Portada :: Cultura :: Francisco Fernndez Buey: memoria de un imprescindible filsofo gramsciano
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-08-2013

Del marxismo no eurocntrico
El Marx sin ismos de Francisco Fernndez Buey (X)

Salvador Lpez Arnal
Rebelin


FFB se centraba a continuacin en una distincin ahora en desuso: la diferencia entre el marxismo ruso o sovitico y el marxismo occidental [1].

Atendiendo a las diferencias entre el marxismo de Marx y el de Lenin, as como a la evidente degradacin del marxismo que represent el estalinista "socialismo en un solo pas", sin llegar a resolver el interesante problema planteado por Korsch al se aludi anteriormente, haca tiempo ya que se haba hecho habitual distinguir entre "marxismo ruso" y "marxismo occidental".

El "marxismo occidental" era, en efecto, uno de los marxismos histricamente existentes. Se le podra considerar como un marxismo trgico: el marxismo de los revolucionarios sin revolucin; el mejor de los marxismos que ha habido hasta ahora desde el punto de vista de la teora, de la explicacin de los hechos que han tenido que ver con las revoluciones y de las previsiones autocrticas del movimiento obrero, pero, pese a ello, el ms duramente derrotado en las batallas poltico-sociales que tuvieron lugar desde la primera guerra mundial en adelante. Rosa Luxemburg, Korsch, Gramsci, Lukcs, Benjamin, los marxistas austriacos y muchos otros haban aportado grandes cosas al conocimiento de un mundo en el que, en parte, en aquellos momentos, todava vivimos. Y, sobre todo, remarcaba FFB, haban contribuido de manera muy seria a fundamentar la tica de la resistencia anticapitalista en circunstancias sumamente difciles. Fueron muy crticos de las dos principales corrientes en que se dividi el movimiento socialista del siglo XX; fueron vctimas de esa divisin en la que ellos mismos inicialmente participaron; fueron combatientes derrotados ante todo y sobre todo por la reaccin conservadora que invadi Europa al acabar la primera gran guerra.

Este era, para FFB, el marxismo de la lucidez. Pero tambin, al mismo tiempo y sin contradiccin, el marxismo de las luces limitadas a Europa. No necesariamente por etnocentrismo, no siempre por etnocentrismo: en la mayora de los casos por ignorancia, por desconocimiento de otros mundos, de otros continentes de los cuales Marx slo haba escrito en relacin con (y en funcin de) Europa. Esta limitacin, la etnocentrista, era una limitacin muy importante que -esta era, esta fue una tesis esencial en FFB hasta el final de sus das- toda tentativa actual de repensar el vnculo entre tradicin y renovacin en el marco de la cultura socialista tiene que tener en cuenta. Muy en cuenta. Basta mirar lo acontecido desde entonces en Amrica Latina. Con ojos abiertos, sin anteojeras.

En todo caso, el "marxismo occidental" no haba sido el nico marxismo interesante desde el punto de vista terico-prctico. En aquel momento histrico (principios de los noventa) de afirmacin absolutista del occidentalismo euroamericano vala la pena recordarlo de nuevo. Para los tiempos que vendrn, sostena FFB, sigue habiendo muchas cosas notables que aprender en la ingente obra poltica de V.I. Lenin, sobre todo en la obra escrita antes de que la guerra y el destino hicieran de l, que por un tiempo pens que llegara a ver la revolucin, un estadista. Para FFB, cuyo aproximacin a Gandhi, al pacifismo de Einstein, no le empujaba a arrojar Lenin a la cunera, el revolucionario sovitico haba sido un terico de la poltica cosmopolita como pocos, aunque, por desgracia, siempre citado de forma ritual, y muy poco ledo con espritu histrico-crtico, como deban leerse a los clsicos, a todos los clsicos del pensamiento poltico. Lenin lo era.

No haba exclusiones ni sectarismos en el marxismo de FFB. Segua habiendo muchas cosas notables que aprender en la obra de Trotski, aquel interesante hombre de accin, estupendo observador de los problemas de la vida cotidiana y agudsimo desvelador de contradicciones en el quehacer de las gentes que quieren crear un mundo nuevo, un autor indispensable para pensar en serio lo que quiere decir revolucin de la vida cotidiana ms all de los clichs y de las frases hechas por comodidad.

