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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-04-2015

Lubitz, Kenia y los medios de salvacin

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


El 24 de marzo de 2015, el copiloto del vuelo del 9295 de Germanwings, Andreas Lubitz, se encerr en la cabina tras haber provocado la salida del comandante y, dueo de los mandos, estrell el avin contra la cordillera de Los Alpes, matando a 150 pasajeros. El 2 de abril de 2015 un ataque islamista planificado por Mohamed Kuno, profesor de una madrasa, asesin a 147 estudiantes en la universidad de Garissa, en Kenia, a 150 kilmetros de la frontera con Somalia. No quiero hablar de la desigual cobertura que la prensa internacional ha dedicado a ambos casos. Como deca uno de los estudiantes supervivientes: nadie se ocupar de nosotros porque no ha muerto ningn blanco. Es verdad. Pensemos, por comparacin, en el atentado contra el Charlie-Hebdo en Pars o incluso contra el museo del Bardo de Tnez, donde murieron algunos turistas europeos. Pero me importa ms especular en otra direccin. Qu hubiera pasado si al mando del vuelo 9295 de Germanwings hubiera estado el yihadista John o si Andreas Lubitz hubiese reivindicado su accin en nombre del Estado Islmico o de un grupsculo -pongamos- de independentistas corsos? Y qu habra pasado si el copiloto suicida hubiera sido negro o, peor an, rabe?

Digamos de entrada que, a la hora de medir la relevancia de un acontecimiento, tenemos que pensar no slo en la calidad de las vctimas, sino tambin en la identidad de los verdugos. Si Andreas Lubitz hubiera sido negro o rabe, jams se habra contemplado la posibilidad de una depresin o un cuadro patolgico: los negros y los rabes son naturalmente terroristas o, en todo caso, viven en condiciones tan miserables que no pueden permitirse el lujo civilizado de un sufrimiento mental. Pero ms importante: si Andreas Lubitz, alemn y blanco, hubiese reivindicado su accin en nombre del Estado Islmico, los medios y los lectores se hubieran sentido tranquilizados. La atencin enfermiza, obsesiva, estremecida y novelesca que ha despertado la personalidad de Lubitz tiene que ver con el hecho de que Lubitz, blanco, alemn, piloto, con novia, con buena situacin econmica, de clase media (como todos nosotros) no perteneca a ninguna organizacin ni operaba en nombre de ningn colectivo, no tena ningn plan para el mundo, ni siquiera atroz, ni tampoco creencias o compromisos ms all de sus hbitos de consumo: igual que nosotros!

Si tuvisemos que resumir el tono general de los medios europeos en relacin con el caso Lubitz detectamos enseguida dos reacciones paradjicas y conectadas entre s: mientras que la accin del copiloto alemn ha producido un espanto mucho mayor que cualquier atentado terrorista (fuente sobre todo de escndalo moral), todos tenemos la tendencia, al contrario que con el terrorismo, a suspender el juicio o incluso a atenuar la responsabilidad individual de su gesto. Hay, de hecho, una relacin de dependencia recproca entre este espanto desnudo y nuestra incapacidad para expresar de manera liberadora o lenitiva una acusacin moral. Ni los medios ni las vctimas han insultado a Lubitz; no lo han llamado criminal ni fantico ni monstruo, aunque objetivamente ha hecho algo peor que un terrorista suicida: ha consumado una masacre egosta en la que los pasajeros inocentes no eran ni siquiera medios o mensajes, como en el caso de Kenia o de Pars, sino puras extensiones narcisistas de su impulso autodestructivo. Si alguien puede definirse como un hijo de puta, un hijo de puta puro, indefendible, un hijo de puta al que ni siquiera un fantico asesino podra justificar (ni siquiera un mafioso o un yihadista), se es Lubitz; y sin embargo el insulto ms grave que ha recibido ha sido el de la abuela del comandante del vuelo, que lo calific con desprecio de idiota. Por qu? Si Lubitz nos espanta ms que un degollador del Estado Islmico y si, al mismo tiempo, lo acusamos menos es porque no lo entendemos; y no lo entendemos porque Lubitz (encajemos la paradoja) era igual a nosotros. Ojal hubiramos podido reaccionar con nuestra habitual superioridad racista o civilizacional'; ojal el fanatismo religioso o poltico nos hubieran permitido distanciarnos, marcar nuestra diferencia, rechazar desde otra cultura o desde otro mundo su hijoputez gratuita. Pero ante Lubitz estamos completamente desvalidos. Nos resulta fcil y consolador, frente a la barbarie algena, proclamar todos somos Charlie o todos somos Bardo o incluso todos somos Kenia o, valga decir, todos somos vctimas cuando los verdugos no son como nosotros. Lo que nos espanta de Lubitz -y por eso lo tratamos de forma novelesca y sin insultos- es que nos insina en voz baja y terrosa, como en una pelcula de terror: todos somos Lubitz.

