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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-07-2013

El suicidio de la revolucin

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Se consumaron los peores presagios: un golpe de Estado militar derroc al primer presidente civil, elegido democrticamente, de la historia de Egipto. Hay que recordar, en efecto, que estamos hablando de una asonada militar, al margen de la constitucin, y llevada a cabo adems por un ejrcito que siempre ha cumplido un papel central -el papel central- en la gestin del Estado. El ejrcito egipcio es el mayor receptor de ayuda por parte de EEUU (slo por detrs de Israel) y administra directamente, con procedimientos semimafiosos, la mitad de la economa del pas. No hay que olvidar que Nasser era militar; que su sucesor, Sadat, artfice de la llamada poltica de infitah (apertura o, mejor dicho, sumisin a Occidente) era militar; y que Moubarak, invariable en su apoyo a Israel y a EEUU, as como en la gestin mafioso-liberal de la economa egipcia, era tambin militar. De hecho, la revolucin del 25 de enero tumb a Hosni Moubarak, pero en su calidad tambin de representante del ejrcito, y fue en realidad una revolucin incompleta contra la interminable dictadura de las fuerzas armadas. Eso lo sabe muy bien esa oposicin (al menos la de izquierda) que en agosto de 2012 reproch al presidente Mursi no depurar suficientemente el ejrcito y que consider puramente cosmtica la destitucin del general Tantawui y su sustitucin por Abdelfatah Al-Sisi. Hoy, paradjicamente, esa misma izquierda golpista se alegra de que Mursi no depurara las fuerzas armadas y de que nombrara comandante en Jefe a Al-Sisi, espadn encargado de la ejecucin del golpe. 

Nadie puede negar los errores, fracasos y atropellos del gobierno de Justicia y Libertad (el partido de los HHMM), pero slo la demagogia ms interesada o ms ciega puede hablar de dictadura y adems de dictadura islmica. Mantener la presin en la calle, recordar cul es la verdadera fuente de soberana y legitimidad (el pueblo movilizado), expresar el malestar econmico y social de un pas cada vez ms empobrecido es un signo de salud popular, un empujn en el camino de las conquistas democrticas y una advertencia contra cualquier tentacin de involucin. Pero la dictadura oculta en Egipto, mientras Tahrir miraba hacia palacio, segua siendo la de siempre, la del ejrcito, deseoso de recordar su centralidad y a la espera de una oportunidad, y no deja de ser paradjico que desde la calle se haya aceptado, reclamado o vitoreado su intervencin para restablecer revolucionariamente -no ser la primera vez- el mismo poder de siempre. El legtimo, justificadsimo movimiento popular en Tahrir ha sido explotado por una oposicin organizada, la del Frente Nacional de Salvacin y Tamarrud, en el que se mezclan promiscuamente la derecha y la izquierda y que haba coordinado con las fuerzas armadas, de manera ms o menos ingenua, todas las protestas. Basta recordar, por ejemplo, las cifras de participacin suministradas por el ejrcito (33 millones!), de una desproporcionada precisin, orientadas a generar la ilusin de unanimidad que requera la escenografa. La movilizacin sin duda ha sido inmensa, sobre todo en Tahrir, pero haba que imponer como evidencia legitimadora la imagen de una protesta an ms multitudinaria que la que derroc a Moubarak (como el propio Moubarak se encarg de recordar desde la crcel, abundando as en esta idea de que el verdadero enemigo de Egipto no era su rgimen sino el islamismo que l siempre haba combatido).

Porque ste es realmente el problema. El problema es que esa oposicin de derechas y de izquierdas, como recuerda la arabista Luz Garca Gmez, nunca ha reconocido a los Hermanos Musulmanes y nunca ha estado dispuesta a integrarlos, por tanto, en un rgimen democrtico que nunca ser democrtico sin ellos. Por eso, desde hace un ao ha desatado una campaa feroz de criminalizacin a travs de los medios de comunicacin privados (y hasta de los pblicos) al mismo tiempo que rechazaba cualquier forma de dilogo con Mursi y su gobierno. Mediante mentiras y medias verdades han ido construyendo la imagen muy familiar -propia de la propaganda islamofbica que tantas veces hemos denunciado desde la izquierda- de un monstruo tirnico, peor que Moubarak, que habra concentrado todos los poderes, reprimira a las mujeres, amenazara a los coptos y contra el cual -un ao despus!- todo estara permitido, incluso la reintroduccin del enemigo principal de cualquier revolucin en Egipto: el ejrcito. Tenemos que recordar (a los que tanto invocan la legitimidad democrtica cuando se trata de Chvez y Venezuela) que el partido de Mursi ha salido victorioso en ocho consultas populares y que el ejrcito, por su parte, slo ha salido victorioso en sus enfrentamientos con el pueblo desarmado (porque, como Al-Assad, ni siquiera fue capaz de derrotar a Israel, cuya seguridad garantiza desde hace dcadas). Los que justifican el golpe pretendiendo que es el pueblo el que ha forzado a los militares a tomar partido a favor de sus reivindicaciones no deben olvidar que en enero de 2011 slo cedieron -los militares- despus de mil muertos y que en los enfrentamientos previos al pronunciamiento de ayer hubo apenas 40 vctimas y la mayor parte de ellos entre las filas islamistas. Para valorar la actitud de la oposicin y esta campaa preparatoria -o, al menos, propiciatoria- del golpe de Estado es muy conveniente leer los artculos de Javier Barreda, Alain Gresh o Essam Al-Amin, tres autores nada sospechosos de islamofilia.

