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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-10-2013

Tnez: yihadismo, golpismo, dilogo nacional

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


La llamada primavera rabe ilumin un descubrimiento y una esperanza: el descubrimiento de que el islamismo yihadista era apenas popular en el mundo rabe y la esperanza de que iba a ser definitivamente derrotado junto a las dictaduras contestadas por las revueltas. Durante unos meses, los clichs islamofbicos de los medios de comunicacin europeos dejaron lugar a clichs de signo contrario: un burbujeo hasta ahora oculto de jvenes blogueros y voluntad democrtica. Pero ese nuevo clich tena tambin un asidero en la realidad. En abril de 2011, el izquierdista Khaled Saghiya, entonces redactor jefe del peridico libans Al-Akhbar, certificaba la defuncin de Al-Qaeda en un hermoso y brillante texto de ttulo La muerte de Osama y las intifadas rabes: no hay sitio para Ben Laden. En l Saghiya vinculaba el xito relativo de Al-Qaeda en la ltima dcada al vaco poltico, las dictaduras y el imperialismo y su muerte, por tanto, al despertar de los pueblos: quin entre los rabes necesita la coraza de un Bloque cuando en todas las plazas se reclama a gritos la cada del rgimen? Y qu administracin estadounidense necesita la guerra contra el islam o la islamofobia cuando el islam poltico se ha convertido en un socio fundamental en la reestructuracin de la zona?.

Fue as. Era una realidad. Pero a medida que las contrarrevoluciones han impuesto su ley o las revoluciones se han enquistado en la sangre y el fango, la normalizacin democrtica y meditica anhelada han dado paso de nuevo a los clichs islamofbicos de antao, que vuelven a dominar los titulares y los anlisis. Contienen tambin, claro, un atisbo de realidad. Porque lo cierto es que la vieja confluencia de caos, pobreza, dictadura e imperialismo estn resucitando el cadver de Ben Laden. La ferocidad de la represin en Siria ha producido el mismo efecto que la invasin estadounidense en Iraq: la penetracin y creciente influencia de los grupos yihadistas sunnes y la deriva militar sectaria. El golpe de Estado de Al-Sisi en Egipto, por su parte, ha reactivado la guerra en el Sina. Y el caos libio, con la aspersin de armas en toda la regin, ha tenido un efecto ventilador en Mali, Argelia y Tnez.

Lo que no se puede negar es que, como antao, esta reactivacin de la ultraderecha islamista slo beneficia a los que apuestan por impedir la normalizacin democrtica del mundo rabe. En Siria, Bachar Al-Assad ha alimentado desde el principio el yihadismo contra la legtima revuelta de su pueblo y con resultados conocidos: la relegitimacin internacional del rgimen, que sigue bombardeando a su propia poblacin, y el abandono de la oposicin democrtica, desprovista de armas y de financiacin. En Egipto, la guerra contra el terrorismo, que incluye tambin de nuevo, como en tiempos de Moubarak, el islamismo moderado de los Hermanos Musulmanes, refuerza la autoridad y prestigio del ejrcito y el apoyo nacionalista a la brutal represin, en un consenso de violencia que Mohamed Zaraa, militante de los derechos humanos, no duda en calificar de fascista.

Otro tanto puede decirse de Tnez, donde la combinacin de violencia yihadista y de crisis poltica amenaza como nunca el frgil proceso democrtico. Tras dos semanas de ataques terroristas casi ininterrumpidos y 9 muertos entre las fuerzas de seguridad (otros tantos entre los yihadistas), el gobierno incluy el pasado mircoles a Ansar Charia, con la que Ennahda ha mantenido a menudo relaciones ambiguas, entre las organizaciones terroristas, y el viernes, el presidente Marzouki declar zona de operaciones militares una amplia franja de territorio en el centro-oeste del pas. El miedo, la clera y la confrontacin atraviesan la sociedad tunecina y alimentan la tensin dentro de los aparatos de seguridad del Estado, que siguen siendo los mismos que bajo Ben Al. El viernes 18 de octubre, en el cuartel de La Aouina de la capital, durante los funerales por los dos agentes asesinados el da anterior, sus compaeros de la Guardia Nacional expulsaron del recinto, al grito de degage, al presidente de la Repblica y al primer ministro, que haban acudido a rendir un homenaje oficial a los mrtires. Por expreso deseo de las familias, no ha habido representacin oficial el pasado 24 de octubre en los funerales de las ltimas 6 vctimas, transformados en una manifestacin de rechazo del gobierno, con asaltos a las sedes de Ennahda en Le Kef, Beja y Monastir. El sindicato de las Fuerzas del Orden ha apoyado oficialmente las protestas del pueblo tunecino y ha dado 48 horas al gobierno para que destituya a los cargos policiales nombrados en los dos ltimos aos, pidiendo adems la excarcelacin de los policas detenidos durante la revolucin. Entre tanto, en Le Kram, en la periferia de la capital, los funerales por dos de los yihadistas muertos la semana pasada reunan a algunos centenares de simpatizantes.