No todos. Entre las vctimas siempre hay, como hemos visto, diferencias de clase y de raza, pero es el propio eurocentrismo proyectado de manera desigual sobre Pars y sobre Kenia el que nos impide ver los vnculos entre los verdugos. Ms all del nmero de vctimas, muy parecido en los dos casos, y de su carcter indiscriminado, digamos que entre Andreas Lubitz y Mohamed Kuno, entre el asesino de casa y el asesino de fuera, hay una afinidad esencial: los dos buscaban la mayor repercusin meditica posible. Lubitz tuvo ms xito que Kuno. Como sabemos, la mayor parte de las acciones sangrientas del Estado Islmico se justifican menos por razones religiosas o ideolgicas que publicitarias: la barbarie, muchas veces puramente escenogrfica, como en el caso de la destruccin de patrimonio arqueolgico, busca sobre todo audiencia. Lo mismo en el caso de Lubitz. Los peridicos han recordado una y otra vez la frase que, al parecer, le haba dicho a una exnovia antes de su disparate: Un da voy a hacer algo que cambiar todo el sistema y as todos van a saber mi nombre y recordarlo. El sistema, lo sabemos, no es nada; es precisamente el recinto meditico en el que se inscribe su acto y que difunde su gesto. Lubitz no quera matarse a s mismo en el silencio sino resucitar en pblico. Este impulso es tan antiguo que incluso los psiquiatras lo denominan sndrome de Erstrato, por el pastor de Efeso que 356 aos antes de nuestra era incendi el templo de Artemisa, una de las siete maravillas del mundo, con el nico objetivo de que la posteridad recordase su nombre, aunque fuese asociado a una conducta patolgica. Lo que es nuevo es que este impulso enfermizo se ha convertido en una regla antropolgica. Se ha acabado por imponer, s, un nihilismo meditico en virtud del cual el fin de todo gesto es el medio mismo que lo visibiliza y fuera del cual no podemos ni siquiera matarnos por la sencilla razn de que an no existimos.

Todos los asesinos se parecen en este medio autotransparente que ha venido a sustituir a Dios como medio de salvacin. Los medios (de comunicacin) son, s, medios de salvacin y Lubitz era un fantico religioso a igual ttulo que Al-Baghdadi, Kuno o el yihadista John y por los mismos motivos. Pero, al contrario que Dios, la Televisin salva cualquier gesto, al margen de la moral, con tal de que sea ms espectacular y produzca ms vctimas que el anterior. No es Allah sino el verdadero Dios, la Televisin, el que obliga al Estado Islmico y a los copilotos deprimidos a ir siempre un poco ms lejos en trminos de destruccin. Lo he dicho otras veces: los medios justifican todos los fines. Y de hecho los confunden y uniformizan.

Del crimen fantico de Lubitz debemos extraer dos enseanzas. La primera es que, en un mundo tan complejo y vulnerable como el nuestro, excitado por la visibilidad meditica, es mucho ms fcil empeorar que mejorar las cosas y cualquier loco individual, normal o ideolgico, puede introducir efectos destructivos sin precedentes en el planeta. Basta imaginar un Lubitz con acceso a una bomba atmica o una central nuclear. Esta combinacin de tecnologa, capitalismo y salvacin meditica nos expone como nunca a la accin destructiva de una minora o incluso de un solo hombre -mientras los muchos poco pueden hacer para introducir un gramo de bien o de razn. Contra esa vulnerabilidad, la tentacin de seguridad tentacular omnipresente es intil: no slo hara imposibles las relaciones humanas (por no hablar de la democracia) sino que acabara poniendo la seguridad misma en manos de un Lubitz deprimido en busca de salvacin. Si todos somos Lubitz, todos estamos ya en manos de Lubitz.

La segunda enseanza es, en cualquier caso, que por eso mismo debemos reivindicar la potencia poltica del concepto de responsabilidad. La responsabilidad es desigual, desde luego, como el acceso a la riqueza y al poder, pero nos equivocamos en la izquierda -frente al desconcierto de las clases medias- al atribuir la responsabilidad del gesto de Lubitz -o el de Mohamed Kuna- al Capitalismo en Maysculas. Eso slo indica que, como los dems, no sabemos qu hacer con ese gesto. Todos los seres humanos podan haber sido o pueden llegar a ser otra cosa de lo que son y por eso es muy importante transformar algunas de las causas modificables que los fabrican. Pero nuestros actos nos pertenecen y nadie tiene derecho a quitrnoslos. La responsabilidad es desigual y es exigible que el Derecho haga diferencias, pero nadie es tan pobre o tan desgraciado (o tan hijo de sus padres o tan asalariado de su empresa) que no pueda distinguirse a s mismo de una piedra o de un tornillo. Lubitz era un asesino fantico y no un suicida, como tambin lo son Mohamed Kuna, Bachar el-Assad o George Bush. Cada uno es responsable de sus acciones y debe responder de ellas ante un tribunal, real o imaginario, y esto incluye a los islamistas, a los dictadores, a los polticos, a los banqueros e incluso a los periodistas. Tambin a los que nos oponemos al fanatismo, las dictaduras, las desigualdades econmicas y las mentiras. No veo ninguna otra manera de que nuestra lucha contra el capitalismo sea justa ni de que, en la medida de lo posible, introduzca ya un poco de justicia. Lo que demuestra el caso Lubitz no es que, en un mundo tan complejo y vulnerable, no haya ya responsabilidad individual sino precisamente -y al contrario- que en este mundo tan complejo y vulnerable la responsabilidad individual es ms decisiva que nunca. Tengamos cuidado. En este mundo slo el bien es colectivo o, si se prefiere, irresponsable. En cuanto al mal, sale todos los das en los peridicos con nombres y apellidos. Y slo algunos de esos nombres son rabes.


Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente original: http://www.cuartopoder.es/tribuna/2015/04/10/lubitz-kenia-y-los-medios-de-salvacion/7045


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