencin se centra en esos momentos extraordinarios vividos en toda movilizacin revolucionaria, cuando las actitudes y los comportamientos de repente se transforman: las divisiones sectarias se desvanecen, reina la igualdad de gnero y el egosmo disminuye, las clases populares muestran una notable capacidad de innovacin en el activismo, la autoorganizacin y el proceso democrtico de toma de decisiones. Estos relevantes episodios merecen sin duda ser destacados y documentados; sin embargo, el nfasis en la revolucin como movimiento ha servido para oscurecer la naturaleza peculiar de estas revoluciones en trminos de cambio, con poco que decir acerca de lo que ocurre el da despus de que los dictadores abdiquen. Incluso pueden servir para ocultar las paradojas de estos levantamientos, modelados por unos nuevos tiempos polticos en los que las grandes visiones y utopas emancipadoras han dado paso a proyectos fragmentarios, improvisacin e imprecisas redes horizontales.

Estrategias transformadoras

Estamos realmente viviendo tiempos de revolucin? En cierto sentido s. La crisis de la democracia liberal occidental y la falta de gobiernos responsables en muchos lugares del mundo, junto con el aumento de la desigualdad y una sensacin de privacin que afecta a grandes sectores de la poblacin mundial, incluyendo estratos de poblacin cultos y cualificados sometidos al giro neoliberal, han creado un verdadero callejn sin salida poltico y han potenciado la necesidad de un cambio drstico. Una dcada antes, David Harvey haba sealado este malestar, argumentando que el mundo necesitaba, ms que nunca, un Manifiesto Comunista. [2] Pero, entonces como ahora, un mundo necesitado de revoluciones no significa que tenga capacidad para generarlas si carece de los medios y la visin necesarios para una transformacin fundamental. En otro sentido, por lo tanto, puede que stos no sean tanto tiempos de revolucin como tiempos de paradoja, cuando la posibilidad de la revolucin como cambio es decir, de transformacin rpida y radical del Estado ha sido totalmente socavada, a la vez que la revolucin como movimiento abunda de forma espectacular. Los levantamientos rabes expresaron esta anomala. No es de extraar pues que sus trayectorias salvo los casos de Libia y Siria, que asumieron la forma de guerras revolucionarias mediatizadas por la intervencin militar extranjera no se asemejen a ninguna de las vas conocidas para el cambio poltico: reforma, insurreccin o implosin. Parecen tener un carcter propio.

Histricamente, los movimientos sociales y polticos que siguen a una estrategia reformista suelen organizar una campaa sostenida de presin sobre el rgimen en el poder a fin de que ste lleve a cabo reformas, utilizando para ello las instituciones existentes del Estado. Basndose en su poder social la movilizacin de las clases populares el movimiento de oposicin obliga a la clase poltica a reformar sus leyes e instituciones, a menudo a travs de algn tipo de pacto negociado. El cambio tiene lugar en el marco de los acuerdos polticos existentes. La transicin a la democracia en pases como Brasil y Mxico en la dcada de 1980 fue de esta naturaleza. La direccin del movimiento verde iran sigue una va reformista similar. En esta trayectoria, la profundidad y el alcance de las reformas pueden variar: el cambio puede ser superficial, pero tambin puede ser profundo si toma la forma de una suma de reformas legales, institucionales y poltico-culturales.

Por el contrario, la va insurreccional requiere un movimiento revolucionario constituido a lo largo de un perodo bastante largo de tiempo, y el desarrollo de un liderazgo y una estructura organizativa reconocidos, junto con un plan para un nuevo orden poltico. Mientras que el rgimen en el poder despliega su polica o aparato militar para resistir cualquier cambio, las deserciones comienzan a dividir el bloque gobernante. El campo revolucionario avanza, atrae a los desertores, forma un gobierno en la sombra y construye estructuras de poder alternativas. Todo ello pone lmites a la capacidad del Estado para gobernar su propio territorio, creando una situacin de doble poder entre el rgimen y la oposicin, que, por lo general, posee un lder carismtico del tipo de Lenin, Mao, Castro, Jomeini, Walesa o Havel. Cuando la revolucin tiene xito, la situacin de doble poder culmina en una batalla insurreccional en la que el campo revolucionario toma el poder por la fuerza, suprime los viejos organismos de la autoridad y establece otros nuevos. Aqu hay una reforma integral del Estado, con nuevo personal, nueva ideologa y un modo alternativo de gobierno. La revolucin cubana de 1959, la revolucin sandinista en Nicaragua y la revolucin iran, ambas en 1979, fueron ejemplos de la va insurreccional. El rgimen de Gadafi se enfrent a una insurreccin revolucionaria bajo la direccin del Consejo Nacional de Transicin que, con el respaldo de la OTAN, desde la liberada Bengasi hasta la captura de Trpoli.

