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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-08-2013

Ms all de las voces de la batalla

Jack Shenker
Madamasr.com

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez.


No importa cuntas veces lo contemplen, la transformacin del paisaje sigue siendo vertiginosa. Los quioscos que una vez vendan chocolate y cigarrillos, parecen haberse desplegado como si fueran el escudo de un pistolero. Las persianas de los escaparates que enmarcaban azucarados pasteles o maniques con ropas sugerentes, componen ahora una barricada callejera anubarrada por gases lacrimgenos. En las azoteas, normalmente pobladas de antenas parablicas y ruidosos aparatos de aire acondicionado, pueden apreciarse hoy los puntos de mira de los rifles de los francotiradores. Todas las cosas que nos resultaban familiares en la vieja realidad han sido arrebatadas para ser ahora utilizadas de forma diferente. Dos aos y medio y el cambio urbano de lo cotidiano a lo marcial nos sigue pareciendo tan anormal como siempre.

Qu est sucediendo en Egipto en estos momentos y qu es lo que se ha perdido? Vidas, ante todo vidas; cientos de ellas, en su mayora en las calles de El Cairo, pero tambin ms all de la capital, en pueblos y ciudades alejados de la mirada de los medios globales. Parece increble tener que decir esto cuando el sentimiento resulta tan obvio, pero an as, en la amarga atmsfera de recriminaciones y acusaciones que parece permear todo el debate en Egipto actualmente, hay que decirlo: la mayor tragedia de las recientes semanas es la muerte de tantos seres y las heridas y mutilaciones sufridas por muchos ms.

Una vez ms, los egipcios estn garabateando sus nombres en sus brazos en un sencillo esfuerzo para evitar verse reducidos a un nmero en una morgue, o peor an, consignados en las filas de los incontables. En medio de los videos de mezquitas asediadas, ametralladoras tipo robocop y la visin espantosa y desesperada de la gente arrojndose por los puentes para escapar de un aluvin de balas, es ese pequeo detalle esa escritura en los brazos- la que mayores escalofros me produce. Al igual que los esfuerzos de los voluntarios para recoger y catalogar las pertenencias de los muertos, algunos de los cuales arriesgaron sus vidas para recuperar bolsas de plstico repletas de fragmentos de la materia inorgnica que los buldzeres del ejrcito haban arrasado, escribir un nombre en un brazo parece ser la ms bsica afirmacin de la presencia frente a un Estado empeado en imponer ausencias por montones: ausencia de latidos, ausencia de humanidad, ausencia de todo salvo de una narrativa en la cual todo es blanco y negro y las personas meras unidades a las que encasillar en patrones polticos preestablecidos. Escribir un nombre en un brazo quiere decir, de forma devastadora: No, yo tambin estaba ah.

Pero, adems de las personas, algo ms est tambin perdindose, como haban previsto quienes ms invirtieron en el viejo Egipto. Para m, la expresin ms poderosa de la revolucin egipcia no ha sido nunca nada tangible sino ms bien ese estado mental en que el mundo parece inclinar la cabeza hacia todo el bisel de posibilidades donde se moldea el paisaje de la imaginacin. Lo encontr por vez primera el 25 de enero de 2011, cuando marchaba junto a un grupo de manifestantes por La Corniche en el centro de El Cairo, y sent la distorsin palpitante del aire cuando una fila de fuerzas de seguridad armadas se despleg a el ancho de la carretera levantando sus escudos para bloquear el camino que tenamos por delante.

Antes de ese da, haba asistido a innumerables manifestaciones consistentes en unas cuantas docenas de egipcios que eran empujados hacia algn rincn poco visible de la calle, en medio de una demostracin de energa poltica atrapada en un ocano de tropas de uniformes negros. El despliegue de la polica a travs de la carretera frente a nosotros era una seal de que la siguiente seccin de ese guin iba a dar comienzo: tendramos que pararnos, tomar parte en una escaramuza menor para despus ser arreados como ganado hasta deshacer la protesta para que la capital prosiguiera su marcha cotidiana. Pero en esta ocasin, con las informaciones de disturbios masivos extendindose por toda la ciudad, algo era diferente. Nadie de entre los manifestantes se detuvo, nadie rompi filas, siguieron marchando, derechos hacia los escudos, gritando y mirando desafiantes a los ojos de los que los exhiban, que se miraban unos a otros con inquietud y se preguntaban nerviosamente cmo responder. Al final, sencillamente, las tropas cedieron. Y a medida que nos abramos paso entre ellos hacia la calle vaca, varios manifestantes empezaron a correr o, ms exactamente, a saltar, a bailar, toda una mezcolanza de saltos y brincos- y muchos empezaron a dar vivas y a gritar e incluso a besar el suelo.

