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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-07-2013

Homenaje a una obra clandestina de Miguel Snchez-Ostiz
Guerra, terror y escarmiento

Ignazio Aiestaran
Rebelin


Pensar las mentiras, los secretos, las trampas y las verdades clandestinas es una de las tareas de un intelectual. Uno de estos deberes es escribir, recordar y explicar cmo en este rincn de Europa un 18 de julio de 1936 empez una historia que no fue una guerra civil, ni un simple golpe de Estado, sino una guerra de exterminio, un sistema totalitario que se propuso el fin de toda una poca y el inicio de un silencio sepulcral. Miguel Snchez-Ostiz lo ha hecho en su ltimo libro, titulado El Escarmiento y publicado por una editorial pequea pero llena de fuerza como Pamiela. A pesar de tener un narrador principal, tenemos ante los ojos una obra coral, principalmente por el testimonio directo de muchas de las vctimas y de sus descendientes. Es un libro vivo y directo, una llamada entre la novela, el ensayo, la historia y la biografa, que denuncia y supura dolor, un libro de batalla pero con una calidad magistral a lo largo de sus quinientas pginas. Sirvan las siguientes lneas como homenaje a este escritor proscrito de los crculos del poder y de las timbas de los premios oficiales y tambin como reflexin sobre una poca y de lo que somos, nosotros, hijos e hijas de una democracia amnsica, construida e hipotecada sobre las fosas y las simas de la brutalidad. Para ello, he organizado este artculo en cuatro secciones: 1) Exterminio y escarmiento; 2) La sonrisa de Franco y la burla con los escarmentados; 3) La literatura clandestina y la Cultura de la Transicin; y 4) Biopoltica del escarmiento y democracia.


1- Exterminio y escarmiento

El leitmotiv del libro de Snchez-Ostiz es el escarmiento, porque saban muy bien lo que hacan y lo que queran en aquel aparente descontrol. Antes de iniciar la guerra de terror y exterminio, planificaron a conciencia los detalles con el propsito de aniquilar toda resistencia y dar un escarmiento. Las instrucciones fueron muy explcitas y premeditadas. As se lo cont el mismo general Emilio Mola a su hombre de confianza y ayudante civil, Flix Maz1:

Hay que sembrar el terror [] hay que dejar la sensacin de dominio, eliminando sin escrpulos ni vacilacin a todos los que no piensen como nosotros, y adems, adems, atencin, hay que Echar al carajo toda esa monserga de derechos del hombre, humanitarismo y filantropa. Por eso tenan previsto, desde meses antes de la sublevacin, el cierre de puertos y fronteras y la ejecucin de listas. Muy interesantes para nuestro control.

La matanza estaba asegurada. Allanar cualquier diferencia, cualquier objecin, fue siempre el objetivo, por todos los medios, sin conmiseracin. Haba que convertir la sociedad en un patio de cuartel. El general Mola, con el apoyo de otras secciones militares, policiales, civiles y religiosas, as lo dispuso y lo llam el escarmiento en el Frente Norte. Snchez-Ostiz ha tenido el acierto de escoger este trmino y explicarnos su importancia con una ancdota real2. En agosto de 1967, veraneando en San Sebastin, Jos de Arteche, archivero y bibliotecario de la Diputacin de Gipuzkoa, y Jos Mara Iribarren, quien treinta aos atrs haba sido secretario privado y bigrafo del general Mola, sostienen una conversacin sobre la guerra y la implicacin de este militar en el bombardeo de Gernika. En ese momento, Iribarren dice:

Pero si en Mola era una obsesin hacer un escarmiento entre los vascos. Un escarmiento. As deca: Un escarmiento.

El propio Arteche comenta esta declaracin en su diario3: Esto del escarmiento ya se lo he odo al que fue secretario de Mola muchas veces, atribuyndolo a este general. Nunca lo apunt. Pero hoy s. La muerte de los otros como leccin del terror, el exterminio como emblema y castigo, la gran enseanza moral de un plan totalitario. Arteche se queda impresionado de que Iribarren insistiera tanto en que aquel general, al que haba servido fielmente, expresara con rotundidad que solo deseaban escarmentar y matar4:

No pensaba ms que en matar. Por qu Iribarren me repiti tantas veces esta frase refirindose al general Mola de quien fue secretario en los primeros meses de la guerra civil? Por qu?.

La pregunta queda en el aire y Miguel Snchez-Ostiz la contesta y aporta ms de una respuesta. Detrs de cada una de ellas hay una vctima escarmentada, ejecutada, silenciada, porque ninguna mujer y ningn hombre estaban libres de aquella guerra de exterminio y terror. Basten dos casos, entre otros muchos, el de Encarnacin Resano Falcn y el de Ricardo Campos Ardanaz, que el escritor pamplons sabe reescribir y releer entre lneas, porque la barbarie hay que leerla entre lneas tambin, en la clandestinidad de la verdad que es ocultada por la mentira oficial, lo cual supone un ejercicio de literatura y hermenutica ms refinado y costoso de lo que acostumbran las buenas palabras y el lenguaje al uso. Veamos esos dos casos de escarmiento, una mujer y un hombre cualesquiera, porque la arbitrariedad del extermino y del terror opera as, sin distingos, sin piedad.

El primer caso empieza con el peridico Arriba Espaa (nm. 18, 19-VIII-1936), que daba una noticia sobre Encarnacin Resano Falcn, al parecer redactada por el cura falangista Izurdiaga5:

En Peralta fue detenida, noches pasadas, la vecina de dicha localidad Encarnacin Resano Falcn, de 57 aos, porque al pasar por delante de su casa la procesin de la Hora Santa sali a la calle con un banco con el que peg en el suelo para llamar la atencin y se sent de espaldas a la procesin en plan de mofa y escarnio a las imgenes en cuyo momento unos falangistas que la vieron la cogieron y la llevaron a la crcel.

Esta individua, segn informes oficiales, es de psimos antecedentes y agitadora de masas de tal manera que en cuantas alteraciones de orden pblico han ocurrido en dicha villa siempre apareca a la cabeza la individua de referencia.

Encarna era una mujer religiosa y difcilmente poda haber reaccionado de otra manera ante la procesin catlica. Si meti ruido fue porque era sorda y si dio la espalda al cortejo de autoridades fue porque en aquellos tiempos las mujeres se sentaban de cara a la pared para no ensear sus piernas en los actos religiosos, quisicosas de la rancia moral de la poca. Pero daba igual en aquellos das de escarmiento. Mataron al marido y a ella la encerraron en la crcel. Al cabo de tres meses la llevaron con otros seis a fusilar. Encarnacin fue obligada a asistir al fusilamiento de sus convecinos y al final, entre risas, le pegaron un tiro en la entrepierna y la dejaron toda la noche desangrndose en la puerta del cementerio, hasta que al da siguiente alguien la remat de un tiro, despus de estar gimiendo en la oscuridad y en la soledad.

