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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-03-2014

Qu organizacin para qu estrategia?
Poder popular, herramienta poltica y estrategia socialista

Facundo Nahuel Martn y Martn Mosquera
Democracia Socialista


El perodo actual, pues nos parece crtico, porque el movimiento est superando ese carcter artesanal y esa dispersin y exige con urgencia el paso a una forma superior, ms unida, mejor y ms organizada, por la que nos consideramos obligados a trabajar.

Lenin

El concepto de poder popular se ha convertido en un significante clave para las nuevas vanguardias y movimientos populares que se desarrollan en nuestro continente. A mitad de camino entre categora estratgica y marca identitaria, este concepto recoge el hilo libertario y anti-burocrtico presente en la tradicin marxista y el movimiento socialista desde sus orgenes: la referencia a la auto-actividad y al poder independiente de la clase obrera (Marx: la emancipacin de los trabajadores ser obra de ellos mismos), la crtica a todo sustituismo o jacobinismo en la estrategia revolucionaria (Luxemburgo: histricamente los errores cometidos por un movimiento verdaderamente revolucionario son infinitamente ms fructferos que la infalibilidad del comit central ms astuto), la necesaria autonoma de los organismos de masas (defendida ya por Lenin en el debate sobre la independencia de los sindicatos en el contexto del emergente Estado obrero sovitico), o la imprescindible preparacin ideolgica, cultural y social que requiere todo proceso de transformacin radical (tal como est indicado en el concepto de hegemona surgido de los debates de la Internacional Comunista y profundizado por Gramsci).

En la historia latinoamericana, el concepto de poder popular nos remite inmediatamente a las luchas protagonizadas por los sectores populares chilenos en el marco del proceso de radicalizacin social abierto en los tempranos 70, desarrollado sobre la base de una dialctica abierta con el Gobierno de la Unidad Popular. Organismos obreros y populares, tales como las juntas de abastecimiento y los cordones industriales, funcionaron como un apuntalamiento desde abajo de un proyecto poltico con una direccin reformista de izquierda pero con elementos abiertos de transicin hacia el socialismo. Esta experiencia presenta varias simetras con algunos procesos latinoamericanos actuales (Venezuela y Bolivia) que lo vuelven una referencia para pensar una reformulacin de la estrategia socialista para el actual periodo. Era decisivo all percibir el rol progresivo que tena el Gobierno y descartar por improcedente el vanguardismo sectario de intentar acometer de frente contra el reformismo gubernamental basndose en una tctica de desenmascaramiento que pretendiera reproducir en condiciones muy diferentes la poltica de los bolcheviques contra el Gobierno Provisional. Pero igualmente ilusorio era descansar en la va gradualista y reformista de la direccin de la UP, abierta a compromisos con las fuerzas reaccionarias y reacia a la toma de medidas de enfrentamiento necesarias para la etapa. Es destacable, en este sentido, el papel jugado por el MIR, encabezando una poltica de apoyo crtico al gobierno de la UP, capaz de defender las conquistas, resistir los retrocesos y recadas conservadoras y a la vez apostando a la construccin de organismos independientes que sedimentaran las condiciones para una ruptura decisiva con el Estado burgus. Las contradicciones de la poltica dialoguista de Allende, junto con la furiosa contraofensiva imperialista, marcaron dramticamente las limitaciones del proyecto y la contundente derrota del proceso en curso. Sin embargo, ello no basta para desestimar en bloque la hiptesis estratgica llevada a cabo por el MIR y otras organizaciones populares.

Con estas connotaciones ms o menos tcitas, la referencia al poder popular aparece antes que como matriz de una nueva con stelacin estratgica, como un gesto de compromiso con la tentativa de superar los lmites del socialismo de Estado que conocimos el siglo pasado. Ms una sana intuicin, entonces, que una categora terica completamente desarrollada. Corresponde al actual ciclo de luchas clarificar e intentar dar contornos ms definidos a la reformulacin del proyecto emancipatorio que comenz a entreverse en las luchas del ltimo periodo. Y, sobre todo, es preciso separar la amalgama entre la estrategia-del-poder-popular y las tendencias anti-polticas, espontanestas y horizontalistas extremas con las que surgi dialogando as como conservar los momentos de verdad que portaban estas concepciones en su reaccin tanto contra el socialismo burocrtico y sectario de la izquierda tradicional, como frente a los compromisos reformistas de la socialdemocracia. Dice Bensad:

Como sucede despus de las grandes derrotas (como ha ocurrido en la dcada de 1830 bajo la Restauracin), se produce lo que yo llamo un momento utpico, un momento de fermentacin, de experimentacin, un momento de tanteos. Es lo que ha ocurrido a fines de los aos 90, especialmente en el movimiento altermundista: una efervescencia utpica necesaria, pero acompaada de un discurso simplificador que contrapone el buen movimiento social a la sucia poltica (Bensad, 2009).

Este momento utpico que caracteriz al reinici de las luchas sociales a principios de siglo recurri, aunque no de modo consciente, a una imagen con larga historia en el marxismo: la de un lazo social ms all de la alienacin y de toda opacidad. Buena parte de los escritos de juventud de Marx alientan la idea mtica del comunismo como una sociedad trasparente liberada del Estado, la representacin y la poltica. Esta concepcin se vincula con la recepcin por parte de Marx de los tpicos del idealismo alemn autonoma, conciencia, autorreflexin y, ms precisamente, con el intento de reformular en trminos materialistas la filosofa de la historia hegeliana: la idea de que al final de la historia, luego de un duro trayecto por diferentes formaciones sociales clasistas, nos aguardara la sociedad transparente y reconciliada consigo misma. La particularidad de las concepciones neo-libertarias de principios del siglo XXI es que perdieron el escrpulo de proyectar hacia un tentativo fin de la historia esa posible reconciliacin de lo social y lo trajeron hacia el presente: as es preciso entender, por ejemplo, el comunismo sin transicin de Negri y la pretensin de construir aqu y ahora islotes de socialismo al interior de la sociedad burguesa.