Hay una tercera posibilidad: la implosin del rgimen. Una revuelta puede cobrar impulso a travs de huelgas u otras formas de desobediencia civil, o por medio de la guerra revolucionaria, llegando progresivamente a rodear la capital, por lo que al final se produce la implosin del rgimen, su colapso, en medio de la desorganizacin, las defecciones y el desorden total. En su lugar, las lites alternativas forman rpidamente nuevos rganos de poder, a menudo en condiciones de confusin y desorden, en manos de personas con poca experiencia en la funcin pblica. El rgimen de Ceausescu, en Rumania, se desplom en medio de la violencia y el caos poltico en 1989, pero fue reemplazado por un orden poltico y econmico muy diferente bajo un organismo recin establecido, el Frente de Salvacin Nacional, dirigido por Ion Iliescu. Tanto en la insurreccin como en la implosin, los intentos de transformar el sistema poltico no operan a travs de las instituciones estatales existentes, sino al margen de ellas, a diferencia del camino reformista.

Movimientos sui generis

Las revoluciones egipcia, tunecina y yemen no han tenido apenas parecido con alguna de estas vas. Una primera particularidad a destacar es su velocidad. En Egipto y Tnez, poderosos levantamientos de masas lograron algunos resultados muy rpidos: los tunecinos en el transcurso de un mes y los egipcios en tan slo dieciocho das lograron desalojar a gobernantes autoritarios antiguos y desmantelar una serie de instituciones asociadas a ellos entre otras sus partidos polticos, rganos legislativos y una serie de ministerios, comprometindose con polticas de reforma constitucional y poltica. Estos avances se lograron de una manera que fue, en trminos de los estndares relativos, notablemente cvica y pacfica, as como rpida. Pero estas rpidas victorias a diferencia de las prolongadas revueltas de Yemen y Libia, o las de Bahrein y Siria, que continan dejaron poco tiempo para que las respectivas oposiciones construyeran sus propios rganos paralelos de gobierno, si es que sta haba sido su intencin. En cambio, los revolucionarios queran que las instituciones del rgimen el ejrcito egipcio, por ejemplo llevaran a cabo reformas sustanciales en nombre de la revolucin: modificar la Constitucin, celebrar elecciones, garantizar la libertad de los partidos polticos e instituir un gobierno democrtico. He aqu una anomala fundamental de estas revoluciones: gozaban de enorme prestigio social, pero carecan de autoridad administrativa; alcanzaron un notable grado de hegemona, pero no llegaron realmente a gobernar. As, los regmenes en el poder continuaron ms o menos intactos; hubo pocas instituciones estatales nuevas o medios de gobierno nuevos que pudieran encarnar la voluntad de la revolucin. En la medida en que emergan nuevas estructuras, pronto fueron ocupadas no por los revolucionarios sino por oportunistas aprovechados free-riders, es decir corrientes polticas tradicionalmente bien organizadas cuyos lderes haban permanecido al principio al margen de las luchas contra las dictaduras.

Es cierto que las revoluciones de Europa Central y Oriental de 1989 tambin fueron asombrosamente rpidas y, en su mayor parte, no violentas: la de Alemania del Este tom diez das; la de Rumania, slo cinco. Lo que es ms, a diferencia de Egipto, Yemen o Tnez, realizaron una completa transformacin de sus sistemas polticos y econmicos nacionales. Esto podra explicarse diciendo que la distancia entre lo que el pueblo tena un Estado comunista de partido nico y una economa dirigida por ste era tan radicalmente grande respecto a lo que deseaba democracia liberal y economa de mercado que la trayectoria de cambio tena que ser revolucionaria. Cualquier reforma intermedia y superficial habra sido detectada fcilmente y hubiera tenido que hacer frente a resistencias. [3] Se trataba de algo muy diferente del patrn revolucionario en Egipto o Tnez, donde la demanda de cambio, libertad y justicia social se defina de manera tan vaga que pudo llegar a apropirsela la contrarrevolucin. En este sentido, las experiencias de Egipto y Tnez se parecan ms a la de Georgia, de la revolucin rosa de 2003, o de Ucrania, de la Revolucin Naranja de 2004-2005, donde, en ambos casos, un movimiento popular masivo y sostenido derrib a los gobiernos corruptos existentes. En estos casos, la trayectoria fue, en realidad, ms reformista que revolucionaria.