Luego, el sepulturero grandes informadores de lo que nadie deba quedar informado se jact de haberla enterrado entre dos hombres para que follara en el infierno. Siempre se crey que aquello era una balandronada de borrachn locoide en busca de que le paguen el chato o el palmero de vino a cambio de truculencias. () Bah, una salvajada de este, como los pies del Seor y un clavico entre los dos, que dice la jota, hasta que se abri la fosa y as aparecieron los cuerpos6.

El segundo caso corresponde a Ricardo, quien el 25 de julio de 1936 protagoniza, contra su voluntad, una noticia luctuosa, segn recoge la prensa oficial de la poca:

De Corella comunican que el sbado por la maana se suicid en la crcel municipal donde se hallaba detenido el vecino de dicha ciudad Ricardo Campos Ardanaz, el cual para consumar su fatal propsito prendi fuego al pajuz que cubra el suelo pereciendo asfixiado y casi carbonizado7.

Extraa noticia, sobre todo cuando uno realiza un suicidio contra su voluntad. Miguel Snchez-Ostiz sabe de qu iba aquello, cul es la verdad clandestina8:

Ah, s, lo olvidaba, porque se ha traspapelado el recorte, el da 25, para celebrar la festividad de Santiago Matamoros, tambin se les ha suicidado otro peligroso extremista, el concejal del Ayuntamiento de Corella y juez de paz, Ricardo Campos Ardanaz, de 56 aos, a quien sus convecinos ms posedos de exaltacin patritica han quemado vivo arrojando gasolina por la ventana del calabozo municipal donde estaba encerrado. Odio, calor y vino, en palabras del doctor Justo Grate, citado por Pablo Antoana en un captulo de sus memorias inditas. Slo eso? Esas son amarguras de vencido. Para los dems corrern tiempos de pica, de lrica, de romanticismo.

Genocidio, exterminio, crmenes contra la humanidad. Palabras inexistentes en el lenguaje jurdico y social de la democracia actual para juzgar estos actos de nuestros antepasados, de nuestros vecinos, de todos esos criminales que nos han rodeado y que nos han legado una amnesia colectiva. Padres de la patria y asesinos a conciencia que Miguel Snchez-Ostiz destaca, pgina a pgina, crimen tras crimen, en la soledad del escritor y en compaa de los muertos.


2- La sonrisa de Franco y la burla con los escarmentados

La obra de Miguel Snchez-Ostiz recapitula los comienzos de aquella guerra de aniquilacin en el Frente Norte. Navarra, en conexin con Burgos y Salamanca, fue el centro de operaciones y conspiraciones bajo las rdenes del general Mola. Por eso, el libro de Snchez Ostiz no es un simple relato local, sino que rpidamente alcanza dimensiones generales. Hay que recordar, por caso, al pamplons Joaqun Arrars, el primer bigrafo de Franco, al que dedic un libro en 1937, impreso en San Sebastin. Arrars fue desde agosto de 1936 organizador de los servicios de prensa y propaganda de la junta golpista, bajo las rdenes de Mola, y desde 1937 fue director general de prensa. Snchez Ostiz incluye una cita9 de este autor que expresa muy a las claras que aquello que se mont desde el principio era un dispositivo en el sentido foucaultiano para escudriar, vigilar y controlar todo un pas:

El Generalsimo y Jefe del Estado espaol se ha instalado en el palacio episcopal de Salamanca. Su despacho tiene algo de cmara oscura de radilogo, donde Franco somete a Espaa a la libre y a la cautiva a un examen de rayos X. El general contempla el organismo nacional con sus roturas, cavernas, fibras relajadas y msculos sanos y en tensin. Espaa sin veladuras ni secretos.

Espaa era entonces una enorme maquinaria para vigilar y castigar bajo los rayos X del panptico totalitario y la eugenesia de la Hispanidad. Todo ello estaba controlado por la mirada y la sonrisa de Franco (la cita mencionada de Arrars est en la seccin final de la biografa de Franco, donde deca que toda Espaa, la liberada y la roja, conoca la sonrisa de Franco, que ha trascendido al mundo, y es universal como la mirada acerada y fiera de Mussolini o el ceo de Hitler10). Era la sonrisa de Franco que Manuel Machado retrat de forma laudatoria y exaltada en un poema, el cual daba comienzo al libro de Arrars11:

Caudillo de la nueva Reconquista,

Seor de Espaa, que en su fe renace,

sabe vencer y sonrer, y hace

campo de paz la tierra que conquista.


Sabe vencer y sonrer. Su ingenio

militar campa en la guerrera gloria

seguro y firme. Y para hacer Historia

Dios quiso darle mucho ms: el genio.


Inspira fe y amor. Doquiera llega

el prestigio triunfal que lo acompaa,

mientras la Patria ante su impulso crece,


para un maana, que el ayer no niega,

para una Espaa ms y ms Espaa,

la sonrisa de Franco resplandece!

Esa sonrisa siniestra era la faz de una dictadura, el gesto de una guerra de aniquilacin miserable e hipcrita. Mientras la mentira oficial y la propaganda lisonjera se expandan en el verano de 1936, al mismo tiempo la prensa de la poca describa la realidad de aquel momento aciago. Snchez-Ostiz reproduce como ilustracin un recorte de peridico12, donde la danza de la muerte de los fusilamientos y la kerms de los asesinatos quedaban justificadas, de acuerdo con el punto primero del programa poltico-social que los dirigentes y sus fuerzas ordenaban en la Espaa de la cruzada nacional-catlica:

1. Establecimiento de una dictadura militar y exterminio de todos los elementos sindicalistas y comunistas. En principio, la dictadura militar ser temporal, pero en la prctica funcionar indefinidamente sin Parlamento constituido.

No, no fue una guerra civil. Fue una dictadura militar de exterminio y aniquilacin, el totalitarismo en formato hispano con bendicin cristiana. Se promulgaron listas negras, chivatazos, falsas denuncias, que daban a parar en arrestos nocturnos, encarcelamientos, sacas y pasellos sin retorno, en barbaries no reconocidas, desapariciones sin nombre. La sonrisa de Franco era una burla, el escarnio, la risa de los verdugos, la mofa con las vctimas y sus familias, el escarmiento. Snchez-Ostiz trae a colacin la risa de la que alardeaban los requets y falangistas en su exterminio, como aquella de Rafael Garca Serrano13:

Era cosa de risa, no de ejecucin revolucionaria, dir cuarenta y seis aos despus un contertulio del Ateneo, uno de los que lo asaltaron en julio de 1936: Rafael Garca Serrano. Cosa de risa. Los golpes que te puede dar un sayn cuando Patachopo, hijo del militar alzado, grita Puto rojo y puto separatista te voy a matar a hostias!, es cosa de risa, como lo fue para todos los que minimizaron y se encogieron de hombros cuando supieron de los crmenes de aquel verano.