Los actuales tanteos estratgicos que se entrevn en la referencia al poder popular surgen en debate e interrelacin con estas concepciones. En la asuncin activa de un legado en el caso de Argentina, el del ciclo de luchas iniciado en 2001, con sus preocupaciones y bsquedas se esconde una operacin crtica, un cribado entre aquellos elementos cuya continuidad se afirma y aquellos que se pretende dinamizar, cuestionar o abandonar. Esta operacin crtica y reflexiva, a la vez que se asienta sobre la prctica desplegada en los ltimos lustros por los movimientos sociales de la an incipiente nueva izquierda argentina, forma parte de un ciclo ms amplio de reelaboracin estratgica del proyecto socialista. El desafo de la nueva izquierda no es slo proseguir (y reformular) la herencia de los movimientos de resistencia al neoliberalismo. Despus del fracaso de los socialismos reales, debemos vrnoslas con la evolucin hacia formas de despotismo burocrtico de la mayora de las experiencias revolucionarias del pasado; al mismo tiempo sin oponerles de modo ingenuo y reduccionista el espontanesmo o el horizontalismo estricto. Nos proponemos entonces mostrar que ciertas crticas a la representacin poltica, a la organicidad y al Estado obturan el desarrollo consistente y slido de una estrategia anti-capitalista, en la medida en que no pueden tramitar la conflictividad humana como dimensin irreductible de cualquier forma de organizacin social. Nos preguntaremos, pues, por el rol del conflicto y la representacin polticos en el desarrollo del poder popular, la organizacin y la estrategia socialista.


Crticas a la representacin poltica y poder popular

Luego de una fuerte hegemona en el activismo surgido a principios de siglo, las tesis vinculadas a la idea de cambiar el mundo sin tomar el poder han envejecido rpidamente. Sin embargo, adeudamos un balance meditado sobre los ncleos de buen sentido de estas concepciones y, sobre todo, sobre la influencia subrepticia que todava ejercen sobre muchas de las concepciones presentes en los movimientos de la nueva izquierda.

La concepcin de Holloway sobre el poder y las tesis de Negri y Hardt sobre la multitud como sujeto poltico del cambio social, apuntan a una produccin de lo comn no mediada por la lgica de la representacin. Las partes de la multitud, por caso, no estn aisladas en la medida en que mantienen entre s una serie de vnculos cambiantes. Sin embargo, su unidad no les viene dada por un universal trascendente, de modo que su politicidad no exige instancias y vinculantes centrales de decisin. Lo comn se gesta inmanentemente en forma de red, mediante relaciones horizontales entre las partes y sin subordinacin a una instancia superior trascendente. Las distintas partes del cuerpo de la multitud se relacionan entre s de maneras variables, formando nodos transitorios en una dinmica que carece de centro. Lo comn, entonces, se diferencia de lo mismo. Las partes de la multitud existen en comn por la serie de vasos comunicantes que se trazan entre ellas horizontalmente sin que ninguna instancia central (y por ende jerrquica) las conmine a hacer lo mismo. Lo comn se identifica con los lazos mviles y horizontales entre partes y no con la toma de decisiones vinculantes desde una instancia central (incluso si esa instancia central fuera democrtica, asamblearia, etc.). De aqu la distincin que establece Negri, muchas veces inadvertida, entre la democracia absoluta es decir un rgimen donde lo social absorbe a lo poltico y no existe separacin de ningn tipo de superestructura decisional y la democracia directa una forma que puede adoptar esta superestructura, entendida como la implicacin plenaria de todos los involucrados en las decisiones.

Este espontaneismo tiene una historia larga en la filosofa poltica y el marxismo y suele remitirse a dos fuentes alternativas y a veces complementarias: o bien se considera que una determinacin externa a la accin poltica de los hombres (como las annimas fuerzas productivas) hace todo el trabajo o bien se postula metafsicamente cierta armona preestablecida, cierta bondad originaria inhibida del sujeto social, de modo que slo hace falta despojarse de las instituciones que, rousseneanamente, estropean la bondad, el comunismo natural de las masas. Podremos encontrar los trazos de estas concepciones en el propio pensamiento de Marx, cuando en su juventud postula una genericidad humana reprimida por la sociedad de clases y el estado abstracto, pero tambin cuando, en su madurez, adhiere a un fuerte optimismo sociolgico por el cual se cree que el propio desenvolvimiento capitalista simplifica la estructura social, homogeneiza a la clase obrera y hace madurar objetivamente las condiciones para la futura autogestin generalizada propia del socialismo.

La escasa proyeccin poltica de los planteos que reseamos es manifiesta. Sin embargo, la revalorizacin de la representacin y de la organicidad no puede hacerse nicamente en trminos instrumentales o tcticos. Si fuera as, no se rompera con la idea de que la ms genuina prefiguracin del socialismo implicara abandonar toda forma de representacin poltica. Se supone, en otras palabras, que socialismo y poder (el poder supuesto en cualquier unidad orgnica) son contrapuestos radicalmente. Pero, como parece improbable que se pueda ganar la batalla contra el capital sin ningn tipo de construccin orgnica, se acepta la necesidad de hacer algunas concesiones. Este tipo de razonamiento, ampliamente extendido, es doblemente peligroso. Primero, presupone un horizonte utpico desmedido: el socialismo como sociedad inmediatamente armnica, no necesitada de mediaciones poltico-institucionales. Segundo, porque paradjicamente abre el campo para el burocratismo al concebir el trato con relaciones de poder de un modo meramente instrumental y opuesto a los objetivos estratgicos, inhibiendo posibles criterios evaluativos que permitan orientarse entre las necesarias mediaciones poltico-institucionales y delimitarlas de las cristalizaciones burocrticas. Argumentar a favor de la necesidad de articulaciones orgnicas como un imperativo de la lucha tctica, desconociendo su necesidad prefigurativa, facilita el riesgo de la deformacin burocrtica.