Sin embargo, haba un aspecto ms prometedor en los levantamientos rabes, un poderoso impulso revolucionario ms profundo y de mayor alcance que las protestas en Georgia o Ucrania. En Tnez y Egipto, la salida de los dictadores y sus aparatos de coercin dieron paso a un espacio libre sin precedentes para los ciudadanos, sobre todo de las clases populares, para recuperar sus sociedades y autoafirmarse. Al igual que en la mayora de las situaciones revolucionarias, se liber una enorme energa y una sensacin incomparable de renovacin transform la esfera pblica. Los partidos polticos prohibidos emergieron de las sombras y se crearon otros nuevos al menos doce en Egipto y ms de un centenar en Tnez. Las organizaciones sociales se hicieron or ms y empezaron a emerger llamativas iniciativas populares. Desaparecida la amenaza de persecucin, los trabajadores combatieron por sus derechos, y huelgas y acciones espontneas surgieron por doquier. En Tnez, los sindicatos existentes asumieron un papel ms destacado.

En Egipto, los trabajadores presionaron para lograr nuevos sindicatos independientes: la Coalicin de Trabajadores de la Revolucin del 25 de enero afirm los principios de la revolucin: cambio, libertad, justicia social. Los pequeos agricultores pidieron sindicatos independientes; los habitantes de los suburbios pobres de El Cairo comenzaron a construir sus primeras organizaciones autnomas; grupos de jvenes lucharon por mejorar los asentamientos precarios, elaboraron proyectos cvicos y recuperaron su orgullo. Los estudiantes salieron a las calles para exigir que el Ministerio de Educacin revisara sus programas de estudios. Nuevos grupos se formaron en Egipto, el Frente Revolucionario de Tahrir; en Tnez, el Organismo Supremo para la Realizacin de los Objetivos de la Revolucin a fin de ejercer presin sobre las autoridades postrevolucionarias para que realizase reformas significativas. Por supuesto, todo ello representaba niveles de movilizacin popular propios de esos tiempos excepcionales. Pero la extraordinaria sensacin de liberacin, el impulso de autorrealizacin, el sueo de un orden social justo; en definitiva, el deseo de todo lo nuevo, fue lo que defini el espritu de estas revoluciones. Sin embargo, a medida que estos estratos sociales de masas se adelantaban en mucho a sus lites, se hizo evidente la principal anomala de estas revoluciones: la discrepancia entre el deseo revolucionario de lo nuevo y una trayectoria reformista que poda conducir al enraizamiento de lo viejo.

Refoluciones?

As pues, cmo podemos captar el significado de las revueltas rabes, dos aos despus de la expulsin de Mubarak y Ben Al? Hasta el momento, las monarquas de Jordania y Marruecos han optado por reformas polticas menores. En Marruecos, el cambio constitucional permiti que el lder del partido mayoritario en el Parlamento formara gobierno. En Siria y Bahrein, prolongadas batallas contra el poder coercitivo de los respectivos regmenes llevaron las revueltas a optar por una va insurreccional cuyos resultados estn por verse. El rgimen libio fue derrocado en una guerra revolucionaria violenta. Pero las revueltas en Egipto, Yemen y Tnez tuvieron una trayectoria especfica, que no puede caracterizarse ni como revolucin per se ni simplemente en trminos de medidas reformistas. En su lugar, puede tener sentido hablar de refoluciones: revoluciones que tienen como objetivo impulsar reformas dentro y a travs de las instituciones del rgimen existente. [4]