No cabe duda de que las cosas ms importantes estaban sucediendo en otro lugar en ese momento, ms all de esa pequea alfombra de asfalto liberado. Ciertamente, los episodios de mayor dramatismo se desarrollaran posteriormente por la noche, cuando las fuerzas de seguridad rompieron la ocupacin de la Plaza Tahrir con descargas de gas lacrimgeno, y tres das despus, cuando ms de cien comisaras de polica fueron reducidas a cenizas y el pueblo egipcio oblig finalmente a huir a las fuerzas de seguridad de Mubarak hasta bien entrada la noche. Pero para m, ese momento nico en el tiempo, cuando los que me rodeaban decidieron espontneamente romper el cordn policial y reescribir de arriba a abajo un guin paralizante, ese nanosegundo en el que el planeta gir y se recuper una calle y todo en el viejo universo pareca tambalearse y venirse abajo hacia una oportunidad infinita, eso fue la revolucin, destilada en su forma ms pura. Sent como si un tedioso paso de baile acabara en estilo libre mientras los intrpretes se replanteaban su horizonte colectivo desplazndose a toda velocidad por un espacio que siempre se les haba dicho que no era para ellos. Sentamos como si nada pudiera ser lo mismo de nuevo.

Ese sentimiento de potestad recin descubierto, de una capacidad de moldear el mundo a tu alrededor en formas que no sabas antes que existieran, eso fue lo que me dio mi definicin de revolucin: no un tiempo unido a un acontecimiento, ni una mezcla de normas y rostros mirando hacia arriba, sino ms bien el colapso de los lmites mentales y fsicos desde abajo. Nada puede plantear una mayor amenaza para las elites que desean preservar sus privilegios polticos y econmicos que ese sentido de empoderamiento, y desde que empez la revolucin egipcia, ni una sola granja, fbrica, aula o universidad sobre la tierra ha permanecido totalmente inmune a su influencia.

Esto nos lleva a las escenas de hoy en las calles de Egipto. La implacable imposicin de la violencia estatal crea binarios, adems de cadveres: o ests con nosotros o contra nosotros, a favor del ejrcito o a favor de la Hermandad, o eres egipcio o eres terrorista. Y los binarios desde arriba consiguen lo contrario de la imaginacin desde abajo. Cuando todo es o/o, y los contornos del cambio se fijan desde lo alto, es mucho ms difcil soar con crear tus propias alternativas, porque cada lnea de pensamiento independiente est sometido a una dicotoma ms fundamental: de qu lado ests? Judith Butler, la filosofa feminista que se ha enfrentado al oprobio por su condena de la ocupacin israel, ha hablado de cmo quienes la critican tratan de destruir las situaciones de audibilidad y forzar una realidad en la que uno no pueda manifestarse contra la injusticia, una realidad en la que ni quiera puedan orse palabras de disidencia. Al igual que los defensores del statu quo, obligados a ponerse a la defensiva por una revolucin que lucha contra el autoritarismo y la violencia estatal, han anhelado igualmente destruir las situaciones de audibilidad. En su guerra contra el terror actual, como sealan los titulares de la televisin estatal, por fin tienen el enemigo, la lucha y el escenario sobre el que hacerlo. Hasta ahora, sus esfuerzos estn teniendo un xito espectacular.