En esta ocasin presentamos una reflexin alternativa a la meramente instrumental. Entendemos que la apuesta por el poder popular supera sanamente la inorganicidad de los planteos espontanestas. Pero tambin creemos que se juegan en ello aspectos estratgicos, que hace a la prefiguracin del socialismo antes que a exigencias tcticas e instrumentales. Intentaremos mostrar que planteos como el de Negri y Hardt no pueden dar cuenta de la inevitabilidad del conflicto en la sociedad humana, ni de la consecuente necesidad de instituir instancias decisoras centrales y orgnicas en cualquier sociedad.

Hablamos de representacin poltica u organicidad all donde las decisiones tomadas en forma centralizada (por la instancia representativa, sea individual o colegiada) son vinculantes para los particulares. La representacin poltica siempre supone cierto grado de reduccin de la diferencia a la identidad, es decir, cierta subordinacin de los particulares a una unidad relativamente trascendente. La representacin es, pues, la instancia en que todas las partes de un colectivo aceptan someterse unitariamente a una decisin o determinacin comn. La toma de decisiones de conjunto, de carcter vinculante para los grupos particulares, constituye al concepto de la representacin (es indiferente, en este nivel de abstraccin, que la instancia decisora sea individual o colegiada). La representacin no se identifica necesariamente con la delegacin de la toma de decisiones en una persona fsica. Representacin es en cambio la operacin constitutiva de un conglomerado humano que acepta actuar de conjunto. Michael Lwy, en su crtica a Holloway, da un buen ejemplo de lo que queremos decir:

Empecemos con un ejemplo muy simple: un grupo de diez personas se encuentran en un cuarto pequeo con una ventana pequea para hablar sobre el libro de John Holloway. Algunos de ellos no son fumadores y otros s lo son. Hay una discusin sobre si se debera permitir o no fumar, y hay desacuerdos. Cmo resolverlos? Slo existen tres soluciones: 1) La ley del ms fuerte: algunas personas, que son ms grandes o tienen un palo grande, imponen su poder sobre los dems. Por supuesto, esto no es lo que queremos 2) Consenso: continuar con la discusin hasta que todos se pongan de acuerdo sobre la misma solucin. sta es la situacin ideal, pero no siempre funciona. 3) Todos se ponen de acuerdo en tener una votacin y la mayora decide si se permite o no fumar. La mayora tiene poder sobre la minora. No un poder absoluto: tiene lmites y tiene que respetar a la dignidad de los dems. Pero, an as, tiene poder sobre. Desde luego, la minora puede siempre dejar el cuarto, pero sta tambin ser una forma de reconocer el poder de la mayora. Puedes aplicar la misma lgica a todo tipo de comunidades humanas, incluidos los pueblos zapatistas (Holloway y Lwy 2002-2003).

El argumento de Lwy seala el lmite con que se encuentra todo intento de fundar una poltica no representativa o inorgnica. Ese lmite es el conflicto, es decir, la instancia en que las aspiraciones recprocas de las partes divergen y no puede hallarse una solucin que satisfaga a todas. El ejemplo es interesante, adems, porque el problema no surge por consideraciones tcnicas ligadas al nmero de personas o la distancia geogrfica. El conflicto puede darse en todo su vigor intensivo, an en grupos pequeos. Simplemente, las personas en un cuarto no pueden fumar y no fumar a la vez. Si se deja la situacin librada a cada parte y se permite fumar a algunos, se obliga a otros a respirar el desagradable humo. Si se preserva a estos ltimos, se prohbe fumar a los otros. El conflicto presenta una lgica de suma cero o sbana corta donde no pueden ganar todos. Si unos obtienen lo que quieren, otros deben perderlo (o, siguiendo con la metfora de la sbana, si uno consigue taparse, tiene que destapar al otro). No resulta difcil acordar con Lwy en que es imposible imaginar una comunidad humana donde estas instancias conflictivas o de suma cero no se presenten. Los conceptos de multitud y de poder-hacer o flujo del hacer, con su apuesta a una coordinacin espontnea, inmanente, inorgnica y no-representativa de las partes sociales, no parecen darnos elementos para lidiar con las situaciones de conflicto. Estas situaciones exigen lgicamente el paso a instancias representativas (que pueden, y es deseable que sean, democrticas, pero no por eso dejan de ser representativas) como nica alternativa a la nuda fuerza.

El conflicto se estructura en una peculiar tensin entre identidad y diferencia. Cuando todos estamos de acuerdo, es manifiesto que no hay conflicto. Cuando no estamos de acuerdo pero es posible que cada uno haga lo que quiere, tampoco hay conflicto. El conflicto se distingue de la mera diferencia porque es una diferencia en torno a lo mismo, una no-coincidencia en lo comn. Volviendo al ejemplo del grupo de estudios, si todos quisieran fumar no habra conflicto alguno, pero tampoco lo habra si la reunin se diera (por caso) mediante internet desde cuartos separados. El problema surge cuando algunos quieren fumar en el mismo cuarto que otros, que no toleran el humo. La conflictividad es la emergencia de un diferendo en lo comn o la puesta de lo comn en cuestin. Esta diferencia en lo comn no puede despacharse sin el trnsito traumtico por la experiencia de una prdida. Hay conflicto porque es imposible la satisfaccin plena de todos, porque la coexistencia plural no se vive sin menoscabo. El conflicto atestigua la imposibilidad de convivir con otros sin deponer la autonoma radical de cada uno, esto es, la necesidad de socializar una prdida para existir en comn.