Aquella risa de los escuadrones de la muerte y aquella sonrisa de Franco dieron paso al silencio, al ocultamiento, a la negacin y a la clandestinidad. Y lo peor es que con el trnsito al parlamentarismo democrtico, muchos herederos de los verdugos de la risa y de la mofa siguen negndolo, porque todava funciona la red de silencios y la telaraa del ocultamiento, en la trama de las complicidades. Se les llena la boca de libertad y democracia, te sonren a la cara y se dejan fotografiar con sus muecas risueas, pero en el fondo siguen negando las fosas, el escarmiento y el horror14:

Poco importa si es de ahora, lo que importa es la cagada, la mala leche que no cesa, la de la destruccin de las placas y monumentos, de fusilados, de asesinados, de esclavos del franquismo, que la derecha del Partido Popular o de UPN se niega a condenar de manera franca y decidida, sin reservas, sin trucos, sin parapetarse detrs de unas leyes que procura incumplir o cumplir a regaadientes, retratndose de paso, echando mano de sus escritores de cmara y poco menos que de nmina, si es que no cobran, algunos, del fondo de reptiles.

Da la sensacin de que aquellas formas facciosas siguen vigentes en muchos aspectos del presente. Si Elfriede Jelinek, esa escritora que tan agudamente ha denunciado el neo-nazismo y el fascismo actual en Austria y Alemania15, si ella, digo, visitara este rincn de Europa o leyera las decenas de casos que muestra Snchez-Ostiz, tendra que ampliar el mapa del totalitarismo machista y homicida. S, porque no solo se dedicaron a saquear y a matar. Encima se burlaron y se rieron en el exterminio. Ocurri con muchas jvenes y adolescentes, como la violacin repetida y el posterior asesinato de Maravillas Lamberto, con 14 aos, quien tuvo que presenciar primero la muerte de su padre y cuyo cuerpo desnudo fue descubierto por el olor y por los perros que ya haban empezado a desgarrar sus piernas16. O como sucedi con Mara Camino Oscoz, la maestra comunista de 26 aos, desaparecida en alguna sima de Urbasa, despus de que los falangistas de Pamplona la detuvieran y la obligaran a beber un palmero de aceite de ricino, a carcajadas, y la pasearan, mofndose de sus escurribandas, para gozo de transentes que ren y aplauden la hombrada de los hroes del da17.

Aquello fue un genocidio en toda regla. Aquellos que se decan cristianos, catlicos, apostlicos y romanos, aquellos que repetan que hacan la cruzada contra el bolchevismo ateo y el judasmo internacional, cometieron los crmenes ms horrendos, ms miserables, sin piedad, sin remordimientos. Y sus crmenes han quedado impunes. Tampoco nadie ha pedido nunca perdn. Al contrario. Todo ha quedado amnistiado, silenciado y ocultado. Las vctimas y sus familiares no son ms que ancdotas clandestinas, susurros en la oscuridad, una deuda para la muerte.

Snchez-Ostiz explica contundentemente por qu no ha habido reconocimiento de esta deuda. La razn es muy simple: la gente fue cmplice y particip directamente en la cacera y en la represin. Aquello fue todo un sistema de control, una malla tupida de violencia y persecucin con muchos colaboradores18:

No basta decir que no sabamos nada, como sostiene to Quinito, porque no es cierto ni verosmil ni creble; ms creble resulta decir que en ejercicio de la desmemoria nacional, no quisieron enterarse y en esa medida no se enteraron.

Fue Mola con sus colaboradores de Pamplona quien urdi desde antes de sublevarse aquella represin. Era la nica manera de asegurarse el control social de la retaguardia. De esa manera no habra sorpresas ni levantamientos ni desrdenes. Nada. Se controlaba la prensa, la radio, las carreteras, la frontera, los pueblos por juntas de violentos investidos de autoridad y con armas en la mano Y para esa ingente labor policial se necesitaban espontneos y los tuvo a docenas, porque l de Pamplona y de Navarra no saba nada. Pocos fueron los pueblos que no tuvieron delegados de orden pblico o de guerra, que actuaron mano a mano con guardias civiles. Pocos fueron los pueblos que no tuvieron centro de requets.

As fue, s. No fueron pocos, no. Y el dao que hicieron fue consciente, planificado, calculado y administrado, para arrasar la retaguardia, para generar miedo en el resto y para asegurarse un futuro ms cmodo, sin oposicin alguna. De paso, aprovecharon para enriquecerse con los ahorros, las propiedades y los bienes de las vctimas y sus familias, a quienes expoliaron y saquearon sin vergenza.


3- La literatura clandestina y la Cultura de la Transicin

La obra de Snchez-Ostiz no es una novela histrica, a pesar de que est repleta de acontecimientos y datos. Es una novela ensaystica sobre el pasado desde el presente. De hecho, algunos de los captulos tratan de acontecimientos actuales. Los dos captulos iniciales, por caso, situados en el ao 2011, nos hablan de sus ascensos o visitas al fuerte de San Cristbal, en el monte Ezkaba, al lado de Pamplona. Esa fortificacin fue una crcel, donde se maltrat a los presos en los primeros aos de la guerra y en cuya ladera hay fosas que recientemente han empezado a desenterrarse, aunque nunca con apoyo de las instituciones oficiales. En ellas yacen decenas de cadveres de los presos que intentaron fugarse en mayo de 1938 y que fueron atrapados como si fueran alimaas. En pocos das los cazaron como conejos, que es la expresin que se le ha quedado grabada a Snchez-Ostiz: Sin apenas resistencia, los presos fueron abatidos sobre la marcha, fusilados por las partidas de voluntarios y guardias civiles, o detenidos, si tenan ms suerte. Algunos fueron ahorcados. Hubo suicidios. De estos tambin o contar de nio19.

Otro captulo nos habla, por ejemplo, de su asistencia a la apertura de una fosa en noviembre de 2012, la que abrieron los tcnicos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, dirigidos pulcra y cuidadosamente por Francisco Etxeberria, al pie de Pea Redonda, en Antxoritz, un pueblecito del valle de Esteribar, cerca de Pamplona. Fue un momento emotivo y no solo del pasado, sino del presente:

Con mimo, con mucho mimo. Eso fue lo que dijo la antroploga Lourdes Herrasti, de la sociedad Aranzadi, cuando empezaron a hacer la ltima limpieza de los restos de los seis asesinados.

