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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-03-2015

Qu queremos decir cuando decimos paloma?

Santiago Alba Rico
La calle del medio


En una clase reciente les hablaba a mis alumnos tunecinos del poder de los arquetipos simblicos y les pona el ejemplo de la paloma. Con ese propsito lemos en voz alta dos poemas muy conocidos, la Casida de las palomas oscuras de Garca Lorca y Se equivoc la paloma de Rafael Alberti; y un tercero menos familiar de Nicanor Parra en el que una paloma resucita ante los ojos del poeta en un parque de Nueva York. Antes les haba retado a componer una frase en la que figurara la palabra paloma. Puede imaginarse el resultado. No hay nada que hacer: en cuanto la paloma echa a volar, todos nos la imaginamos sin remedio blanca, pura, inocente, con una rama de olivo en el pico, y es a partir de esa imagen que leemos los versos de Lorca, con su misterioso oxmoron de laureles y muerte, o los de Alberti, con sus malentendidos alados, pero tambin -y esto s es llamativo- los muy realistas y urbanos, tan concretos y narrativos, de Nicanor Parra. La paloma de Nicanor Parra, en efecto, vive, muere y resucita -todo en un instante- en Nueva York, ciudad donde las palomas, como en todas las ciudades del mundo, son sucias, grises, vidas y feas; van dejando sus lquidas y corrosivas evacuaciones por todas partes, irritan los nervios con su neurtico zureo, contagian enfermedades y, hasta tal punto se comportan como una plaga, que se parecen ms a ratas que a mariposas.

Pero no hay nada que hacer: en cuanto aparecen en un poema -es decir, en nuestra vitrina mental- incluso las palomas de Nueva York las imaginamos blancas y puras, mensajeras de la paz, arrullo de enamorados, promesa de un mundo mejor. La realidad tiene mucho menos poder que el arquetipo, que se impone sobre esas palomas realmente existentes que soportamos, ignoramos o combatimos en nuestras ciudades. No es que las simblicas nos las hayamos inventado. Como quiera que la mayor parte de los hombres vivimos ya en espacios urbanos y, de entre las 300 especies de palomas, la nica que vemos es la que se ha adaptado a (y parasita) nuestras basuras (la llamada paloma brava), todas las otras han ido a refugiarse en nuestra imaginacin. Forman parte de otro tiempo y otra manera de vivir. Es como si imaginramos y recordramos a partir de un pasado remoto -el de nuestros antepasados neolticos- que sigue determinando, contra la concreta realidad inmediata, nuestros deseos y temores. Digamos que nuestro mundo emocional se elabora a partir de un material que ya no existe, como la luz de las estrellas, y slo reconoce el contenido de estos arquetipos mentales heredados de otras pocas y otros trabajos. La idea de paloma -la de No, la del Espritu Santo, la de Picasso- es una realidad muerta y, sin embargo, mucho ms verdadera que la realidad viva, y esto hasta el punto de que las palomas reales a las que arrojamos migas de pan en las plazas de nuestras ciudades se alimentan de nuestros arquetipos, sin los cuales las veramos tal y como son: sucias, nerviosas y voraces. Nuestro mundo mental y emocional es tan autnomo y, al mismo tiempo, tan poderoso que, por ejemplo, esos mismos habitantes de Nueva York que imaginan blancas y puras las palomas -circundados de palomas grises y cagonas- transportan tambin el imaginario medieval sombro de Caperucita Roja y Blancanieves: cuando se les pregunta, por ejemplo, por sus terrores ms apremiantes los neoyorquinos -nos cuenta la biloga Barbara Ehrenreich- no citan en primer lugar los ladrones o las armas de fuego o los accidentes de trfico, estando como estn rodeados de armas y de coches, sino que aseguran temer, por encima de todo, a las bestias salvajes! No hay palomas blancas ni bestias salvajes en Nueva York y, sin embargo, nuestras emociones siguen pobladas de palomas puras y bosques tenebrosos donde nos devorarn los lobos.