La representacin poltica, implicada an en la democracia directa, se alza sobre el hiato insalvable entre lo particular y lo universal. Ese hiato funda un concepto de lo comn de mayor intensidad, que no remite a una mera red horizontal de articulaciones inmanentes y contingentes, sino que incluye la toma de decisiones de conjunto, orgnicamente, en instancias centrales con primaca sobre los particulares. La construccin de poder popular supone siempre una vertebracin poltica que no se agota en la proliferacin de devenires o experimentaciones singulares descentralizados.

Entendemos que el concepto de poder popular se monta sobre el carcter paradjico de la representacin democrtica. La representacin democrtica es paradojal porque evidencia que la sociedad no coincide consigo misma, que la estructuracin poltica de la coexistencia humana excede la mera yuxtaposicin de una multiplicidad de elementos, pero a la vez no se encarna en una persona fsica trascendente. Representacin democrtica es el acto por el cual el conjunto de un conglomerado humano delega la toma de decisiones en el propio conjunto. La sociedad se desdobla, se reduplica en la representacin, componiendo su propia trascendencia: todos delegan la toma de decisiones en todos. Pero ese todos es, en alguna medida, fallido, en tanto la unidad orgnica supone una cierta institucionalidad separada que complete polticamente el edificio social. La utopa rousseneana de la identidad homognea de la comunidad es imposible. Cada uno acepta, entonces, el carcter vinculante de las decisiones tomadas conjuntamente. En ello radica la delegacin: las partes polticas deponen su autonoma a favor del conjunto. Sin embargo, esa delegacin no se corporiza en un individuo o grupo que monopolice la toma de decisiones sino que el monopolio pertenece al conjunto, aunque la forma poltica del conjunto supone constitutivamente una delegacin de poder. La representacin democrtica permite tramitar el conflicto en la medida en que asume el carcter no-coincidente de la sociedad consigo misma, introduciendo esa no-coincidencia en cierta forma de institucionalidad.

Negarse a aceptar la representacin poltica es suponer que el conflicto no se va a presentar nunca en la sociedad (o incluso en el interior de una organizacin), o sea, que los hombres somos lo bastante dciles o lo bastante parecidos para ponernos siempre de acuerdo. Las implicancias totalitarias de esa presuncin son manifiestas. No querer perder nunca nada, no estar dispuestos a deponer la autonoma radical de cada parte (individuo o grupo) en favor del todo es negar el conflicto y por lo tanto la diferencia en sentido fuerte (como diferencia en torno a lo comn y no mero particularismo atomstico).

Lo anterior significa que necesitamos dejar de pensar la prefiguracin del socialismo bajo la matriz utpica que proyecta una sociedad sin conflictos, espontneamente armnica. Asumir formas orgnicas de representacin poltica es una necesidad para la construccin de prcticas prefigurativas estratgicamente ms solventes, que puedan asumir la inexorabilidad del conflicto an ms all de las sociedades de clase y su antagonismo caracterstico. El espontaneismo confunde la crtica del capital con la crtica de la representacin poltica sin ms. Sin embargo, ambas crticas pueden y deben separarse. Mientras que el capital articula un modo de produccin histricamente determinado, guiado por el imperativo de reproducir la ganancia y sometido a una dinmica fetichista y ciega; la representacin poltica tiene un alcance histrico sumamente ambiguo y amplio (existi antes del capitalismo y probablemente siga existiendo despus). Esto se debe a que el nervio conflictivo de la sociedad humana es transhistrico: es imposible construir una sociedad donde los hombres no entren en diferendos en torno a su vida en comn. Los antagonismos objetivos del capital, basados en el carcter contradictorio de la economa del plusvalor, tienen en cambio una factura histrica precisa, ligada a los ltimos siglos de historia europea y mundial. La crtica al capital necesita dejar de orientarse por la promesa de un ms all de la historia que absorba la mediacin poltica en la inmanencia de lo social y asumir la condicin lmite del conflicto humano como insuperable.

El conflicto, entonces, lesiona el lazo social y establece la grieta irreductible entre lo social y lo poltico. En todas las utopas libertarias y espontanestas subyace la pretensin de disolver lo poltico en lo social, superando la herida constitutiva de la sociabilidad. Estas concepciones implican una visin armnica y homognea del sujeto social, que no necesita instituciones o mediaciones polticas dado que la democracia absoluta (o el comunismo) se traba en sus propios vnculos espontneos.

Esto nos lleva a repensar la idea misma de emancipacin, ms all de los marcos trazados por Marx en La cuestin juda (toda emancipacin es la reduccin del mundo humano, de las relaciones, al hombre mismo, Marx, 2004: 31). Una idea de emancipacin que evite las ilusiones espontanestas de la reunificacin orgnica de lo social puede entenderse como la profundizacin radical de la irresoluble interrogacin democrtica, que est ms all del totalismo ciego de la lgica del capital, pero no ms all de las indispensables coagulaciones institucionales de la representacin poltica. No se trata de disolver lo poltico en lo social utopa imposible y reaccionaria que se expone a devenir en una estatizacin burocrtica de la sociedad sino, al contrario, de expandir el campo democrtico de la poltica. La emancipacin social no se opone sino que profundiza y extiende esa emancipacin poltica que Marx entenda, sin desdn, como un enorme progreso (Marx, 2004). Esto supone entonces despojarse de la nocin de emancipacin plena en el sentido de una transformacin absoluta de la sociedad que salvara el hiato constitutivo del lazo humano. La prdida de la inmediatez con la naturaleza y el mundo exterior, caracterstica del hombre y su existencia simblica, borra toda tentativa de plenitud del horizonte de la vida social. El poder, la heteronimia, las instituciones son constitutivas del lazo social. Pero esto no compele a abandonar el proyecto emancipatorio, sino que exige como pretendi Marx con su esfuerzo materialista refundarlo y reinventarlo sobre bases secularizadas de todo idealismo.