No slo el terico de la revolucin permanente. Las nuevas generaciones que se enfrentaran a la necesidad de las revoluciones tendrn tambin mucho que aprender en las reflexiones crticas de Nicolai Bujrin (el marxista ruso inquieto que tuvo la valenta de dar nombres a aquellas cosas que parecan innombrables para la ortodoxia), o en no pocos de los papeles y escritos de Mao que ense a casi todos los marxistas occidentales y eurocntricos a pensar las cosas de Oriente con categoras distintas a las acuadas en los aledaos de Pars entre 1789 y 1893, o cuanto menos a dudar de su aplicacin universal como ganzas que abren las puertas del conocimiento de toda sociedad).

Estaban tambin las intervenciones de Maritegui quien cruz el marxismo europeo de la subjetividad y de la voluntad con las races andinas de un pensamiento liberador sin el cual no se explicara casi nada de las actuales luchas en Amrica Latina [se da en anexo su magnfico e inolvidable Recuerdo de Maritegui, un escrito de 2004]; el pensamiento de Ho Chi Min que es la experiencia vivida de la resistencia al colonialismo, el testimonio magnfico del espritu de la rebelin que no hace mucho conmocion al mundo por su valor moral y que hoy, cuando todava apenas si florecen los rboles de Vietnam regados por el napalm norteamericano, ya no existe para nosotros porque ya no existe para nuestros medios de comunicacin), o las obras de Kwame Nkrumah que tanto ensea sobre la tragedia que ha sido y est siendo la independencia de los pases africanos, y que habr que rescatar bajo las losas de silencio con que nuevo colonialismo cubri una de las etapas ms importantes de la lucha de los africanos por su liberacin.

Estos son algunos ejes del marxismo sin ismos (y sin sectarimos), no eurocntrico, que FFB defendi hasta el final de sus das

Anexo: Recuerdo de Maritegui. Francisco Fernndez Buey. La Insignia. Espaa, enero del 2004 (http://www.lainsignia.org/2004/enero/cul_007.htm)

Jos Carlos Maritegui, el ms grande de los marxistas latinoamericanos, naci en 1894 o 1895 en Moquegua, Per, probablemente muy poco antes de que muriera en Cuba Jos Mart, el americano universal. Naci y pas la infancia en un ambiente pobre y mestizo: su padre tena antecedentes vascos, su madre indgenas. Jos Carlos qued cojo como consecuencia de una lesin (mdicamente mal tratada) que le produjo una cada a los siete aos; tuvo que pasar por varias dolorosas operaciones en la infancia, no lleg a conocer al padre y se vio obligado a trabajar ya a los 14 aos como mensajero en un peridico de Lima para ayudar a la madre y los hermanos.

Fue un hombre inquieto y volitivo, aunque no se consideraba a s mismo un representante de La Voluntad en la tierra, sino ms bien un "alma agnica" en el sentido unamuniano; un alma de las que luchan por cumplir su destino y cuando contemplan lo hecho escriben simplemente: Mi vida ha sido una nerviosa serie de inquietos preparativos (1925).

Maritegui, que se vi siempre como un aventurero del espritu, sola declarar que su ideal era mantener en alto el ideal. Como tanta gente pobre y como tantas personas preocupadas por la humanidad sufriente, tuvo pronto como ideal el socialismo. Hasta 1919 se form intelectualmente en el ambiente literario y bohemio del periodismo liberal limeo, prximo a las vanguardias y muy crtico del provincianismo y de la politiquera clientelar dominante en Per. Luego fue un marxista a su manera, como lo fueron casi todos los marxistas fecundos de los aos veinte: amante del orden intelectual y del mtodo, hombre de los que se enfadan cuando se les dice que no han cambiado, pero que saben, no obstante, contestar al periodista encuestador: He madurado ms que cambiado (1926). l mismo se defini una vez como orgnicamente nmada. Y, sin embargo, vivi slo treinta y cinco aos. En ellos sufri mucho. Y no slo por s mismo. Tuvo que permanecer los seis ltimos aos de su vida, entre 1924 y 1930, en una silla de ruedas despus de que le fuera amputada una pierna desde el muslo a consecuencia de una tuberculosis sea. Y desde aquella silla escribi sin flaquear cientos de pginas al servicio de los campesinos y de los obreros.