Mimo y un silencio respetuoso. Silencio de los que estaban dentro de la fosa trabajando y conversaciones en voz baja fuera de esta, todos bajo la lluvia y en el barro. Fueron saliendo botones de camisa y de chaleco, de pasta y de hueso, una trabilla de chaleco, la hebilla de un cinturn que haba dejado un rastro de xido, una medalla barata de cobre y plata, la Virgen del Carmen y el Sagrado Corazn de Jess, en una caja torcica, y una bala, una bala perdida entre los huesos, y junto a las muecas del hombre del traje, unos gemelos de diseo modernista, rojos.20

Mimo y silencio respetuoso con aquellos seres que fueron eliminados de malas maneras, con toda la injusticia del mundo para ellos y sus familiares. Silencio sentido, que se opone al silencio oficial de las autoridades que no acuden a estos actos. Y ello hace que el escritor se pregunte en ese duro momento sobre los ltimos momentos de aquellos pobres desgraciados que padecieron el escarmiento hasta el final:

O que alguien se preguntaba si la gente que haba terminado all, hermanada en la muerte, se conocera de algo o si solo habran compartido las horas finales de prisin, unos das, unas pocas semanas, y el viaje final, el de la camioneta, el de los falangistas que fumaron delante de ellos aquellos ltimos pitillos antes de hacerles cruzar el torrente y matarlos contra la pea. Una camioneta que haba llegado hasta all precedida o seguida por un cochecito de la muerte, el de los matones.21

Y siguen las preguntas, pero ahora ya no sobre el pasado, sino sobre el presente:

Y me pregunto por qu ese buscar y abrir fosas hiere, irrita, por qu ese empeo en negar esa ltima satisfaccin a quienes han llorado a los suyos y se han transmitido el dolor. Porque permitir a regaadientes equivale a negar. Por qu no una aceptacin franca, decidida, generosa, plena de lo sucedido?22

Una reflexin sobre el pasado desde el presente. Preguntas sobre el pasado y preguntas sobre el presente, con respuestas casi obvias, que todos sabemos, aunque en ocasiones no se puedan decir en alto. Esto demuestra que no se viven tiempos normales. La Transicin, el paso de la dictadura totalitaria a la segunda restauracin borbnica y a la democracia parlamentaria no fue modlica, ni reconciliadora. Ni mucho menos. Snchez-Ostiz sabe que estas cosas no son del pasado, sino del presente. Y tambin sabe que queda mucho por decir e investigar todava. Una parte de su libro relata sus pesquisas en el Archivo General de Navarra en busca de documentos sobre la Junta Central de Guerra Carlista, que era la que controlaba el ejercicio de la violencia y el terror. All descubre que algunas de las doce cajas sobre ese tema estn casi vacas. Alguien se ha preocupado estos aos de no dejar huella, no vaya a ser que a alguien se le ocurra remover. l ya lo sospechaba, porque sera muy raro que siguieran all los restos de la barbarie, despus de aos de haber permanecido en manos de franquistas, carlistas y falangistas convencidos, y de amigos de amigos que haban hecho desaparecer todo lo que poda incriminarles23.

An con todo, el escritor pamplons ha encontrado informaciones espeluznantes en los archivos y en la hemeroteca de la poca, como los bandos de guerra, que prueban las entraas del escarmiento. Una de las cosas ms terribles es que el 22 de julio de 1936, a las tres de la tarde, se adicion al bando oficial de guerra una aclaracin por la que se estableca una pena nica de fusilamiento, dentro de las 24 horas siguientes a la detencin de cualquier elemento considerado extremista24. La cacera de cualquier enemigo, de cualquier opositor, de cualquier sospechoso, quedaba justificada. Y su muerte quedaba garantizada, bien por fuerzas uniformadas oficiales, bien por rondas volantes de voluntarios militarizados. De hecho, influido por la lectura de El Escarmiento, el historiador Fernando Mikelarena ha ahondado en esta cuestin y ha encontrado ms informacin relevante: la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra, no contenta con la represin llevada a cabo en la provincia, se anim a aconsejar el 24 de septiembre de 1936 sobre la conveniencia de adoptar una poltica de mano dura en Gipuzkoa, contra los rojos y, especialmente, contra los nacionalistas, incluido el clero vasco. La Junta se quejaba de la lenidad de la represin, comparada con la dureza del castigo aplicado en Andaluca, Extremadura, parte de Aragn y parte de Castilla25.

Este tipo de detalles demuestra que quedan muchas pginas por escribir y muchas palabras por decir. Si eso es as, entonces la Transicin no puede ser el ltimo punto de referencia. Por desgracia el tiempo juega en contra de la recuperacin de testimonios. Por otro lado, la asuncin de los pactos amnsicos de la Transicin ha dejado de ser una solucin (si alguna vez lo fue), para convertirse en un autntico problema social y cultural. Recordemos aqu brevemente cmo ha caracterizado Amador Fernndez-Savater la Cultura de la Transicin o CT26. La Cultura de la Transicin naci con el mito de las dos Espaas, ofrecindose como un poder de salvacin para la gestin y administracin del miedo (golpes militares, terrorismo de ETA, ruptura de Espaa, etctera). Para ello se propuso o se vendi una cultura basada en el consenso, la desproblematizacin y la despolitizacin27, es decir, todo aquello que se asume mediticamente como un pacto generalizado, que evita ser cuestionado desde el rgimen de 1978, bajo frmulas prescriptivas o imperativas: eso no se discute, no s de qu me hablas, no hay alternativa, no hagas demagogia, lo contrario es utpico, es lo que hay, la vida es as, o yo o el caos, etc.

El xito de la Cultura de la Transicin es haber anatematizado las alternativas de futuro y las lecturas del pasado. Todo aquello que pudiera deconstruir los pilares del rgimen de 1978 era criticado como utpico o descabellado, hasta asumir unas bases inamovibles en ms de tres dcadas: monarqua, Constitucin, centralismo parlamentario, bipartidismo y prensa asociada, gran banca, OTAN, el mercado del euro, la Unin Europea, etc. Para ello, de forma consciente o inconsciente, periodistas, polticos, historiadores, artistas, creadores, intelectuales y expertos han ido adoptando una jerga consensual, desproblematizadora y despolitizada28:

La CT define el marco de lo posible y a la vez distribuye las posiciones. En primer lugar, prescribe lo que es y no es tema de discusin pblica: el rgimen del 78 queda as consagrado y fuera del alcance del comn de los mortales. En segundo lugar, fija qu puede decirse de aquello de lo que s puede hablarse (sobre todo cuestiones identitarias, de costumbres y valores). () Por ltimo, dispone tambin quin puede hablar, cmo y desde dnde. La CT est afectada por una profunda desconfianza en la gente cualquiera, que se expresa bien como desprecio, bien como miedo, bien como paternalismo. () El respeto de ciertos trminos, as como la asuncin de determinados tonos, inflexiones y referencias en el discurso, definir un hablar bien que dar acceso a los lugares privilegiados.