Qu estrategia para qu sociedad? Qu or ganizacin para qu estrategia?

Superar la inorganicidad de las particularidades que no traban mediaciones articuladoras nos devuelve al viejo problema de la centralizacin. La democracia y una cierta centralizacin necesaria, no solo no son antinmicas (como se cree demasiado a menudo), sino complementarias. Son en realidad la condicin una de la otra. De una parte, porque importa, en democracia, que la discusin tenga un contenido, que conduzca a una decisin que comprometa a los participantes, sin lo que se limita a una simple charla de caf o a un intercambio de opiniones tras el cual cada cual se queda como est. De otra parte, porque hacer conjuntamente lo que se ha decidido es la nica forma de probar su justeza o de corregir sus errores. Es un principio elemental de responsabilidad, ya que es imposible sacar colectivamente el balance de orientaciones que no se ha siquiera intentado aplicar colectivamente, cada cual quitndose de encima entonces la responsabilidad de los fracasos. En fin, porque la poltica es una cuestin de correlacin de fuerzas, y no solo de pedagoga, y es indispensable en ciertos casos influir con todas las fuerzas en un punto para hacer que las lneas se muevan. Esto tanto ms cuanto que vivimos en una sociedad sometida a relaciones de dominacin materiales e ideolgicas, en la que la lucha se da con armas (muy) desiguales.

Todo esto no dice nada respecto a los procedimientos democrticos de una organizacin, ni sobre el grado de delegacin. Bien podra tratarse, todava, de una asamblea que resuelva por voto directo. Esto nos lleva al segundo aspecto caro a las nuevas experiencias organizativas: el consensualismo, si se permite la expresin, es decir detener las acciones conjuntas e, incluso, la deliberacin, all donde se evidencia divergencias irreductibles. La organizacin se pone el techo de los amplios consensos y se inhibe de avanzar en terrenos con opiniones divididas. La centralizacin supone (ms all de los casos excepcionales de acuerdo total) la necesidad de resolver sobre la base de un criterio democrtico, esto es, de soberana mayoritaria. El consensualismo, en definitiva, no es ms que otra expresin de la fragmentacin posmoderna: las articulaciones puntuales, limitadas se reducen a los acuerdos unnimes, imposibilitando el avance en una experiencia comn sobre la base de criterios democrticos en la toma de decisiones.

Tomarse con seriedad esta tarea implica comprometerse con la rehabilitacin y reformulacin en nuevas condiciones de lo que para buena parte del nuevo activismo sigue siendo la bestia negra de la poltica revolucionaria: la forma-partido. Como sola repetir Daniel Bensad:

Una poltica sin partidos (como quiera que se llamen: movimiento, organizacin, etc.) termina, en la mayora de los casos, en una poltica sin poltica: ya sea en un seguidismo sin objetivos a la espontaneidad de los movimientos sociales, o en la peor forma de vanguardismo individualista elitista, o finalmente en una represin de lo poltico en favor de lo esttico o lo tico (Bensad, 2002).

Cuando hablamos de la forma partido o de organizacin poltica, pensamos especialmente en 1) la necesidad de centralizacin y representacin democrtica en la toma de decisiones y 2) el reconocimiento de que no existe, y probablemente no existir nunca, la unidad espontnea de toda la clase en un nico movimiento social basado en procedimientos de carcter consejista. El partido no es una forma eterna que se reproduce inalterable a lo largo de la historia: hablar de partidos en la tradicin socialista es referirse a un conjunto heterogneo que incluye a las primeras organizaciones obreras del siglo XIX, los grandes partidos socialdemcratas previos a la guerra mundial, el bolchevismo, los grupsculos polticos del 68 europeo, las organizaciones poltico-militares latinoamericanas e incluso algunos movimientos sociales actuales que se asumen crecientemente como organizaciones orientadas hacia tareas esencialmente polticas. Las actuales discusiones sobre la forma-partido, la crtica a la burocratizacin y el rechazo a la centralizacin, no son una novedad en el movimiento socialista. Ms all de lo abusivo de ciertas crticas, stas sealan dificultades reales de la prctica poltica y puntos ciegos de la teora marxista a atender cuidadosamente por parte de cualquier intento serio de renovar las aspiraciones emancipatorias. Es recurrente en la historia del movimiento obrero que en paralelo a la degeneracin burocrtica de organizaciones polticas o experiencias revolucionarias surjan como reaccin concepciones ingenuas que, apelando a algn tipo de unificacin espontnea de las luchas sociales, buscan volver superflua la mediacin estrictamente poltica, esto es, el paso por estructuras representativas y lgicas centralistas. Cuando hablamos de rehabilitar la nocin de partido (o algunos de sus componentes) no pretendemos volver a las peores formas del vanguardismo autoproclamatorio, sino que sealamos la necesidad de que la nueva izquierda anticapitalista termine de desembarazarse de los remanentes que an le queden de espontanesmo y horizontalismo despolitizantes. Si bien es comprensible el recelo ante la organizacin partidaria, resulta excesivo responsabilizar a la forma-partido como tal del devenir burocrtico de las tentativas revolucionarias del siglo pasado. La tendencia a la burocratizacin se asienta, ms bien, en fenmenos de largo alcance histrico, como son la autonoma del campo poltico, la dinmica de la divisin social del trabajo y la creciente complejidad de las sociedades modernas. Las organizaciones sin estructuras estables no estn ms a salvo de las cristalizaciones burocrticas que los partidos polticos (Freeman, 2004). Esto no significa que las formas organizativas de las que se doten las clases subalternas sean neutras respecto a sus resultados. Luego de un siglo de miserias burocrticas surgidas desde el seno de las tentativas revolucionarias, debemos advertir que la ms amplia democracia y la auto-actividad popular han de ser el fundamento de cualquier proyecto de emancipacin.

