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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-08-2013

El caso Snowden revela la magnitud del estado de excepcin planetario que impone Washington en la era pos 11 de Septiembre
Un desertor de la guerra contra el terrorismo

Gabriel Puricelli
Revista Debate


Los informantes siempre han constituido un indicador de la resiliencia de una forma de republicanismo que hunde sus races en las mejores tradiciones de la Revolucin Americana. La incomodidad con la concentracin del poder ha sido una sea de identidad del liberalismo estadounidense desde que las trece colonias se independizaron de la corona britnica. De Daniel Ellsberg con sus Pentagon Papers, en 1971, a Bradley Manning y su aporte a WikiLeaks, hace tres aos, decenas de ciudadanos han arriesgado libertad y honor para exponer al gobierno en sus intentos de ocultar informacin a los ciudadanos o de vigilarlos sin su consentimiento. Esta figura es tan propia de la cultura poltica estadounidense que la palabra que la designa en ingls, whistleblower, no tiene una traduccin adecuada al espaol. Ello nos obliga a decir de Edward Snowden, la ms reciente y notoria expresin de este rol, que es un informante, a sabiendas de que esta definicin puede tener carga negativa en nuestro idioma.

Cada informante, al soplar su silbato (la accin a la que se refiere el trmino en ingls) sabe que va a suscitar reacciones tan encontradas como las que provoca un rbitro en una partida deportiva. La porcin liberal, de centroizquierda, de la opinin pblica, aunque tambin la libertarian, esos cratas de derecha tan propios del ecosistema poltico de Estados Unidos (con quienes Snowden ha asumido algn compromiso, como donante de la campaa presidencial del republicano Ron Paul), aplauden, mientras el Estado y el establishment profieren amenazas, todas crebles.

Las circunstancias en las que acta un informante son, por otra parte, tan cambiantes como determinantes para definir las consecuencias de sus actos. En tiempos de la Guerra Fra, al menos luego de que Joseph McCarthy fuera censurado, la condena guardaba proporciones con la disputa sorda e incruenta entre Washington y Mosc. Las coordenadas geopolticas eran precisas y tambin lo eran las consecuencias de develar el secreto de Estado. En tiempos de unipolaridad, y en especial despus del 11 de Septiembre de 2001, tales consecuencias son tan impredecibles como se cree que es el entorno de seguridad que rodea a Estados Unidos.

Ian Lustick, profesor de la Universidad de Pennsylvania, defini el ambiente posterior a los ataques terroristas en el ttulo de su libro de 2006, Atrapados en la guerra contra el terrorismo. All sugiere que el pas ha olvidado la mxima de Franklin D. Roosevelt de que lo nico que se debe temer es al temor mismo, lo que ha permitido que la amenaza difusa no-estatal que planea sobre el pas envuelva a sus instituciones y condicione el debate pblico sobre la poltica de seguridad y permita que sta tome vida propia. Se crea as un contexto en el que los actores de la poltica de seguridad slo rinden cuentas ante s mismos.

Un total de 45 diferentes agencias gubernamentales maneja hoy en Estados Unidos informacin ultrasecreta. Ms de 1.900 empresas privadas estn habilitadas para proveer servicios a esas agencias. El marco legal en el que opera esta constelacin pblico-privada es una herencia de la Guerra Fra, la Ley de Vigilancia de la Inteligencia Exterior (FISA), de 1979, renovada, reforzada y modificada luego de 2001. El control de legalidad de estas actividades de inteligencia y recoleccin de informacin est en manos de una corte cuya integracin y procedimientos son secretos y que, aunque sus miembros son nominados por el presidente de la Corte Suprema de Justicia, funciona en la rbita del Poder Ejecutivo, dentro del Departamento de Justicia. El mandato de FISA fue ampliado en 2004, cuando se incluy una clusula autorizando a que se investigue a los llamados lobos solitarios. Contrariamente a la exigencia fijada previamente de probar la conexin entre individuos y Estados enemigos, a partir de la modificacin de la norma, el universo de actores que era legtimo vigilar empez a ser prcticamente ilimitado.

Edward Snowden trabaj tanto para el gobierno, en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) del Departamento de Defensa, como para Booz Allen Hamilton, una de las compaas habilitadas para proveer servicios al complejo de inteligencia. Al decidir hacer pblico el espionaje urbi et orbi que practicaba la NSA, Snowden slo saba que la administracin Obama ha tomado un decidido partido contra informantes como l y que ha buscado darles base doctrinaria, a travs de dictmenes del procurador general Eric Holder, a prcticas como los asesinatos selectivos y el uso intensivo de aviones no tripulados para esos fines. Difcil imaginar que pudiera elegir otro camino que no fuera huir del alcance de las autoridades.

La actitud del gobierno estadounidense confirm que Snowden, al abandonar el pas, optaba por la alternativa ms racional despus de filtrar su informacin al diario londinense The Guardian. A la cancelacin, casi de rutina, de su pasaporte, le siguieron presiones sobre los gobiernos de los pases a los que se traslad. Al intentar cerrar el cerco y basado en pistas de inteligencia que se revelaron falsas, Washington puso en evidencia que el mismo estado de excepcin que habilita a espiar a sus propios ciudadanos y a pases aliados, pone en suspenso la tenue legalidad del derecho internacional.

El episodio de la denegacin temporaria de la autorizacin de sobrevuelo sobre Portugal, Espaa, Francia e Italia al avin presidencial boliviano debe verse, en efecto, como un sntoma de que la trampa de la guerra contra el terrorismo encierra tambin a la poltica exterior de Estados Unidos. La presin intenssima sobre los aliados europeos, que pusieron en riesgo en el corto plazo la fluidez de su relacin con Amrica Latina sin que mediara reflexin ni capacidad de resistirse a Washington, no cabe describirla perezosamente como un reflejo imperial idntico en naturaleza a acciones similares llevadas a cabo en contextos diferentes. Por el contrario, es la propia guerra contra el terrorismo mordindose la cola la que vemos en accin. Con un chasquido de los dedos, la voraz mquina de inteligencia hizo esfumarse el incipiente plan de reacercamiento a Amrica del Sur, Venezuela incluida, que vena junto con la designacin de John Kerry como secretario de Estado de la segunda administracin de Barack Obama.

La guerra contra el terrorismo como sobredeterminante de la poltica exterior de Estados Unidos nubla la capacidad de su gobierno de definir con precisin su inters nacional. As, no es extrao que un terico del realismo como el profesor de Harvard Stephen Walt haya reclamado desde las pginas del Financial Times que Snowden debe obtener rpidamente un perdn presidencial.

Dejemos para otro anlisis la cuestin de si el inters nacional de alguno de los pases que las ha hecho est bien servido por las ofertas de asilo a Snowden en Amrica Latina, pero no perdamos de vista que la bsqueda de un lmite al control estatal sobre los ciudadanos que movi a Snowden es la bsqueda de una alternativa a un estado de excepcin planetario que es tan liberticida como ineficaz para combatir al terrorismo.

Gabriel Puricelli. Presidente del Laboratorio de Polticas Pblicas (http://www.lpp-buenosaires.net/)

Fuente: http://www.revistadebate.com.ar/?p=4269 



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