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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-07-2014

Pasiones e intereses

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


En 1977 el economista estadounidense Albert Hirschmann escribi una obra ya clsica, Las pasiones y los intereses, en la que cuenta la historia del capitalismo a partir de la oposicin entre estos dos conceptos. Segn el autor, durante siglos se intent reducir el conflicto y la guerra operando en el terreno de las pasiones: bien reprimindolas como causa de todo mal, bien activando simultneamente dos pasiones de signo contrario para que se anulasen mutuamente (el filsofo Pascal lo expres de la manera ms sinttica al decir que los hombres nos sostenemos en la virtud como entre dos vicios contrarios). Lo cierto es que, segn Hirschmann, el fracaso de estas dos estrategias determin la aparicin histrica de una tercera propuesta basada en la promocin de una pasin que en realidad vendra a desactivar todas las dems: el inters. A partir del siglo XVII, en efecto, el inters, la ms banal, mezquina e inofensiva de las pasiones, se va a reivindicar como la mejor manera de poner fin a las guerras. Cuando Locke, Montesquieu o Kant confan en la doucer del comercio, estn pensando en un tendero a gran escala cuyas plebeyas ambiciones econmicas vinieran a frenar la pasin de la gloria, que hasta entonces haba vinculado la guerra y la destruccin con las clases altas. El ascenso de la burguesa y la generalizacin del comercio -el alba, en definitiva, del capitalismo- fueron saludados con esperanza por varias generaciones de filsofos y gobernantes ilustrados que asociaron el fin de la historia, es decir de la guerra, a la capacidad de los intercambios mercantiles para dulcificar o apaciguar las costumbres. Al aristcrata armado y su afn de inmortalidad se opona el vendedor pacfico y su sed terrenal de riquezas.

El siglo XIX puso fin a toda ilusin ingenua. No slo porque el capitalismo se convirti enseguida en un gran devorador de hombres en las fbricas de Inglaterra sino porque muchas de las guerras que desde entonces han devastado el mundo se han hecho en nombre del libre comercio. El colonialismo, en este sentido, vino enseguida a desmentir la eficacia pacificadora de los mercados, que necesitaban siempre un ejrcito para imponer sus contratos. Pero lo cierto es que la propia extensin colonial europea transport consigo estas utopas mercantiles que aspiraban a consolidar la hegemona occidental sin violencia. Al guerrero que abra a caonazos las selvas y los desiertos, se oponan dos figuras que, a su vez, se disputaban entre s los territorios coloniales: el comerciante y el misionero. En un interesante libro an indito sobre la empresa colonial espaola en Africa entre 1827 y 1913, la investigadora y profesora Dolores Garca Cants llama la atencin sobre el hecho de que los proyectos de explotacin colonial de los territorios del golfo de Guinea se reactivaron varias veces a lo largo del siglo XIX, pero siempre coincidiendo con el regreso de los liberales al gobierno de Madrid. A los sacerdotes y sus pasiones religiosas se opona el bonachn inters, en cuyo carcter progresista realmente creyeron algunos de los comisarios regios enviados a Fernando Poo: es el caso, por ejemplo, de Guillemard de Aragn, mdico anticlerical y antroplogo primerizo, que fracas estrepitosamente en su cometido, acosado por curas y militares, por querer aplicar ingenuamente sus convicciones.

Quizs el capitalismo no tiene la culpa de todos los males, pero hoy sabemos que es incompatible con el dulce comercio, el cual se convirti, bajo su impulso imperialista, en la maldicin de los pueblos sometidos. Lo cierto es que el inters no slo no neutraliz las pasiones sino que ha acabado convertido en la peor de todas ellas: por los efectos que introduce en s misma y porque, en las llamadas sociedades de consumo, ha alimentado, atizado, multiplicado las pasiones que se supona iba a contener. Por un lado el inters se ha naturalizado de tal forma que ha hecho retroceder sobre todo a las pasiones ms nobles: el altruismo, la solidaridad, la generosidad, la confianza. El derecho de los individuos, al igual que el de los Estados modernos maquiavlicos, a defender los propios intereses se ha convertido en el principio ideolgico rector de las relaciones entre humanos: la sociedad menos hipcrita de la historia no rinde ningn homenaje a la virtud, ni siquiera de palabra, como lo demuestra el grado y extensin de la corrupcin en un pas como Espaa. El viejo adagio clsico segn el cual en el amor y la guerra todo est permitido, al que intent oponerse la lgica del inters, ha ampliado su dominio al terreno de los negocios, que el capitalismo ha dignificado como la forma ms perversa del amor y la forma ms legtima de la guerra. La paradoja del capitalismo es que no slo ha abolido los cdigos de honor del viejo y violento rgimen feudal sino que ha acabado con los propios cdigos ticos que regan los mercados pre-capitalistas. El mercado libre esclaviza a los hombres, pero adems no libera el mercado: lo destruye.

Al mismo tiempo esta emancipacin neoliberal de todos los cdigos ticos en un mundo de sobreproduccin y sobreconsumo ha echado gasolina en todas las pasiones. Al privilegiar socialmente el momento del consumo indiscriminado (de objetos, cuerpos e imgenes) sobre el de la produccin y el ahorro, el mercado capitalista -junto con su tecnologa ancilar- ha asociado el prestigio al protagonismo en un recinto de visibilidades fugaces y competitivas: me consumen, luego existo. Su tomo y su colofn es el selfi, la pasin de la autopublicidad en una dinmica de guerra permanente, y de permanente escalada armamentstica, contra todos los que quieren ser consumidos en mi lugar y antes que yo. El que no es consumido no deja ninguna huella, ni en la cultura ni en la poltica. Esta lgica del selfi -de la pasin autopublicitaria- monopoliza todos los campos y todas las conductas. Algunas veces es slo esperpntica, aunque bastante benigna. Pensemos, por ejemplo, en la pasin nacionalista de Marlen Doll, actriz porno chilena que ha tenido su minuto de gloria tras prometer, y mantener, relaciones sexuales durante 12, 16, 18 horas seguidas a medida que la seleccin de su pas iba derrotando rivales en la Copa del Mundo. Pero si vamos un poco ms all debemos admitir que tambin es un selfi, un gigantesco y monstruoso selfi, el atentado de las Torres Gemelas en 2011 o ahora, en Iraq y Siria, las matanzas exhibicionistas de los yihadistas de ISIS, cuyas imgenes son trabajadas en estudio y manipuladas con fotoshop para producir un efecto an ms terrorfico. El selfi, estadio superior del consumo capitalista, recupera, reactiva, radicaliza las pasiones ms antiguas, incluso las nacionalistas y religiosas, en virtud de una lgica des-moralizadora puramente mercantil. Todo est permitido si se trata de vender: un producto, un cuerpo o una causa.

Las pasiones alegres y tranquilas, las razones ms serenas, se han vuelto invisibles y por lo tanto completamente inoperantes. El capitalismo no tiene la culpa de todo, desde luego, pero no se puede negar que, del mismo modo que es incapaz de distinguir entre un tanque y un saco de trigo, ha borrado tambin la diferencia entre pasiones e intereses, esa diferencia que los ilustrados quisieron ingenuamente administrar en beneficio de la humanidad y que hoy, disuelta en el mercado, reivindica lo peor de todas las pocas y de todas las culturas.



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