Desde luego, el liderazgo de la Hermandad Musulmana ha desempeado tambin su papel en la perpetuacin de falsos binarios; desde el principio, estos dirigentes han considerado la revolucin como una oportunidad que les vino rodada para apropiarse privadamente del poder, sin permitir nunca que pudiera ser un proceso de cambio para todos los egipcios, sin admitir nunca la posibilidad de que su excluyente discurso, en ocasiones sectario, pudiera provocar una reaccin violenta. En sus esferas ms altas, este es el movimiento que intent silenciar a quienes gritaban contra el dominio del ejrcito en noviembre de 2011, y despus, una vez elegido democrticamente, utiliz su tiempo en el poder para aprovechar el aparato de seguridad mubarakista para sus propios fines en vez de destruirlo. Este es el movimiento que elabor la constitucin ms partidista y divisiva imaginable para una nacin post-Mubarak, y despus arrest y tortur a los activistas que se atrevieron a hablar en contra de la trayectoria retrgrada y txica por la que se deslizaba la nueva elite poltica de Egipto.

S, el ex Presidente Mohamad Mursi gan el poder de forma justa en las urnas, pero la democracia no se agota en la mesa electoral. En un momento revolucionario en curso, despus de observar cmo la Hermandad desenrollaba la alfombra roja ante todos los elementos del viejo Estado cuyos cimientos haban sido tan radicalmente sacudidos por los levantamientos populares -desde los generales del ejrcito a los corruptos magnates neoliberales del pas-, los egipcios tomaron de nuevo las calles por millones y retiraron su consentimiento para ser gobernados. Envalentonados y protegidos por las mltiples concesiones que Mursi les haba hecho, las fuerzas de seguridad vieron su oportunidad para devolver la jugada no solo contra de la Hermandad, sino contra la nocin misma de la existencia de cualquier alternativa frente la poltica de las elites, de cualquier alternativa a la omnipotencia del poder estatal brutal. Y as ha ido tomando forma una nueva narrativa la de los soldados patriotas frente a los terroristas de la yihad- y tantas son las cosas que se han ido marchitando en su estela.

En este escenario de armas y certezas, otras fallas de la revolucin se desvanecen en la oscuridad. Al haberse destruido las condiciones de audibilidad, ya no podemos or las voces de los residentes en Ramlet Bulaq, una msera barriada sin agua corriente a la sombra de las gigantescas Torres de Ciudad del Nilo. Ah, esos residentes, a quienes se niega el acceso a las ricas infraestructuras que les rodean, resisten frente al desalojo forzoso que persigue despejar el camino para nuevas construcciones de alta gama que forman parte de la estrategia de desarrollo urbano elitista diseada por el viejo rgimen, continuada por la Hermandad y defendida asimismo por la junta que reina ahora.

Ya no podemos or los gritos de esperanza colectiva que llegaban desde Qursaya, una isla en el Nilo destinada igualmente a construir propiedades de lujo, donde los agricultores y pescadores locales se han enfrentado en dos ocasiones a las letales invasiones de las fuerzas armadas, una vez bajo Mubarak y otra bajo Mursi.

Ya no podemos or las inspiradores discusiones de los trabajadores en una planta de cermica en el Canal de Suez que, hartos de sus terribles condiciones de trabajo y de todas las promesas incumplidas de los gestores, sitiaron a su jefe, con buenas conexiones polticas, ante mis propios ojos y empezaron a hablar de forma emocionada de cmo podran dirigir ellos mismos la fbrica.

Ya no podemos or las proclamaciones de pueblos como Tahsin, en el gobernorado de Daqhalia, en el Delta del Nilo, que se ha declarado independiente en protesta por la pobreza y marginacin rural a que les ha sometido tanto el Partido Democrtico Nacional de Mubarak como la Hermandad, el pueblo donde un campesino me dijo el ao pasado: No podemos confiar en que las cosas vayan a ir mejor si nos quedamos durmiendo; ahora hacemos realidad nuestras esperanzas durante el da.

Casi todas las personas de estas comunidades se haban incorporado a las protestas contra Mubarak, haban votado con todo optimismo por Mursi y se haban unido despus a la movilizacin masiva en su contra un ao ms tarde cuando vieron que su revolucin estaba siendo secuestrada y traicionada. Sus luchas a menudo tildadas despectivamente de protestas parroquiales o sectoriales por las elites egipcias-, y el sentimiento de empoderamiento y capacidad de accin desde la base que les potenci, son la revolucin. Y en un Egipto binario cuyo futuro existencial depende de que un todopoderoso aparato de seguridad sea lo suficientemente fuerte como para derrotar una implacable oleada de terrorista, nadie puede orles gritar.