Como tales, las refoluciones encarnan realidades paradjicas. Poseen la ventaja de asegurar transiciones ordenadas, evitar la violencia, la destruccin y el caos, es decir, los males que aumentan considerablemente el costo del cambio. Los excesos revolucionarios, el reino del terror y los juicios sumarios se pueden evitar. Sin embargo, la posibilidad de una verdadera transformacin a travs de reformas del sistema y pactos sociales depender de que la movilizacin permanente y la vigilancia de las organizaciones populares capas populares, asociaciones cvicas, sindicatos, movimientos sociales, partidos polticos ejerza una presin constante. De lo contrario, las refoluciones encierran el peligro permanente de una restauracin contrarrevolucionaria, precisamente porque la revolucin no ha alcanzado a las instituciones clave del poder estatal. Podemos imaginar cmo los poderosos intereses, lesionados por la ferocidad de los levantamientos populares, tratan desesperadamente de reorganizarse, instigando sabotajes y difundiendo propaganda negra. Las elites derrotadas pueden propagar el cinismo y el miedo mediante la invocacin del caos y la inestabilidad, a fin de generar la nostalgia de los tiempos seguros del antiguo rgimen. Los ex altos funcionarios, los antiguos apparatchiks del partido, los redactores jefe, los hombres de negocios de alto nivel y los agraviados operativos de los servicios de seguridad e inteligencia se pueden infiltrar en las instituciones de poder y propaganda para cambiar las cosas a su favor.

En Yemen, los elementos clave del antiguo rgimen han permanecido intactos, a pesar de que un renovado aire de libertad y activismo independiente promete impulsar la reforma poltica. Los viejos grupos dirigentes y mafias econmicas de Tnez estn dispuestos a luchar para bloquear el camino a un autntico cambio, para lo cual tienen a su disposicin una densa red de facciones polticas y organizaciones empresariales. En Egipto, el Consejo Supremo de las FFAA fue responsable de la represin generalizada, el encarcelamiento de un gran nmero de revolucionarios y el cierre de organizaciones crticas de oposicin. El peligro de una restauracin, o de un cambio meramente superficial, se agrava a medida que desaparece el fervor revolucionario, vuelve la vida a la normalidad y la gente se desencanta, condiciones que han comenzado ya a aparecer en la escena poltica rabe.

Tiempos diferentes

Por qu los levantamientos rabes, a excepcin de los de Libia y Siria, asumen este carcter refolucionario? Por qu las instituciones clave del antiguo rgimen se mantienen intactas, mientras que las fuerzas revolucionarias van quedando marginadas? En parte, esto tiene que ver con la rapidez de la cada de los dictadores, que dio la impresin de que la revolucin haba llegado a su fin, que haba alcanzado sus objetivos, sin un cambio sustancial en la estructura de poder. Como hemos visto, esta rpida victoria no ofreci muchas oportunidades a los movimientos de establecer rganos alternativos de poder, aunque hubieran tenido la intencin de hacerlo. En este sentido, estas revoluciones tuvieron esta autolimitacin. Pero tambin haba algo ms en juego: los revolucionarios se mantuvieron fuera de las estructuras de poder porque no entraba en sus planes apoderarse del Estado. Y cuando, en etapas posteriores, se dieron cuenta de que tenan que hacerlo carecan de los recursos polticos organizacin, liderazgo, visin estratgica necesarios para arrebatar el control tanto de los viejos regmenes como de los oportunistas free-riders, como los Hermanos Musulmanes o los salafistas, que haban desempeado un papel limitado en el levantamiento, pero que en cambio contaban con la capacidad organizativa para tomar el poder. Una diferencia principal entre las revueltas rabes y sus predecesores del siglo XX fue que aqullas ocurrieron en tiempos ideolgicos muy alterados.