El xito de esta CT ha sido sin duda generar un monopolio sobre el sentido comn: decidir qu es sensato y qu no. Este hablar bien de la Cultura de la Transicin incluye no remover el pasado y dejar descansar a los muertos, aunque estos hayan sido asesinados y enterrados en fosas comunes, arrojados a simas profundas o simplemente abandonados en cunetas. Si alguien se atreve a lo contrario, ser acusado de guerracivilista. Con todo el descaro te dirn que hay que pasar pgina, que eso son cosas del pasado y que todo aquello forma parte de la historia de Espaa como las estatuas ecuestres de Franco y hay que aceptarlo tal cual. Por descontado, el que ose romper este consenso ser marginado de los circuitos mediticos, de las instancias oficiales, de los crculos del poder. En definitiva, ser reducido, de forma silenciosa pero inexorable, a una clandestinidad, democrtica, pero clandestinidad al fin y al cabo.

Miguel Snchez-Ostiz conoce estos riesgos y asume las consecuencias. Narrar todas esas cosas de silencios cmplices y de voces clandestinas supone ir a la contra, o quiz hacer una Contracultura de la Transicin. Y para ello es indispensable escribir esa pgina de la historia. En una reciente entrevista sobre la publicacin de su libro, lo denunciaba con fuerza29:

Y, en este sentido, yo he venido diciendo que estoy a favor de pasar pgina... Pero primero la escribimos; es decir, primero me dejas que la escriba a mi modo, que es lo que no han dejado durante muchsimos aos, y luego me la lees. Y una vez que suceda esto igual podemos pasar pgina. Pero claro, si la pgina no la escribimos, no la dejan escribir del todo o la rompen o no la quieren leer, esa pgina no se puede pasar, y eso es lo que est sucediendo. Porque las pginas se pueden romper de muchas maneras: hacindole un homenaje a la Divisin Azul, admitiendo a trmite una querella contra un periodista que se ha atrevido a acusar a Falange espaola de actividades genocidas y de crmenes... La pgina se puede romper pidiendo el regreso de la laureada de San Fernando al escudo de Navarra, rompiendo las placas de los fugados del fuerte y de los esclavos del franquismo, de quienes se escribe que vivan de puta madre, o desde las ctedras de historia... As que, en estas condiciones, es muy difcil pasar pgina o andar pegando con cello de antes los trozos que van quedando de esas pginas rotas. Y si no estn abiertos todos los archivos, tambin es muy difcil escribir esas pginas.

Snchez-Ostiz sabe que es difcil que le dejen escribir esas pginas. Y si uno lo hace, es bajo el precio de ser un clandestino, de publicar en circuitos ms reducidos, de ser silenciado en los grandes medios, de desaparecer de la vida intelectual de muchos. Si uno escribe al margen o sobre los mrgenes de la historia, si no se dispone a hablar bien, entonces ser marginado y reducido a un lenguaje clandestino, para minoras no oficiales, o si se prefiere, para la mayora silenciosa (porque al final las minoras no oficiales son mayora). Y que nadie piense que la Cultura de la Transicin ha supuesto el fin del extremismo de antao. El da que sala publicada la entrevista con Snchez-Ostiz, en el mismo peridico, se daba noticia de que haban aparecido pintadas de corte fascista o neonazi en las inmediaciones de la Puerta del Socorro, que da acceso desde la Vuelta del Castillo a la Ciudadela de Pamplona, lugar en el que el bando franquista fusil a 298 personas desde 1936 hasta 1941, incluidos concejales y ex concejales30. Entre los dibujos se apreciaban esvsticas y expresiones como rojos de mierda31.

La Cultura de la Transicin ha fracasado en este aspecto. Solo ha servido para tapar crmenes y genocidios, que deberan haber sido tratados como tales. El no haber afrontado este problema en serio ha supuesto una mala praxis poltica y un dficit democrtico notable, aunque algunos hayan realizado arrepentimientos ocasionales, casi siempre tardos e insuficientes. En esto tambin el escritor pamplons ofrece un ejercicio interesante, en un captulo de su libro, titulado Descargas a conciencia32. Es un alegato contra Pedro Lan Entralgo y su libro de memorias Descargo de conciencia (1930-1960)33, publicado por Seix Barral en 1976, en los albores de los pactos de la Transicin. Incorporado al cuerpo de Falange, Lan Entralgo narra cmo un da, a finales de agosto de 1936, le despertaron y le obligaron a asistir al fusilamiento de un joven con 18 o 19 aos en Pamplona, como si fuera una leccin ms a aprender, en plan didctico, igual que las mujeres que acudan en esas madrugadas ttricas a ver el espectculo. Lan Entralgo ni siquiera le pone nombre a la vctima. Snchez-Ostiz se lo reprocha y lo nombra a partir de los peridicos de la poca que reproducen la noticia el 27 de agosto34:

Ayer por la maana a las seis y cuarto en los gladis de la Vuelta del Castillo fue ejecutada la sentencia impuesta contra un joven de Villafranca de Oria llamado Lucio Rudi, ante cuyo cadver desfilaron las tropas que formaron el cuadro.

Amnesias de la Transicin, que ya ni siquiera se acuerdan de los nombres de las vctimas ejecutadas tras aquellos falsos juicios sumarsimos. Snchez-Ostiz tambin le reprocha a Lan Entralgo que no mencione el fusilamiento masivo en la corraliza bardenera de Valcardera, sucedida tres o cuatro das antes. Los descargos de conciencia y las descargas de los pelotones se fusionaron as en la desmemoria de la Transicin, sin una reparacin justa, sin el respeto debido a las vctimas35:

Incluso en 1976, cuando Carlos Barral le publica a Lan su libro, es demasiado comprometido hablar de Valcardera, en la medida en que vivan algunos de los ejecutores y de los testigos. Una cosa como la ejecucin del muchacho annimo y campesino de 18 aos, seguido de un acto de recogimiento y dolor en los Redentoristas, queda mejor, toca ms la fibra.

