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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-06-2013

Por qu hay que construir espacios autnomos

Carlos Taibo
Rebelin


Defiendo desde mucho tiempo atrs la idea de que la construccin de espacios de autonoma en los cuales procedamos a aplicar reglas del juego diferentes de las que se nos imponen debe ser tarea prioritaria para cualquier movimiento que ponga manos a la tarea de contestar el capitalismo desde la doble perspectiva de la autogestin y la desmercantilizacin.

Creo que la opcin que me ocupa es tan necesaria como honrosa y hacedera. En ltimo trmino se asienta en la conviccin de que hay que empezar a construir, desde ya, la sociedad del maana, con el doble propsito de salir con urgencia del capitalismo y de perfilar estructuras autogestionadas desde abajo, lejos del trabajo asalariado y de la mercanca. Me parece, por aadidura, que esos espacios, que por lgica tienen capacidad de atraccin y de expansin, configuran un proyecto mucho ms realista que el que preconiza desde siempre, ahora con la boca pequea, la socialdemocracia ilustrada. Cuando alguien me habla de la necesidad de crear una banca pblica, me veo en la obligacin de preguntarme cunto tiempo podemos aguardar a que aqulla se haga realidad, tanto ms cuanto la propuesta en cuestin tiene por necesidad que pasar por el cauce de partidos, parlamentos e instituciones.

Agrego --aunque creo que el aadido est de ms-- que esos espacios de autonoma de los que hablo no pueden ser, en modo alguno, instancias aisladas que se acojan a un proyecto meramente individualista y particularista: su perspectiva tiene que ser, por fuerza, la de la autogestin generalizada. No slo eso: su aprestamiento no puede dejar de lado la contestacin activa, frontal, del sistema. No se olvide que quienes apuestan por esos espacios las ms de las veces han preservado formas de lucha de honda tradicin y, lejos del sindicalismo de pacto que se revela por todas partes, trabajan en organizaciones que han estado de siempre en esa pelea.

Cierto es que el proyecto que ahora defiendo ha suscitado crticas que merecen tanta atencin como rplica. Se ha dicho, por lo pronto, y creo que contra toda razn, que se asienta en una aceptacin soterrada del orden capitalista. Sorprende que esto lo digan quienes han decidido asumir el camino de las dos vas alternativas que se vislumbran en el mundo de la izquierda : la parlamentario-legalista y la revolucionario-putschista. Si en el primer caso la sorpresa lo es por razones obvias, en el segundo remite a razones que deben serlo tambin, de la mano de la sonora aceptacin de todo el imaginario del poder, de la jerarqua, de la vanguardia y de la sustitucin.

No quiero molestar a nadie cuando subrayo que esas dos vas presuntamente alternativas comparten demasiados elementos comunes. En ambas falta cualquier reflexin seria sobre el poder y la alienacin. En ambas se elude la consideracin de lo que el poder significa en todos los mbitos: la familia, la escuela, el trabajo, la ciencia, la tecnologa, los sindicatos y los partidos. En ambas se esquivan las secuelas que acompaan a las sociedades complejas, a la industrializacin, a la urbanizacin y a la desruralizacin. En ambas se aprecia lo que casi siempre es una aceptacin callada de los mitos del crecimiento, el consumo y la competitividad. En ambas se barrunta, en fin, el riesgo de una absorcin inminente por un sistema que en los hechos nunca se ha abandonado. Castoriadis habl al respecto, decenios atrs, del constante renacimiento de la realidad capitalista en el seno del proletariado.

Obligado estoy a apostillar que si la discusin que hoy rescato es muy antigua, hoy tiene un relieve acaso mayor que el que le correspondi en cualquier momento del pasado. Lo tiene al menos a los ojos de quienes estimamos que el capitalismo ha entrado en una fase de corrosin terminal que, merced al cambio climtico, al agotamiento de las materias primas energticas, a la prosecucin del expolio de los pases del Sur, a la desintegracin de precarios colchones sociales y al despliegue desesperado de un nuevo y obsceno darwinismo social, coloca el colapso a la vuelta de la esquina. Frente a ello la respuesta de las dos vas alternativas antes mencionadas se antoja infelizmente dbil: si en unos casos poco ms reclama que la defensa de los Estados del bienestar y una salida social a la crisis --o, lo que es lo mismo, un tan irreal como srdido regreso a 2007--, en otros se asienta en la ilusin de que una vanguardia autoproclamada, investida de la autoridad que proporciona una supuesta ciencia social, debe decidir por todos al amparo de su designio de imitar fiascos como muchos de los registrados en el siglo XX. En su defecto, unos y otros promueven alegatos radicalmente anticapitalistas que no se preocupan de documentar cmo el proyecto correspondiente se llevar a cabo. Al final, y en el mejor de los casos, se traducen en una activa y respetable lucha en el da a da que, sin embargo, tiene consecuencias limitadas.

Bien s que el horizonte de la autonoma, de la autogestin y de la desmercantilizacin no resuelve mgicamente todos estos problemas. Me limito a certificar que nos acerca a esa solucin. Ni siquiera creo que est por detrs de las dems aparentes opciones en lo que hace a una discusin mil veces mantenida: la que nace de la pregunta relativa a si somos tan ingenuos como para concluir que nuestros espacios autnomos no sern objeto de la iras represivas del capital y del Estado. No lo somos: simplemente nos limitamos a preguntar cules son las defensas que, para sus proyectos, desean y estn en condiciones de desplegar nuestros amigos que preconizan las vas parlamentario-legal y revolucionario-putschista, tanto ms cuanto que, las cosas como van, se intuye que no tendrn nada que defender. Acaso son ms slidas y crebles que las nuestras? O ser que, y permtaseme la maldad, quienes se lancen a la tarea de reprimir los espacios autnomos sern al cabo los amigos con los que hoy debatimos?

Dejo para el final, en suma, una disputa que no carece de inters: la de si el proyecto de autonoma y los otros dos que he glosado aqu crticamente son incompatibles o, por el contrario, pueden encontrar un acomodo. Responder de manera tan rpida como interesada: si la consecuencia mayor de ese acomodo es permitir que muchas gentes se acerquen a los espacios liberados, bien venida sea. Pero me temo que hablamos de proyectos que remiten a visiones diametralmente distintas de lo que es la organizacin social y de lo que supone la emancipacin. Y me veo en la obligacin de subrayar esa tara ingente que es que en las apuestas de la izquierda tradicional no haya nada que huela a autogestin, y s se aprecie el olor, en cambio, de jerarquas, delegaciones y reproducciones cabales del mundo que aparentemente decimos contestar. Aunque nadie tiene ninguna solucin mgica para los problemas, cada vez estoy ms convencido de que hay quien ha decidido asumir el camino ms rpido y convincente.


 

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Poltica en la UAM.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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