El resultado de aquel esfuerzo personal vali la pena. Maritegui hizo desde joven un periodismo culto, informado, sugerente, apasionado, combativo. Y lo que es ms importante: con punto de vista, con declaracin explcita del ngulo desde el cual se escribe, con conciencia de quin era su pblico lector, sin olvidar en ningn momento la meta que se persigue al coger la pluma. Todo lo contrario del periodismo como nadera, del periodismo del hablar por hablar. En esto el quehacer de Maritegui es comparable al de otros dos grandes contemporneos suyos en Europa: Antonio Gramsci y Piero Gobetti. De ellos seguramente aprendi Maritegui durante su estancia en Italia.

Su actividad periodstica se inici en el diario La prensa. All comenz Maritegui como mensajero, pero pronto (1912) se convirti en un esplndido cronista respetado y temido. Las contribuciones de Maritegui en el diario limeo hasta 1916 continuaron en las pginas de la efmera revista Nuestra Epoca, en la que colabor tambin Csar Vallejo y donde se vislumbra ya su incipiente orientacin socialista. Luego escribi en La Razn, un espacio desde el cual alent la Reforma Universitaria peruana, las luchas de los estudiantes rebeldes y las reivindicaciones de los trabajadores.

El dictador Legua, tras recuperar el poder mediante un golpe de Estado en 1919, bec a Maritegui confiando, sin duda, en amansar as al revolucionario. Maritegui acept la oferta de una representacin oficial en Europa, sabiendo ya de su enfermedad y del peligro que corra en Per. Recibi entonces muchas crticas de entre los suyos. Pero parti para Europa. Vivi en Pars, donde contact con H. Barbusse y el grupo de Clart; luego en Roma, en Florencia, en Berln, en Hamburgo. La estancia en Italia fue importante para Maritegui. All ley a Marx. Y asisti al Congreso fundacional del partido comunista de Italia en Livorno. Y all conoci el amor: la entonces jovencsima Anna Chiappe, natural de Siena. En total estara en Europa cuatro aos para regresar a Per en 1923.

El Italia, Maritegui fue testigo del ascenso del fascismo en su primera hora. Vivi el giro hacia el fascismo de intelectuales importantes que se haban llamado a s mismos revolucionarios, en lo poltico y en lo artstico, sobre todo el de los principales representantes de futurismo. Y escribi pginas muy notables para interpretar y denunciar tanto este giro como el colaboracionismo y la neutralidad de tantos otros intelectuales del momento. De esas pginas yo destacara su percepcin de uno de los factores que contribuyeron histricamente a la atraccin de los intelectuales por el fascismo, el factor psicolgico y cultural: La intelectualidad gusta de dejarse poseer por la Fuerza. Sobre todo cuando la fuerza es, como en el caso del fascismo, joven y osada, marcial y aventurera.

Su lectura de Marx, en la Europa revolucionaria de la primera postguerra, fue tan atpica como interesante: a travs del sindicalismo de Sorel, y de su teora de los mitos, del historicismo de Benedetto Croce y del liberalismo autocrtico, radical, de Piero Gobetti. El marxismo de Maritegui naci as como un marxismo clido, de talante libertario, infludo por la prosa de Barbusse y por Romain Rolland. Nada que ver, por tanto, con el determinismo economicista dominante en la Segunda Internacional ni con el marxismo del catecismo estalinista que se estaba fraguando ya. Como el de Gramsci, como el de Rosa Luxemburg, el marxismo de Maritegui fue pensamiento propio construido en el marco, eso s, de una tradicin liberadora; pensamiento que se hace, a sabiendas, en continuidad, y que se fij sobre todo en dos cosas: en las propias races indgenas y en los acontecimientos nuevos del mundo que los clsicos de aquella tradicin liberadora ni siquiera pudieron vislumbrar.

Al regresar a Per, en 1923, Maritegui proyect sus esfuerzos en lo que se ha llamado la peruanizacin del marxismo. Se volc en la Universidad Popular, difundi las tesis de Lenin e hizo una muy notable contribucin a la cultura obrera de la poca en un curso para trabajadores sobre la historia de la crisis mundial, en el que, entre otras cosas, hay apuntes de mucho mrito acerca de los orgenes del fascismo mussoliniano. Fruto de su inters vivido por los problemas especficos del campesinado indgena en un mundo cambiante fue el comienzo ( en 1926) de la publicacin de Amauta, una de las revistas (de doctrina, arte, literatura, polmica) ms sugestivas en la historia del marxismo latinoamericano. Amauta es el nombre del poeta, del sabio, del maestro del Tahuantinsuyo, de la comunidad incaica. Con este nombre afirma Maritegui la voluntad de recuperar las races del indigenismo peruano.

