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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-07-2015

Frankenstein en Tnez

Luz Gmez
eldiario.es


Por ms que sea una aberracin, el yihadismo, como Frankenstein, es hijo de la razn. O de una lgica perversa, si se prefiere. No es fruto de la nada ni del caos. Tampoco el islam tiene mucho que ver en su gestacin, sino que fue la geopoltica del final del mundo bipolar la que puso en marcha la versin del yihadismo que hoy conocemos: Afganistn lo vio nacer, pero una vez puesto en pie controlar su desarrollo y sus relaciones se fue haciendo ms difcil para sus patrocinadores, saudes y estadounidenses.

Si de repartir culpas se tratara, sera difcil precisar el grado de responsabilidad de unos y otros en las sucesivas mutaciones del Frankenstein yihadista: la poltica neoimperial de Bush padre y Bush hijo; el depredador sectarismo saud; la incapacidad de Europa para practicar lo que predica; el mesianismo wahab; el autoritarismo patolgico de las lites rabes; la ambicin mediooriental de Rusia y China... La consecuencia de todo ello est a la vista: la inmensa frustracin de una generacin que ve en coger el fusil una opcin vital. No es nada nuevo, como parece, el recurso a la legitimidad islmica para ello (la moderna yihad contra Occidente la inventaron los musulmanes indios all por 1826), si acaso lo es su fuerza viral.

Es de sobra conocido que Tnez fue el pas que encendi la mecha de las revoluciones rabes de 2011. Sus jvenes salieron en masa a las calles y ofrecieron la imagen de rebelda abierta y decidida que tanto se cant en Occidente y en la que se miraron yemenes, egipcios, libios, sirios, bahreines... Pero Tnez se ha convertido, paradjicamente, en uno de los principales exportadores de yihadistas al Estado Islmico: unos 4.000 jvenes habran salido del pas desde 2013 rumbo a Siria e Irak, casi los mismos que de Europa en conjunto. Es evidente que entre los hechos de 2011 y los actuales hay una relacin, y que tiene que ver con el derrumbe de la esperanza individual y colectiva que un da despert la Revolucin del Jazmn.

Se ha hablado mucho de la excepcionalidad tunecina en el marco del mundo rabe posrevolucionario. Su exitosa transicin se ha caracterizado por la inclusin en el proyecto democrtico de partidos polticos y actores civiles antagnicos, casi siempre presentados en trminos de islamistas frente a secularistas, pero que no responden por entero a esa lgica: tambin estn los sindicalistas, la patronal, los jvenes licenciados en paro o los mineros, por mencionar a algunos de los ms activos. Los logros tunecinos en trminos de libertades son innegables. Pero el pueblo que sali a la calle harto de las humillaciones cotidianas del rgimen de Ben Al (dictador que, cabe recordar, goza de un exilio dorado en Yeda, la capital del mar Rojo saud) no solo peda libertad, sino tambin pan y justicia social. Es algo que tiende a olvidarse con el alboroto de los procesos electorales y con la costumbre de mirar siempre a las capitales rabes, donde se refugian las lites proocidentales.

Mientras, el Tnez de provincias respira con un pulso propio, distinto del capitalino y sus pujos mundanos. No es menos vivo o ms acomodaticio, al contrario, es ms radical en la expresin de sus demandas: durante casi una dcada, las huelgas de la minera de Sfax y Gafsa precedieron a la revolucin en la movilizacin social y sindical. Y fue en Sidi Bouzid, una de esas ciudades del interior, donde se inmol Mohamed Bouazizi, el vendedor ambulante cuyo gesto incit el levantamiento popular masivo. Hay que tener en cuenta este contexto para comprender cmo un joven de 21 aos, estudiante de ingeniera de la Universidad de Kairun, la capital histrica del Tnez islmico, situada en el centro del pas, coge un Kalashnikov y la emprende a tiros con los turistas europeos que disfrutan del sol de Susa. Vete a casa. No he venido a matarte a ti sino a los turistas, le dijo a un chaval tunecino que le hizo frente.

El objetivo del terrorista era claro. Para Seifeddine Rezgui, el yihadista reivindicado como suyo por el Estado Islmico pero al que no se le conocan inquietudes salafistas sino raperas, la violencia est reglada y medida en los trminos propios de la realidad tunecina: el turismo supone el 15% del PIB, y su colapso arrastra a la economa del pas en su conjunto. Pero adems, en trminos simblicos, la violencia yihadista contra el turismo de playa y museo golpea donde ms les duele a las lites tunecinas: en la imagen cosmopolita que el pas proyecta de modernidad a la occidental.

Cuando el yihadismo sacude Tnez, Europa tiembla. No se trata solo de que las vctimas sean francesas, alemanas, britnicas o espaolas. Este pequeo pas rabe resulta a ojos europeos ms mediterrneo, ms nuestro, ms occidental. Desde hace dcadas no ha dejado de ser visto como una excepcin en un entorno hostil, encajonado entre los irreductibles libios y argelinos que tantos quebraderos de cabeza han dado a Europa antes y despus de la independencia. Pero el atentado de Susa del pasado junio, tras el de El Bardo en marzo, nos recuerda que en Tnez las demandas de la revolucin estn por satisfacer, que la democracia no es una declaracin de intenciones, y que nicamente el proyecto de un Mediterrneo comn puede salvarnos a todos, Sur y Norte por igual.

El presidente tunecino, Beji Caid Essebsi, declar a rengln seguido de la ltima matanza que Tnez solo no puede luchar contra el terrorismo, hace falta una estrategia conjunta. Tiene razn, aunque no solo en el sentido de las medidas de urgencia adoptadas ni de la ensima ronda de contactos polticos para sacar adelante una restrictiva ley de seguridad. Por ms que se cierren mezquitas de prdica salafista, se levanten vallas estilo Melilla y un Ejrcito mal pertrechado se vuelque en el control de 1500 kilmetros de frontera con Libia y Argelia, no se va atajar el yihadismo. Lo que urge es completar el proceso revolucionario: faltan el pan y la justicia social. Es muy tarde ya para Libia, para Siria y casi para Egipto, pases en los que en menos de tres aos una generacin entera se ha perdido en la guerra o en la crcel. Pero de Tnez podra volver a surgir el impulso solidario y autnticamente internacionalista que redimiera al Mediterrneo. Por desgracia, no parece que los actuales lderes de la Unin Europa lo vean en estos trminos.


Fuente original: http://www.eldiario.es/contrapoder/Frankenstein-Tunez_6_411268896.html



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