Este quedar mejor es el hablar bien y correcto perteneciente a la cultura desmemoriada de la Transicin, la jerga de la reconciliacin en el vaco. Por eso, de una forma u otra, Snchez-Ostiz, en un ejercicio metaliterario o quiz de autntica literatura comprometida, desvela dos mecanismos con los que se ha construido una cultura amnsica desde la Transicin: el esteticismo y el victimismo. Esteticismo al justificar que toda la corte literaria, que permaneci durante los dos primeros aos de la guerra por la Atenas militarizada que fue la Pamplona de Mola (Pedro Lan Entralgo Jorge Guilln, Rafael Garca Serrano, ngel Mara Pascual, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Gonzalo Torrente Ballester, Eugenio dOrs, entre otros), se dedicara a temas de una esttica empalagosa, entre barroca y romntica, segn los casos, mientras silenciaban todas esas matanzas que se publicaban en las gacetas y se comentaban por las calles. Victimismo al mostrarse posteriormente sorprendidos de toda la sinrazn y barbarie que se estaban produciendo ante sus ojos y odos. As es como se ha construido la Cultura de la Transicin, con fingimientos, despistes, poses y bellas palabras, que ocultaban una realidad, la otra realidad, la de los hechos clandestinos.

Es difcil de todas maneras ejercer la escritura ante la clandestinidad y la ocultacin de las injusticias. Hace unos aos, Beln Gopegui cuestionaba algunos estndares establecidos sobre la correccin intelectual en Europa y propona el paso a la clandestinidad en los siguientes trminos36:

No escribamos sobre lo que pensamos que difcilmente nos publicaran pero que a lo mejor, como estamos en un continente libre, al fin logramos publicar en una editorial pequea o en una gran editorial con deseo de legitimarse. Escribamos, por el contrario, sobre lo que sabemos que no podemos escribir, porque est prohibido.

Beln Gopegui sugera escribir textos que no estuvieran separados de la vida, que no vayan a parar a los solitarios sillones de orejas en donde se fantasea, sino a las mesas de trabajo en comn: Si conseguimos escribir sobre todo esto, si dejamos de trabajar solos y entramos a formar parte de un colectivo real que necesita que escribamos sobre todo esto, entonces tal vez empezar a existir una literatura materialista, y empezar acaso a ponerse en duda en Europa la existencia real de la libertad.

Sin duda, Miguel Snchez-Ostiz ha dado este paso a la clandestinidad material. Muchos de sus personajes son personas con una historia, vctimas clandestinas del sistema opaco de la Transicin. Y su postura, comprometida y arriesgada, ha servido para dar voz a muchos familiares y herederos de aquellas vctimas. En el autor pamplons tenemos as, por un lado, al escritor Snchez-Ostiz y, por otro lado, al ciudadano Miguel, y ambos han confluido en El Escarmiento, para mostrarnos el problema de la libertad literaria y ciudadana en este viejo y olvidadizo continente.


4- Biopoltica del escarmiento y democracia

El 3 de junio del 2013 el escritor dio una conferencia abierta en Pamplona para presentar su libro. Por aquellas paradojas imprevistas de la vida, la fecha coincida accidentalmente con la efemride de la muerte del general Mola. As de pequeo es el mundo. El acto se celebr en el Instituto de Educacin Secundaria Plaza de la Cruz, donde todava quedan restos del franquismo en el edificio. As que la conferencia se desarroll en un lugar adecuado y en un tiempo propicio para seguir debatiendo las consecuencias de aquella guerra. Entre los numerosos asistentes haba muchos hijos y familiares de las vctimas. Tambin era patente la ausencia de los representantes polticos de la negra provincia de Flaubert, con alguna excepcin notable, principalmente de la izquierda menos desmemoriada. Fue un acto emotivo, con los sentimientos a flor de piel, sobre todo por todas aquellas personas mayores que asistieron de forma masiva y que todava esperan una respuesta despus de todas estas dcadas de olvido y mutismo.

A m me llam la atencin una cosa: haba muy poca gente de mi edad. Apenas haba presencia de gente nacida en plena democracia o en los primeros aos de la Transicin. Muy pocos de los asistentes ocuparan la franja de edad comprendida entre los 20 y los 40 aos. Pasados unos das comprend que eso tambin significaba algo importante: la poltica del escarmiento haba sido efectiva. Con la guerra de exterminio y terror impuesto y con el posterior silencio, aceptado sin crtica por la Cultura de la Transicin, las generaciones ms jvenes no ven tan urgente tratar estos temas, con alguna salvedad. El escarmiento y el silencio de las generaciones pasadas han surtido efecto. Por eso el libro de Snchez-Ostiz es necesario todava, en este lugar y en este tiempo de parlamentarismo democrtico amnsico.

Este libro adems funciona perfectamente como caja de resonancia y de activacin de la conciencia colectiva. En l se expone, con detalle, ese clima que gener el sentido comn que hoy hemos dado por normal. El libro funciona porque es el reverso oculto de la biopoltica del franquismo y de la represin, de toda esa poltica racial de la Nueva Espaa y su eugenesia, que propugnaba el jefe de psiquiatra en la guerra Antonio Vallejo Ngera. En el prefacio de la Eugenesia de la Hispanidad y regeneracin de la raza, publicado en 1937, Vallejo Ngera recuerda que aquello era un holocausto37: Millares de vidas en flor se ofrendaron en holocausto del ideal patritico. Para ello, a las buenas o a las malas, se impuso el escarmiento de los ciudadanos indeseables. El captulo XLI, titulado Elementos indeseables, lo pone de manifiesto. Haba que acabar con la democracia de los elementos indeseables a travs de la nueva biopoltica racial38:

Tiene la democracia el grave inconveniente de que halaga las bajas pasiones y de que concede iguales derechos sociales al loco, al imbcil y al degenerado. El sufragio universal ha desmoralizado las masas, y como en stas ha de predominar necesariamente la deficiencia mental y la psicopata, al tener igual valor el voto del selecto que el del indeseable, predominarn los ltimos en los puestos directivos, con perjuicio del porvenir de la raza.

El dictamen quedaba claro. Haba que reeducar y dar una buena leccin, un autntico escarmiento, a todos los elementos indeseables que pensaran en la democracia y en el sufragio universal. Haba que privarles de todo, incluidos los derechos ciudadanos ms bsicos, que para eso hacan una guerra de exterminio39:

Precisa [la raza] privar a los indeseables de los derechos ciudadanos mientras no se hayan regenerado mediante la reeducacin. Compete a polticos y socilogos purificar el medio ambiente fomentador del desenfrenado desarrollo de las tendencias instintivas de las masas.

Haba que purificar el ambiente y reprimir a las masas en sus aspiraciones polticas. La eugenesia de la Hispanidad se encargara de ello, para regenerar la raza y escarmentar a los indeseables.