El rechazo del burocratismo por parte de la nueva izquierda anticapitalista muchas veces lleva tambin a la visin ingenua segn la cual la clase trabajadora podra organizarse masivamente slo por una ampliacin o difusin de organismos asamblearios directos, sin pasar por la mediacin de los agrupamientos ideolgicamente diferenciados. Como si la organizacin del pueblo trabajador se pudiera resolver creando un gran soviet de soviets, una coordinacin o centralizacin generalizada de consejos o asambleas, donde los agrupamientos polticos se disolvieran en la participacin masiva y espontnea de compaeros y compaeras. Encontramos nuevamente una visin roussoneana de la democracia: en la asamblea donde se constituye la voluntad general no puede haber subgrupos ni fracciones. Cada miembro debera asistir a la asamblea como individuo suelto, no contaminado por la propaganda poltica de corrientes, tendencias o facciones. La experiencia histrica muestra que esa aspiracin roussoneana es extremadamente ingenua: los hombres siempre disputan entre s (incluso cuando comparten los lineamientos de un proyecto comn) y se organizan en tendencias, corrientes, partidos y fracciones de todo tipo para motorizar esa disputa. No existe una asamblea espontnea de trabajadores inmaculados de corrientes de opinin diversas, conflictivas e incluso contrapuestas. Aceptar de pleno derecho el plano de la lucha poltica significa, tambin, comprender que las clases subalternas no se manifestarn nunca en una expresin unitaria y polticamente neutra, sino en una pluralidad de herramientas organizativas polticamente diferenciadas, que debern buscar la unidad a partir de procedimientos sanos de confluencia-y-competencia, sin aspiraciones ingenuas a la composicin sin diferenciaciones.

No podemos entender a la burocracia como la mera cuota de pasividad y opacidad que comporta toda institucin y organizacin social. Esta alienacin es constitutiva de la vida social, pero no implica necesariamente una inhibicin de la auto-organizacin ni una deformacin autoritaria. Lo que s debemos combatir, a sabiendas de las desviaciones burocrticas del siglo pasado, es la consolidacin de direcciones polticas que se orienten por sus propias necesidades, autonomizando sus comportamientos segn intereses que escapan a todo control democrtico. Eso es la burocratizacin: la aparicin de una elite dirigente que se preocupa ms por sus propias necesidades de conduccin (por mantenerse en el poder, por conservar privilegios) que por ocupar un momento funcional y subordinado a la auto-construccin organizativa de los sectores populares. Ahora bien, la representacin poltica no conlleva como tal la burocratizacin, aunque la frontera entre una y otra no sea estable ni siempre fcilmente discernible. Hay formas de representacin que hacen posible la auto-constitucin del sujeto popular. El desarrollo subjetivo y organizativo de las clases subalternas supone, es obvio, una extensin de su participacin democrtica sobre la vida social. Intentando radicalizar este contenido mnimo de toda perspectiva emancipatoria, muy usualmente se ha intentado establecer entre la participacin directa y la representacin una incompatibilidad estricta propia de dos lgicas contradictorias. Para recusar esta simplificacin hay que mostrar que, por el contrario, entre una y otra no hay necesariamente una relacin de suma cero. Ciertas formas de delegacin y representacin son la apoyatura y la condicin de la participacin directa y el empoderamiento de los sectores subalternos. Es justamente el caso de los sectores populares en lucha cuando se arman de organizaciones democrticas sean sindicatos, movimientos o partidos. Estos incluyen una cierta disciplina, divisin de tareas y formas representativas, pero funcionales a la auto-constitucin democrtica del sujeto popular. Como dice Alain Badiou: los que no tienen nada poder, dinero, medios slo tienen su disciplina como posibilidad de fuerza.

El carcter ineludible del conflicto no tiene solo consecuencias sobre las formas organizativas, sino tambin sobre las propias hiptesis estratgicas y sobre el modelo de sociedad al que aspiramos. Partir de la irreductibilidad del conflicto en la vida social exige abandonar las ilusiones que hacen creer a algunos que una democracia directa, una brusca epifana o iluminacin de lo social, sera capaz de arreglar los problemas del poder y la poltica (Vincent, 1999). Descartada la apelacin simplista a la democracia directa generalizada debemos asumir seriamente la necesidad histrica de alumbrar una democracia socialista, que pueda sortear la incapacidad de las experiencias revolucionarias del siglo pasado para enfrentar el fenmeno burocrtico. Abandonar una hiptesis consejista ingenua conduce tambin a una conclusin en el plano estratgico: una futura situacin de dualidad de poderes no puede concebirse en total exterioridad respecto a las instituciones pre-existentes. El Estado no es una realidad monoltica a la que podemos oponerle en bloque el contra-Estado de los organismos soviticos, como su exterior absoluto. La ruptura revolucionaria necesita desembarazarse de las viejas instituciones y construir otras nuevas, pero el proceso de constitucin de un nuevo poder no es absolutamente exterior a las instituciones de la democracia burguesa, sobre todo en los pases con consolidadas tradiciones parlamentarias y estados hegemnicos relativamente vigorosos. Un proceso de confrontacin y de dualidad de poderes atraviesa tambin crisis y fracturas de las viejas estructuras institucionales existentes. Los viejos cascarones incluso pueden convertirse en el envoltorio de nuevos poderes (Sabado, 2006).