Hasta la dcada de 1990, tres grandes tradiciones ideolgicas haban sido las portadoras de la revolucin como estrategia de cambio fundamental: el nacionalismo anticolonial, el marxismo y el islamismo. La primera, reflejada en las ideas de Fanon, Sukarno, Nehru, Nasser o Ho Chi Minh, conceba el orden social posterior a la independencia como algo nuevo, como una negacin de la dominacin poltica y econmica del antiguo sistema colonial y de la burguesa clientelista. A pesar de que sus promesas superaron con creces su capacidad de alcanzar logros, los regmenes postcoloniales consiguieron progresos en mbitos como educacin, salud, reforma agraria e industrializacin, medidas que se afirmaron en los planes nacionales de desarrollo (Al Mithaq, en Egipto (1962); Declaracin de Arusha (1967); Directrices de Mwongozo (1971), en Tanzania). Sus principales logros se alcanzaron en la construccin del Estado: administracin nacional, infraestructuras, formacin nacional de clases. Sin embargo, los gobiernos nacionalistas comenzaron a perder su legitimidad al no poder hacer frente a problemas bsicos como la desigualdad en la propiedad y distribucin de la riqueza. A medida que los ex revolucionarios anticoloniales se convirtieron en administradores del orden postcolonial, no fueron capaces, en gran medida, de cumplir sus promesas, y en muchos casos los gobiernos nacionalistas se convirtieron en autocracias cargadas de deudas, y luego obligadas a adoptar programas neoliberales de ajuste estructural, cuando no fueron derrocados por golpes militares o socavados por las intrigas imperialistas. Hoy en da, el movimiento palestino es tal vez el ltimo en seguir luchando por la independencia nacional.

El marxismo fue, sin duda, la corriente revolucionaria ms formidable de la poca de la Guerra Fra. Las revoluciones vietnamita y cubana inspiraron a una generacin de radicales: Ernesto Che Guevara y Ho Chi Minh se convirtieron en figuras emblemticas, no slo en Asia, Amrica Latina y el Oriente Medio, sino tambin entre los movimientos estudiantiles de Estados Unidos, Pars, Roma y Berln. Los movimientos guerrilleros llegaron a simbolizar el radicalismo de la dcada de 1960. stos tuvieron un gran crecimiento en frica, a raz del asesinato de Patrice Lumumba y el endurecimiento del apartheid en Sudfrica. En los aos 70 una ola de revoluciones marxistas-leninistas derroc a los gobiernos coloniales en Mozambique, Angola, Guinea-Bissau y otros pases. Aunque la estrategia del foco insurreccional promovida por Che Guevara no dio frutos en Amrica Latina, hubo insurrecciones exitosas en Granada y Nicaragua a finales de la dcada de 1970, mientras que El Salvador pareca ser otro posible candidato al avance revolucionario. Los revolucionarios latinoamericanos encontraron un nuevo aliado en la Teologa de la Liberacin, que inspir a algunos catlicos, incluso miembros del clero, a unirse a la lucha. En Oriente Medio, el Frente de Liberacin Nacional expuls a los britnicos de Adn y proclam la Repblica Popular de Yemen del Sur, y las guerrillas izquierdistas tuvieron un papel importante en Irn, Omn y los territorios ocupados de Palestina. El impacto de estos movimientos revolucionarios en el clima intelectual de Occidente fue innegable, ayudando a detonar en todo el mundo la rebelda de los jvenes, los estudiantes, los trabajadores y los intelectuales en 1968. En 1974, la Revolucin de los Claveles derroc a la dictadura en Portugal. Mientras que algunos partidos comunistas en Europa y el mundo en desarrollo tomaban un curso cada vez ms reformista eurocomunismo, buen nmero de fuerzas dentro de la tradicin marxista-leninista se mantena comprometidas con la estrategia de la revolucin.

Pero el panorama cambi radicalmente con la cada del bloque sovitico. El concepto de revolucin haba sido tan intrnseco al de socialismo que la desaparicin del socialismo realmente existente con las movilizaciones de finales de Europa del Este a finales de 1980 y la victoria de Occidente en la Guerra Fra, implicaron efectivamente el final de la revolucin y a la vez del desarrollo dirigido por el Estado. El concepto de tatisme fue anatemizado como ineficiente y represivo, a la vez que conducente a la erosin de la autonoma y la iniciativa personales. Esto tuvo una profunda influencia en el concepto de revolucin, con su nfasis en el poder del Estado, que ahora se identificaba con el autoritarismo y con los fracasos del bloque comunista. El avance del neoliberalismo, a partir de 1979 a 1980 con la victoria de Thatcher y Reagan, que ms tarde se extendi como ideologa dominante en gran parte del mundo, desempe un papel central en este cambio de discurso. En lugar de trminos como Estado y revolucin hubo un crecimiento exponencial de nuevos conceptos, como ONG, sociedad civil, esferas pblicas, etctera. En una palabra, reforma. El cambio gradual se convirti en la nica va aceptable de transformacin social. Los gobiernos occidentales, los organismos de ayuda y las ONG difundieron sin cesar el nuevo evangelio. La expansin del sector de las ONG en el mundo rabe y el hemisferio Sur en general signific un cambio drstico del activismo social inspirado en los intereses colectivos a un nfasis en la autoayuda individual en un mundo competitivo. En estos tiempos neoliberales, el espritu igualitario de la Teologa de la Liberacin dio paso a un arrebato global del cristianismo evanglico, movido por el espritu del inters personal y la acumulacin.