Un ao despus, en 1938, Antonio Vallejo Ngera publica Poltica racial del nuevo Estado. Ya han arrasado gran parte de la pennsula, especialmente en el Frente Norte. Ya han empezado a organizar su propio Estado y est triunfando su biopoltica del escarmiento. Haban desarrollado y planificado su guerra para acabar en un Estado totalitario y dictatorial, sin excusas, sin miramientos, sin complejos40:

nicamente el Estado totalitario y dictatorial es capaz de imponer los medios y mtodos de la Higiene racial, practicados sin excepcin por todos los ciudadanos, estimulados por un afn de superacin.

Purificacin, seleccin e higiene de la raza, biopsicologa de los genes de la Hispanidad, todo cabe en la biopoltica de la Nueva Espaa, en su lucha contra los judos, los musulmanes y los ilustrados racionalistas, pues slo entonces cristalizar de nuevo el ncleo racial que permitir que Espaa no se disgregue interiormente y que sea temida y respetada fuera de sus fronteras. Aquellos resentidos que se opongan sern considerados enfermos, locos o criminales, elementos indeseables en la maquinaria de la muerte, en el dispositivo del terror y del escarmiento, donde ya no tendrn cabida nunca jams41:

Al forjarse la Nueva Espaa ha de revalorizarse la raza, preocupndonos poco de su anatoma y mucho de su biopsicologa. La salud fsica marcha pareja con la sanidad espiritual. Un pueblo moral en sus costumbres goza de salud fsica. Un pueblo eufrico, espontneo, pundonoroso y leal a sus compromisos de honor es un pueblo sano. La raza degenera cuando anidan en sus genes complejos de rencor, de resentimiento y de inferioridad transmitidos de generacin en generacin.

Los complejos de rencor, de resentimiento y de inferioridad que pesan sobre la raza fueron sembrados, primeramente por los hebreos, luego por los moriscos, ms tarde por la influencia de enciclopedistas y racionalistas extranjerizados. La raza espaola no habra degenerado si se hubieran mantenido las esencias espirituales de la Hispanidad que resplandecieron en ella durante los siglos XVI y XVII, por la imposibilidad de que en el consciente y subconsciente de la raza obrasen rencores, resentimientos y sensacin de impotencia.

El escarmiento triunf, tanto en el inconsciente colectivo como en la conciencia individual de cada uno. La higiene y la eugenesia se produjeron a machamartillo. Lo dems ser silencio, ocultamiento y clandestinidad. Hasta el lenguaje arrasaron. Tambin lo enterraron en las tumbas clandestinas, en las fosas de la humillacin. Cmo escribir hoy de las fosas del escarmiento, usando el lenguaje de la amnesia democrtica que nos legaron los que asesinaron y enterraron las splicas, los gemidos y las lamentaciones de las vctimas? Cmo narrar la barbarie, el cementerio de botellas de los presos cazados y exterminados como conejos en su fuga del fuerte de San Cristbal? Cmo emplear un idioma que manejaron los verdugos y que a duras penas pudieron usar pblicamente los escarmentados? No es nada fcil ponerse en esta tesitura. Miguel Snchez-Ostiz, al hacerlo, nos ha dejado un libro escrito a borbotones, polifnico en las voces silenciadas, coral en la presentacin colectiva de sus personajes, vivo en la determinacin de su denuncia. Y su escritura, al intentar recoger todos estos datos y los acontecimientos padecidos, tambin sufre, en su fondo y en su forma, porque no es fcil dar voz a los sin voz, redactar esta pgina de la historia desde una cultura subalterna de silencios y muertos. Quiz la mejor manera de expresar esta posicin doliente sean las siguientes palabras de Elfriede Jelinek42:

Mi lengua se revuelca cmoda en su propio estircol, en la pequea fosa provisional situada en el camino y mira a lo alto hacia la fosa en los aires, se revuelca sobre su espalda, un animal manso que como cualquier lenguaje decente quiere gustar a los humanos, se revuelca, abriendo las piernas supuestamente para dejarse acariciar, y no cabe la menor duda de que lo hace por eso, pues es adicto a las caricias, lo que le impide seguir con la mirada a los muertos, as es que me deja a m el paquete y yo tengo que encargarme de ver por ellos. Por eso no me ha quedado nada de tiempo para domar mi lengua, la cual ahora se revuelca impdica bajo las manos de los que la acarician. Simplemente, son demasiados los muertos por los que tengo que ver, esta es una expresin tpica austriaca que significa: de los que tengo que ocuparme, a los que tengo que brindarles un buen trato, pero eso es ya clebre de nosotros, los austriacos, que brindamos a todos sin distincin un exquisito trato. El mundo, sin preocuparse, ve por nosotros. A nosotros mismos esto no debiera preocuparnos. No obstante, cuanto ms clara rezumba en m esta solicitud de ver por ellos, por los muertos, menos puedo prestar atencin a mis palabras. Yo debo cuidar a los muertos, mientras los paseantes acarician y miman a la querida y bondadosa lengua, lo cual no reanima a los muertos.

Lo que Jelinek expresa de la amnesia con los muertos y la extrema derecha austriaca, que ha convertido el lenguaje en un animal domesticado y adicto a las caricias y a la exquisitez, se puede aplicar igualmente, mutatis mutandis, a Snchez-Ostiz ante la amnesia espaola y su democracia, quien se tiene que ocupar de los muertos y evitar el lenguaje de las halagos y agasajos para escribir a pie de fosa, a tumba abierta, sin virgueras, sin pica, porque aqu ya no hay pica esa que cuentan en la Cruzada Nacional-Catlica y que la Cultura de la Transicin acept y transigi, y si la hay, es de hroes cotidianos y annimos, eliminados y exterminados en la nocturnidad de las palabras y en la sevicia de la historia. Por eso, su lenguaje es rudo, a contrapelo, porque es un animal que no se deja acariciar por su amo, que no acepta las correas y los cinchos de los conmilitones que han sido cmplices con la aniquilacin de los vivos y de los muertos. Y esta postura no sale gratis, por supuesto. Eso le ha costado ser silenciado tambin, ser postergado en los circuitos oficiales, ser boicoteado y arrinconado como un clandestino ms, porque, contra lo que muchos dicen, aqu no se ha normalizado nada, pues la nica norma ha sido el silencio.