Lo que ha habido en Egipto, en fin, es un golpe de Estado anti-islamista, como lo hubo en Argelia, y ms exactamente anti-HHMM, como lo demuestra la felicidad compartida de Bachar el-Assad y Arabia Saud, enemigos entre s, y la general aceptacin de la asonada por parte de todos las potencias europeas (Obama declara alegremente que no es un golpe de Estado sino una revolucin, algo que nunca dijo en 2011). No es un avance en el camino de la revolucin rabe sino la primera paletada sobre su atad. La imagen siniestramente familiar de Al-Sisi anunciando por TV la destitucin de Mursi y garantizando un pronto retorno a la democracia, mientras en la plaza Tahrir la gente aplauda (y buenos amigos de izquierda alcanzaban el orgasmo), fue seguida de la detencin del presidente electo y otros compaeros de partido (algunos comparten prisin con Moubarak), del cierre de cadenas de TV islamistas y del arresto de sus periodistas y del asalto a las oficinas de Al-Jazeera en El Cairo y el corte de la seal satlite del canal -y de los primeros muertos. No sabemos qu pasar en los prximos das. Todo depender de qu medidas se tomen contra el partido mayoritario y cmo reaccione su direccin, pero los HHMM llevan 90 aos tratando de acceder al gobierno y haberlo conquistado de manera democrtica y haberlo perdido en un golpe militar los convierte en mrtires de la democracia (ya se presentan as) y legitima sin duda su resistencia. No se puede descartar una confrontacin violenta que degenere en una guerra civil. Singular, por tanto, el pretexto de los militares, segn el cual habran intervenido para proteger la democracia y evitar la divisin del pas (nos suena?). Dejar fuera al partido ms votado no se puede hacer sin agravar todas las divisiones y sin limitar todas las libertades.

Ocurra lo que ocurra ya ha ocurrido algo terrible. El mundo rabe vuelve a la tradicin de asonadas, salvapatrias y libertad militarmente vigilada contra la que se alzaron sus pueblos hace dos aos y medio. La imagen del militarote encharretado suspendiendo la constitucin es simblicamente una vuelta a la Historia, el contrapunto exacto, en trminos de progreso y de ruptura, de la otra imagen, la de ese feo vendedor de verduras, sin poder ni carisma, que despert al durmiente e incendi la regin con su justa reclamacin de dignidad. Un poco de democracia en esta zona del mundo es un salto revolucionario; un salto ms revolucionario en brazos del ejrcito de Moubarak es renunciar a la democracia y, por tanto, a la revolucin. Contra el islamismo no todo est permitido, y es triste que un sector de la izquierda se ape en estos orgasmos fciles que nos llenarn luego de arrepentimiento y desilusin. La primavera rabe est ms amenazada que nunca y el deber democrtico de la izquierda -y la estrategia poltica ms inteligente- es la de apoyar el derecho de los islamistas a gobernar, si as lo decide la mayora, junto a nuestro derecho de combatirlos y vencerlos, y hacer luego la revolucin, sin recurrir al ejrcito.

Acabo con una mala noticia que alimenta mis peores presagios. Como los retrocesos son tan contagiosos como los avances, la revolucin tunecina espole la revolucin egipcia y ahora, de regreso, la revolucin egipcia espolea la revolucin tunecina. Ayer se cre en Tnez una rplica del movimiento Tamarrud -de derechas y de izquierdas, porque no hay derechas ni izquierdas cuando se trata de acabar con la democracia-, que est reuniendo firmas y quiere movilizar grandes masas con el propsito de disolver la Asamblea Constituyente! En Tnez, la relacin de fuerzas no les es favorable, por fortuna, y el ejrcito tiene una historia diferente. Salvo que se recurra -claro- a la ayuda de Ben Ali y su polica

Nota: Pido disculpas al lector. Un error de lectura me hizo atribuir a Obama una frase que en realidad le estaba dirigido. La postura oficial de EEUU es de "preocupacin", pero sin condenar el golpe y evitando en todo momento llamarlo de ese modo.

(*) Santiago Alba Rico es escritor y filsofo.

Fuente original: http://www.cuartopoder.es/tribuna/egipto-el-suicidio-de-la-revolucion/4793


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