La tercera tradicin fue la del islamismo revolucionario, un rival ideolgico del marxismo que, sin embargo, llevaba la impronta de su rival secular. Desde la dcada de 1970, los movimientos islamistas se basaron en las ideas de Sayyid Qutb en su batalla contra los estados laicos del mundo musulmn. Qutb mismo haba aprendido mucho del lder islamista hind Abul Maududi, quien a su vez haba quedado impresionado por la estrategia organizativa y poltica del Partido Comunista de la India. Con su panfleto de 1964 titulado Milestones (Hitos), en el que abogaba por una vanguardia musulmana capaz de asaltar el Estado infiel y establecer un autntico orden islmico, Qutb se convirti en el equivalente islmico de Lenin con su Qu hacer?, orientando la estrategia de grupos militantes como Jihad, Gamaa al-Islamiyya, Hizb ut-Tahrir y Laskar Jihad. Una serie de ex izquierdistas Adel Hussein, Mustafa Mahmud, Tariq al-Bishridesert al campo islamista, llevndose consigo las ideas de la tradicin marxista-leninista. La revolucin iran de 1979 se basaba tanto en las ideas de la izquierda como en las de Qutb. Milestones haba sido traducida por el ayatol Jamenei, actual lder supremo. El grupo marxista-leninista Fedayan-e Khalq y el islamo-marxista Muyahidn-e-Khalq tuvieron un papel importante en la radicalizacin de la oposicin a la dictadura del Shah. Ms importante, tal vez, fue el teorizador y divulgador Ali Shariati que, como estudiante del izquierdista francs Georges Gurvitch, habl apasionadamente de la revolucin en una mezcla de expresiones marxistas y religiosas, invocando una sociedad divina sin clases. [5] El concepto de revolucin haba sido, pues, fundamental para el militantismo islamismo, tanto en su forma sunita como chi. Por consiguiente, esta tradicin estaba en claro contraste con la estrategia electoral de islamistas como la Hermandad Musulmana, que aspiraban a lograr un apoyo social suficiente para tomar el Estado por medios pacficos. [6]

Pero a comienzos del siglo XXI, la creencia de los militantes islamistas en la revolucin tambin haba perdido fuelle. En Irn, por ejemplo, el concepto antes tan querido de revolucin haba cambiado, y se equiparaba a destruccin y extremismo, al menos desde el momento de la victoria presidencial de Mohammad Jatami en 1997. El islamismo, entendido como un movimiento que considera al Islam como un sistema integral que ofrece soluciones a todos los problemas sociales, polticos y econmicos, con un nfasis mayor en las obligaciones que en los derechos, estaba entrando en crisis. Los disidentes argumentaban que, en la prctica, el estado islmico que promova la lnea dura de Irn, Jamaat-e-Islami en Pakistn y Laskar Jihad en Indonesia, entre otros, era perjudicial tanto para el Islam como para el Estado. A finales de los 90 y principios del actual siglo se asisti al surgimiento de lo que he llamado las tendencias postislamistas. stas siguen siendo religiosas, no laicas, pero su objetivo es trascender las polticas islamistas, promoviendo una sociedad piadosa y un Estado laico que combine la religiosidad con los derechos, en diversos grados. Corrientes postislamistas como el AKP en Turqua, el partido Ennahda en Tnez y el Partido de la Justicia y el Desarrollo en Marruecos siguen una va reformista hacia el cambio poltico y social, y se basan en los conceptos de la post-Guerra Fra, como sociedad civil, rendicin de cuentas, no violencia y gradualismo. [7]