Esta dialctica reaparece en los diferentes procesos revolucionarios. En la Comuna de Pars, por ejemplo, el viejo ayuntamiento (comuna) renace con el influjo de la movilizacin popular, convirtindose en un organismo de doble poder. Tambin es un ejemplo el vnculo, aunque breve, establecido entre el poder sovitico y la asamblea constituyente en Rusia. Durante el proceso chileno vinculado a la Unidad Popular, las Juntas de aprovisionamiento de los barrios populares y los cordones industriales la coordinacin territorial de los sindicatos se convirtieron en un punto de apoyo para la emergencia de organismos de poder popular surgido desde instituciones creadas por la central sindical o los poderes pblicos, en el contexto de una enorme presin y movilizacin sociales. Esta caracterstica de los procesos de dualidad de poder en las sociedades contemporneas no ha dejado de profundizarse en las ltimas experiencias revolucionarias: a la ya clsica referencia a la Unidad popular chilena, podemos agregar los ejemplos de la revolucin de los claveles en Portugal o, ms actual, del proceso bolivariano en Venezuela. La combinacin de experiencias de auto-organizacin popular junto a la ocupacin de posiciones en el marco de la democracia burguesa y la inevitable confrontacin consiguiente con la contra-revolucin, parecen ser coordenadas posibles para un proceso revolucionario en las actuales condiciones sociales y polticas. Hay que agregar aunque un anlisis exhaustivo excede las posibilidades de este texto que si estos procesos de auge de masas se desarrollan en el contexto de ausencia de una alternativa revolucionaria con peso real, plausiblemente sean hegemonizados por direcciones reformistas o nacionalistas que, pese a sus limitaciones y contradicciones, pueden jugar un papel positivo en tanto impulsen una ruptura, aunque parcial, con el imperialismo y los sectores dominantes sobre la base de la movilizacin popular. En estos procesos es la misma institucionalidad democrtico-burguesa la que se vuelve el marco inestable donde se dirimen los ascendentes enfrentamientos de clase y se expresa la radicalizacin poltica de las masas durante un periodo ms o menos prolongado. En procesos de estas caractersticas es inevitable la relacin tirante y compleja entre las direcciones de estos procesos, nacionalistas o reformistas, y los sectores revolucionarios que se proponen una ruptura decisiva con el Estado burgus. Una estrategia socialista para ser tal debe desarrollarse evitando un doble peligro: por un lado, el vanguardismo sectario que se desprende del desarrollo subjetivo y organizativo de los sectores populares; por el otro, la adaptacin populista a la direccin de estos procesos.

No poder descansar en la referencia ingenua a un momento transparente de democracia directa para la sociedad pos-revolucionaria conduce a una reexamen sobre el papel y las potencialidades de algunas de las instituciones de la democracia representativa (la existencia de asambleas legislativas, el sufragio universal, el pluripartidismo, el estado de derecho) que no pueden seguir entendindose simplemente como la mejor envoltura poltica de que puede revestirse el capitalismo (Lenin, 2006). La democracia socialista no debiera proceder necesariamente a la supresin de todas las instituciones surgidas en buena medida como conquistas de las luchas populares, sino apuntar a su radical realizacin y negacin, al desarrollo mximo de su potencial democrtico y anti-autoritario, contra la mera formalidad a la que la reduce la sociedad capitalista. La constitucin de un poder pblico que no est fusionado con una posicin social directa (a diferencia de las sociedad pre-capitalistas donde no exista un poder poltico independiente de las relaciones de dependencia personal o de dominacin econmica) tal vez constituya, para retomar la expresin de Marx, una de las conquistas de la era capitalista, una ruptura indita en la historia humana sobre la cual la nueva civilizacin socialista deber basarse en lugar de pretender revertirla hacia las formas artesanales y pre-modernas de ejercicio del poder para profundizar sus rasgos democrticos (Artous, 1999).

Una estrategia socialista en las condiciones actuales no puede ser otra cosa que, al mismo tiempo, estrategia de desgaste y estrategia de enfrentamiento. Esto impone, en un plano organizativo, reconocer la multiplicidad y complementariedad de las organizaciones de las clases subalternas, en relacin a las diferentes tareas, que cuentan con niveles autnomos, irreductibles a la verticalizacin y uniformizacin partidaria. Las organizaciones polticas deben saber acompaar el desarrollo concreto del movimiento de la sociedad, sin pretender identificarse con l, defendiendo sus tiempos de maduracin. Pero a su vez, no se puede desconocer la irreductibilidad de la lucha poltica, la inexorabilidad de los mecanismos de centralizacin democrtica y el hecho inevitable de que la clase trabajadora y el pueblo se organizan en una pluralidad de herramientas polticas diferentes. La nueva izquierda aspir histricamente a politizar la lucha social y dotar de carnadura social a la poltica. Sin abandonar lo sano de estas pretensiones (antivanguardismo, respeto del movimiento real de la clase, apuesta al protagonismo popular), es necesario sealar que la mera indistincin o fusin de lo social y lo poltico puede llevar a despolitizar lo poltico y/o a sobreideologizar lo social. Es preciso evitar los riesgos simtricos del espontanesmo y el vanguardismo. La lucha hegemnica requiere de un momento de apertura y ductilidad organizativa, del fomento de instancias de auto-organizacin y el enraizamiento en las tradiciones e identidades culturales de los sectores subalternos. No corresponde entonces, en nombre del centralismo, simplemente denunciar como centristas o reformistas a los nuevos movimientos que surgen lentamente del seno del pueblo trabajador, an si a veces acarrean sus confusiones y contradicciones, al tiempo que sus propias preguntas e innovaciones. A su vez es indispensable que las organizaciones polticas de nuevo tipo asuman de pleno derecho la necesidad de la centralizacin democrtica y la representacin para articular una estrategia y un programa global para enfrentar al Estado capitalista y resistir las presiones reformistas y oportunistas propias de la sociedad burguesa. Sin idealizar ni fetichizar ningn modelo organizativo, debemos entonces manejar una amplia ductilidad organizativa que se oriente a incorporar, en la actual etapa, a las nuevas camadas de activistas y a los movimientos sociales a la construccin de un nuevo sujeto poltico. La construccin de un bloque hegemnico anticapitalista va a requerir entonces de la reunin entre formas flexibles, amplias, democrticas, como de corrientes ideolgicas, capaces de intervenir polticamente y reflexionar en trminos estratgicos y programticos.

