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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-07-2013

El golpe de Estado en Egipto
Islamismo, democracia, revolucin

Santiago Alba Rico
Rebelin


Podemos hablar de revolucin en uno de estos dos casos:

En Egipto hubo una revolucin en 2011 en el primero de los sentidos. No ha habido hasta el momento ninguna revolucin en el segundo de los sentidos. Y el caso ahora del derrocamiento de Mursi no encaja -es evidente- en ninguna de las dos definiciones. No haba ninguna dictadura que derrocar en Egipto (sino una limitada democracia burguesa) y no hay ningn programa poltico de transformaciones radicales en juego, al menos apoyado por la mayora de la plaza. Cuando son las armas de un ejrcito fascista las que derrocan una democracia burguesa, eso se llama -tcnica y polticamente- golpe de Estado. Si millones de personas, incluso muchas de ellas revolucionarias en el primer sentido del trmino, piden un golpe de Estado, no por eso deja de ser un golpe de Estado. Si miles de personas en la plaza no quieren la intervencin del ejrcito -porque son revolucionarias tambin en el segundo sentido del trmino- su voluntad queda completamente anulada por el golpe de Estado. Un ejrcito fascista que destituye y secuestra a un presidente electo, que suspende la constitucin y disuelve el parlamento, que detiene a los dirigentes del partido mayoritario, cierra sus televisiones y dispara sobre sus partidarios, est dando un golpe de Estado. Si lo apoya mucha gente, lo tiene ms fcil. Si lo apoya adems la izquierda y lo llama revolucin, entonces lo tiene facilsimo.

En el mundo rabe ni existan ni existen condiciones para que se produzca una revolucin en el segundo sentido aqu reseado. Por qu era importante -crucial- que se produjeran revoluciones en el primero de los sentidos? Por dos motivos. El primero porque el establecimiento de una democracia burguesa bajo el empuje de los pueblos permita la formacin de un nuevo sujeto poltico y la construccin, en las nuevas condiciones democrticas, de alternativas colectivas hasta ahora inexistentes e inimaginables. El segundo porque una democracia burguesa deba sacar a la luz la verdadera relacin de fuerzas en la zona, favorable a los islamistas. Esto representaba un peligro, s, pero tambin una necesidad insoslayable, pues todas estas dictaduras haban justificado su poder -y la represin de todas las expresiones polticas, incluida la izquierda- contra el terrorismo islmico, que ellas mismas alimentaban, en un bucle felizmente eterno para los caudillos, mediante la represin y la tirana. La normalizacin poltica abra la esperanza de una democratizacin del islamismo a travs del ejercicio del gobierno, como en parte ha ocurrido en Tnez y tambin en Egipto antes del derrocamiento de Mursi. La bsqueda de la confrontacin a cualquier precio, y la estrategia de acoso y derribo por cualquier medio, slo puede abortar, por as decirlo, la maduracin del fracaso del proyecto islamista, que es inevitable pero que debe producirse en un marco democrtico si no queremos volver al trgico da de la marmota que lleva dcadas ensangrentando la zona y sojuzgando a sus pueblos. La izquierda, por desgracia, se ha prestado a este juego en el que slo puede ganar el ancien regime.

Pero hay otro motivo por el que la izquierda debera comprender la necesidad de respetar las reglas de juego que ella misma contribuy a establecer con las revoluciones democrticas. En el mundo rabe -y en Tnez y Egipto de un modo muy claro- hay dos marcos hegemnicos paralelos: uno, de las clases populares, moldeado por el islam poltico, y otro, de las clases medias y altas, moldeado por la derecha laica. Durante las dictaduras la izquierda, reprimida, aislada, pinzada entre los dos marcos, se declar vencida en el territorio que le era natural, el de las clases populares, y acab asimilada al de la derecha laica, no tanto porque pactara con ella -que lo hizo a menudo- cuanto porque acab alejada de la calle y encerrada en el mbar de un elitismo -si no de clase- cultural e intelectual. Un amigo que dej hace aos Nahda, profundamente asqueado, para tratar de elaborar un proyecto de islamismo de la liberacin, segn el modelo de la teologa de la liberacin, siempre reprocha al Frente Popular tunecino este distanciamiento elitista de la cultura popular y, evocando expresamente a Chvez, asegura que Tnez slo ser comunista el da en que, en lugar de empearse en vaciarlas, los comunistas prediquen el comunismo desde las mezquitas. Esto sirve para toda la regin y, desde luego, tambin o sobre todo para Egipto. Construir un nuevo marco hegemnico de izquierdas en el mundo rabe presupone la normalizacin poltica del islamismo, su desgaste controlado y su radicalizacin -hacia la izquierda- desde el interior de la cultura popular. Un golpe de Estado basado nicamente en el anti-islamismo (contando, por tanto, con las fuerzas mucho ms poderosas, y ya probadamente nefastas, de la derecha laica) no slo no es una revolucin en el segundo sentido arriba evocado sino que aborta la revolucin en el primer sentido, condicin de cualquier cambio profundo que en el futuro se quiera hacer. Eso es lo que pas en Argelia en 1992, con el resultado de todos conocidos. Ahora puede ser mucho peor. Todos citamos a menudo la famosa frase de Marx: la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. No es verdad. Se repite muchas veces. La primera como tragedia, la segunda como catstrofe, la tercera como infierno, la cuarta como apocalipsis. No veo qu puede salir ganando la izquierda con esta secuencia mortal...(1)

Nota

(1) Que este desplazamiento dentro de la cultura popular es posible lo demuestra Amrica Latina, donde algunos proyectos emancipatorios en curso -en Venezuela, Bolivia, Ecuador- han sido posibles gracias a una maduracin dentro de un marco democrtico burgus. Todo el mundo estar de acuerdo en que la llamada revolucin bolivariana, con su fuerte componente, al menos formal, de democracia participativa, habra sido imposible si Chvez hubiese llegado al poder a travs del golpe de Estado de 1992. Chvez no era entonces Chvez, pero ya era mejor -sideralmente mejor- que Abdelfath Al-Sisi.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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