Pero lo hace con la vista puesta en los problemas nuevos, del momento, y con un espritu abierto, cosmopolita. Todo lo humano es nuestro, dice Maritegui en la presentacin de Amauta. Y, en efecto, all public colaboraciones de Rolland, Barbusse, Aragon, Breton, Unamuno, Gabriela Mistral, Gorki, Lunachartski, Silva Herzog, Vasconcelos, Csar Vallejo.

Aquella voluntad de crear un Per nuevo en un mundo nuevo tuvo su mejor expresin en Siete ensayos de interpretacin de la realidad peruana (1928), seguramente la obra ms conocida de Maritegui y, sin ninguna duda, la ms apreciada en Latinoamrica por su originalidad, ejemplo de lo que un da se llam anlisis concreto de la realidad concreta. Maritegui critic en ella la creciente destruccin de la comunidad indgena de origen incaico; una destruccin iniciada por los colonizadores espaoles y profundizada por el liberalismo progresista.

Con los Siete ensayos Maritegui llev a cabo una reconstruccin histrico-crtica del ayllu [la comunidad] peruano muy parecida a la que unas dcadas antes haban hecho los populistas marxistas rusos con la obschina y el mir. Para la comparacin entre ayllu y mir Maritegui se sirvi de la obra de Eugene Schkaff sobre la cuestin agraria en Rusia. Di as una visin completamente nueva y revolucionaria de la historia y del presente de la cuestin indgena como cuestin campesina en una clave interpretativa muy notable: la recuperacin explcita del mito socialista, en la lnea de Sorel, para defender la tradicin indgena, acabar con la hegemona cultural de los terratenientes y unificar, adems, las reivindicaciones de los trabajadores urbanos con las de los campesinos.

Casi siempre se piensa que una vida de hombre orgnicamente nmada empobrece estticamente a la persona. Brecht escribi un esplndido poema sobre eso. Y suele ocurrir. Pero no fue el caso de Maritegui. Junto a los Siete ensayos y a la Defensa del marxismo (contra Henri de Man) dej tambin, en su corta vida, algunas pequeas perlas representativas del buen gusto literario y de una buena y pluriforme orientacin potica (am a Whitman y a Pascoli, a Heine y a Mallarm, a Vallejo y a Gorki, a Alekander Blok y a Vladimir Maiacovski).

Una de cosas que ms impresiona cuando se repasa la obra escrita de Maritegui es la enorme cantidad de temas y autores de todo el mundo que conoci y le interesaron: historiadores y socilogos, poetas y artistas, msicos y narradores, psiclogos y filsofos. Tuvo una cultura realmente prodigiosa para su formacin autodidacta, una cultura interdisplinar. Supo argumentar en favor de la igualdad de la mujer. Y tuvo como mxima una curiosa variante de la palabra gramsciana, que l tom de Jos Vasconcelos: Pesimismo de la realidad, optimismo del ideal. No quiso reconciliarse con aquella realidad que no le gustaba. Al final de su vida contribuy a la fundacin de la Confederacin General de Trabajadores del Per y a la clarifiacin ideolgica del socialismo revolucionario peruano. Tambin por eso todava le recordamos. El Amauta de Maritegui fue una publicacin en la que lo artstico y lo literario ocupara un lugar central. De la combinacin de esto con la vocacin poltica sali un lenguaje nuevo, un lenguaje que hoy en da pueden entender y apreciar an los jvenes, a pesar del paso del tiempo. Como se entiende y se aprecia, a pesar del paso del tiempo, el elevado, noble, concepto que Maritegui tuvo de la poltica:

Hacer poltica es pasar del sueo a las cosas, de lo abstracto a lo concreto. La poltica es el trabajo efectivo del pensamiento social; la poltica es la vida. Admitir una solucin de continuidad entre la teora y la prctica, abandonar a sus propios esfuerzos a los realizadores, aunque sea concedindoles una amable neutralidad, es desertar de la causa humana. La poltica es la trama misma de la historia.

Nota:

[1] mientras tanto n 52, noviembre/diciembre de 1992, pp. 57-64. Reproducido en Realidad, revista de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Centroamericana Jos Simen Caas, San Salvador (El Salvador), n 37, enero-febrero de 1994, pp. 135-143.

Salvador Lpez Arnal es miembro del Frente Cvico Somos Mayora y del CEMS (Centre dEstudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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