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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-08-2013

Egipto
Perdonen las molestias que les causa esta matanza

Adolfo Snchez Rebolledo
La Jornada


Robert Fisk ha dejado en sus crnicas egipcias algo ms que la descripcin cruda del comienzo de una guerra civil en la que se anudan las motivaciones polticas con las religiosas: son la constancia de que all donde la intolerancia se apodera de la conciencia y la voluntad de la gente slo cabe esperar una tormenta de odio y violencia, el triunfo de Tnatos. Y que tras los muertos annimos hay siempre intereses, hombres con nombre y apellido. La plaza Tahrir en El Cairo fue el smbolo de que el cambio era posible en ese pas tan viejo como la civilizacin misma, segn lo pregonaba el discurso modernizador de la juventud, expuesto a tiempo y hora con los deseos de las masas, de suyo desencantadas por el desempleo y la amenaza nada hipottica del hambre, es decir, por el fracaso de un Estado autoritario incapaz de afrontar la crisis contempornea. Ganaron. Las grandes movilizaciones populares lograron la cada del odioso hombre fuerte, el fin del corrupto Mubarak. Y al vencer, los hechos ayudaron a crear la fantasa de que ya no eran necesarios los partidos ni las elecciones; tampoco un aparato armado paralelo, insurreccional, pues tenan de su lado al mando militar envejecido en sus laureles. La revuelta cvica, la accin individual, la resistencia de la mayora bastaban para anular la respiracin del adversario, obligndolo a ceder. Gracias a eso, la democracia directa fue reivindicada de nuevo como la alternativa para sacudirse del peso muerto de los polticos parasitarios y como solucin al divorcio entre las instituciones del Estado y la gente corriente. Frente al poder paralizante de los medios la instantaneidad de las redes sociales; la cultura de la modernidad contra la solemne rigidez de las fabulaciones del poder decadente. Y detrs, la crisis de un orden incapaz de reciclarse sin ahondar los sufrimientos del pueblo.

Pero la revolucin soada tuvo que esperar a que el ejrcito decidiera el rumbo del pas. Los militares quitaron a Mubarak, aceptaron celebrar elecciones, vigilaron el proceso constituyente y se aseguraron de tener la ltima palabra como garantes del Estado. La sociedad civil aplaudi como hroes a los jefes del Ejrcito, reviviendo el recuerdo de otras pocas gloriosas. Los observadores se congratularon con la victoria electoral del islamismo moderado, en el entendido de que la naciente democracia egipcia sera la llave para mantener la unidad del pas, cosa que por desgracia no ocurri, como trgicamente los demuestran los hechos posteriores. Al menos, se dijo, la estabilidad se mantendra sin cambios peligrosos. Se acataba as el mandato de Tahrir, pero la revolucin anunciada pasaba al bal de las utopas canceladas.

Si la crisis del viejo laicismo nasseriano haba dado alas al islamismo, el abandono del proyecto de liberacin rabe termin por subordinar los intereses del Estado egipcio a la geopoltica imperial en el Medio Oriente. En esas condiciones, la revolucin democrtica, pacfica, concertada, se impona como una necesidad para superar el empantanamiento del Estado egipcio. El reconocimiento de la victoria en las urnas de la hermandad se asumi como seal de madurez de la sociedad, lista para dar un salto en aras del progreso. Sin embargo, una vez en el gobierno los musulmanes de Mursi y Badie impusieron la sharia, como si la mayora ganada legtimamente les autorizara para cambiar las reglas del juego que todas las fuerzas haban contribuido a crear, dndole as inesperados argumentos a los partidarios del ex dictador para rebelarse. La madurez democrtica era un espejismo. El principio de mayora exige un principio racional aceptado sin excusas por las fuerzas en pugna, pero no ocurri as. Sin embargo, los islamistas no eran los nicos en ignorar las lecciones de Tahrir, ya que por lo visto ninguna de las partes ni el ejrcito, ni los Hermanos Musulmanes, ni los liberales, por no hablar de los revolucionarios que se sintieron traicionados, tomaron en cuenta al otro, no calcularon su fuerza y juntos caminaron al precipicio. Los hermanos quiz se creyeron intocables al creer que la cpula militar no se atrevera a romper la solucin vigilada por Estados Unidos, el gran patrocinador del orden. La oposicin al gobierno de Mursi supuso que el ejrcito les sacara las castaas del fuego para instaurar un poder consecuente con las demandas de la primavera rabe. Y, en efecto, el ejrcito dio el golpe, aunque el gobierno estadunidense prefiera calificarlo con eufemismos para no alterar el papel de sus aliados egipcios en Medio Oriente. Lanz a los islamistas a la protesta reclamando respeto al voto popular, ahora envuelta en el ropaje religioso ms agresivo e intolerante. La ley del talin, en un mar de sinrazones. La escritora egipcia Ahdaf Soueif, en 2011, reflexiona sobre lo ocurrido. Una de las cosas ms deprimentes que vimos fue cmo una rama progresista o liberal de lo que fue la revolucin retrocedi por completo, apoy e incit a los militares y a la polica y demoniz completa e implacablemente a los Hermanos Musulmanes y a las corrientes islamistas, como si se tratara del guin de una mala pelcula y no de la realidad. Fisk ha narrado con claridad (no exenta de dolor) lo que sigui, la exaltacin de la violencia sectaria y la represin, la cada en el terror como recurso primario, la indifrencia ante la vida humana. Igual que en los Balcanes, de la noche a la maana la sociedad se polariza y escinde a favor o en contra de las partes. El odio brota por todas partes. Los discursos se incendian antes de que las balas de los francotiradores caigan contra la multitud, mientras la ciudadana se refugia en sus casas. No acta pero en cierta forma convalida la deshumanizacin de los procedimientos, la utilizacin de la fuerza como argumento exclusivo. El resultado es que se producen nuevos horrores a diario, escenas espeluznantes que los egipcios nunca podran haber imaginado, informa el corresponsal de Democracy Now! en El Cairo, Sharif Abdel Kouddous. No se necesita ser un experto para ver como se instala la lgica del conflicto amigo/enemigo donde las vctimas, los otros, no son reconocidos como humanos, con derechos inalienables.

Desde fuera resulta difcil comprender cmo se ha llegado a estos niveles de intolerancia justo despus de Tahrir. La principal responsabilidad le toca al Estado, que decidi arrasar a sangre y fuego la protesta islamista, pero hay algo ms, a juzgar por la manera inquietante como muchos testigos juzgan la situacin partir de las alteraciones a su cotidianeidad, revestidas por el odio genrico al adversario. En uno de sus reportes, la corresponsal de El Pas comenta alucinada el estado de nimo que observ tras un da de matanzas, le sorprende la alegra que exhiban los vecinos y la ausencia de cualquier rastro de solidaridad, pese a la brutalidad del desalojo policial realizado bajo sus ventanas. La justificacin, lejos de ceirse a las grandes causas, apelaba al malestar difuso de quien ha tenido que soportar las molestias del cambio de rutina. As no podamos seguir. Nos resultaba imposible aparcar en ningn sitio y para movernos a cualquier lugar tenamos que emplear gran cantidad de horas. Varios de mis vecinos han perdido sus trabajos porque la mitad de los das llegaban tarde y sus jefes se cansaron de aceptar excusas, afirmaba el abogado y vecino Ahmed Gamad. Parece increble: el gobierno y los islamistas podran haber puesto un cartel que dijera: Perdonen ustedes las molestias que les causa esta matanza.

Fuente original: http://www.jornada.unam.mx/2013/08/22/opinion/020a2pol



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