Esta estrategia de la tensin, con sus amagos golpistas, alcanz su mxima temperatura el pasado 23 de octubre, fecha en que se cumpla el segundo aniversario de las primeras elecciones libres en la historia de Tnez, elecciones que sirvieron para conformar la Asamblea Constituyente y llevar al gobierno a una coalicin de tres partidos encabezada por los islamistas de Ennahda. Ese mismo da 23 deba haber empezado el dilogo nacional promovido por el sindicato UGTT y la patronal tunecina, truncado de nuevo como consecuencia de la ofensiva yihadista y las fricciones entre las partes. Tras dos manifestaciones convocadas respectivamente por la oposicin y el partido en el gobierno y la retirada provisional del Frente opositor de las conversaciones, stas se iniciaron por fin el sbado, rebajando algo la tensin. Pero sobre este dilogo pesa la sombra temida o deseada de Egipto, que de alguna manera pervierte todo el juego poltico.

Ennahda merece sin duda las ms duras crticas, pero no quizs por la pretendida e inexistente deriva islamista de la que le acusa la oposicin. Como en el caso de Mursi en Egipto, lo que hay que reprocharle es su complicidad -mitad temor mitad inters- con las polticas econmicas y represivas del antiguo rgimen: no ha sido capaz -como deca Mohamed Zaraa de Mursi- de unirse a la gente y a la revolucin para imponer una verdadera ruptura. Eso facilita la labor de una oposicin errtica y heterognea, unida ahora -segn el modelo egipcio- en un Frente Nacional de Salvacin que integra tambin a la izquierda del Frente Popular y que busca apartar a Ennahda del poder por cualquier medio. Explotando en su favor la alarma terrorista, alimentando las tensiones contra Ennahda en el seno de los cuerpos de seguridad, nutre en realidad los terrores de un sector de la poblacin que percibe con razn que no ha ganado nada con la revolucin y que rememora con nostalgia los tiempos de la dictadura, en los que no haba terrorismo y la bolsa de la compra era ms barata: con Ben Al vivamos mejor. Esta nostalgia de dictadura es atizada por algunos medios de comunicacin que, con escaso sentido de la responsabilidad y una agenda ms que sospechosa, apuestan claramente por un retorno al pasado. Desde la cadena privada Nissma, por ejemplo, se daban las gracias a los terroristas por haber unido al pueblo tunecino contra Nahda.

Lo que est en juego en las negociaciones es el papel de la Asamblea Constituyente, el nico foco de legitimidad de un marco institucional an sin fraguar. Con la nueva constitucin sin aprobar, sin fecha para las prximas elecciones (cuestiones que debe resolver el dilogo nacional), la cuestin central es la de los poderes que detentar el nuevo gobierno de tecncratas que, segn la hoja de ruta acordada, sustituir al del nahdawi Ali Larayed. Mientras que la troika gobernante insiste en el papel legislativo del Parlamento, en el que tiene la mayora, la oposicin apuesta ms bien por un gabinete que administre el pas por decreto hasta los prximos comicios. La paradoja es que, en el marco de una lucha poltica en la que las dos partes han dado la espalda a las demandas revolucionarias y buscan sobre todo mayores mrgenes de poder, Ennahda se ve obligado a defender un criterio ms democrtico que la oposicin liberal y de izquierdas, que no deja de coquetear, ms o menos sutilmente, con el golpe de Estado.

Los peligros son enormes. La combinacin de yihadismo, crisis poltica y degradacin econmico-social dejan pocas opciones. En la mejor de las hiptesis, un consenso de lites llevar a un rgimen de democracia vigilada en el que la lucha antiterrorista justificar graves retrocesos en el nico frente en el que se haba avanzado un poco. En el peor, si no hay acuerdo y los ataques yihadistas se suceden, una solucin a la egipcia no es en absoluto descartable. En ese caso, Ennahda ser culpable en la medida en que no ha sido capaz de acometer una verdadera ruptura, en el contenido y en las formas, con la dictadura de Ben Al; la oposicin ser culpable en la medida en que habr facilitado la vuelta de la dictadura al apostar por la derrota de los islamistas a cualquier precio y por cualquier medio. En ambos casos, los revolucionarios del 14 de enero y el pueblo que se alz por la dignidad y la justicia social en 2011 sern una vez ms los perdedores.

Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/tunez-yihadismo-golpismo-dialogo-nacional/5161


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