En un paisaje sonoro tan bifurcado, parece absurdamente idealista creer que pueda estallar cualquier nota de disidencia revolucionaria. Pero antes de 2011, cuando Mubarak era todava la querida de Occidente y al ex ministro de hacienda, Yusef Butros Ghali, se le pregunt en una cena si estaba preocupado de que los egipcios pudieran levantarse contra una nueva ley tributaria que concentraba an ms la riqueza en manos de los ms privilegiados, contest con una risita: No se preocupen. Esto es Egipto Hemos enseado a los egipcios a aceptar cualquier cosa, pareca tambin absurdamente idealista creer que pudiera estallar una revolucin, pero pocos meses despus, Egipto cambiaba el mundo. En febrero de 2011, cuando Mubarak, en respuesta a las protestas sin precedentes, fue destituido por los generales y stos se subieron a una ola de populismo patritico, pareca absurdamente idealista creer que un movimiento que se opona al encarcelamiento de civiles por los militares y exiga el fin del gobierno de la junta fuera a conseguir nada, pero en noviembre, un nuevo levantamiento haba sacudido a las fuerzas armadas hasta lo ms profundo.

Los egipcios, como los ltimos dos aos y medio han demostrado, son lo suficientemente responsables como para tomar las calles y provocar una crisis en cualquier pacto que las elites intenten imponerles. Precisamente ahora, en que en medio de un exceso casi fascista de patrioterismo, las perspectivas de una lucha revolucionaria contra el autoritarismo parecen sombras, hay una lucha que rechaza los falsos binarios y articula los eslganes del actualmente diminuto movimiento de la Tercera Plaza: No a Mubarak, no a Mursi, no al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Pero el idealismo absurdo, no solo en Egipto, sino en las ciudades de todo el planeta que se han inspirado al menos parcialmente en el levantamiento egipcio desde Ro a Atenas a Estambul-, nos ha sorprendido a todos estos ltimos aos. Aquellos que confan en que las condiciones de audibilidad hayan quedado destrozadas para siempre no deberan descansar tranquilos en sus camas.

Al leer algunas de las conmovedoras y melanclicas palabras escritas en los ltimos das por amigos egipcios en las que reflejan lo que est sucediendo en su pas y se lamentan por el asesinato de tantos seres, un tema comn me impresiona: el dolor de sentir como si dentro de ellos les estuvieran robando algo inefable. El activista Moataz Atala hablaba en una ocasin con bellas palabras de Tahrir por posibilitar que la gente saboreara un lenguaje diferente, que saboreara la capacidad de lo posible; creo que a eso es a lo que se refera Yasmin el-Rifae cuando escriba de cmo la revolucin acab con su cinismo y como el actual alarde de nuestra crueldad como fuente de orgullo lo ha convocado de nuevo. De igual forma, Omar Robert Hamilton recuerda lo transformador que fue, esa creencia que todos compartamos, el hecho de creer en el otro. Y contina: En una eternidad de decepcin y codicia y malicia, ese momento, el momento en el que el ser humano mereca realmente la pena, en el que tener una comunidad era preferible a estar a solas con un libro, tena un valor que no se perder nunca.

Tienen razn al reconocer cunto ha destrozado y robado este bao de sangre y tambin tienen razn en creer que esto no es el final: lo que se ha robado puede recuperarse. Por ahora, puede que hayan conseguido callar a quienes luchan por un Egipto mejor en Ramlet Bulaq, en Qursaya, en Suez y en otras mil comunidades por todo el pas, pero no van a quedarse en silencio para siempre. Y cuando hablen, se encontrarn con que este rgimen no tiene ms que balas y binarios para contestarles. Eso no va a bastarles y por tanto la revolucin continuar. Como me dijo el Sheij de Tahsin: No volver a vivir como un ciudadano de tercera clase. He dejado de aceptar el statu quo. Este es el fruto del 25 de enero y no hay vuelta atrs.

Jack Shenker es periodista y vive entre Londres y El Cairo. Penguin and Allen Lane publicar el ao que viene el libro que est elaborando sobre la revolucin egipcia.

Fuente: http://madamasr.com/content/beyond-voice-battle

 




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