Por todo ello, Miguel Snchez-Ostiz ha tenido que escribir un palimpsesto como El Escarmiento, donde se hace eco de otras huellas y marcas, sin renunciar a sus caractersticas ms ntimas, que ha demostrado con una larga trayectoria literaria. En ese palimpsesto caben lo personal y lo colectivo, lo biogrfico y lo social, la historia y la imaginacin, lo universal y lo singular, el pasado y el presente, los muertos y los vivos, la denuncia y la prosa, el lenguaje coloquial y la erudicin puntillosa, la socarronera irnica y la profundidad reflexiva, el monlogo y el dilogo, la tcnica del oficio y el estilo de la experiencia, la repblica de las letras y la responsabilidad del escritor. Es un libro que pertenece a la senda de otros cronistas clandestinos, la estirpe del historiador Jos Mara Jimeno Juro y del narrador Pablo Antoana (quin se acuerda ya de estas voces pioneras extramuros?), incluyendo algunos matices barojianos, de todos los barojianos, Po Baroja, Ricardo Baroja y Julio Caro Baroja. Son voces que no pertenecen a la Cultura de la Transicin, ni a los pesebres de la lisonja y la chequera.

Tras leer esta obra, en la amistad, que siempre es distancia y proximidad al mismo tiempo, doy gracias al escritor Snchez-Ostiz, al ciudadano Miguel. Gracias por estas pginas y por haber escuchado el silencio de los muertos. Que el infierno de los biempensantes vengativos y sus criados marrulleros te sea leve, nos sea leve.


Notas:

1 Miguel Snchez-Ostiz, El Escarmiento, Pamiela, Pamplona, 2013, p. 289.

2 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., pp. 113-118.

3 Jos de Arteche, Un vasco en la postguerra: diario 1939-1971, La Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao, 1977, p. 222.

4 Jos de Arteche, op. cit., p. 237.

5 Miguel Snchez-Ostiz, El Escarmiento, Pamiela, Pamplona, 2013, p. 401.

6 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 402.

7 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 327.

8 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 327.

9 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 76.

10 Joaqun Arrars, Franco, Librera Internacional, San Sebastin, 1937, p. 248.

11 Joaqun Arrars, op. cit., p. 7.

12 Miguel Snchez-Ostiz, El Escarmiento, Pamiela, Pamplona, 2013, p. 427.

13 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 66.

14 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 40.

15 Vase la esplndida y corrosiva reflexin que hace Elfriede Jelinek en el obituario de la muerte del lder de la extrema derecha austriaca Jrg Haider, cuando circulaba a una velocidad de 142 kilmetros por hora en un tramo de carretera limitado a 70 con una tasa de alcoholemia que triplicaba la permitida en el pas, poco antes de que se hiciese pblico un informe, segn el cual Haider haba pasado sus ltimas horas tomando copas en Stadtkramer, un bar de ambiente homosexual de Klagenfurt, al que haba acudido tras pelearse con Stefan Petzner, su sucesor en el partido: Elfriede Jelinek, Por los siglos de los siglos, El Viejo Topo, n 262, 2009, pp. 55-59.

16 Miguel Snchez-Ostiz, El Escarmiento, Pamiela, Pamplona, 2013, pp. 382-385.

17 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 360.

18 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 262.

19 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 35.

20 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 453.

21 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 453.

22 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 454.

23 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 247.

24 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 300.

25 Fernando Mikelarena, La receta de jarabe de palo contra el nacionalismo de la Junta Carlista de Guerra de Navarra de septiembre de 1936, 21 de junio de 2013. Entrada en el blog del propio historiador: http://elblogdefernandomikelarena.blogspot.com.es/2013/06/la-receta-de-jarabe-de-palo-contra-el.html.

26 Amador Fernndez-Savater, Emborronar la CT (del No a la guerra al 15-M), in Guillem Martnez et al., CT o la Cultura de la Transicin: crtica a 35 aos de cultura espaola, Debolsillo, Barcelona, 2012, pp. 37-51; Amador Fernndez-Savater, La Cultura de la Transicin y el nuevo sentido comn, Cuadernos de eldiario.es, nmero 1, monogrfico sobre El fin de la Espaa de la Transicin, abril 2013, pp. 36-41.

27 Amador Fernndez-Savater, Emborronar la CT (del No a la guerra al 15-M), 2012, pp. 37-38.

28 Amador Fernndez-Savater, La Cultura de la Transicin y el nuevo sentido comn, 2013, p. 37.

29 Miguel Snchez-Ostiz, El Escarmiento es ms que literatura porque est escrito sobre y con el dolor de mucha gente, entrevista de Fernando F. Garayoa, Diario de Noticias, 23 de junio de 2013, pp. 74-75. La cita es de la pgina 74.

30 Extremistas realizan pintadas fascistas en la Vuelta del Castillo, Diario de Noticias, 23 de junio de 2013, p. 12. Enlace a la noticia: http://www.noticiasdenavarra.com/2013/06/23/sociedad/navarra/extremistas-realizan-pintadas-fascistas-en-la-vuelta-del-castillo.

31 Ver enlaces a las fotografas de las pintadas en: https://pbs.twimg.com/media/BNWYgJlCAAACYag.jpg:large; y http://static.noticiasdenavarra.com/images/2013/06/23/pintadas-vuelta-del-castill_29772_11.jpg. Tambin: http://informador.org/pintadas-neonazis-en-la-puerta-del-socorro-donde-fusilaron-a-298-personas-en-1936/

32 Miguel Snchez-Ostiz, El Escarmiento, Pamiela, Pamplona, 2013, pp. 437-449.

33 Pedro Lan Entralgo , Descargo de conciencia, Seix Barral, Barcelona, 1976.

34 Miguel Snchez-Ostiz, El Escarmiento, Pamiela, Pamplona, 2013, p. 439.

35 Miguel Snchez-Ostiz, op. cit., p. 446.

36 Beln Gopegui, El rbol de los pltanos, Rebelin, 2004. Enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=7582 (el artculo fue originalmente publicado en otoo del 2003, dentro del nmero 2 de la revista El nudo de la red).

37 Antonio Vallejo Ngera, Eugenesia de la Hispanidad y regeneracin de la raza, Editorial Espaola, Burgos, 1937, p. 5.

38 Antonio Vallejo Ngera, Eugenesia de la Hispanidad y regeneracin de la raza, p. 129.

39 Antonio Vallejo Ngera, Eugenesia de la Hispanidad y regeneracin de la raza, p. 130.

40 Antonio Vallejo Ngera, Poltica racial del nuevo Estado, Editorial Espaola, San Sebastin, 1938, p. 22.

41 Antonio Vallejo Ngera, Poltica racial del nuevo Estado, p. 18.

42 Elfriede Jelinek, La palabra disfrazada de carne, Ediciones Gato Negro, Mxico, 2007, pp. 36-37 (he ajustado ligeramente la traduccin).


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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