Pues bien, pocos das despus de hablarles a mis alumnos del poder de los arquetipos y de las miserias de nuestras palomas urbanas, viaj a Mallorca y all, en la ciudad de Palma, en un edificio de diez pisos, me levant una maana muy temprano y me acerqu a un gran ventanal para ver salir el sol sobre el mar. De pronto, desde el cielo borroso, me pareci ver acercarse una silueta aleteante; se aproxim volando, en efecto, y se pos con tino intencionado en el alfeizar de la ventana, al otro lado del cristal, a la altura de mi vientre. Era una paloma. No. Era La Paloma. Era una paloma plumosa, blanca, nacarada, bellsima, la paloma soada, la paloma arquetpica que yo haba declarado muerta o perdida en el pasado o, al menos, enjaulada en nuestra imaginacin. La mir y me mir. No tena ningn miedo. Al contrario. No slo no echaba a volar ni se alejaba de mi cuerpo sino que caminaba elegante sobre el alfeizar volviendo una y otra vez la cabeza hacia m, acercndose al cristal y picotendolo all donde yo colocaba mi dedo, como si quisiera advertirme contra el malentendido de un azar. Durante varios minutos estuvimos as, intercambindonos mensajes de morse -ella con el pico y yo con el dedo- y tuve la certidumbre (como Nicanor Parra en Nueva York) de un milagro cierto, sobrio y banal. Las palomas haban mandado a la paloma blanca para reivindicar su prestigio, que yo haba insultado, o quizs para demostrarme la fuerza demirgica de los arquetipos. Cuando remont de nuevo el vuelo me qued, como Nicanor en su poema Resurreccin, pensando en tantas cosas.

Cul es la moraleja? Si todos pensamos en palomas blancas y puras mientras que las palomas son grises y deprimentes, no deberamos ser realistas? Destruir el arquetipo? Desengaar a los seres humanos que imponen al mundo ideas falsas, alimentando de paso una plaga material de ratas aladas? Pues no. Digamos, en primer lugar, que es mucho ms difcil luchar contra un arquetipo mental que contra una plaga real y que, por lo tanto, debemos ms bien parasitar el arquetipo, orientarlo y movilizarlo en el mundo real -incluso contra las plagas que parece l mismo engordar. Pero es que adems, el arquetipo de paloma, como todos los imaginarios activos, no es un capricho de la fantasa sino que ancla su pednculo en un recuerdo material del que quedan -como lo demuestra el milagro mallorqun- ejemplares presentes y vivos. Finalmente, y en lnea con lo anterior, hay que aadir que sin ese arquetipo, que sigue cumpliendo un papel clasificatorio en la imaginacin y en la zoologa, no reconoceramos las raras palomas blancas que an existen y se acercan a nosotros. Sin ese arquetipo, yo no habra sentido emocin en Mallorca; pero sin ese arquetipo, en un mundo realista y prosaico de palomas grises y sucias, mi paloma blanca (La Paloma Blanca) me habra parecido un monstruo o una aparicin; y habra perdido as, privado del arquetipo, la realidad misma.

Milagros son las conexiones, raras pero posibles, entre los arquetipos y el mundo cotidiano. Hay que explotar esos milagros; hay que provocarlos. Los arquetipos viven ms tiempo que las cosas, pero acaban muriendo, unas veces bajo la presin de las cosas mismas, otras por el uso que los hombres hacen de ellos o contra ellos. Pero la poltica -la gestin, digamos, de la historia como lucha de clases- no puede consistir en combatir los arquetipos: tiene que combatir desde ellos, pues son el medio humano por excelencia -como el agua es el de los peces. Los arquetipos no son -o no slo- instrumentos de alienacin sino tambin fermentos de emocin liberadora. La historia es la lucha entre las clases, pero tambin la lucha entre los arquetipos: la lucha eterna, por ejemplo, entre el arquetipo de la paloma blanca y pura y el arquetipo del lobo depredador, una lucha en la que todos tenemos que tomar partido.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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