La rebaja de la esperanza

As pues, las revueltas rabes ocurrieron en momentos en que el declive de las ideologas opositoras nacionalismo anticolonial, marxismo-leninismo e islamismo haba ya deslegitimado la misma idea de revolucin. Era una poca muy diferente de, por ejemplo, finales de 1970, cuando mis amigos y yo, en Irn, a menudo invocbamos el concepto, a pesar de parecernos descabellado: pedaleando en nuestras bicicletas por los barrios opulentos del norte de Tehern especulbamos sobre la confiscacin de los palacios del Shah y la distribucin de las lujosas mansiones. Estbamos pensando en trminos de revolucin. Pero en el Oriente Prximo del nuevo milenio, casi nadie imaginaba el cambio en estos trminos. Pocos activistas rabes realmente proponan estrategias de revolucin, aunque pudieran soar con ella. En general, el deseo era de reforma, de cambio significativo en el marco de la poltica existente. En Tnez, casi nadie pensaba en la revolucin, de hecho, bajo el estado policial de Ben Al, la intelectualidad haba sufrido una muerte poltica, como alguien me dijo. [8] En Egipto, Kefaya y el Movimiento 6 de abril, a pesar de sus tcticas innovadoras, eran esencialmente reformistas, en la medida en que no tenan una estrategia para el derrocamiento del Estado. Algunos de sus activistas supuestamente haban recibido entrenamiento en Estados Unidos, Qatar y Serbia, principalmente en los mbitos de la observacin electoral, la protesta no violenta y la creacin de redes. Por consiguiente, lo que surgi con el desarrollo de los levantamientos no fueron revoluciones per se, sino refoluciones, es decir, movimientos revolucionarios que pretendan obligar a los regmenes en el poder de reformarse a s mismos.

En verdad, la gente puede tener o no una idea de la revolucin para que sta tenga lugar: que se produzcan levantamientos masivos tiene poco que ver con las teorizaciones al respecto. No son resultado de conjuras y planificaciones, aunque personas concretas puedan conspirar y planificar. Las revoluciones simplemente suceden. Ahora bien, tener o no ideas acerca de la revolucin influye decisivamente en su resultado, cuando ocurren. El carcter refolucionario de las revueltas rabes significa que, en el mejor de los casos, estn inacabadas, ya que los principales intereses e instituciones de los antiguos regmenes y los oportunistas free-riders, Hermanos Musulmanes y salafistas siguen frustrando las exigencias de un cambio significativo. Este resultado debe de ser doloroso para todos aquellos que esperaban un futuro justo y digno.

Puede servir de consuelo recordar que la mayora de las grandes revoluciones del siglo XX Rusia, China, Cuba, Irn que tuvieron xito en el derrocamiento de los antiguos regmenes autocrticos rpidamente crearon estados nuevos, igualmente autoritarios y represivos. Otros efectos secundarios de un cambio revolucionario radical son las sustanciales perturbaciones del orden y la administracin. Libia, donde el rgimen de Gadafi fue derrocado violentamente, no puede ser objeto de envidia para los militantes egipcios o tunecinos.

La combinacin de la brutalidad de Gadafi y los intereses occidentales en el petrleo libio dio lugar a una insurreccin violenta y destructiva, asistida por la OTAN, que puso fin al viejo rgimen desptico de edad. Pero el nuevo gobierno todava tiene que crear un sistema poltico ms inclusivo y transparente. El Consejo Nacional de Transicin (CNT) mantiene en secreto la identidad de la mayora de sus miembros y su proceso de toma de decisiones. Las divisiones internas entre islamistas y laicos, su falta de autoridad efectiva sobre una serie de grupos de milicias descontrolados, y unas escasas capacidades administrativas hacen al CNT un grupo de gobierno mal equipado. [9] El pas experiment grandes perturbaciones en materia de seguridad, administracin y prestacin de servicios bsicos de infraestructura hasta que la autoridad del CNT fue transferida a un organismo civil electo.

No se trata aqu de menospreciar la idea de las revoluciones radicales, ya que hay muchos aspectos positivos en estas experiencias un nuevo sentido de la liberacin, libre expresin y posibilidades abiertas de un futuro mejor, entre los ms evidentes. Ms bien, es preciso destacar el hecho de que el derrocamiento revolucionario de un rgimen represivo por s mismo no garantiza un orden ms justo e inclusivo. En efecto, las revoluciones radicales pueden llevar en s el germen de un rgimen autoritario, por cuanto la recomposicin del Estado y la eliminacin de la disidencia pueden dejar poco espacio para el pluralismo y la competencia poltica amplia. Por el contrario, la refolucin puede crear un mejor entorno para la consolidacin de la democracia electoral, ya que, por definicin, es incapaz de monopolizar el poder del Estado. En cambio, la emergencia de mltiples centros de poder entre otros los de la contrarrevolucin pueden neutralizar los excesos de las nuevas elites polticas. As, la Hermandad Musulmana de Egipto y el partido Ennahda tunecino tienen pocas posibilidades de monopolizar el poder a la manera que los jomeinistas hicieron en el Irn postrevolucionario, precisamente porque una serie de intereses poderosos, entre ellos los del antiguo rgimen, siguen activos y eficaces.