Construir esas formas de representacin es hoy una necesidad estratgica, impuesta tanto por la maduracin de nuestras organizaciones como por la necesidad de eficacia propia de una coyuntura ms exigente. En primer trmino, debemos empezar a readaptar algunas formas orgnicas que se forjaron al interior de la militancia social, asumiendo que quedan rezagadas de cara a las nuevas tareas polticas de la actual etapa y, por tanto, pueden ser paradojalmente funcionales al renacimiento de prcticas burocrticas y facciosas al interior de nuestras construcciones. No se trata de volver a las formas de organizacin propias del centralismo burocrtico de la izquierda tradicional, pero tampoco de naturalizar el ritmo y los mtodos de movimientos que adquirieron su forma en base a una intervencin sectorial. El lema zapatista de avanzar al paso del ms lento puede ser conveniente para construir y desarrollarse desde la confianza, la vocacin de sntesis y la solidez propias de los tiempos de una comunidad originaria o de un barrio popular suburbano. Pero esa misma metodologa puede traicionar el nimo que le dio nacimiento cuando intenta aplicarse a la lgica de una herramienta poltica estratgica. As, por ejemplo, la voluntad de consenso puede condenar una organizacin al estancamiento, violentando los trminos de una construccin democrtica que exige asumir lgicas de mayora y minora, es decir una soberana democrtica mayoritaria. En el mismo sentido, es necesario permitir y alentar la ms amplia libertad de organizacin interna y la constitucin de tendencias que, en lugar de establecer el mtodo de la intriga permanente entre facciones nunca clarificadas, constituyen el mejor anticuerpo contra los comportamientos facciosos, en la medida en que vaya acompaada por una cultura militante abierta a la construccin conjunta, la discusin fraterna y la honestidad intelectual y poltica.

Debemos refundar y reinventar las formas partidarias (poco importa si les damos ese nombre) es decir, los instrumentos democrticos de centralizacin de la lucha poltica. La centralizacin no es una determinacin administrativa, sino un proceso orgnico por el cual se concentran energas, se hacen experiencias comunes, se delibera de conjunto, se decide y se revisan las decisiones segn mecanismos democrticos. No podemos predeterminar qu forma tendrn las organizaciones revolucionarias del prximo periodo al margen de la prctica social, aunque s formular algunos criterios e hiptesis organizativas a partir de la experiencia poltica acumulada. La superacin de todo monolitismo ideolgico y la apertura al pluralismo poltico, una fuerte sensibilidad hacia la cuestin democrtica, el respeto a la autonoma del movimiento social y a la multiplicidad de expresiones organizativas, parecen ser las coordenadas mnimas para la estructuracin de corrientes polticas que sean dignas de nuestra poca.

La construccin de una herramienta poltica que recoja lo mejor de la militancia social desplegada durante el ltimo periodo y d lugar a formas novedosas de articulacin entre eficacia organizativa, pluralismo ideolgico y democracia interna, constituye la tarea central de nuestra coyuntura. No hay ninguna garanta de xito y bien puede suceder que las experiencias organizativas que se propusieron renovar la izquierda anticapitalista en nuestro pas recaigan en las vas muertas del sectarismo o el oportunismo. Todo depende de la lucha. Hoy asistimos a una oportunidad histrica de construir algo nuevo en la izquierda revolucionaria de nuestro pas. Si conseguimos dar lugar a una forma superior de unidad que supere la etapa artesanal del movimiento, la nueva izquierda habr sentado las bases para empezar a construir una presencia genuina en la vida de las clases subalternas de nuestro pas.


Bibliografa 

Artous, A., Marx, letat et la politique , Syllepse, Pars, 1999

Bensad, D., Lenin: Saltos! Saltos! Saltos!, International Socialism Journal n 95, 2002.

Bensad, Daniel, El retorno del problema poltico, Actuel Marx, n 46, Partis/Mouvements.

Freeman, J., La tirana de la falta de estructuras en El Rodaballo , n 15, Bs. As., 2004

Lenin, V., El Estado y la revolucin, Alianza Editorial, Madrid, 2006

Marx, K., Sobre la cuestin juda. Prometeo Libros, Buenos Aires, 2004

Vincent, J.M., Prefacio, en Artous, A., Marx, letat et la politique[1] , Syllepse, Pars, 1999


Notas

Facundo Nahuel Martn es Licenciado en Filosofa, integrante del colectivo editor de la revista Herramienta y militante del FPDS (Frente Popular Daro Santilln)

Martn Mosquera es integrante del colectivo editor de la revista Contra-tiempos y militante de Democracia Socialista.

Fuente original: http://www.democraciasocialista.org/?p=2647



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