Puede pues valer la pena considerar otra comprensin de la revolucin con arreglo a las lneas desarrolladas por Raymond Williams en The Long Revolution, es decir, un proceso que es difcil, en el sentido de complejo y multifactico; total, lo que significa transformador, no slo en lo econmico sino en lo social y cultural; y humano, con la participacin de las estructuras ms profundas de relaciones y sentimientos. [10] En consecuencia, en lugar de buscar resultados rpidos o preocuparse por hacer demandas, podramos ver las revueltas rabes como revoluciones largas que pueden dar sus frutos dentro de diez o veinte aos, mediante el establecimiento de nuevas formas de hacer las cosas y nuevas formas de pensar el poder. Sin embargo, lo que est en juego no son las meras preocupaciones semnticas sobre cmo definir las revoluciones, sino los duros problemas de las estructuras de poder y los intereses arraigados. Con independencia de cmo caractericemos el proceso como revolucin larga o como un proceso que comienza con la transformacin radical del Estado la cuestin fundamental es cmo conseguir un cambio esencial desde el viejo orden autoritario para inaugurar el cambio democrtico significativo, al tiempo que evitamos violenta la coaccin y la injusticia. Una cosa es cierta, sin embargo: el trayecto de lo viejo opresor a lo nuevo liberador no se cubrir sin luchas y movilizaciones populares incesantes, en mbitos pblicos y privados. En efecto, la revolucin larga puede tener que comenzar incluso cuando termine la revolucin corta.

Notas:

[1] Keith Kahn-Harris, Naming the Movement, Open Democracy, 22.6.2011; Alain Badiou, Tunisia, Egypt: The Universal Reach of Popular Uprisings, disponible en www.lacan.com; Michael Hardt y Antonio Negri, Arabas are the democracys new pioneers, The Guardian, 24.2.2011; Paul Mason, Why Its Kicking Off Everywhere: The New Global Revolutions, Londres 2012, p. 65.

[2] David Harvey, Spaces of Hope, Edimburgo, 2000

[3] En el caso de Alemania, las instituciones estatales de la RDA pudieron disolverse fcilmente en el seno de las funciones de gobierno de la RFA.

[4] El trmino refolucin fue acuado por Timothy Garton Ash, en junio de 1989, para describir las etapas iniciales de reforma poltica en Polonia y Hungra y el resultado de las negociaciones entre las autoridades comunistas y los lderes de los movimientos populares. Timothy Garton Ash, Refolution, the Springtime of Two Nations, New York Review of Books, 15.6.1989. En el presente texto, se utiliza el trmino con un significado claramente distinto.

[5] Asef Bayat, Shariati and Marx: A Critique of an Islamic Critique of Marxism, Alif: Journal of Comparative Potics, no. 10, 1990.

[6] Es interesante notar que al-Qaida, el ms militante y violento de los grupos yihadistas, se mantuvo en esencia no revolucionario, debido a su forma multinacional y sus difusos objetivos, como salvar el Islam o la lucha contra Occidente, y la idea de la yihad como un fin en s mismo. Vase Faisal Devji, Landscapes of Jihad, Ithaca 2005.

[7] Asef Bayat, ed., Post-Islamism: The Changing Faces of Political Islam , Nueva York, 2013

[8] Cf. tambin Beatrice Hibou, The Force of Obedience , Cambridge 2011

[9] Ranj Alaaldin, Libya: Defining its Future, en Toby Dodge, ed., After the Arab Spring: Power Shift in the Middle East? , Londres, 2012

10 Anthony Barnett, We Live in Revolutionary Times, But What Does This Mean?, Open Democracy , 16.12.2011.

Fuente original: http://newleftreview.org/II/80/asef-bayat-revolution-in-bad-times


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